Función especial de El violín

Por fin he visto El violín, de Francisco Vargas. Con su desorganización habitual y la presencia del director y varios actores (entre quienes brilló por su ausencia don Ángel Tavira) y colaboradores, la Cineteca Nacional exhibió hoy la película con una copia mala y en un formato que, por gestión de los realizadores, será otro la próxima semana. La película me gustó, pero coincido con Hermann Bellinghausen en la apreciación de que Francisco Vargas no tiene mucha idea de qué es una guerrilla ni una comunidad indígena (aunque él mismo dice a los cuatro vientos que su mujer es etnóloga… ¡ah, bueno, menos mal!).

Después de la función hubo una charla entre el director y el público (afortunadamente, no estuvo presente Leonardo García); los actores y demás hicieron un papel de comparsas, y Francisco Vargas se mantuvo a la defensiva, me parece, o es más bien un soberbio, impermeable al más mínimo reclamo. Después de felicitarlo por la aceptación del público y la crítica, le pregunté si el relato de don Plutarco (“en el inicio de los tiempos”, etcétera) estaba inspirado en el viejo Antonio, y contestó, en resumidas cuentas, que así como el viejo Antonio estaba inspirado en el Popol Vuh y la cosmogonía maya, el relato de don Plutarco tenía un valor universal, por lo que supongo -eso no se lo pregunté- que el viejo Antonio, según él, es un personaje inventado por el Subcomandante Marcos. Le dije que me había molestado particularmente la secuencia en donde entrenan igual y al mismo tiempo, como en un juego de espejos, el ejército federal y la guerrilla, como si fueran la misma cosa o pudieran equipararse de esa forma, y contestó que quizá la guerrilla que yo conozco no es así, pero la que él conoce sí. Le pregunté qué opinaba de las críticas de Bellinghausen en el sentido de que un ejército de ocupación en una región indígena tenía como principales aliados a la prostitución y el alcoholismo, y que difícilmente un grupo guerrillero conseguiría sus armas en el mercado negro acudiendo a una cantina-prostíbulo, y contestó que no tenía por qué apegarse a la realidad, que era una película, no un documental. Y al señalamiento de que su película mostraba a los indígenas como ingenuos y torpes, contestó que no eran indígenas ni torpes, que era la historia de un señor que quiso ayudar a su gente y cometió un error.

Entre otras cosas, me faltó hacer un comentario sobre la pistola que los soldados le dan a don Plutarco, “pa’ que se eche un taquito en el camino”. Que alguien me explique eso, por favor, que no lo entiendo y, por más interpretaciones que le doy, ninguna me convence, como tampoco me convence la apasionada defensa que hace Francisco Vargas de su trabajo.

En fin. Me quedé con la impresión de que, en vez de hacer una buena película, su director y guionista quiere convencer personalmente al público mexicano de que hizo una buena película (el reconocimiento internacional lo respalda). Yo diría que es un trabajo interesante, pero que su autor haría bien si fuera más receptivo, si estuviera más abierto y aceptara las críticas, porque son válidas y son muchas. Al final de la charla, que fue bastante larga, se le salió su yo con una broma por demás elocuente y torpe, como sus personajes campesinos que no son indígenas ni torpes. Dijo: “Si les gustó la película, recomiéndenla, díganle a la gente que venga a verla, y si no les gustó, cállense, no digan nada”.

Sobre todo por el fenómeno actoral de don Ángel Tavira, a mí sí me gustó la película… pero no mucho, y por eso lo digo.

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