Lincoln soporífero

lincolnLincoln (2012), de Steven Spielberg, trata sobre la grillesca aprobación de la XIII Enmienda a la Constitución de Estados Unidos, que abolió la esclavitud en 1865. Basada en el capítulo respectivo de la biografía Equipo de rivales: el genio político Abraham Lincoln, de Doris Kearns Goowin, la película dista de ser biográfica y, en segundo término, se refiere a la preocupación del presidente Lincoln (Daniel Day-Lewis) por poner fin a la Guerra Civil. En tercer plano de importancia, como pasajes de telenovela, vemos algunos aspectos de la vida familiar al lado de su esposa Mary Todd (Sally Field) y sus hijos. El cabildeo y la compra de votos en el Congreso tienen como principales protagonistas al secretario de Estado William Sewart (David Strathairn), al líder radical Thaddeus Stevens (Tommy Lee Jones) y al fundador del partido republicano Preston Blair (Hal Holbrook).

El repentinamente cotizado Joseph Gordon-Levitt tiene un grisáceo papel de hijo mayor que, al ver un montón de piernas mutiladas, hace berrinche para irse a la guerra contra la negativa de su padre a permitírselo. En los créditos, su nombre aparece antes que los de Tommy Lee Jones y Hal Holbrook, entre otros que, desde luego, son más relevantes en el reparto.

Lincoln habla con voz muy débil, parece cansado y su cansancio cansa, aburre (como para contrastar con Abraham Lincoln: Cazador de vampiros); sus actitudes son las de un anciano que, a la menor provocación, en su afán de ser ameno, sale con relatos anecdóticos, y el director judío hace que sueñe con caminar en “tierra santa”.

En un vano intento de aligerar la carga que suma la grandilocuencia lapidaria, algunos personajes intentan ser cómicos y resultan más bien desafortunados; sus payasadas están fuera de lugar.

El guión de Tony Kushner recurre a oraciones demasiado largas para efectos de una solemnidad comparable con la de Amistad (1997), que también trata sobre la esclavitud negra en Estados Unidos, y 150 minutos de soporífera verborrea culminan esta vez con un epílogo cursi que hace al hombre de la barba sin bigote un predicador beato.

Si algo caracteriza el trabajo de Spielberg es la máxima inversión de recursos materiales en sus películas y la máxima recaudación en taquilla. Cantidad a falta de calidad. Pero cuando el hijo pródigo de Hollywood se pone “artístico” por aspirar al Óscar, alborota el gallinero, y se inflan globos gratis. Con Lincoln, Spielberg ha dirigido 27 de las 73 películas de su producción y, por lo visto, es cada vez más inversionista que cineasta.

 

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