El planeta de los simios

césarCuando Taylor es atrapado por los simios, luego de su primera escapatoria, que no pasa del intento, sale del mutismo y espeta: “¡Quítame de encima tus sucias manos, maldito simio asqueroso!” Y todos se quedan estupefactos ante un humano que habla. La escena es un hito en la historia del cine: la fuga culmina con la furibunda voz de Charlton Heston dentro de una red, su gesto no menos rabioso y la reacción de los simios con actitudes corporales y en posiciones que no son espontáneas, sino cuidadosamente diseñadas para efectos coreográficos de teatralidad y equilibrio escénico. En ese instante concurren la dirección de Franklin J. Schaffner, el guión de Pierre Boulle (autor de la novela) en colaboración con Micheal Wilson, la música de original audacia, compuesta por Jerry Goldsmith (que usó instrumentos nunca antes usados en cine), la fotografía también audaz de Leon Shamroy (que hacía girar la cámara hasta ponerla de cabeza), el montaje de Hugh S. Fowler, una escenografía de creatividad tan lavoriosa como austera, y el maquillaje, también laborioso y creativo, de John Chambers (que mereció una especie de mención honorífica por la dizque academia de Joligud, pues todavía no se le ocurría un Óscar por mejor maquillaje… pobres gringos, me cae).

Cuando Caésar detiene la mano que lo golpea con descargas eléctricas, el celador espeta: “¡Quítame de encima tus sucias manos, maldito simio asqueroso!” Y Caésar contesta: “¡No!” Todos reaccionan estupefactos ante un simio que habla. La escena que, para empezar, no es original, tampoco alcanza el espectacular dramatismo de hace 43 años; sólo invierte los papeles y ni siquiera eso es original, pues lo hizo Tim Burton una década antes, con singular torpeza y una burla grotesca.

El coronel George Taylor había quedado sin habla por un balazo en la garganta durante la cacería de personas por gorilas a caballo. Caésar había obtenido el don del habla por experimentos humanos de laboratorio; su madre es llamada Ojos Brillantes, como Taylor, que grita enjaulado cuando lo bañan con una manguera de chorro a presión: “¡Esto es un manicomio!” Caésar cae en la celda que tenía destinada y los demás simios enloquecen; el celador grita entonces: “¡Esto es un manicomio!” Después lo baña con una manguera de chorro a presión… Muy imaginativo todo.

El planeta de los simios (1968) fue la primera de cuatro películas que cerraron un ciclo, como La máquina del tiempo, de Herbert George Wells, precedente literario del cine con títulos homónimos y Volver al futuro, Los once monos, Terminator y un etcétera interminable. La cuarta película, Conquista del planeta de los simios, es la rebelión encabezada por un chimpancé llamado César, hijo de Zira y Cornelius, científicos que escapan del planeta gobernado por simios y vuelven al imperio de los humanos. El planeta de los simios ®Evolución (2011), de Rupert Wyatt, es la rebelión encabezada por un chimpancé llamado Caésar… En estricto sentido, se trata de la segunda precuela, pero eso no obsta para que su título en inglés sea Rise of the Planet of the Apes, traducido como El origen del planeta de los simios. En este “origen”, que tiene de original un carajo, pero es el primero en llamarse así, no hay grandes actores ni aportaciones importantes, además del avance tecnológico (eso sí, muy impresionante).

La trama se desenvuelve en tres partes: la primera es el drama de la adopción; un chimpancé inteligente se desarrolla en la casa y con la familia de un científico abocado al invento de algo que aumente la inteligencia humana, con pruebas preliminares en simios, o cure por lo menos el alzheimer; demasiado larga para mi gusto, la primera parte es drama con acción muy escasa, y le sigue un episodio de transición en cautiverio; el chimpancé debe adaptarse al ambiente hostil de una prisión para simios y, luego de ríspidas y violentas dificultades, impone su liderazgo. La tercera parte alcanza el clímax con una rebelión de simios inteligentes, los de la prisión, que liberan a los del zoológico y luego a los del laboratorio.

Con demasiados guiños para críticos y cinéticos complacientes y benévolos, es decir, acríticos, los realizadores apuestan a la falta de memoria y “críticas” por el estilo de Carlos Bonfil o, peor todavía, Leonardo García. Cuando Cáesar y los suyos se dejan ver armados con lanzas desde la calle hasta lo alto de un edificio, la película plagia Braveheart, de Mel Gibson; cuando Cáesar autoriza la venganza de un simio violento que había sido atormentado, la película plagia de nuevo al borracho; cuando el simio violento patea un helicóptero al pie del precipicio, la película plagia una escena de James Bond reencarnado por Roger Moore… ¡Qué vergüenza!

