La siniestra pesadilla del insomnio

No hay peor pesadilla que el insomnio, y Trevor Reznik no ha dormido desde hace un año. La falta de sueño ha reducido su cuerpo a los huesos y está mermando su salud mental hasta el delirio. Aunque un rostro demacrado es fácil de conseguir con maquillaje, el actor Christian Bale perdió treinta kilos para tener el aspecto cadavérico del complejo personaje creado por el guionista Scott Kosar, y recuperó su peso en músculos para encarnar después a Batman.

El “maquinista” es un obrero que observa cotidianamente su desgaste físico sin distorsión alguna, pero cae en las trampas de la memoria, también deteriorada, como acudiendo a la evasión o al autoengaño para soportar el peso de la culpa. Las alteraciones imaginarias de una monótona y repetitiva realidad y su confusión con las circunstancias de un accidente de trabajo crean aquí la sensación de paranoia que nos transmitiera Roman Polanski en 1976 con El inquilino, influencia que, junto con la de Alfred Hitchcock y David Lynch, reconoce Brad Anderson, el director de la cinta, como recurso publicitario.

Trevor sube diariamente a una báscula que nunca aparece en la pantalla, y anota su peso en post its más que recurrentes. El diario registro de su pérdida pasa de las 142 a las 119 libras (unos 55 kilos), preocupantes para alguien que mide 1.80 metros, por lo menos. Y en vez de kilos son libras porque la producción de la película es española, inclusive fue rodada en Barcelona, ciudad laboriosamente disfrazada de Los Ángeles, en donde tiene lugar la historia.

Agobiado por la soledad, ante el abierto rechazo de sus compañeros, el esquelético Trevor busca refugio en el lecho de la carnosa Stevie (Jennifer Jason Leigh), una prostituta que le brinda afecto y comprensión. No es la primera vez que Jason Leigh hace el papel de prostituta. En una secuencia memorable de Ultima salida a Brooklyn (República Federal Alemana, 1989), de Uli Edel, la carnada de unos jóvenes asaltantes procura parecerse a Marilyn Monroe y acaba fornicando, en medio de una borrachera de antología, con toda la concurrencia masculina de un bar.

Según la tradición cristiana, el camino al infierno está del lado izquierdo, y el ánimo autodestructivo de Trevor lo lleva siempre por allí. A la izquierda, por ejemplo, está el aeropuerto en donde Trevor bebe café todas las noches, atendido por María (Aitana Sánchez-Gijón), una mesera de trato cálido en ese frío lugar. La Ruta 666 del parque de diversiones se bifurca y el pequeño hijo de María toma la “autopista al infierno” por la izquierda, en compañía de Trevor. El alcantarillado del metro —subterráneo del subterráneo— se bifurca también y Trevor opta por la oscuridad del lado izquierdo al huir de la policía cuando, por la derecha iluminada, se aproxima la sórdida sombra de un indigente. Nada es casualidad, sino coincidencia. El brazo que pierde un obrero por la distracción de Trevor es el izquierdo. La mano contrahecha de Ivan (John Sharian), álter ego de Trevor, es la izquierda. La pesadilla de Trevor es siniestra. Y los relojes marcan insistentemente la una y media; uno de ellos —el de la cafetería del aeropuerto— mide el paso de un segundo, ida y vuelta, para marcar siempre la una y media, y esta simbólica escena dura precisamente un segundo.

El Pontiac de Ivan es rojo y convertible; el coche de juguete que maneja el hijo de María en el parque también lo es; el que recuerda Trevor en una foto de su infancia es idéntico (de hecho, es el mismo). Trevor entra a rastras al edificio de Stevie y en el fondo se observa un coche de juguete, rojo y convertible. A pesar del contraste con el tono azul de la película, estas concordancias pueden pasar desapercibidas a primera vista, ya que es hasta el final cuando todo tiene una explicación, y el espectador obsesivo decide ver la cinta más de una vez.

Las sutiles pistas del juego surgen desde un principio fragmentado con cierta dosis de humor negro. “¿Quién eres?” —pregunta alguien detrás de una lámpara que alumbra el estragado rostro de Trevor. El hombre de la lámpara no quiere saber qué hace; pregunta quién es, y algunos reconocerán su voz más adelante. La lámpara vuelve a mostrarse en primer plano, ahora apagada, mientras Trevor se lava las manos. Es natural que alguien acuda al lavabo luego de envolver un cadáver en un tapete y arrojarlo por un muelle, pero como todos los que padecen de culpa, insomnio prolongado o síndrome de abstinencia, Trevor tiene complejo de Pilatos. No consume “drogas fuertes”, pero su aspecto es el de un cocainómano, pues sufre de los dos primeros males, y lava sus manos compulsivamente a cada rato. La secuencia del principio se repite al final, pero el tapete se desenrolla y no hay nadie allí. El supuesto cadáver sostiene una lámpara en la mano y, arrojando luz hacia Trevor, le pregunta lo mismo que una de las notas pegadas en la puerta del refrigerador y las paredes del apartamento: “¿Quién eres?”

