Las lenguas volteadas

Lo mejor de algunas películas son sus diálogos, como en el caso de Las vueltas del Citrillo (2005), de Felipe Cazals, que rescata una forma de hablar en México a principios del siglo pasado (Xochimilco, 1903, para ser más exactos) con un guión que tardó cuatro años en dar a luz. Las vueltas del Citrillo es el nombre de una pulquería de la época en donde concurren soldados rasos y mujeres, a quienes les permiten la entrada en el anexo; ahí tiene lugar la primera parte de la cinta.

¡Puros díceres! -espeta Vanessa Bauche con los labios y la lengua adormilados, tambaleándose y con dificultad para fijar la mirada. “Puros díceres” tejen en efecto y bajo el efecto del pulque, después de un mes ensayando en estado etílico, una trama en la que tres militares, dos mujeres y un cura tienen los papeles protagónicos, aunque el alma de la cinta es más bien un personaje histriónico al que los demás se refieren como el dijunto Melgarejo y del que narran historias lejanas, cuando no contrarias de plano, a la realidad. “¡Puras pendejadas! -espeta el propio Melgarejo- No tienen nada mejor en qué entretenerse”.

-Oiga, mi sargento, y ese tal Melgarejo, ¿era de su conociencia suya?

-¡Qué va, mijo! A ese sólo lo conocían los muy mayores.

Pletórico de modismos y barbarismos, “giros idiomáticos” (Cazals dixit), refranes o dichos populares, albures y otros juegos de palabras, como expresiones de una apropiación mexicana del idioma español en el porfiriato, el lenguaje hace aquí a personajes de lo más pintorescos, cínicos y brutos, que evaden su cotidiana miseria poniéndose cotidianamente “hasta la madre de pulque”, según el director y guionista. Quizá la misma crítica de que ha sido objeto Arturo Ripstein sea merecida para Cazals en el sentido de que, según su visión, los mexicanos tenemos vocación de jodidos.

-¿Nomás por apalabrar como un aprendiz ya es uno insultativo?

-¡Al sonoro rugir y apestar del bridón apestoso!

-¿A poco asté lo andan haciendo culposo por atizarle a la grifa?

-¡Puras ínfulas de gente civilona!

Por mencionar algunas fallas, quizá la principal es precisamente el principio, por la efímera y pésima actuación de los “curritos de mierda”. También falla el contraste entre los primeros planos y escenas como en la que pasan las mujeres de la pulquería a la tienda contigua, cayéndose de borrachas, y falla la suciedad en aumento de los dientes del sargento, pues contrasta con la blancura inmaculada de las demás dentaduras, salvo la del tendero.

-A estas viejas las concibieron mientras Dios se echaba una siestecita.

-¡Resbalosas como piedras de río!

Al igual que los diálogos y algunas frases, los monólogos son memorables (que no memorizables, por elaborados), como el barroco sermón del párroco, por ejemplo, o la justificación escrita en voz alta del afusilamiento del cabo por enredarse con la mujer del sargento, o el choro mareador de la mujer cuando responde a la humillación de su “mero dueño”, momento en el que los ánimos pasan del rencor de él y la vergüenza de ella al amor de ambos, gracias al choro ese, con unas actuaciones espléndidas, como en toda la película.

No menos memorables son los diálogos entre los muertos en la última parte de la cinta.

-¿Arreglados?

-¡Arreglados! Yo asté lo tengo mirado desde endenantes.

-¿Dónde habrá sido eso, Chabelo?

-¡Oh! ¿Qué pasó? ¡Sobajar no es de hombres!

-Achántate, Isabel. Aquí tus fierros viejos valen para pura madre. Aquí puro mansito… Palabra de Lino Melgarejo. Aquí puro bonito y facilito.

Los muertos se confunden con los vivos en la feria, una secuencia rica en imágenes luminosas y dichos populares (“Si usted se llama no puedo, yo me llamo más que nunca”), incluyendo albures, para luego volver a las secuencias mortuorias.

