De Jane Fonda a Naomi Watts

(Primera parte)

Jane Fonda goza de un doble privilegio: ser la mejor actriz del siglo XX y su protagonismo en la película más hermosa del cine universal, como todavía considero a Julia (EUA, 1977), de Fred Zinnemann, aunque la cumbre actoral de Barbarella pasada por Hanoi no es el papel que desempeñó allí, sino el que había estelarizado en They Shoot Horses, Don’t They? (EUA, 1969), de Sydney Pollack, ocho años antes, una interpretación impactante que fue nominada tanto al Óscar, de la dizque academia gringa, como al Globo de Oro, que otorga la prensa extranjera acreditada en Hollywood, y al BAFTA, nombre de la dizque academia británica y sus premios homónimos al cine y la televisión de su gusto. ¿Sin embargo? A la más talentosa y mejor dotada estrella del cine gringo durante aquella época le fueron negados esos tres galardones. La película obtuvo nueve nominaciones al Óscar, ninguna en la categoría de mejor película, y nomás ganó la estatuilla para el mejor actor de reparto: Gig Young. ¡Vaya negación tan paradójica! ¡Y qué mezquina reserva! La dizque academia (que no aplica ningún criterio, sino algún cálculo) prefirió nominar excepcionalmente una película extranjera (Z, de Costa-Gavras) y premiar finalmente a Vaquero de medianoche, también por mejor director (John Schlesinger) y mejor guión adaptado (Waldo Salt).

Es curioso que la mujer encarnada por Fonda en Baile de ilusiones, como fue “traducido” el título de la película y la novela homónima de Horace McCoy, adaptada por Robert Thompson y James Poe, sea una esforzada sobreviviente de la Gran Depresión que, durante los años treinta, padecieron los gringos pauperizados y depauperados; ella acaba trágicamente como una perdedora más, como habrán de acabar todos los participantes en el maratónico baile que los reduce cada hora, día y noche, a piltrafas infrahumanas. Advertencia: si no conoces el final, tampoco leas lo que sigue: el título original se debe a que Gloria (irónico nombre para esta representante de la ruina moral), al tocar fondo en una gran depresión personal, pide a su compañero de infortunio y baile de ilusos que le dispare a la cabeza; él concede y, cuando la policía lo arresta, pregunta: “¿Acaso no les disparan a los caballos que sufren?” Danzad, danzad, malditos, horrible título que también se le ha dado a la obra maestra de Pollack, como un sino maldito, es la gran perdedora de aquel año, si acaso aspiraba ingenuamente a confirmar las nominaciones, causantes quizá de ilusiones y falsas expectativas, con una salvedad como de consolación. Para el Óscar, estaba nominada en los rubros de mejor director, mejor actriz principal, mejor actriz de reparto, mejor actor de reparto, mejor dirección artística, mejor guión adaptado, mejor montaje, mejor música y mejor vestuario. Con todas esas categorías, ¿por qué nominarla en la de mejor película, y para qué si, de todos modos, no ganará?

-¿En cuál debe ganar?

-¡En la de actor secundario! Al cabo ya tuvo su Gloria.

Durante los 33 años siguientes (simbólicamente, el tiempo que vivió Cristo), ninguna película tuvo tantas nominaciones al Óscar sin abarcar el rubro de mejor película, aberración que, nomás por tratarse de Jane Fonda, era concebible. Tanto el Óscar como el Globo de Oro y el BAFTA son premios imperialistas, y ella había vuelto de París a realizar una gira por Estados Unidos contra la intervención gringa en la guerra de Vietnam; a riesgo de ser acusada de alta traición y castigada con la pena de muerte, llamó a la deserción del ejército gringo; se hizo amiga del Vietcong y los comunistas de Hanoi, con quienes se retrató en un campamento militar y las fotos siguen causando escándalo de la derecha recalcitrante hasta hoy. ¿Premiar la más brillante actuación de la mejor actriz del siglo? ¡Nunca! En cambio, Henry Kissinger recibió el Premio Nobel de la Paz en 1973 por el retiro de las tropas gringas que invadían Vietnam y, durante esa misma década, promovió la Escuela de las Américas y los golpes militares que enlutaron a nuestro continente por el terrorismo de Estado y su genocidio sistemático, pesadilla que amenaza con empezar de nuevo, ahora en México.

