Aproximaciones

I

Escribí la palabra culigiala, de obvio fetichismo, en el buscador de imágenes de Google y, aturdido por el abundante vacío de la oquedad en abundancia, pasó desapercibido el hecho de que un automatismo sin creatividad, inteligencia, imaginación o criterio había “corregido” la palabra por colegiala. Entre la plétora de repeticiones con mínimas variantes, una imagen en particular detuvo la mirada, capturó la inercia: no había nada especial en ella, salvo acaso la monótona confirmación de que un segundo es idéntico al anterior y parece que fuera el primero y que no pasara el tiempo… También las colegialas orientales son réplicas, están hechas a molde: la muchacha yacía con las piernas abiertas y los brazos yertos sobre un sofá; sus ojos de venado parecían hipnotizados y una expresiva ausencia de vida en su rostro aparentaba, según el primer cálculo del instinto machista, fingida indiferencia al levantamiento de la minifalda, ornamental de por sí, para dejar a la vista un triángulo blanco. “Soy tuya”, podía interpretarse tal pasividad, como una entrega de su voluntad a la de otro, pero ella no decía eso ni algo semejante, pues yacía literalmente; su cuerpo de piel impecable, con calcetas hasta las rodillas y la camisa desabotonada, estaba muerto…

II

El adorable personaje que encarna la adorable Winona Ryder en Alien: Resurrección, de Jean-Pierre Jeunet (DelicatessenAmélie, Un largo domingo de noviazgo…), resulta ser androide, y entonces la astronauta personificada por Sigourney Weaver comenta, palabras más o menos: “Ahora entiendo por qué eres tan humana”, o “ya me parecía que eras demasiado humana”. En Inteligencia artificial, proyecto originalmente del maestro Stanley Kubrick realizado por Steven Spielberg con la millonaria y fastuosa mediocridad que lo caracteriza, el personaje infantil que interpreta Haley Joel Osment descarga su ira contra una réplica hasta dejarla hecha añicos, como quien hace pedazos un espejo; no sé qué fibras toca ese instante culminante de la actuación del niño, pero nomás de recordarlo vuelvo a sentir un nudo en la garganta; la idea de que los androides tengan reacciones inconteniblemente violentas al descubrir que su condición humana es mentira, que ellos son los primeros en el engaño y los últimos en salir, me parece genial. Blade Runner, del desigual Ridley Scott, que antes había dirigido Alien, el octavo pasajero, marcó la pauta en el mismo sentido existencial: al saber que su tiempo no dura más que una vida humana, los replicantes se rebelan contra sus creadores y los matan, pero uno de ellos, concebido como “objeto de placer sexual para hombres”, descubre que no tiene vida propia, que sus recuerdos son más bien injertos de un pasado ajeno, escenas de la infancia del fabricante, y entristece, cae trágicamente al abismo de la depresión, se hunde con sensible fragilidad en el pantano de la melancolía. “También tus lágrimas son falsas”, le informa el humano real, cuya misión es destruir a los replicantes fuera de control, pero se enamora del “objeto”, pretendida personificación de la perfección femenina, y ambos escapan del planeta; el final suprimido por el director en la versión definitiva de la película es una vista en movimiento desde arriba de las nubes con la voz de Harrison Ford en off, diciendo que su jefe (Edward James Olmos) se había equivocado, pues ella (Sean Young) no tenía fecha de caducidad.

Inteligencia artificial, concebida por Kubrick y parida por Spielberg, plantea un futuro en el que la robótica sustituye a la humanidad, que recurre a tal opción, por ejemplo, cuando una pareja no puede tener hijos naturales; entonces compra y adopta uno artificial con las características de su elección y, si no le gusta, lo desecha, ignorando que ese hijo sufre y tiene sentimientos humanos porque está programado para eso.

III

Hace 25 años supe que Japón, un país destruido, masificado y vertiginosamente industrializado, que ahora compite por el primer lugar del mundo en suicidios, fabricaba muñecas de apariencia humana como objetos de placer para hombres. “Es un síntoma de soledad colectiva”, pensé entonces, y años después lo asocié con las llamadas hot lines, antes de la proliferación de enlaces personales para fines sexuales en internet y las más recientes redes sociales. Al leer un texto en el que hablo del mismo fenómeno hace seis años, mi madre comentó que también en Japón -a donde viajó una vez- hay personas que, al pie de una esquina, esperan a que alguien les pague por escuchar, pues no falta quien requiere de semejante atención.

