Mis favoritos

Los cien mejores actores del mundo

Como siempre, se trata de mis propios gustos y criterios, mis preferencias en todo caso, independientemente de los consensos, los dogmas dictados por supuestos expertos y, desde luego, los premios. Omito a muchos actores extraordinarios y geniales, porque cien es un número insuficiente. Habría que hacer una relación alternativa de grandes actores y, aparte, una selección de las mejores actuaciones masculinas en la historia del cine.

Acerca del orden, Charlton Heston es mi principal favorito desde que yo era niño y por eso comienzo con los que se aproximan tanto en calidad como en época de una misma industria: el cine occidental cuya meca o capital es Hollywood; en este sentido, son los primeros treinta nombres de la lista. Aunque ancianos, Michael Caine y Ian McKellen siguen actuando, así que podrían estar más abajo, en el grupo que encabeza Tommy Lee Jones, pero están allí por ser octogenarios y para redondear el número. Kirk Douglas y Sean Connery viven todavía, pero están retirados. Los demás de ese primer grupo han muerto.

Los siguientes diez, encabezados por Christian Bale, son los más actuales, incluido Philip Seymour Hoffman, que murió recientemente y relativamente joven, a los 47 años (es una rara excepción, como lo sería también Heath Ledger si lo hubiera incluido). Los siguientes trece son veteranos del siglo pasado, pero también actuales; Gary Oldman se les aproxima en edad y calidad. En seguida, como es evidente, agrupo a diez monstruos del cine mudo, que también protagonizaron películas habladas en su primera época. Los seleccionados más abajo siguen un orden cronológico y representan, a partir de James Stewart, la transición del cine en blanco y negro al cine a colores. Los últimos cinco de este grupo también podrían estar en el primero, salvo acaso Dirk Bogarde, que es inglés, pero sus mejores y más trascendentales actuaciones las tuvo en producciones franco-italianas o italianas. De ahí que sigan los de nacionalidades alternas con la hegemonía gringa-inglesa en la producción mundial. Al japonés Toshirô Mifune (actor fetiche del maestro Kurosawa), siguen los cinco pilares de la comedia italiana y Lino Ventura, que actuó tanto en cine italiano y francés como en el de Hollywood; luego cinco franceses imprescindibles, el sueco Max von Sydow (actor fetiche del maestro Bergman), los alemanes Kinski (actor fetiche del maestro Herzog) y Ganz, tres chinos que alternan cine de su país en la actualidad con el de Hollywood, o la participación de Hollywood en el cine oriental. Cierra este apartado el argentino Ricardo Darín. Y concluyo el listado con seis mexicanos de la época dorada.

Como he dicho, hace falta una relación complementaria, que haga justicia, entre otros, a los actores mexicanos y españoles que se aproximan o alcanzan cumbres similares a las de sus antecesores, así como a la constelación de estrellas árabes que los occidentales solemos ignorar. Ustedes dirán…

1. Charlton Heston
2. Marlon Brando
3. Paul Newman
4. Kirk Douglas
5. Sidney Poitier
6. Anthony Quinn
7. Sean Connery
8. Gene Hackman
9. Richard Burton
10. Steve McQueen

11. Charles Bronson
12. Richard Harris
13. Jack Lemmon
14. Robert Redford
15. Gregory Peck
16. George C. Scott
17. Peter Sellers
18. David Niven
19. Roy Scheider
20. John Hurt

21. Peter O’Toole
22. Omar Sharif
23. Burt Lancaster
24. Dustin Hoffman
25. Frank Sinatra
26. James Dean
27. John Cazale
28. Alec Guinness
29. Michael Caine
30. Ian McKellen

Anthony Quinn

31. Christian Bale
32. Leonardo DiCaprio
33. Joaquin Phoenix
34. Benicio del Toro
35. Philip Seymour Hoffman
36. Michael Fassbender
37. Viggo Mortensen
38. Gary Oldman
39. Javier Bardem
40. Denzel Washington

41. Tommy Lee Jones
42. Morgan Freeman
43. Robert De Niro
44. Al Pacino
45. Christopher Walken
46. Michael Douglas
47. Jeremy Irons
48. Geoffrey Rush
49. Martin Sheen
50. Daniel Day-Lewis
51. Anthony Hopkins
52. Jack Nicholson
53. Armand Assante

54. Werner Krauss
55. Peter Lorre
56. Lon Chaney
57. Charles Laughton
58. Boris Karloff
59. Bela Lugosi
60. Charles Chaplin
61. Buster Keaton
62. Stan Laurel
63. Oliver Hardy