Christian Bale tomó tan en serio su papel en esta cinta que, además de una asombrosa transformación corporal, logró que la compleja personalidad de Trevor resultara convincente. Y Scott Kosar, por lo visto, conoce tanto el insomnio como para llevarlo hasta sus últimas consecuencias. El idiota (Dostoievski dixit) no podrá dormir mientras tampoco asuma su culpa. Entre los horrores de la Ruta 666 hay un hombre ahorcado y un letrero de “culpable”. Algunos de los post its que nuestro insomne amigo encuentra pegados a la puerta de su refrigerador juegan al ahorcado. Abajo del dibujo hay una palabra por completar. El Pontiac rojo de toldo negro que, según la mentira de Trevor, lo embistió, en realidad es suyo y atropelló a un niño. “Malditos los que se dan a la fuga; deberían ahorcarlos”, comenta Stevie mientras lava las heridas de Trevor. Humor negro, muy negro, pero sutil; esta es la palabra clave para definir el cine que lograron Anderson, Kosar y Bale, incluyendo al productor, por supuesto, Julio Fernández. Para captar las sutilezas —que apelan a la inteligencia, la sensibilidad, la percepción— hay que ver esta cinta más de una vez.

Las cosas que Trevor observa en el departamento de María —un viejo aparato de sonido, un muñeco de hojalata, un plato de cristal cortado— son las mismas que empaca en su propio apartamento antes de entregarse a la policía. “La cocina está al fondo del pasillo, del lado izquierdo”, indica María para que Trevor vaya por otra copa de vino (algo más que inusual), y Trevor repite el gesto que inicia su relación imaginaria con un ser real, como diciendo: esto me parece conocido.

—Un poco más delgado y desapareces.

En muchos sentidos, El maquinista (España, 2004) es comparable con Taxi Driver (Estados Unidos, 1976), de Martin Scorsese. El personaje, en este caso, también padece de insomnio y sufre un deterioro mental que lo lleva a la violenta locura de quien destruye todo a su alrededor con tal de renovarse, y lo consigue… sin salir de la mediocridad. Es un drama sicológico, pero también un thriller, mezcla de suspenso, intriga y humor negro, que recupera o retoma lo mejor del cine sutil de los setenta (El inquilino, para mi gusto, es lo mejor de aquella época). El maquinista nos hace confundir, como la envejecida mente de Reznik, imaginación y realidad. Se trata de una “extraña rareza”, valga la redundancia, quizás una obra de culto, algo singular.

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5 comentarios el “La siniestra pesadilla del insomnio

  1. Una película muy interesante, me quedo con tu definición de “extraña rareza” y que creo que la describe muy bien. Comentas un montón de detalles que no recuerdo haber percibido, supongo que, como bien dices, se descubren con más de un visionado. La verdad es que me han dado ganas de volver a verla, tras leer tu crítica.
    Una pequeña corrección sin importancia, el hecho de que aparezcan libras en vez de kilos no tiene nada que ver con España, ya que aquí utilizamos el kilogramo.
    Un saludo!

    • Ivanrin dice:

      Me alegra que te den ganas de volver a verla. Yo lo hice tres veces en el cine y tengo una copia que no he visto. Quizás algunas películas son concebidas con esta idea. Por lo demás, espero espolear más que “espoilear”, si acaso existe esta horrible palabra.
      No sé de dónde habré sacado que las libras son españolas (lo escribí en 2005), pero tomo nota de tu corrección.
      Gracias.

  2. Georgina M. dice:

    Coincido en que es aconsejable más de un visionado, pero yo no diría que para percibir lo que no percibiste la primera vez, como todos esos detalles que relacionas y que ni siquiera juntos dejan de ser particularidades, sino para apreciar mejor el sentido del filme en general, ya que resulta demasiado raro y no es fácil entender porqué el personaje de Bale hace lo que hace.
    Para mí es un filme bastante obscuro y siniestro, el horror psicológico siempre es más escalofriante que el sobrenatural, que no convence, salvo excepciones como Rosemary’s Baby y aun así The Tenant es más aterrador, en cuanto se refiere a Polanski, mientras que la referencia de Lynch tiene que ver más, yo creo, con ciertos elementos narrativos de una atmósfera onírica que con la esquizofrenia y la paranoia que exploran Anderson y Kosar.
    Bale ofrece una de las mejores actuaciones de toda su carrera en uno de los papeles más estremecedores del subgénero.

    • Ivanrin dice:

      En suma, los detalles son partes de un todo, particularmente aquí, donde vemos, entre otras cosas, varios coches con las mismas características, sean de juguete o no (es decir, de mentira o verdad), porque se trata de una idea obsesiva, y no está clara porque tiene lugar en el inconsciente que no emerge de los sueños en este caso por el insomnio. También la reiteración del lado izquierdo es una generalidad, pues se remite a la noción cristiana de maldad: Lucifer se sentaba al lado izquierdo de Dios antes de ser expulsado al infierno y de ahí la sinonimia entre zurdo y siniestro. Spoiler alert! La ruta 666 del tren “infantil” conduce al inframundo en forma de cueva por el lado izquierdo; el derecho conduce al cielo, pero el niño desobedece al maquinista y lo pasea por la oscuridad de la culpa que le impide conciliar el sueño…
      El inquilino, para mí, es la cumbre del sicodrama o drama sicológico, aunque su principal antecedente (Repulsión, con Catherine Deneuve en un papel fascinante: vulnerable, frágil, sensual) había llevado hasta el paroxismo y sus últimas consecuencias la claustrofilia característica de Polanski, en este caso, como interiorización esquizofrénica y exteriorización de fantasías y fantasmas.
      En Spider, por su parte, Cronenberg crea una metáfora de la esquizofrenia como círculos concéntricos de telaraña en la mente humana.
      El maquinista continúa con esta genial tradición que, para algunos, comienza con Hitchcock.
      Sobre lo que dices de Lynch y Bale, estoy de acuerdo.

    • Ivanrin dice:

      También estoy de acuerdo en que “el horror psicológico siempre es más escalofriante que el sobrenatural, que no convence, salvo excepciones como Rosemary’s Baby, y aun así The Tenant es más aterrador”.

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