De película

Como la dirección era de Spielberg, la desprecié, dije guácala, guácala, guácala, sobre todo al leer en los créditos el nombre de Tom Cruise, un tipo al que, de plano, tampoco tolero, no lo trago, pero Tom Hanks corría con un niño de la mano (yo acababa de ver El Código Da Vinci, de Ron Howard, que me pareció casi un fraude, como a muchos otros), así que puse atención en la cara del niño y entendí, para confirmación del instinto, que era yo… Tom Hanks interpretaba (más o menos mal, como todo lo que hace) a un cincuentón con aspecto prematuramente avejentado y -para otra, muy otra, confirmación del instinto- entendí que ese ruco… también era yo.

Los dos corrían desesperados sobre las vías del metro, pues la mole estaba casi encima de ellos. De pronto, anciano como está, Hanks soltaba al niño para saltar sobre el andén y, con hipócrita inconsciencia de que era causa perdida, le daba la mano a su pasado (gloria pretérita, diría Monsiváis).

El niño gritaba: ¡Dios! (claro, la película era de Spielberg); en vez de tomar la mano del adulto, volteaba a ver el torbellino, monstruoso gusano de metal, y antes de ser arrollado, alcanzaba a decir: “Dios, ayúdame, por favor” (chantaje típico del hijo pródigo de Jiligud y sus colaboradores). Pero el tren pasaba por encima del precioso niño, que era yo, y Tom Hanks, que también era yo, preguntaba: ¿Dios? Y lloraba, finalmente, como patético descubridor de la verdad extemporánea, caminando cabizbajo por una desolada calle de Coyoacán.

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