Última salida: Brooklyn

Algunas novelas son perfectas para llegar a la pantalla grande, como El Padrino, Lo que el viento se llevó y Adiós a Las Vegas. En esa categoría se encuentra Última salida a Brooklyn, de Hubert Selby Jr. En su momento, el libro fue objeto de gran controversia, que lo favoreció, una vez sorteada la censura, pero la película sigue siendo infravalorada 30 años después de su estreno en 1989, sobre todo en comparación con las antes mencionadas, a pesar de que su principal mérito es el guión…

Brooklyn, 1952. Una huelga metalúrgica es la convergencia de varias historias. En un contexto social más amplio, la violencia de la lucha de clases es también ocasión para la discriminación racial: aunque no aparece un sólo negro, los soldados que salen de su cuartel en la noche llaman yanquis y “amigos de los negros” a los vagos y pendencieros que gobiernan las calles.

El “encargado de la huelga” es un vividor de neuronas muy escasas que se permite lujos absurdos con cargo a la caja chica del sindicato; este personaje descubre su propia homosexualidad en la madurez y acaba enamorado de un chichifo egoísta.

En el grupúsculo de homosexuales pretendidamente femeninos (transexuales, algunos también travestis) hay uno que arrastra la cobija por el líder de la pandilla juvenil de vagos que a su vez asaltan a los frustrados clientes, en su mayoría marineros ebrios, de una prostituta deseable que se presta como carnada.

En una familia pintoresca, la hija es tan obesa que llegó a los nueve meses de embarazo sin que lo advirtiera su padre, un obrero burdo como el yerno, mientras que, enamorado de la prostituta, un adolescente aspira a tener una moto para pasear con ella a bordo.

Tralala es el nombre lúdico-musical del personaje más memorable, tanto de la fuente literaria como de la versión cinematográfica y, para mi gusto, una de las mejores prostitutas de la literatura y, sobre todo, el cine. Jennifer Jason Leigh, actriz alternativa que suele optar por el cine independiente y tomar muy en serio sus papeles, probablemente nunca imaginó que Tralala sería más personaje suyo que del autor y, además de un símbolo sexual a los 25 años de edad, icono de la marginalidad urbana en general y de las prostitutas en particular.

Última salida… es un descarnado y crudo retrato de Brooklyn, la violencia de los suburbios y la decadencia de los Estados Unidos en los años 50, pero el perfil de la protagonista femenina trasciende al relato: mujer fatal, más que apetecible a pesar de su blancura, con “las mejores tetas del Oeste”, un ser mezquino y deliciosamente amoral, intenso y sórdido como el barrio y su descripción épica. Tralala con una borrachera de antología es Jason Leigh en el papel más emblemático de su carrera y, sin temor a exagerar, la culminación de una actuación genial.

La actriz, por cierto, interpretó, 15 años después, a otra prostituta, una muy distinta, casi el polo opuesto, en el thriller de horror psicológico El maquinista (España, 2004), de Brad Anderson, con Christian Bale, una cinta de culto en estricto sentido.

Con una duración ideal de cien minutos, la principal característica de Última salida es su intensidad y, en esa medida, sus mejores secuencias son también las más tensas: el primero de sus clímax divide el metraje en dos mitades exactas con un enfrentamiento callejero y nocturno entre los huelguistas, la policía y los esquiroles. Cuando la música logra el nivel de tensión adecuado para saber que unos chorros de agua a presión, en vez de reprimir a los obreros, exaltarán su ira, yo siempre pienso: ¡Qué gran película! El final de la secuencia, sin embargo, resulta un poco débil, según el estado de ánimo.

Los homosexuales en rol femenino (transexuales, a veces travestis) son representados con un estereotipo casi caricaturesco, lo cual no es necesariamente un defecto, pues, para empezar, hay gente así; además, se trata de personajes burdos y marginales en general, entre ridículos y grotescos en este caso…

Aunque la convergencia de historias termina con el triunfo de la huelga y el regreso de los obreros a la fábrica, antes del final feliz caen en desgracia los protagonistas: alegoría del calvario y la crucifixión de Cristo, la caída del vividor motiva una profunda reflexión sobre la condición, el carácter o la naturaleza de los perdedores y fracasados por antonomasia, y la de Tralala hizo historia como catarsis-apoteosis-paroxismo etílico-sexual-tumultuario.

Las golpizas parecen reales, sobre todo la primera, y hasta donde percibo, algunas lo son.

Curiosamente, aunque los actores son gringos, la producción de la cinta es alemana, como su director Uli Edel, y quizá de ahí su ninguneo por la dizque academia de Joligud en la entrega del Óscar.

Si algo resulta difícil en este caso es señalar errores o defectos; los hay, pero son insignificantes: Hace 30 años, por ejemplo, Stephen Lang tenía mucho en común con Jean-Claude Van Damme, sobre todo la debilidad actoral, pero aquí logra, por lo menos, la caracterización antipática de un personaje patético.

El homosexual enamorado del líder pandillero, además de caricaturesco, es demasiado trágico; hay una ligera desproporción allí… nada grave.

Algunos anuncios publicitarios están muy viejos; de hecho, son antiguos, pero en su época eran nuevos, así que debían verse nuevos en la película; error escenográfico que también cometen Woody Allen en París a medianoche y James Gray en el sueño de Ellis; aquí pasa casi desapercibido entre la miseria del lugar y demás elementos de la atmósfera.

Los vidrios y cristales que se rompen en el cine suelen ser de “caramelo” y, en este caso, las ventanas de los coches y camiones son notoriamente más frágiles que en la vida real y bastante más de lo necesario.

La música de Mark Knopfler regula con acierto la tensión en las secuencias de acción, pero en las escenas melodramáticas tiende a ser melosa y repetitiva.

El líder de la pandilla juvenil se parece demasiado a Elvis Presley, que tenía 17 años de edad en 1952, de modo que su parecido es una pequeña incongruencia cronológica, o mucha coincidencia.

En fin. Estos señalamientos sirven más bien para alardear de conocimiento y percepción.

La película es un peliculón.

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