Purga del alma

Purgatorio (2008), de Roberto Rochín Naya, es una película que amerita ser vista más de una vez; inclusive es necesario para entenderla a cabalidad, para captarlo todo. Se trata de tres relatos independientes, cuya única relación es la autoría original de Juan Rulfo con un guión del propio Roberto Rochín en colaboración con Elías Nahmías y Tomás Pérez Turrent. Los dos primeros capítulos están filmados en blanco y negro y parcialmente coloreados en escenas esporádicas donde el color nunca llena la pantalla; el estilo de la imagen puede considerarse como experimental aquí. El tercer episodio, en cambio, está filmado a colores y es un poema visual, tradicionalista y preciosista, entre macabro, melancólico y erótico, de belleza espectral (con efecto mate o difuminado, y tonos sepia). El sonido en los dos primeros casos -pretendidamente experimental también- resulta de calidad muy desigual y es lo primero que da al traste con esta obra de arte; en segundo lugar las debilidades actorales y en tercero el micrófono invade el cuadro y sabotea definitivamente una sutil aproximación a la perfección estética, técnicamente audaz, pero fallida (la Cineteca Nacional, por su parte, se encarga de llevar hasta sus últimas consecuencias este autosabotaje). El micrófono que se asoma, por cierto, es más bien pequeño y eso explica el nivel o desnivel del audio y la necesidad de recurrir al doblaje, sobre todo en los diálogos del segundo capítulo. Antonio Diego Fernández, que es el sonidista más chingón de la pradera, usa micrófonos grandes, los más grandes que existen, no se anda con pichicaterías.

“Eso que para los humanos es el purgatorio es sólo la prisión del alma por el cuerpo”. Con estas palabras, leyenda del cartel publicitario, comienza la película. El primer relato es Paso del Norte, que forma parte de El Llano en llamas (1953). Los dos siguientes son Un pedazo de noche y Cleotilde, tomados de El gallo de oro y otros textos para cine (1980). El primero en ser filmado fue Un pedazo de noche (1995), el segundo fue Paso del Norte (2001) y el tercero Cleotilde (2007), por lo que hay doce años sumados entre el principio y el final de la realización que une los tres relatos en la misma película, aunque no es unidad propiamente, sino conjunto o conjunción.

Comparada con la marihuanada infumable que escribió Carlos Fuentes y dirigió Carlos Velo en los años sesenta, y que supone la primera adaptación al cine de Pedro Páramo (1955), Purgatorio “es una cinta fielmente rulfiana”, como dice Jaime Avilés, pero cualquiera que haya leído El Llano en llamas notará que Roberto Rochín y colaboradores aumentaron ligeramente Paso del Norte, hicieron más complejo el relato. Según la película, Bonfilio (Fidel Cerda) es embestido por un coche en la Ciudad de México, a donde llega en busca de su esposa, que huyó con un vendedor. Toda la historia parece una sucesión de recuerdos en su último instante de vida y termina cuando es enterrado el ataúd, lo que sirve para ligar el siguiente capítulo, cuyo protagonista es un sepulturero. Nada de eso, ni el final de apoteosis pitécnica, ocurre en el relato de Rulfo. Todos los hechos están contenidos en el diálogo del protagonista sin nombre con su padre (Justo Martínez); su esposa huye con un arriero y el padre le dice que se fueron “por ahí”, así que él se va a buscarla por ahí; así de simple.

El segundo capítulo, Un pedazo de noche, es calificado por Jaime Avilés como “una auténtica joya”, pero personalmente hay algo que me pone de mal humor y no logro detectarlo con precisión; quizá sea el doblaje de los diálogos y el hecho de que Miguel Rodarte en el papel de Isidro, el sepulturero, más que actor, parece un imitador de Pedro Armendáriz. El personaje además es encimoso, lapiento, arrastrado, punto menos que insoportable. Para preguntarle a una prostituta cuánto cobra, hace un ademán de limosnero. Dolores Heredia, en cambio (salvo cuando fuma o profiere: “Paso a creer”), hace bien el papel de Lucía, la puta callejera que será su cónyuge. Una escena del reflejo de la pareja en un charco de agua que se agita y desaparece al paso de una bicicleta es lo más rescatable de este segundo episodio.

En seguida, vemos al demacrado Pedro Armandáriz hijo, encarnando a don Julio, que no ha dormido en ocho días con sus respectivas noches, atormentado por la culpa y el remordimiento, así como por los fantasmas que invaden su mente deteriorada en la senilidad insomne. Ana Claudia Talancón personifica a Cleotilde, su joven esposa, a quien el viejo hacendado confunde por momentos con su tía Cecilia, cuyo recuerdo guarda en la memoria desde niño por un marcado complejo de Edipo. Cleotilde exclama: “¡Ponte en juicio, por favor! ¡Ya me tienes hasta aquí!”, y entonces uno confirma que Ana Claudia Talancón, con todo lo guapa que es, ni por asomo es una gran actriz. Como el anterior, este capítulo empieza en un cementerio y, como el primero, termina dentro de un ataúd, lo que imprime a la película un sello profundamente necrófilo.

El resto de los actores hacen muy bien su trabajo. La fotografía de Arturo de la Rosa y Alfonso Aguilar es espléndida (quizá demasiado contrastada a ratos). Acorde con la trama, la música de Gerardo Tamez y Dmitri Dudin contribuye con diversidad y uno que otro sobresalto a las atmósferas rulfianas. La ambientación de México en los años cincuenta, época del fracaso de la revolución y nuestra caída en la modernidad, es cuidadosamente recreada hasta el más mínimo detalle y perfecta.

“Yo no me preguntaría por qué nacemos, pongamos por caso, pero sí quisiera saber qué es lo que hace tan miserable la vida. ¿En dónde radica la fuerza de nuestra miseria?” Con estas palabras termina la película… y la reseña.

 

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