Letras Libres en la Cineteca Nacional

En la Cineteca Nacional hay ejemplares gratuitos de Letras Libres, lo cual me plantea varias posibilidades: a) que la revista de los Krauze y compañía no se vende y hay que regalarla para que alguien la lea; b) que el público de la cineteca es demasiado culto como para leer esa cosa y nomás regalada llega a sus manos, lo cual no quiere decir que la lea; c) que García Tsao está compartiendo un regalo que le hicieron los Krauze por hablar bien de ellos; d) que García Tsao compró un lote de Letras Libres a cambio de que los Krauze hablen bien de él…

En fin. Variando y desvariando las posibilidades, se me ocurre que, según los Krauze y su mafia, el público de la cineteca simpatiza con García Tsao y su mafia (lo cual sería tanto como creer que el público de Radio Educación simpatiza con Lidia Camacho y su mafia). Quizá los Krauze fueron a ver una película del ciclo de “humor irreverente” y, al escuchar las estúpidas risas, pensaron que allí había lectores potenciales de su revista. Quizá fueron a ver alguna de las grandes obras que destrozan allí olímpicamente y con total impunidad y, al observar que nadie protestaba, se dijeron: “Han de ser adeptos de nuestra causa”.

Lo cierto es que Letras Libres debería llamarse más bien Letras Liberales o, mejor aún, Letras Neoliberales. De tanto promover la aniquilación del mundo árabe en aras de la comodidad judía y mostrar el cobre de su ideología y reaccionar cada vez que algo acciona y comprar mercenarios de “izquierda” (neutros, tibios, ambiguos, acomodaticios y demás por el estilo) para su ejército de intelectuales de derecha, tan hábiles en el mimetismo camaleónico como diestra es la CIA en el oficio de infiltrarse y destruir desde adentro todo lo que se mueve con vida propia… De tanto ir el cántaro al agua, decía, al fin se rompió. O ¿alguien ha olvidado el episodio de la Feria Internacional del Libro en Guadalajara (2002), “secuestrada por la delegación cubana” (Krauze dixit), cuando el público se enteró de que la revista Encuentro, contraparte de Letras Libres, tenía financiamiento de la CIA, y su director, punto menos que un genio, envió una carta a La Jornada y otros diarios aclarando que su relación con la agencia de “inteligencia” gringa era indirecta? O sea, sí pero no mucho, nomás tantito. ¿Por qué no suponer entonces que los Krauze y Cía. reciben, por su parte, dinero del Mossad?

Cuando Enrique Krauze propuso que México participara en la destrucción de Irak a cambio de un acuerdo migratorio con el gobierno gringo, un antiguo colaborador suyo me dijo que, si algo buscaba este personaje, no era la embajada de México en Estados Unidos o por lo menos un consulado (un consolador, en su caso) para luego invertir los papeles, como hacen los traidores y como anunciaba y denunciaba yo, sino simplemente asegurar su visa y la de su familia. ¡De ese tamaño es la mezquindad de esta gente! O ¿alguien ha olvidado que el “historiador” recomendó la amnesia con respecto a los crímenes del pasado (68, alconazo, guerra sucia…) para empezar una nueva vida “democrática” sin rencores?

Los Krauze y Cía. son partidarios de asesinar niños y mujeres en Irak y donde sea, siempre que sean árabes. Letras Libres promueve, desde la “cultura” (como llaman a la imbecilidad que infesta la televisión y la radio, los periódicos y las revistas), la “libertad” como eufemismo de la destrucción del planeta y la degradación humana, la militarización con patrañas como las de Bush y Calderón (la pesadilla de Orwell), la intervención gringa en México, el capitalismo en Cuba…

Antes de escribir estas líneas, busqué el índice del ejemplar que tomé del mostrador en la dulcería, toleré ocho páginas consecutivas de publicidad a cuatro tintas, confirmé que Gustavo García, desde hace años, no escribe más en este pasquín de lujo y lo eché a la basura o, mejor dicho, lo junté con la demás. Estoy seguro de no haber privado a nadie de la libertad de leer lo que ahí se dice porque, al salir de la sala de cine, había casi la misma cantidad de ejemplares que cuando llegué y nadie, ni siquiera por el vistoso nombre de Vargas Llosa, quiso llevarse. Por lo visto, el público cinéfilo que concurre en este recinto no es admirador de los Krauze.

