Diálogos infantiles

Los niños del fin del mundo, de Marzieh Meshkini, fue la mejor película de la muestra pasada. Entre muchas secuencias geniales, hay una donde los niños tocan a la puerta de la cárcel y una voz les contesta desde adentro.
-¿Quién es?
-Somos nosotros; venimos a pedirte perdón, querido guardia.
El guardia abre la puerta y le pregunta al niño: “¿Vienes a insultarme de nuevo?”
-No, guardia, vengo a pedirte perdón por lo que dije.
-Dijiste que mi madre es una ramera y mi madre no es ninguna ramera.
-No, guardia, por eso te pido perdón.
-En cambio, tu madre es cien por ciento ramera y por eso está aquí presa.
La ira del niño explota como la vez pasada.
-¡Si mi mamá es ramera, la tuya también, guardia de mierda, hijo de puta!
El guardia sale enfurecido y trata de golpear al niño, pero el niño corre; el guardia lo apedrea y la niña, la salvaje y adorable hermanita, se planta frente a él.
-Si no tienes piedad de mí, tenla entonces de este pobre perrito que no te ha hecho nada.
La absurda ocurrencia de la niña me hace llorar de risa.
-Mira al perrito, míralo; ¿no te da pena?
-No sigas -implora el guardia.
-¿Te gustaría que tu madre estuviera presa, condenada a muerte, y un guardia sin alma te impidiera verla?
El sermón de la niña es más que convincente.
-¿Por qué me lastimas de ese modo? -pregunta el ablandado guardia.
-¡Ya vámonos de aquí! -grita el niño desde lejos. “Su mamá es una puta-ramera y por eso no nos deja pasar el miserable”.
El guardia enfurece de nuevo y apedrea al niño.
-¡No le pegues, no lo golpees más! -grita la niña, como en Los olvidados, de Luis Buñuel.
-Si quieren ver a su madre, aprendan a robar para que los encierren también. Yo no voy a dejar que entren a verla.
A eso se dedicarán los niños: aprenden a robar con Ladrones de bicicletas, de Vittorio de Sica.
-Esta es una película de arte -les dice el taquillero-, no les va gustar. Si quieren aprender fechorías grandes, vean cine de Joligud.
-Queremos ver esta -dice la niña…
De entrada, encontré obvias similitudes entre la inobjetable obra maestra de Meshkini y Las tortugas pueden volar, de Bahman Ghobadi, pero ahora que estoy borracho y tengo una semana sin comer nada, recuerdo aquel hermoso y necrófilo diálogo entre los niños de Juegos prohibidos, de René Clément.
-Hay que enterrar a tu perro junto con otros animales muertos -dice él.
-¿Por qué? -pregunta ella.
-Porque los muertos no deben estar solos -responde él.
-¿Por qué? -pregunta ella otra vez.
-Porque se aburren mucho -contesta él, escarbando la tierra.
Los niños del fin del mundo son precisamente eso, dos niños indigentes que pepenan, buscan desesperados en la basura, duermen en la cárcel porque eso es menos cruel que pasar la noche a la intemperie, expuestos a la árida y paradójicamente fría soledad del desierto, además de la brutalidad adulta que viola y esclaviza a niñas en Kabul, como en cualquier otro lugar del mundo, y finalmente engendra líderes en la sobrevivencia cotidiana y más elemental, y la autodefensa colectiva, más o menos mafiosa, con ocho o diez o doce años de edad…
Los pedófilos sabemos algo de esto, sobre todo ahora, que tenemos una guerra a muerte, públicamente declarada, contra los pederastas.

Los diálogos no son textuales, sino medio recordados y medio inventados en medio del delirio insomne del vino.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s