-¿En qué quedamos? -le pregunta el sargento al cabo leal, que padece de un resfriado contumaz y aun así tiene que cuidar el grotesco altar a la madre decrépita para cuando se muera.

-Andamos licando cualquier novedad nueva -responde el cabo (en la primera parte de la cinta, el mismo personaje dice: “por voluntad de los voluntarios”).

-¡Ponte trucha; no se te vaya aparecer un salidor! ¡Ando bravo y no doy cuartel!

Los muertos llegan caminando y platicando tranquilamente hasta el canal en donde Melgarejo invita con un ademán a que el cabo suba al cayuco que lo llevará, junto con otros zombis, al más allá. El cabo sube muy triste y, antes de irse, le pregunta a Melgarejo: “¿Pos qué no estaba ya resucitado?”

-¡Qué te fijas, mijo! Da lo mismo aquí que allá. De todos modos no se llega a ningún lado.

Así termina la película (1).

Coproducida por el Instituto Mexicano de Cinematografía, Cuatro Soles Films, Estudios Churubusco y la Universidad de Guadalajara, Las vueltas del Citrillo es una muestra de lo que pueden hacer las instituciones que el “gobierno” intentó desaparecer en el sexenio pasado y ahora pretende asfixiar. Además es una pieza representativa del actual cine mexicano, tanto por el público al que se dirige (casi exclusivamente, pues su traducción a otros idiomas resultará ininteligible), como por estar realizado con recursos nacionales, a diferencia del que hacen otros cineastas mexicanos en Hollywood (“braceros de lujo”, según Carlos Bonfil), con inusitado y merecido éxito.

Las vueltas… es la mejor película mexicana que he visto hasta ahora desde Mezcal (2005), de Ignacio Ortiz, que ganó el Ariel a la mejor película el año pasado y también resultó ganadora en el rubro de fotografía, así como por la música, la edición, el sonido y el diseño de arte, doce galardones en total, como la de Cazals, que los obtuvo en otras categorías, por dirección, guión original, actor principal, coactuación masculina, vestuario y maquillaje. Personalmente, estoy de acuerdo en todos los casos, y la coincidencia entre ambas películas me hace confiar más en estos premios que en las estatuillas gringas.

Antes de Mezcal, que está basada en la novela Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, la mejor película mexicana que había visto era Voces inocentes (2004), de Luis Mandoki, y después de Mezcal, que sigue siendo mi preferida, Un mundo maravilloso (2006), de Luis Estrada, en donde también actúa Damián Alcázar, por cierto, bastante bien (trata de parecerse a Tin Tán y lo consigue). Por las mismas fechas que Las vueltas… vi Fuera del cielo (2), de Javier Patrón, y, francamente, no me pareció merecedora de los elogios que ha recibido. Allí también interviene Damián Alcázar, haciendo el papel de un policía judicial corrupto, valga la redundancia, pero su mejor actuación hasta ahora es la que tiene en Las vueltas… Y lo mejor de esta cinta es el guión, sobre todo por los diálogos. ¡He dicho!

1) Ya sé que no debo contar las películas y mucho menos el final, pero… ¡por eso mesmo lo hago, qué chingaos!

2) En cuanto a diálogos se refiere, lo único rescatable de Fuera del cielo está en la aparición de Isela Vega como puta retirada en un cuarto de azotea, cuando le dice a su hijo menor que ella hizo todo lo posible para que él no naciera. “Querías vivir, pero eras rete menso, nomás decías cucú cucú; por eso te dicen El Cucú. ¡Mejor te hubiera echado a la basura! Serías más feliz”. Este personaje y su parlamento me recuerda al ciego de Luis Buñuel en Los olvidados, gritando la frase más genial del cine mexicano: “¡Ojalá los mataran a todos antes de nacer!”

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s