Sex doll, es el nombre de la moderna “muñeca inflable”, tan humanizada que la póliza de garantía prevee su entierro o incineración junto con el dueño en caso de que éste muera. Cuando el producto era noticia, incluía la posibilidad de elegir un determinado aspecto físico, entre cuyas opciones la más solicitada era una réplica de Marilyn Monroe. Por lo que veo ahora en internet, la apariencia prototípica de una sex doll, también llamada love doll, acaso porque sirve para “hacer el amor”, es de colegiala, o sea, menor de edad, para escándalo de la decencia y las “buenas costumbres”. Supongo que sigue siendo aplicable la ley de cada país respecto a la edad, pero que, si en la vida real tenemos relaciones sexuales unos cinco años antes de la “mayoría de edad”, lo mismo sucede en la vida sexual de las muñecas.

IV

Un dibujante (pésimo en comparación con mis posibilidades fuera de práctica) trabaja por encargo: alguien describe como puede sus fantasías sexuales y él las dibuja, las plasma en imágenes; así de simple, a diferencia de la complejísima laboriosidad o laboriosa complejidad de mis laberintos imaginativos, propios de un novelista en ciernes o reprimido. Mi vida ha sido tan frustrante que he dedicado más tiempo del imaginable a imaginar, por ejemplo, un mundo en el que no existan hombres, solo mujeres, y viceversa. Misántropo y solitario por naturaleza y antonomasia, cada vez más intolerante, si pudiera elegir, lo haría sin dudarlo por el de las mujeres y, en vez de ser colibrí, asumiría el rol más femenino, a saber, el de mayor capacidad física y mental, más alma y belleza… He dedicado mucho tiempo a imaginar mundos radicalmente distintos a la porquería que tenemos; también he cambiado toda mi vida personal, pero nomás en la imaginación. Un dibujante puede aproximar la fantasía (erótica o no) a su concreción o solidificación, por usar un término monsivaisiano, aunque se trate siempre de fantasía y jamás de realidad. En vez de pensar algo tan simple como dibujar por encargo, lo que seguramente sería un trabajo sucio por carecer de otras formas de expresión, me he cachondeado con las mejores aportaciones del cine, más que literarias, al imaginario individual, como la del reloj que detiene el tiempo del mundo mientras uno sigue andando (sería peligroso usarlo dentro de un vehículo en movimiento) o la del transmisor sensorial de experiencias ajenas. Me resulta inexplicable que ideas tan geniales no hayan sido exploradas más allá de una película por invento. En cambio, la idea de volar por los aires abunda, no solo en el cine, quizá porque no requiere de gran esfuerzo mental, o la de saltar de un tiempo a otro, la de ser invisible o inmortal, la de prever el futuro… En fin. ¿Y la posibilidad de vivir experiencias que tenemos negadas en la realidad, transmitiéndolas al cerebro y de ahí a todo el cuerpo, como quien escucha música o cualquier otro sonido con unos audífonos? ¿Será posible semejante milagro en la vida real?

V

Si algo hace a la humanidad es su capacidad destructiva. Simultáneamente al aumento de esa destructividad, la humanidad avanza en su propia sustitución por la tecnología. La inteligencia artificial supera la capacidad mental ordinaria, básicamente en memoria y procesamiento de información. Al darle apariencia humana, el hombre crea un ser a su imagen y semejanza: el androide, cuyo nombre excluye a la mujer, salvo acaso como simple objeto de placer; entonces es llamado también RealDoll (Okay?) y sus funciones tienen poca relación con la inteligencia: vibrar y segregar uno o más líquidos en respuesta a la penetración genital, emitir sonidos que imitan el gemido y la respiración agitada… Para satisfacer diversas fantasías eróticas, entre su variedad, el mercado sexual ofrece muñecas de apariencia intelectual, pero nomás de apariencia; lo demás está de más y, además, es lo de menos.

Si antes me enteraba de estas cosas por televisión, ahora lo hago por internet. Antes de sacar la televisión y hasta la radio de mi vida, supe de un juguete para niños, un muñeco al que le salían lágrimas y lagañas por los ojos, cerilla por las orejas, mocos por la nariz y saliva por la boca, además de sudar por las axilas y los pies, orinar por el pene y echar gases y caca por el recto.

