Trazando Aleida, en disfunción especial

 
Ayer en la noche, la Cineteca Nacional ofreció una función especial de Trazando Aleida (2008) con la presencia de Christiane Burkhard, su realizadora, y Aleida Gallangos, su protagonista, por fin en México; las causas de que tuviera una escasa asistencia no fueron a) que la gente ya ha visto el documental, como sugirió Tania Molina, periodista y traductora de La Jornada, ni b) la temporada navideña, como agregó Aleida, sino a) que no existe sensibilidad en México a l@s desaparecid@s polític@s y b) que la difusión fue insuficiente, a pesar de las redes sociales y el correo electrónico, pues la cartelera impresa y el sitio web de la propia cineteca, en honor a su vocacional tradición de autosabotaje, anunciaron que ese día no tendrían actividades.
 
Antes había ocurrido que los cortos, quizás editados en ese recinto institucional, predisponían al público -al menos a mí- como adelanto de un drama sensiblero y previsible de por sí, noción que afortunadamente cambió con el exitoso estreno, cuando además conocí a la familia de la protagonista y a la realizadora, una mujer accesible y alivianada, pero luego alguien cambió el formato original y redujo al máximo la calidad de su exhibición, como acostumbran allí, y hasta hace unos días estuvo perdida la copia en ese formato… El cambio de dirección no ha cambiado nada; nuestra exigencia de que se vayan tod@s al carajo motivó una encuesta para efectos de autocomplacencia y autoengaño entre asistentes acríticos.
 
En México no existe sensibilidad a l@s desaparecid@s polític@s, ni siquiera cuando se trata de niñ@s en edades tan tempranas que no guardan recuerdos, pero recuperan su identidad y vuelven a ser herman@s casi 30 años después de su violenta separación y adopción ilegal, además del secuestro y la desaparición forzada de sus padres por el estado en un oscuro capítulo que no concluye, acaso cambia de métodos. Si «l@s desaparecid@s nos faltan a tod@s todo el tiempo», México -un país de símbolos acribillados, que dejó la dignidad en el camino a ninguna parte- asume su lastre cual «pan nuestro de cada día», triste normalidad a la que puede acostumbrarse y acomodarse con pasividad saturnina, como a cualquiera otra: el secuestro de las instituciones por mafias que usurpan su nombre, la suplantación de la justicia por una hedionda puta, la dictadura del capital sanguijuela por mediación de bancos y oligopolios con la complicidad abyecta del pretendido gobierno, la masa ingente de autómatas que obedecen a las máquinas y, como justificación inconciente de sus inercias parasitarias, rebautizan a Dios con el nombre de El Sistema…
 
Según el documental, hay mil desaparecid@s polític@s por la «guerra sucia» en México (así llamada como si existieran guerras limpias), sin contar el exterminio de mujeres y niñas por negocio y diversión en Ciudad Juárez y otros lugares que padecen del mismo síndrome. En Argentina, l@s desaparecid@s polític@s por la dictadura militar suman 30 mil, o sea, 30 veces más que en México, así que l@s argentin@s cargan con una tragedia 30 veces mayor que la nuestra sobre su memoria, primera reflexión parcial (vamos por partes, diría el descuartizador) de lógica tan simple como una ecuación aritmética. ¡Pues sí, mire usted, pero no, fíjese! La realidad es más canija y actual: además de l@s desaparecid@s por la «guerra sucia», y las víctimas de la misma podredumbre desde Ciudad Juárez hasta España, pasando por Oaxaca y Guatemala (barbarie trasnacional en ambos casos), l@s mexican@s tenemos 30 mil muert@s en la guerra criminal llamada «contra el crimen» o «contra el narco», de crimen organizado contra crimen organizado, uno por el estado y otro también, durante cuatro años de espuriato, saldo comparable con el de la dictadura militar argentina, con la diferencia de los guachos que nos matan aquí se distinguen por sus incontenibles impulsos de masacrar niñ@s en los retenes militares, llenar de balas sus cuerpos y, por si resisten el ataque, arrojar granadas a tan mortales enemig@s (tan mortales son que bien muert@s quedan, y ellos como si nada, en la más campante y desafiante impunidad). ¿Eso hacían también los soldados argentinos, chilenos y demás durante las dictaduras coordinadas por la CIA y su Plan Cóndor? Hasta donde sabemos, había tráfico de niñ@s, no carnicerías a lo bestia, por nada y para nada. Otra diferencia, valga insistir, es que México asume sus tragedias como normalidad, acaso renovada, costumbre y tradición que, si tuviéramos un temperamento diferente, un carácter distinto, el temple de otra especie, nos tendrían, mantendrían y sostendrían día y noche a miles o millones de personas en las calles, inclusive dentro de edificios públicos (ahora recuerdo cuando tomamos el INI en 1992) hasta ver encarcelado al vergonzoso aborto de Hitler, émulo de Bush el pequeño, diminuto ser de cuarto mundo y tamaño inversamente proporcional al de sus tendencias dictatoriales, así como a toda su camarilla, su enredado círculo de cómplices, con penas a la altura de sus merecimientos, y al usurpador anterior, a su nefasto sucesor, al mandilón de los contratos múltiples, a las momias que perpetraron la noche de Tlatelolco, el alconazo y la represión selectiva, los autores de genocidio y desaparición forzada de personas (crímenes que nunca prescriben, jamás se olvidan y mucho menos se perdonan), personajes tan sórdidos como Quiroz Hermosillo, Acosta Chaparro y Nassar Haro, que atentaron contra la humanidad con un historial represivo del que todavía falta mucho por descubrir, se aliaron con los más poderosos cárteles del narcotráfico, del tráfico de armas… y ahora el papalote, como títere invertido al que sostiene un hilo en las alturas desde abajo, ventrilocuito que le quedó enano al uniforme castrense, los condecora, es decir, los decora con medallas al mérito de la vileza y el deshonor, los asciende por encima de sus antecedentes penales, o sea, su glorioso paso a través de las rejas y los juzgados, les rinde pleitesía y otorga pensiones millonarias, entre otros privilegios; cabe sospechar que pupilos de los mayores genocidas en la historia reciente de México siguen haciendo el “trabajo” sucio del desgobierno en la clandestinidad; eso y más, porque México no es un país, sino la tierra de nunca jamás.
 
Al término del documental, me enteré de algo que amerita ruido: ahora resulta que la desaparición forzada de personas estrena modalidades camaleónicas, pues se hace pasar por secuestro de la delincuencia común al “pedir” una recompensa, pero no la recibe y, en cambio, mantiene a la familia en vilo durante años.
 
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