¿Cómo volver a ser clásico?

bondDesde que James Bond es encarnado por Daniel Craig, hay una contradicción de carácter. Gélido, inexpresivo y desprovisto del ingenio que lo distinguía, en Casino Royale (2006), de Martin Campbell, no pasa de un matón que, por primera vez en su larga carrera de seductor, se enamora. Claro que la película representa el regreso del personaje a su origen literario, pero en una época posterior a la Guerra Fría, contexto histórico al que sobrevive, ahora sin el pretendido encanto del perfil habitual, sino inclusive con aspecto físico y desplantes de barbaján. En Quantum (2008), de Marc Forster, este hombre rudo llora también por primera vez cuando muere asesinado un amigo suyo, con cuyo cuerpo se protege de las balas y luego lo tira en un basurero, quizá para no perder el estilo. Al final de Skyfall (2012), de Sam Mendes, vuelve a llorar por la muerte de un ser querido en sus brazos y, a diferencia de la vez anterior, es convincente, aunque no menos contradictorio; si bien al principio tiene un gesto conmovedor al distraerse de su misión para detener la hemorragia de un compañero agonizante, después hace una broma por demás desafortunada: una mujer maniatada, golpeada y con un baso de whisky en la cabeza es asesinada y él exclama: “¡Qué desperdicio de whisky!” Momentos antes, habían tenido intimidad bajo la regadera, pero el valor de la vida ajena seguía siendo el mismo para el sobreviviente: ninguno.

La exaltación del héroe no repara en su misógina indiferencia tanto al dolor como a la pérdida, pecado que intenta redimir a destiempo el lado afectivo de una torpe ambivalencia (tampoco falta el “crítico” complaciente que habla de una “compleja personalidad”), pues la imperfección pretende hacer “más humano” al protagonista; de ahí que ahora resulte “adicto a sustancias y al alcohol”, tener conflictos infantiles sin resolver y probable experiencia homosexual, para colmo y escándalo de las pudibundas conciencias.

Para la “crítica especializada”, Skyfall es una de las mejores películas de James Bond o la mejor de todas, por estar “llena de humor y calidez” en equilibrio con la acción, entre otras cosas; lo seguro es que ha sido la más taquillera… Para mí, en cambio, es tan imperfecta como el personaje. Comienza con una típica secuencia de persecución y destrucción en abundancia (que asegura su éxito en taquilla, una vez atrapado el público de masas), y esta secuencia culmina con una pelea sobre un tren en marcha (¡qué originalidad!). Herido por un impacto indirecto de metralla, Bond recibe otro disparo (a saber en dónde, pues nunca vemos la herida) y cae desde lo alto de un puente hasta el fondo de un río, cascada mediante. «This is the end», entona el primer verso de la canción introductoria. Después del preámbulo y un explosivo atentado contra el cuartel general del M16 (“servicio secreto” británico), el comandante caído reaparece borracho y con barba de simio; vuelve al deber sin afeitarse y pasa demasiado tiempo con ese look decadente y depresivo.

En un casino, lugar común como trillado ingrediente de glamour, el agente “secreto” habla con su colega (siempre una “chica Bond” es espía) por medio de un micrófono-audífono oculto y lo hace del ante de tod@s, inclusive detrás de una mujer con la que flirtea (juego de burdo espionaje y frivolidad). El maquillaje de la exótica “chica Bond” que debe morir es excesivo y ella no es más que un objeto sexual (también Javier Bardem, en vez de cara, tiene una máscara de pintura que, al parecer, lo desfigura, por no hablar de su horrible cabello). Luego de una pelea entre reptiles, el obvio vencedor pasa por encima del que lo amenaza para salir del hoyo. Idea reciclada: Con mayor audacia, un doble de Roger Moore corre sobre los cocodrilos que lo acorralan en Viva y deje morir (1973), de Guy Hamilton.

Un poco estúpido el hecho de que James Bond llegue maniatado a la guarida enemiga con un radio localizador en el bolsillo sin que lo revisen de pies a cabeza.

Nada es original en esta ocasión. Otro agente doble cero había sido el traidor villano en GoldenEye (1995), de Martin Campbell. La pistola que nadie más podía disparar es lo único nuevo y muy poca cosa (grandes inventos han sido estrenados por el legendario embajador de la modernidad imperialista que hoy se declara en bancarrota). Si acaso aportan algo las películas del 007 interpretado por Craig es que se trata de precuelas (cronológicamente incongruentes al ubicar sus historias en una época posterior).

De Skyfall es también rescatable, a final de cuentas, la reiterada reivindicación de “lo tradicional”, en parte, como justificación de una continuidad cíclica en la interminable saga que vuelve al protagonista clásico: “navaja recta” en vez de rasuradora, la pistola y el radio como único equipo (compacto), un carro antiguo para no ser rastreado en su viaje al pasado, y la batalla final con armas convencionales (salvo por las ametralladoras que aparecen detrás de los faros del coche), incluido un simple cuchillo para matar por la espalda… Esa batalla, para mi gusto y para ser el momento climático de la película, es demasiado sombría.

Por último, ¿alguien sabe a qué se debe el nombre de Skyfall?

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