VI

Ante la necrófila impresión de que la colegiala oriental estaba muerta como una forma de poner su cuerpo a disposición de quien lo deseara, mi biofilia disidente amplió la imagen en una aproximación a sus ojos, y finalmente advertí que no era una foto, sino una imagen en tiempo real, cuando una lágrima negra surcaba el pálido rostro.

Julio de 2010

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“El alma de los seres es su aroma”, le dice el maestro al aprendiz en El perfume. Historia de un asesino, de Tom Tykwer. “El alma de los objetos es su olor”, me dije después de ver la película, al pasar de regreso a Coyoacán, en donde nací, por la colonia Florida, en donde viví. La fragancia del eucalipto era el alma de esta colonia, según mi memoria olfativa, como lo es todavía de Coyoacán el olor de los esquites y elotes hervidos en agua con epazote y sal, el aroma del café recién tostado y el vaho de incienso que impregna la plaza de los coyotes los fines de semana. Del olor a eucalipto en la Florida no queda más que el recuerdo, así como la imagen del árbol que trepábamos cuando éramos niños mis primos y yo, y en cuyas ramas construimos una gran caja de madera que llamábamos “la casita” y donde apenas cabíamos dos de nosotros sentados. De otro árbol colgamos un columpio que después fue una cuerda por la que subíamos y bajábamos hasta el hartazgo. ¡Pobres árboles! También tuvieron que soportar en nuestra adolescencia que entre ambos hubiera un tubo con el que hacíamos ejercicios como barras y escuadras abdominales.

“El alma de las cosas es su recuerdo”, pienso ahora que vivo en la zona sur de Portales, atravieso a media noche Río Churubusco, llego al Museo Nacional de las Intervenciones y me encuentro allí con el espíritu del eucalipto que se fue de la colonia Florida.

Ojalá hubiera crecido yo en el campo y no en la ciudad, para encontrarme ahora con “olor a tierra mojada, olor a establo y a pino”, como dice la canción, y con la respiración de flores y plantas, el húmedo aroma del moho en rocas y árboles, la fragancia del bosque, la esencia de la naturaleza, el aire fresco. Ojalá hubiera nacido cerca del mar, para que mi niñez siguiera jugando en su arena, como la de Joan Manuel Serrat. Pero nací en la ciudad más sucia y contaminada del mundo, como lo era París en el siglo XVIII, donde nació Jean-Baptiste Grenouille, el personaje de El perfume… de Patrick Süskind. Y crecí entre olores agresivos, hedores, pestilencias y tufos, como el de las alcantarillas, la gasolina y el gas, el monóxido de carbono, el humo de los carros y las fábricas (el neblumo, como intentó bautizar Octavio Paz al smog). Además fumé durante quince años hasta acabar con una cajetilla diaria en promedio y, ahora que tengo una década sin fumar, detesto el humo de cigarro, el olor nauseabundo a colilla y ceniza, el fétido aliento de los fumadores y el hediondo aroma impregnado en su ropa. Detesto ese vicio estúpido para gente estúpida… al cabo yo estoy curado ya. Deberían inventar un mecanismo para llevar el humo directamente a los pulmones, sin viciar el aire que respiramos todos.

A diferencia de la Florida o Coyoacán, en las calles de Portales, sobre todo en sus banquetas y “áreas verdes”, abunda la mierda de perro, “popó de guaguá“, como la llaman los niños, “caca de chucho”, como le dicen en Chiapas, fecalidades y fecaleces, como consideran por ahí a las acciones y omisiones del “gobierno” federal… excremento canino, pues. El centro de esta ciudad huele a orines, y por todas partes flota el espíritu de las ratas muertas, que son millones.

Crecí en la ciudad más apestosa del planeta, decía, y quizás por eso no crecí mucho. Pero conocí la multiplicidad odorífera del incienso, el sahumerio del copal y el aroma del ocote, las exhalaciones del anafre o el brasero, entre otros objetos de alma humeante, como el pebetero y el bote colgante que purifica el aire invadido por fantasmas y espíritus malignos, pesadillas y pensamientos sucios. Conocí el olor a estiércol de caballo, de vaca o de borrego, asociado para siempre con el concepto de abono para la tierra, y el de las cobijas en el mercado de San Cristóbal, un olor impregnado de afectos. Entre la gran variedad de incienso, el de sándalo es uno de los más característicos, me parece, aunque también el de nardo, el de lavanda, el de mirra…

