De Jane Fonda a Naomi Watts

baile(Segunda parte)

La fuerza que proyecta Naomi Watts en 21 gramos (México, EUA, 2003), de Alejandro González Iñárritu, es comparable con la que transmite Jane Fonda en Baile de ilusiones (EUA, 1969), de Sydney Pollack, 34 años antes, pero 21 gramos es inferior y de ahí que la magistral actuación de tod@s, empezando por la mujer británica de nacimiento que adoptó la nacionalidad australiana, tampoco alcance la perfección dramática ni la trágica intensidad de la protagonista principal en Danzad, danzad, malditos, pues además el personaje que interpreta Naomi, al final es imperdonablemente ambiguo.

En They Shoot Horses, Don’t They? (título idóneo para la novela, pero erróneo para la película, en términos comerciales), Jane oscila entre la máxima tensión y el sutil intercambio de miradas, cuando responde que no a la sonrisa de un hombre que la desea, instante de inteligente y elegante discreción para la que no obsta que su personaje sea francamente sórdido por una insoportable carga de amargura y frustración; su pareja en turno sufre un infarto en el clímax del maratón y ella entonces arrastra el peso muerto del anciano para no quedar fuera de la carrera; el drama se concentra, su intensidad repunta, logra un resumen que alcanza la máxima tensión, valga la insistencia, y pone a prueba la capacidad física y actoral de la extraordinaria y entrañable actriz, la lleva literalmente hasta el límite y ella lo supera, pues lo único insuperable aquí es ella.

En 21 gramos, Naomi Watts no cuenta quizá con una ocasión semejante, pero el mérito estriba en la proyección que personalmente confiere a su papel: cuando pasa de los besos a los golpes, por ejemplo, ese temperamento impulsivo y compulsivo es la culminación de su actuación, convincente de por sí, en toda la película; es el momento de mayor intensidad, que supera inclusive a las secuencias más violentas; el rostro enrojece porque la sangre sube y dilata una vena en la frente, que salta a la vista. Sean Penn sostiene con ambas manos esa cara para reprimir los besos, y los rasgos faciales se orientalizan, los ojos (hermosos y anglosajones, agudos por la inteligencia de su mirada y no por ser orientales) son ligeramente rasgados por un instante; aunque parece contener lava, un eufemismo de neurosis, la expresión embellece todavía más ese rostro. No es necesario narrar lo que sigue, que él confiesa: “Tengo el corazón de tu esposo”, y ella enfurece, la ira se hace volcán. “¿Cómo te atreves?” -espeta entre golpes que terminan echándolo a la calle. Aunque sea presuntuoso, percibo cuando las actrices improvisan: la frase “¡me das asco!” no está en el guión; “¡no puedo respirar!” -tampoco.

Jane Fonda improvisa dos veces en Klute, o El pasado me condena (EUA, 1971), de Alan Pakula, durante la sesión con el sicoanalista (refriteada en Adiós a Las Vegas, de Mike Figgis, pero sin la improvisación), y cuando se desnuda narrando una historia ante los ojos del anciano que le paga para eso; ese momento, por cierto, es más sensual que erótico. Hacia el final, su personaje llora y, entre las lágrimas, derrama un moco; en vez de limpiarse la nariz y repetir la escena, se limpia con la mano sin dejar de actuar. Por esa película, incomparablemente menor que Julia (EUA, 1977), de Fred Zinnemann, y Baile de ilusiones, recibió un Óscar… Pobres gringos: su estupidez no tiene remedio.

En la entrevista que Jane Fonda concede a Juan Villoro, la gran maestra en el arte de la improvisación revela un interesante secreto: si la época es actual, ella puede identificarse con su personaje hasta el punto de actuar espontáneamente; si la época es otra, como en Gringo viejo (EUA, 1989), de Luis Puenzo, esa posibilidad se cancela; en consecuencia, su improvisación en Julia es más bien desafortunada, pues la época es intermedia; si la catarsis histérica en que avienta la máquina de escribir por la ventana es improvisada, retiro lo dicho. Las improvisaciones de Fonda suelen ser geniales, y las de Watts, desafortunadas. La peor ocurre en Mulholland Drive (EUA, 2001), del denso David Lynch, cuando ella sufre un sacudimiento parecido a la epilepsia, pero esquizofrénico. Esa película tiene dos partes: la primera corresponde a tres semanas de sueños y la segunda es el despertar a una realidad opuesta; de ahí que los imaginativos “traductores” la intitularan como Sueños, misterios y secretos; el mismo personaje muestra dos facetas contrarias; una es dulce y sonriente, huera y burguesa; otra es amarga y neurótica, demacrada y ruinosa; en la media hora final, su intensidad es mayor que durante las dos horas de 21 gramos, y dentro de esa parte ocurre una secuencia de celos que, sin temor a exagerar, es la cumbre de la perfección actoral, no sólo en su brillante carrera, sino en la de todos los astros del firmamento. Con una fuerza expresiva de calidad que hasta entonces no había logrado más que Jane Fonda, la rubia de piel pálida y ojos color cielo enrojece al ver que su amante y otra mujer murmuran y la miran antes de besarse en la boca; una lágrima sintetiza o condensa los celos y la humillación, y es el instante de máxima belleza en toda la historia del cine.