Función especial de El violín

Por fin he visto El violín, de Francisco Vargas. Con su desorganización habitual y la presencia del director y varios actores (entre quienes brilló por su ausencia don Ángel Tavira) y colaboradores, la Cineteca Nacional exhibió hoy la película con una copia mala y en un formato que, por gestión de los realizadores, será otro la próxima semana. La película me gustó, pero coincido con Hermann Bellinghausen en la apreciación de que Francisco Vargas no tiene mucha idea de qué es una guerrilla ni una comunidad indígena (aunque él mismo dice a los cuatro vientos que su mujer es etnóloga… ¡ah, bueno, menos mal!).

Después de la función hubo una charla entre el director y el público (afortunadamente, no estuvo presente Leonardo García); los actores y demás hicieron un papel de comparsas, y Francisco Vargas se mantuvo a la defensiva, me parece, o es más bien un soberbio, impermeable al más mínimo reclamo. Después de felicitarlo por la aceptación del público y la crítica, le pregunté si el relato de don Plutarco (“en el inicio de los tiempos”, etcétera) estaba inspirado en el viejo Antonio, y contestó, en resumidas cuentas, que así como el viejo Antonio estaba inspirado en el Popol Vuh y la cosmogonía maya, el relato de don Plutarco tenía un valor universal, por lo que supongo -eso no se lo pregunté- que el viejo Antonio, según él, es un personaje inventado por el Subcomandante Marcos. Le dije que me había molestado particularmente la secuencia en donde entrenan igual y al mismo tiempo, como en un juego de espejos, el ejército federal y la guerrilla, como si fueran la misma cosa o pudieran equipararse de esa forma, y contestó que quizá la guerrilla que yo conozco no es así, pero la que él conoce sí. Le pregunté qué opinaba de las críticas de Bellinghausen en el sentido de que un ejército de ocupación en una región indígena tenía como principales aliados a la prostitución y el alcoholismo, y que difícilmente un grupo guerrillero conseguiría sus armas en el mercado negro acudiendo a una cantina-prostíbulo, y contestó que no tenía por qué apegarse a la realidad, que era una película, no un documental. Y al señalamiento de que su película mostraba a los indígenas como ingenuos y torpes, contestó que no eran indígenas ni torpes, que era la historia de un señor que quiso ayudar a su gente y cometió un error.

Entre otras cosas, me faltó hacer un comentario sobre la pistola que los soldados le dan a don Plutarco, “pa’ que se eche un taquito en el camino”. Que alguien me explique eso, por favor, que no lo entiendo y, por más interpretaciones que le doy, ninguna me convence, como tampoco me convence la apasionada defensa que hace Francisco Vargas de su trabajo.

En fin. Me quedé con la impresión de que, en vez de hacer una buena película, su director y guionista quiere convencer personalmente al público mexicano de que hizo una buena película (el reconocimiento internacional lo respalda). Yo diría que es un trabajo interesante, pero que su autor haría bien si fuera más receptivo, si estuviera más abierto y aceptara las críticas, porque son válidas y son muchas. Al final de la charla, que fue bastante larga, se le salió su yo con una broma por demás elocuente y torpe, como sus personajes campesinos que no son indígenas ni torpes. Dijo: “Si les gustó la película, recomiéndenla, díganle a la gente que venga a verla, y si no les gustó, cállense, no digan nada”.

Sobre todo por el fenómeno actoral de don Ángel Tavira, a mí sí me gustó la película… pero no mucho, y por eso lo digo.