La cautivadora fragancia del cedro al natural y en algunos perfumes, el evocador aroma que desprende la gamuza nueva, el de los discos de acetato recién salidos de su funda (nostalgia en su más pura esencia), el alma de papel que escapa de los libros cuando uno los abre por primera vez, el aroma del mate, quizás tan estimulante como el del café, así como el cálido olor de las tortillerías, el de las panaderías, el de los quesos fermentados, el del tepache, el del cilantro en el nopal con jitomate y cebolla picada, el del ajo frito, el de los chiles en vinagre… todo eso y mucho más tiene su propio asiento en mi recinto mental.

El oloroso rastro de pólvora quemada que dejan los fuegos artificiales me hace sentir que fui guerrillero en una vida anterior. La inconfundible presencia del pinacate en el aire es otro de los olores evocativos de mi infancia, en este caso de los años que viví en Villa de las Flores, Coacalco.

Una de las experiencias olfáticas más intensas que he vivido es atravesar el mercado de Juchitán a todas horas del día, desde muy temprano en la mañana, cuando comienza el bullicio, hasta muy tarde, a media noche o de madrugada, cuando la oscuridad y el silencio se mezclan con los olores, que nunca descansan, solo cambian, sobre todo los que emanan del pescado y en especial del guachinango. También dormir con una mujer europea que ha viajado sin bañarse por la ciudad de México, Guerrero y Oaxaca, es una experiencia intensa desde la perspectiva del olfato. Continuar el viaje con ella en camión hasta Chiapas y permitir que se quite los zapatos y las calcetas en el camino, ¡es algo memorable! Así como hay mujeres que se llaman Dolores, algunas deberían llamarse Olores y tener un diminutivo parecido al de Lolita, digamos, como el de esa primera intérprete de Joan Manuel Serrat que se llama Colita.

Serrat, por cierto, describe los efectos de la primavera como un caos provocado por el olor de la flor del naranjo en El mal del azahar, canción cuyo nombre original en catalán es El mal de la tarongina y que, según su propio autor, “habla de la convulsión emocional y la sensualidad que se produce cuando el naranjo florece y cómo su fantástico perfume se esparce al atardecer y hace que los humanos sucumban al llamado de los instintos, ¡vaya!, que les entra una calentura de caldeo y lo primero es lo primero”.

En fin, mis ociosos lectores. Yo nomás quería decirles que, hace unos días, fui al Manacar a ver El perfume… y me gustó mucho, aunque encuentro algunas discrepancias con la novela, como la caracterización física del personaje, por ejemplo, que es monstruoso (jorobado y rengo, entre otras cosas) en la versión original, mientras que en la versión fílmica está enclenque y tiene manchada la piel (esto último no se explica en ningún momento), pero su aspecto es bastante normal. En el camino de París a Grasse, la capital mundial del perfume, Grenouille se desvía hacia “la cúspide de la mayor soledad posible”, según la narración de la cinta, en donde vive durante siete años, según la novela, tiempo que parece una semana en la película. Los perfumes que este personaje crea le sirven para darse un olor propio, del cual carece, así como para causar miedo o ser elogiado, llamar la atención o pasar desapercibido, según el caso, lo cual no ocurre en la cinta, que obvia el episodio, pues el asesino sube al dormitorio de su última víctima y no despierta ni al perro cuando pasa a su lado; la explicación de esta secuencia se la dejan al público.

Por lo demás, la película es espléndida. Solo me quita las ganas de volver a verla la insufrible hueva con que habla el papá de la última doncella muerta (cuando el tipo amenaza al asesino de su hija, uno bosteza). Ben Whishaw en el papel de Grenouille tiene una actuación más o menos gris, pero compensa los desangelados momentos de debilidad histriónica la asombrosa expresividad de sus manos.

Después de ver la película, caminé del Manacar a Coyoacán por la Florida en busca del estímulo olfativo que requiere la memoria para evocar la gloria pretérita, y no lo hallé, así que seguí caminando hasta Portales con la sensibilidad aturdida y casi atrofiada por el instinto de conservación ante la plétora defeña de humos tóxicos, vapores infectos, vahos putrefactos. Prefiero caminar y respirar las emanaciones contaminantes de coches, fábricas y alcantarillas a tolerar los sudores y las flatulencias que concurren en camiones y camionetas, peseros y peceras, además del veneno en el aire. Llegué al barrio de las excreciones callejeras, subí al quinto piso de un edificio que hiede a gas y amoníaco todos los días y me encerré en un departamento rebosante de polvo acumulado en sus rincones durante años.