Hace años, un amigo que se dice poeta, pero no hace más que mantener su perpetua ebriedad, me hablaba de la gota sublime que aspiran a derramar ciertas culturas orientales como culminación de la creación artística, instante para el cual esperan toda una vida o más de una, durante generaciones enteras; esa gota sublime derrama Naomi en la cima de media hora durante la cual concurre su talento y el de Lynch, principalmente. No siempre ocurre un milagro semejante al concurrir talentos como los de Cronenberg, Mortensen y Watts en Promesas del Este (Canadá, Reino Unido, 2007), que resultó más bien decepcionante ante las expectativas causadas por la conjunción de grandes personalidades, o los de Neil Jordan y Jodie Foster en The Brave One (titulada en español como Valiente o La extraña que hay en ti), el mismo año, versión “femenina” de El vengador anónimo (femenina entre comillas porque hasta camina como Charles Bronson).

La insuperable dejó de serlo en la medida que Naomi ha logrado instantes de belleza y perfección equivalentes a piezas de un orgasmo, pero le falta mucho para superar la carrera de Jane Fonda y podría caer en la tentación taquillera por el estilo de King Kong, fácilmente. Por lo demás, la faceta de luchadora social hace de Jane Fonda una mujer admirable, actriz inmensa que además produjo unas cuarenta películas y escribe casi como l@s grandes; en eso, difícilmente podrá superarla nadie.

davidlynch

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5 comentarios el “De Jane Fonda a Naomi Watts

  1. plared dice:

    Juraría que dejé un comentario aquí, pero bueno, serán los duendes o la edad. El caso es que Jane Fonda es una buena actriz, como queda claro en películas como Danzad, danzad, malditos, pero su personaje mediático, metido en todos los fregados que movilizan a la progresía americana, la lastra para mucha gente. Nunca me gustó esa imagen de libertaria con visa oro, viviendo a todo trapo mientras defiende causas supuestamente perdidas o del gusto gafapasta, sean nobles o no. Saludos

  2. Ivanrin dice:

    ¡Sale! Hay que reclamarle a Jane Fonda por haber escrito sus memorias y tener el éxito que merece, tanto en eso como en todo lo que hace, porque todo lo hace bien; además, ningún actor debe ser de izquierda, todos deben ser como Clint Eastwood en la vida real. La izquierda es para los jodidos.
    Tu anterior comentario y mi respuesta están al pie de París a medianoche.

  3. plared dice:

    No creo que Jane fonda sea de izquierdas, es mas lo que se entiende por izquierdas en Estados Unidos, aui seria derecha, por lo menos en mi pais. Lo que si que no me gusta, son los actores que hacen apologia de ciertas causas, cuando su vida en si es un derroche. Me pasa lo mismo que con la famosa princesa del pueblo inglesa. Mucho luchar contra las minas y las guerras cara a la galeria y luego se enrrolla con un traficante de armas.

    Lo siento pero la coherencia para mi es esencial, no se puede dar un discurso progresista y cuando acaba llevar una vida de lujo y dispendio. No es creible, saludos

  4. Ivanrin dice:

    Dicho así es menos refutable tu argumento y te daría la razón si no tuviera nada más un cuarto de siglo escuchándolo, especialmente desde que la actriz anunció su retiro del cine hace quince años y lo cambió por una vida privada entre oligárquica y patriarcal. Ella suele responder a las críticas necias que ser pobre no es revolucionario ni hay dignidad alguna en la pobreza. Me quedo con eso porque su dinero no proviene de explotar a nadie ni hay incongruencia. Yo soy de izquierda y pobre, pero me gustaría tener todo el dinero que tiene ella y hasta más, y seguiría siendo de izquierda, estaría en mejores condiciones para luchar…
    Abundan razones para considerar a Jane Fonda como una persona de izquierda; ¿podrías darme una para ubicarla en la derecha? Si la razón es el dinero, mejor no me contestes; la envidia tampoco es argumento…
    Yo soy mexicano, ¿y tú?

    Gran Torino, por cierto, no es el regreso del sargento Callahan, sino el reciclaje de un anciano que nomás cambia de nombre, pero si no es lo mismo Los tres mosqueteros que 20 años después, mucho menos Harry el sucio que 40 años antes.

    Saludos.

  5. plared dice:

    Definir una persona y decir que si es pobre es de izquierdas y rica de derechas es una necedad. La izquierda nunca ha hecho nada por los pobres, la derecha tampoco, asi de simple. Engañarse bajo signos politicos es de necios

    Pero fuera de ideas politicas, si dices que luchas por lo marginados y luego te vas a tu casa de varios millones a llevar una vida de lujo, sinceramente es una tomadura de pelo, lo veas como lo veas. Eso es lo que mata a la izquierda, al final lo unico que hacen es querer vivir como los ricos a costa de defender a los pobres. Saludos

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