A la falta de originalidad hay que agregar los errores de una súper producción ética y profesionalmente obligada a ser perfecta: en la batalla del puente (momento climático del tercer episodio), un caballo, al parecer desbocado, sale de la neblina, y la policía en barricada o atrincherada, lista para disparar, descubre que el animal es montado por Caésar, pero no dispara; transcurre tiempo suficiente, por no decir demasiado, para que una mente humana reaccione, más aún si está entrenada para eso. Los realizadores alegarían que la agilidad física y mental de los simios era superior a los humanos, pero yo respondería: por escaso que sea, el público pensante es mentalmente más ágil que todos los protagonistas de la película.

El pecado original está en el principio de todos los demás, al menos en el cine, como es lógico: los simios hablan inglés, pero Taylor no capta que regresó a su propio planeta, sino hasta el final, cuando se encuentra con la Estatua de la Libertad en ruinas, derruida, como en muchas otras películas. Aun así, los méritos son tantos como para perdonar esa tontería. En cambio, los errores y “guiños” de la segunda precuela son imperdonables, al menor por mí. Si no mal recuerdo, las lanzas de los simios brillan por su ausencia en la batalla del puente. Durante la rebelión, resulta que los simios están más y mejor entrenados que los humanos militarmente, y Caésar parece conocer todas las tácticas y estrategias de guerra; los de su especie entienden perfectamente las señas y señales del líder, además de ser obedientes y disciplinados; por si fuera poco, la comunicación es mímica y telepática, y los cálculos del líder son infalibles, como si un gas inoculara en el cerebro de un animal irracional toda la historia militar de la humanidad, o sea, la historia de su máxima irracionalidad. Por tratarse de ciencia ficción, el planteamiento es involuntario, pero aceptable: antes de ser humanos fuimos monos y ahora somos expertos en la destrucción de todo lo posible. Desde una actitud crítica y filosófica, eso es lo más discutible por contradictorio: ¿cuanto más racional es un animal irracional, mayor parecido tiene al humano, el ser viviente más destructivo entre todas las especies del planeta, inclusive que las catástrofes y los desastres naturales?

A diferencia de la primera rebelión, algo también involuntario podría ser el planteamiento de que los gobiernos políticos terminan sustituidos por las corporaciones privadas (la tiranía del capital, eufemísticamente llamada poder fáctico, tiende a descararse y monopolizar también la política), como en RoboCop, que fue de mal en peor, pero mantuvo siempre a la policía de lado oprimido (carcajadas, por favor).

Las cuatro películas que cierran un ciclo, una historia del tiempo en ida y vuelta, incluyen una gringada, un mal necesario, y dieron lugar a una quinta secuela, un bodrio innecesario y de cuarto mundo, que empieza con cortos de las anteriores y termina con insufribles pretensiones filosóficas. Luego vino la serie de televisión, el cómic, los juguetes, los chicles con estampillas, los pósters… La cultura de consumo es previsible. Con el desbordante ingenio de una ® antes de la palabra evolución, resulta revolucionaria su noción: el gas que hizo más listos a los changos enfermó a los humanos, que ahora son tarados o, de plano, retrasados mentales, y los enfermos estornudan a la cara de los sanos para ocasionar una epidemia y la segunda parte de la segunda precuela. Business are business.

Post postrero

El planeta de los simios, de Pierre Boulle, es una civilización futurista, como la de Blade Runner y su fuente literaria, pero gobernada por simios. La civilización que vemos en la primera adaptación al cine es primitiva por causas presupuestales. Esa es la única posibilidad que tiene la readaptación moderna de aportar algo: aproximarse a la novela, más que la saga de hace cuatro décadas.

simios

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13 comentarios el “El planeta de los simios

