Del Toro en la Cineteca Nacional

Fue toda una sorpresa que el nuevo director de la Cineteca Nacional sea Leonardo García Tsao, ese gran crítico de cine que puede prescindir de su memoria y referirse a ciertos pasajes de películas exactamente al revés de cómo son; ese gran formador de criterio, para quien “lo mejor” de Oliver Stone es Salvador, “lo peor”, Asesinos por naturaleza, y “lo más relevante” del cine, en su momento, Superman; ese señor inexplicablemente vanidoso que, por lo menos, una vez criticó a la propia cineteca por exhibir oscuras las películas. Ahora que él es el director, las películas no se proyectan menos oscuras ni su exhibición en general es menos desastrosa; por el contrario, las interrupciones son más frecuentes y prolongadas, las fallas de sonido también, a las cintas les faltan fotogramas; a veces empiezan tarde y -quizá para ahorrar el tiempo perdido en el retraso- se saltan el principio, algo que nunca ocurría aquí, ni ocurre en ningún otro lado.

El miércoles pasado, en el marco de una retrospectiva de Guillermo del Toro, programaron Cronos (1992), con la presencia del realizador. La función era a las 19:00 horas y los boletos se agotaron a las 17:00, pero la película comenzó con una hora de retraso, después de hacernos esperar más de media hora formados para entrar; se proyectó en dos salas simultáneamente y en la que no estuvo Del Toro anunciaron una exhibición de cortometrajes suyos que resultó ser pura música, nada de imagen; cuando concluyó la música, aparecieron los créditos y el público soltó una carcajada; entonces vimos en circuito cerrado la segunda parte de la plática, no con el público, sino con el director del recinto.

En la espera, gracias a que soy arrolladoramente sociable, me enteré de que la biblioteca del lugar había contado siempre con material gratuito, pero eso se acabó con el ascenso de García Tsao.

Yo tenía especial interés en el encuentro con Del Toro porque, para empezar, esperaba ingenuamente que charlaría con el público, no solo con el vanidoso, y planeaba preguntarle si estaba enterado de la forma en que le dieron en la madre a su obra maestra precisamente allí, donde jamás ofrecen disculpas ni explicaciones (a menos que uno las pida y le vean la cara de pendejo). También me hubiera gustado preguntarle al que nunca deja pasar la oportunidad de lucir su cara si todo seguirá como hasta ahora o cambiará siquiera lo que antes criticaba. Pero eso tampoco sucedió. Y hoy me pregunto si será posible la honestidad en los funcionarios culturales del salinismo con sotana. Por lo visto, no.

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