En 2001 renté un nicho por el estilo a dos cuadras del Manacar, en Insurgentes Mixcoac, lo que me hace pensar que la ruta de mi paso por el mundo se reduce a la distancia entre aquellos cines y el lugar donde ahora escribo estas líneas, quemando una barita de incienso con olor a copal o de copal en forma de incienso, mientras un tufo muy otro me dice que debo sacar la basura.

Quizá no era toda la colonia Florida la que olía a eucalipto, sino solo algunas de sus calles (que tienen nombres de árboles y plantas, por cierto), como la de Pino. Habrá que averiguarlo.

Febrero de 2007

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-¡Alto allí! ¡No se mueva! -ordenó el policía, pistola en mano, a Eric Draven, que seguía caminando hacia él con una guitarra eléctrica al hombro, mientras la tienda de objetos robados ardía en llamas a sus espaldas- ¡Si se mueve es hombre muerto!
-Sí -dijo Draven-. Soy un hombre muerto… y me muevo.
-¡Usted mató a Tintín! -acusó el policía.
-No -dijo Eric-. Tintín ya estaba muerto… todos están muertos; sólo que todavía no lo saben.

(Diálogo de El Cuervo, de Alex Proyas, 1994).

Hoy fue un día gris, oscuro, gris oscuro, frío y húmedo, en el que los muertos recientes salieron a caminar bajo la lluvia que ahora cae en abundancia sobre la ciudad, este monstruo que sigue creciendo hacia los lados y hacia arriba y abajo, por las alcantarillas. Atravesé Río Churubusco a las tres de la mañana y me detuve un momento a contemplar desde el puente peatonal la soledad en que parecía no haber un alma en ninguno de los alrededores, por lo menos hasta donde abarcaba mi vista. Ni un solo coche en movimiento, ni un solo peatón, ni un barrendero, ni un borracho, ni policías ni ladrones (o sea, ni policías), ni un perro, un gato, una rata, nadie asomado por su ventana, vaya, ni siquiera moscas y cucarachas. Ni un alma, digo, además de la mía, si es que todavía tengo alma y no soy más bien un vampiro, un muerto que deambula todas las noches entre Portales y Coyoacán, y al que los policías y ladrones (o sea, los policías) aprendieron a respetar. La soledad que envuelve de noche a esta zona de la ciudad es de una belleza indescriptible, inexplicable, estremecedora. El rumor del viento a la luz de la luna y los faroles es el paso de los fantasmas que despiertan a esa hora y salen a la calle conmigo a caminar; noctámbulos como yo, inundan el insomnario de melancolía.

No siempre lloverá, es el nombre de una canción de Eric Draven, que maquilló su rostro de blanco, lágrimas negras y sonrisa de guasón, y echó a correr sobre las azoteas de la ciudad, viendo a través de los ojos de un cuervo, el que guió su regreso del remanso de los muertos al mundo de los vivos en la noche del diablo. Todo es oscuridad en esa película, hasta la muerte del actor Brandon Lee durante la secuencia en que las balas no podían matar al personaje porque ya estaba muerto. Una de esas balas, que no era de utilería, sino de verdad, mató a Brandon Lee en la vida real y su muerte sigue siendo uno de los episodios más oscuros en la historia del cine.

“Todos están muertos; sólo que todavía no lo saben”. El cadáver de Ulises Ruiz será levantado a partir del uno de diciembre, y el de Mario Marín a partir del primero de febrero; después será removido el de Félix González. El de Vicente Fox será llevado a la morgue cuando el pelele pretenda tomar posesión y el chacal cumpla dos años de haber usurpado la gubernatura del estado. Los restos de Kamel Nacif y Jean Succar serán enterrados junto con los de Emilio Gamboa y Miguel Ángel Yunes. El día de muertos en Oaxaca siempre será recordado, a partir de este año, como el día de la batalla del pueblo contra el ejército federal con uniforme de policía paramilitar, así como un día de triunfo en la resistencia a la represión.

En la noche del diablo, el infierno envió un ángel.

Noviembre 11 de 2006

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