  1. Naranjarte dice:

    No ví aún la nueva versión de “El planeta de los simios”, pero por tu crítica veo que el único aporte a las primeras versiones de más de cuarenta años, (¡Cómo pasa el tiempo!) son sólo de carácter técnico, lo cual suponía, por eso no me movió la necesidad de verla y preferí guardar nostálgicamente el impacto en blanco y negro que me provocara verla hace más de treinta años, cuando niña. Entonces ese impacto había sido fuerte y claro, en medio de una guerra fría con las almas aterrorizadas por un dedo apretando despiadadamente un botón rojo (podría haber sido amarillo, total en la pantalla en blanco y negro lo que contaba era la imaginación), se presagiaba a una humanidad en camino inevitable hacia su propia desaparición, la desvencijada muñeca hallada en la cueva primero y la estatua de la libertad enterrada en esa playa observada a vuelo de pájaro luego, serían los signos de la cruel realidad, al fin ellos, los humanos del pasado lo habrían hecho. Y se reconstruía todo el film nuevamente, ahora la Tierra estaba poblada por otros seres, los asquerosos simios, mutantes espantosos hablando mi lengua (doblaje al español para TV) que le habían hecho la lobotomía a uno de los pobres astronautas sobrevivientes tras un aterrizaje forzoso en un planeta aún desconocido (en 1968 estaba a pleno la carrera espacial y los temibles rusos iban en ventaja) para evitar escucharlo hablar, mientras martirizaban en su jaula a un sudoroso e irritado Charlton Heston. ¿Qué planeta era éste infestado de semejantes enemigos? Sólo un par de simios científicos (con una de las instituciones más defendidas por el puritanismo yanqui hasta el día de hoy en que una meteoróloga en vivo y en directo por TV recibe de rodillas el pedido de su mano por parte de su ridículo novio, me refiero a nada menos que el matrimonio, http://teleshow.infobae.com/notas/621996-Le-propusieron-casamiento-mientras-daba-el-pronostico-en-TV) eran los únicos humanizados que bajo el nombre de la ciencia y sólo ella (aunque fuera ella la que inventara la tan temible bomba) podían hacer alarde en otro mundo de las antiguas premisas humanistas: Existir como una piedra, vivir como una planta, sentir como un animal o pensar como un hombre/simio ( si se me permite la acepción).
    Cornelio (en mi memoria quedó Cornelius) y Zira (Shira decían en el doblaje de la TV), la extraña y graciosa al darse besos, pero imitable pareja llena de los mejores valores humanos tedrían un hijo en el siguiente film y en el último de los tres que vi, éste habría sido el patriarca inmortalizado en un busto de una nueva cepa que estaría en el futuro tan cerca de ese nuevo planeta con similares condiciones al de la Tierra, como el que recientemente se supo está a nada menos que 600 años luz.
    Hay una esperanza, pareciera decirnos la versión utópica: sigan destruyendo todo como lo hacen, mátense felices que total los que sobrevivimos nos colamos todos por un agujero de gusano y como gusanos (sin faltarle el respeto a los gusanos, sino admirando su habilidad para reptar) llegamos a la supervivencia en tan solo 600 años luz. (http://tn.com.ar/tecnologia/00075075/a-600-anos-luz-un-planeta-que-podria-ser-habitable)

    Aclaración: Mi texto como siempre es una chorrera, una acumulación de palabras al pepe, al cuhete, al divino botón, ¿Así habrías llamado a los que te han molestado de mí en el pasado?, no recuerdo las expresiones de tu lengua, pero los adjetivos que en este texto aparecen en general intentan ser irónicos. Mi texto, en suma, dará cuenta de que en general me gusta el que hiciste para este film.

    • Ivanrin dice:

      Gracias por tan extenso comentario; hay una parte que no entiendo, pero en cuanto lo haga la responderé.
      Saludos.

    • Ivanrin dice:

      Interesante coincidencia la que observas: epocal, diría el maestro Adolfo Gilly; México y Francia estaban en efervescencia, y el mundo en vilo, a la expectativa de la estúpida guerra fría y sus carreras, cuando el cine dio a luz un clásico imprescindible de la ciencia ficción con su gran carga de alegato ético y humanístico.
      Conseguiré las películas en cuanto pueda y te recomiendo hacer lo mismo, porque eso de recordar en blanco y negro, además doblado al español, algo memorable, no me parece justo. Si no has visto la cuarta película, también te la recomiendo; es mucho mejor que la segunda precuela, con la única salvedad de que abusa de la mirada telepática, una mirada muy inteligente la de César, encarnado por el mismo actor que su padre, Conrnelius (no Cornelio), si no mal recuerdo… lo seguro es que su “personalidad”, magnífica, magistral.
      El botón que oprime Taylor para poner fin a todo, en vez de final, ocurre en la segunda película, y la estatua que los simios veneran no es un busto de César, sino la de un rubio; los chimpancés allí eran científicos; los gorilas, militares, y los rubios… políticos. ¡Genial!
      Escribe como quieras, pero no tomes a mal si te pido que no sean parrafadas y seas Clara.
      Saludos.

  2. Clara dice:

    Aprovecharé mis vacaciones para ver los films en sus versiones originales tal como me lo sugerís, efectivamente, los datos se desdibujan con el paso del tiempo y como bien decís, el recuerdo en blanco y negro y doblado al español de semejantes joyas del mal llamado género de ciencia ficción, es muy injusto.