Por su papel en Julia, Jane Fonda fue nominada por tercera vez al Óscar, y Vanessa Redgrave lo obtuvo en la categoría de mejor actriz de reparto. La actriz principal personificó a Lillian Hellman, acusada en su momento por el macarthismo de ser comunista o simpatizar con el comunismo, o sea, “realizar actividades antiamericanas”; la escritora se negó a declarar ante el comité inquisidor del senado y después denunció en el libro Tiempo de canallas (1976) la cobardía de sus colegas que se prestaron a la cacería de brujas, acusándose unos a otros, incluso entre familiares y amigos. Ese libro es el tercero de una trilogía autobiográfica; el segundo es Pentimento (1974) y, con el título de Julia, uno de sus capítulos describe la amistad de la autora con la discípula de Sigmund Freud. En internet circula un chisme que alguien escribió quizá desde la ignorancia, y una cofradía de imbéciles se encarga de divulgar, reproduciéndolo inclusive con la misma redacción. Fred Zinnemann, según esta versión, leyó Pentimento y llamó especialmente su atención el capítulo dedicado a Julia, pues imaginó que ambas mujeres habían tenido “relaciones carnales”. Además de comentarlo, quién sabe con quién, se lo preguntó directamente a Hellman, quien guardó silencio, mirando al horizonte durante un largo rato, antes de responder que no lo recordaba ni cambiaba nada de lo que sentía por ella. Todo es una estupidez que nomás el público de Teleguía o Paty Chapoy puede tragarse. La verdad, en cambio, es un fascinante misterio: Hellman, efectivamente, llevó dinero escondido a la Alemania nazi, pero Freud no tuvo ninguna discípula llamada Julia durante aquellos años (curiosamente, Julia no tiene apellido, no está escrito en ningún lado); al parecer, es un personaje ficticio, pero inspirado en una mujer real que, años después, se vio retratada en el capítulo respectivo de Pentimento y, antes de morir, le preguntó a la autora en una carta si Julia era ella, pero la escritora no le respondió; la mujer murió sin conocer la verdad y Hellman murió sin revelarla… colaboró en el guión de la película y declaró abiertamente que lo hacía con la esperanza de que fuera una declaración de amor, que la película dijera lo que ella no se atrevió a decir en el libro, pero sus lectores más acuciosos distinguen los pasajes novelados o totalmente ficticios de su trilogía autobiográfica.

Respecto a Jane Fonda, lo más paradójico de su relación con Hollywood es que una de las dos películas galardonadas con el Óscar por su actuación trata sobre la guerra en Vietnam: Coming Home (EUA, 1978), de Hal Ashby. Por lo demás, la dizque academia de Hollywood no es menos estúpida y deshonrosa que la de TV Azteca, pero nadie se ha negado a recibir el Óscar, ni siquiera Luis Buñuel, que usó la estatuilla para detener una puerta; nadie lo ha rechazado, vaya, ¡ni siquiera Jane Fonda!

La actriz en el papel de la escritora… Acerca del Óscar académico, he aquí el ejemplo de 2007. Sobre cine biográfico, léase La vida en el color de la melancolía.

 
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2 comentarios el “De Jane Fonda a Naomi Watts

  1. Tengo que decir que no he visto Julia!! Así que voy a ver si consigo encontrarla y la veo, que ya tengo curiosidad por lo que cuentas de ella.

    • Ivanrin dice:

      Te la recomiendo ampliamente, aunque la mejor actuación de Jane Fonda no es la mejor película (Julia), sino Baile de ilusiones (en España, Danzad, danzad, malditos), seguida quizá por La jauría humana.
      ¡Julia es una joya imprescindible y entrañable!

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