Los miserables límites del dinero

Hugh-JackmanDurante un siglo, la novela de Víctor Hugo publicada en 1862, Los miserables, había tenido múltiples adaptaciones al cine, desde la versión de los hermanos Lumière (1897) hasta la que dirigió Bille August (1998) con guión de Rafael Yglesias, entre las cuales destaca la cinta francesa escrita y dirigida por Jean-Paul Le Chanois (1958) con la colaboración de Michel Aurdial y René Barjavel en el guión, así como la memorable actuación de Jean Gabin en el papel de Jean Valjean.

Sin embargo, desde su estreno en París (1980), nadie había llevado a la gran pantalla la versión musical compuesta para el teatro. Con música de Claude-Michel Schönberg y letras de Alain Boublil y Jean-Marc Natel, esta obra estuvo sólo tres meses en cartel, pero el espectáculo estrenado en Londres cinco años después (1985), con la música original y letras en inglés de Herbert Kretzmer, ha sido el más exitoso en la historia del teatro; según la publicidad, lo han visto más de 60 millones de espectadores en 42 países y 21 idiomas, y sigue batiendo récords de taquilla después de 27 años en cartel. Su productor Cameron Mackintosh comenzó a negociar hace por lo menos 24 años el proyecto de adaptación cinematográfica, realizada por fin el año pasado bajo la dirección de Tom Hooper.

Con un guión de William Nicholson (Gladiador, 2000; Elizabeth: La edad de oro, 2007) basado en el libreto de Kretzmer, la película es protagonizada por Hugh Jackman como Jean Valjean, Russell Crowe como Javert, Anne Hathaway como Fantine, Isabelle Allen como Cosette niña, Amanda Seyfried como Cosette adulta y Eddie Redmayne como Marius Pontmercy.

La multimillonaria producción es más que ambiciosa, pretenciosa, y más que grandiosa, grandilocuente, derrocha recursos humanos y materiales en su ambientación épica —escenografía y vestuario, principalmente— (mucho dinero para recrear la miseria), pero fracasa en lo que justificaba adaptar al cine una vez más el clásico literario, que es el aspecto musical.

Si bien la música se había ganado un lugar en el gusto del público por canciones como I dreamed a dream (Tuve un sueño), At the end of the day (Al final del día), On my own (Por mi cuenta) o Do you hear the people sing? (¿Oyes al pueblo cantar?), ahora las escuchamos diluidas con los diálogos y monólogos, pues todo cuanto se dice durante 152 minutos es cantado (primer error) y, por si eso fuera poco, los actores cantan en el escenario, como en el teatro (segundo error), sin pista y sincronía de labios, lip sync o playback, agotadora proeza que habría tenido resultados aceptables si esos actores fueran además grandes cantantes, pero no es el caso; muy por el contrario, en general, cantan del carajo, y particularmente Russell Crowe… ¿¡cómo se atreve!?

El canto aquí es parte de la actuación y se trata obviamente de que transmita sus respectivas emociones; por eso el director dejó al elenco coral en libertad de tomarse todo el tiempo que creyera necesario para cada nota y cada sílaba, para cuantas pausas quisiera y para subir o bajar la voz a su arbitrio; por eso dicho elenco desafina, desentona; el sonido de la respiración contamina el de la voz, abundan siseos involuntarios, también contaminantes, y demás ruido, unas veces desagradable, otras insoportable.

Los intérpretes cantaron acompañados por un piano y después fue montada la pista de una orquesta que disimula y compensa parcialmente el pésimo trabajo vocal, al que se suma una edición chapucera, con errores notorios inclusive durante los créditos finales.

El guión, por su parte, se permite obviar pasajes tan importantes como el juicio a Valjean, o narrarlos con demasiada celeridad, quizá porque son muy conocidos y, en ese caso, habría que obviar toda la historia…

Para encarnar a Valjean se requería de un actor muy fuerte, y Hugh Jackman lo es, pero no lo parece; hay que verlo en películas de acción como la saga de Los hombres X para saber cuán fuerte es, pues aquí nunca ostenta su musculatura; también debía ser viejo o envejecer a tiempo y aquí sucede hasta el final (cuando canta que su yerno es joven y él es viejo, todavía no envejece). Además, con barba parece un actor y sin ella parece otro… Por lo demás, no lo hace mal; tampoco Anne Hathaway, previsiblemente acreedora del Óscar para «mejor actriz de reparto».

Nominada en ocho categorías, la película podría obtener el Óscar también para «mejor diseño de vestuario» y quizá para «mejor maquillaje y peluquería». Lo aberrante es que esté nominada para «mejor mezcla de sonido».

El repertorio cuenta con la canción Suddenly, compuesta para esta ocasión por los mismos autores (música de Schönberg, letra de Kretzmer y Boublil) y nominada, entre otros premios, al Óscar y al Globo de Oro en la categoría de «mejor canción original».

Refreír una obra literaria tan conocida como Los miserables, con tantas adaptaciones al cine, al teatro y la televisión, sólo se justificaría si la calidad superara en todos los aspectos las versiones anteriores… Por tratarse del espectáculo musical más exitoso en la historia del teatro, con mayor razón, su adaptación al cine debía ser excelente, y no lo es. Por cuantiosa que sea la inversión financiera nunca logrará que unos cantantes malos pasen por buenos. El dinero no crea talento ni arte, y más bien, por el contrario, parece que la abundancia y el despilfarro embriagaran y aturdieran la sensibilidad…

Finalmente, los realizadores ingleses del llamado «fenómeno musical» desaprovecharon la oportunidad de que esta primera adaptación cinematográfica de la obra teatral —32 años después de su estreno en París— fuera un acontecimiento histórico, por lo menos a la altura de las expectativas.

Tom Hooper era conocido sobre todo por haber dirigido El discurso del rey (2010), un bodrio cursi, pomposo, aristocrático y rancio, pero multipremiado… Su elección como director de Los miserables (2012) es quizás el principal error de los productores en este caso…

Faltaba una adaptación musical al cine y sigue faltando. Ahora toca el turno a la versión francesa.

miserables anne
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