    No sé cómo se maneja todo ésto, ni siquiera logro comprender cómo poner una imagen que me identifique. Al publicar mis comentarios cometí el error de no tipear al principio seguir recibiendo los comentarios que sigan a los míos, por eso recién hoy y de casualidad veo este segundo tuyo. Seguiré viendo cómo cambiar las opciones de mis comentarios, saludos.

  3. Clara dice:

    Sino me avisabas que formulaste esta pregunta no me daba por enterada… Puedo ampliar mi respuesta, si la necesitas, pero de momento no deseo que el debate se transforme en “rollo” o “parrafada” de mi parte.

  4. Clara dice:

    Entonces tal vez vale preguntarse si es posible pensar una ciencia que sea ficción. Yo no tengo la respuesta, en este caso quizás sea pertinente recurrir a un científico para el fin.
    El género del cine así mal llamado es similar al Expresionismo en arte, la historia ha categorizado como Arte Expresionista o Expresionismo a un tipo de manifestación, cuando en realidad puede pensarse a todo el arte como tal, similar al mal llamado Arte Abstracto, cuando todo arte es una abstracción porque toma ciertos elementos y descarta otros, ya sea por limitación técnica, ya por mayor ilusión…

    • Ivanrín dice:

      No coincidimos.
      El cine de ficción es una cosa y el documental es otra; también impresionismo y expresionismo son distintos, y aunque se llame arte abstracto, es bastante concreto su nombre, su definición, su intencionalidad…
      En la versión actual del planeta de los simios, la ciencia produce inteligencia donde no la hay, o la aumenta, milagro que no es posible más que en la imaginación de seres que, si fueran realmente inteligentes, lo harían realidad.
      La ciencia ficción es un género en la medida que se trata de ciencia irreal, ficticia, valga la redundancia; la ciencia como tal puede protagonizar su propio papel en una obra de ficción, digamos, estrictamente dramática; una madre debe optar entre su propia vida y la de su hijo en gestación, por ejemplo, a causa de una enfermedad real que amenaza a los dos… allí no hay ciencia ficción, sino drama y no es necesaria la primera palabra.

  5. Clara dice:

    Comprendido y respetado tu punto de vista, que es el punto de vista de la generalidad. Mi intención no es armar una pulseada con los comentarios, tan solo cuestionar términos de sentido común. Por supuesto que distingo el Expresionismo del Impresionismo, o el Abstractismo de los Realismos, así como el Documentalismo de la Ciencia ficción y el drama del humor. El cine, como en las manifestaciones artísticas en general, a veces posee una permeabilidad y una sensibilidad tal que puede abordar la sensibilidad colectiva y “adelantarse” a cualquier investigación científica, tengo presente “Viaje a la luna” de Georges Mellies en 1902, por entonces semejante viaje sólo era producto de la imaginación. Podría enumerarte cientos de casos más, pero no da para un comentario aquí. Quién sabe, tal vez algún día monos, chimpancés y gorilas, o mis perras que me miran cada vez con mayor ternura alcancen un grado de inteligencia que les permita pensar mejor que el humano y nos liberen de este mundo plagado de gente malvada, todo, menos vencer a la muerte es posible, quién sabe…
    Gracias por tus respuestas rápidas e indicarme cómo recibir comentarios luego de mis post.

  6. Hola Iván. A mí me fascinan las 4 películas de El planeta de los simios, siendo la primera una auténtica obra maestra. Cómo tú dices la secuelas tienen errores imperdonables. Sin embargo, cuando era adolescente mi alegría al saber que la historia continuaba ya era suficiente como para perdonarles los errores narrativos. De todas las continuaciones tengo varias escenas grabadas, como aquella en la que los protagonistas hacen explosionar la bomba final; o aquella otra en la que Cesar aparece en lo alto de un edificio, en pleno de la noche culminando la rebelión de los simios contra los humanos. Un saludo.

    • Ivanrin dice:

      Hola, Felix
      Para mí fueron muy importantes esas películas en la niñez y, de algún modo, siguen siéndolo; también tengo presentes escenas y momentos memorables, como el que refiero, cuando Taylor recupera el habla, o el final de esa primera cinta, con la Estatua de la Libertad enterrada en la playa, y muchos otros…
      Un dato curioso es que el maquillista John Chambers —reconocido con una especie de mención honorífica por la dizque Academia de Hollywood, pues el Óscar para mejor maquillaje todavía no existía— hacía disfraces para la CIA, como sabemos hoy gracias a la película Argo, de Ben Affleck.
      Saludos.

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