64. James Cagney
65. Edward G. Robinson
66. Humphrey Bogart
67. Laurence Olivier
68. Clark Gable
69. Cary Grant
70. Henry Fonda
71. James Stewart
72. Ray Milland
73. Glenn Ford
74. Robert Mitchum
75. Dirk Bogarde

76. Toshirô Mifune
77. Marcello Mastroianni
78. Vittorio Gassman
79. Ugo Tognazzi
80. Alberto Sordi
81. Nino Manfredi
82. Lino Ventura
83. Jean Gabin
84. Yves Montand
85. Alain Delon
86. Jean-Paul Belmondo
87. Jean-Louis Trintignant
88. Max von Sydow
89. Klaus Kinski
90. Bruno Ganz
91. Chow Yun-Fat
92. Ken Watanabe
93. Tony Leung
94. Ricardo Darín

95. Arturo de Córdova
96. Pedro Armendáriz
97. Miguel Inclán
98. Fernando Soler
99. Joaquín Pardavé
00. Tin Tan

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Apóstata en desgracia

El tono y la atmósfera de Silencio (EUA, 2016), de Martin Scorsese, transmite una sensación similar a la que nos produce la primera parte de Adiós a mi concubina (China, 1993), de Chen Kaige: cuando el mundo es gris, la melancolía de su espectador es meditativa y dulce. Luego suceden grandes analogías entre esta cinta, la más espiritual de Scorsese hasta hoy, y El fugitivo, de John Ford y Emilio Fernández, como si trasladara una misma situación con los mismos personajes desde la guerra cristera en México hasta la persecución de los cristianos por los japoneses en el siglo XVII. No es verdad que la fe mueva montañas, pero su vocación martirológica le permite sobrevivir en la clandestinidad por un tiempo. En Silencio, adaptación de la novela homónima de Shūsaku Endō, no existen las catarsis climáticas de Adiós a mi concubina ni paralelismos argumentales, pero su tono contemplativo de ritmo pausado confiere a la trama una beatitud comparable con la adaptación hipócrita de la novela El poder y la gloria, de Graham Greene, por Ford y «El Indio» Fernández, además de las similitudes en otros aspectos, que hacen del clásico un referente ineludible (en ambas novelas y sus respectivas adaptaciones al cine hay un Judas local, por ejemplo).

Una diferencia sustancial entre El fugitivo y Silencio es el remordimiento de los persecutores mexicanos, algo que ni por asomo es convincente, mientras que los verdugos japoneses parecen más bien orgullosos de la sofisticada técnica y su eficacia cuando se trata de torturas físicas y sicológicas, y confrontan a los mártires con sádica tranquilidad. Los mexicanos pretenden el exterminio de los misioneros (cuya extranjería causa culpa y llanto), mientras que los japoneses refinan su persecución para doblegar el espíritu de los perseguidos y obligarlos a renegar en público de sus creencias, inclusive a colaborar en la detección de infiltraciones católicas a un país oficialmente adorador de Buda y en donde el poder totalitario considera cualquier religión extranjera como una amenaza potencial a su estabilidad política y militar (al final, son igual de fanáticos, incongruentes y contradictorios unos y otros). En el caso de México, los dilemas éticos atormentan a los persecutores; en el caso de Japón, atormentan a los perseguidos.

Silencio completa una trilogía religiosa que, iniciada con La última tentación de Cristo en 1988, pasa por Kundun en 1997 como escala budista entre dos exploraciones en el cristianismo, pasos de una misma búsqueda espiritual, y personalmente me recuerda el célebre apotegma de Gustavo García: “El cine es Dios, y Martin Scorsese, su profeta”. Si la primera entrega fue tan provocadora y hasta subversiva como para resultar proscrita por El Vaticano, la tercera se permite suficiente ambivalencia y ambigüedad como para interpretar su desenlace con cinismo y pesimismo, a saber, como la confirmación de la derrota de la fe, pero si el martirologio estoico es derrotado puede salvarlo y redimirlo el autoengaño, esencia de toda religión.

Con una fotografía majestuosa y sutilmente poética del mexicano Rodrigo Prieto, así como un diseño de producción modesto pero impecable y unos diálogos incisivos, me atrevo a vaticinar que la cinta de Scorsese, una de las mejores del año, al menos en Estados Unidos, tardará unos lustros y hasta décadas en ser valorada con la justicia que merece. Por lo pronto, su relato lánguido (que no alcanza la grandeza magistral de Adiós a mi concubina) y su ambigüedad discursiva, sobre todo por el mensaje final, operan en contra. Desde luego es muy superior a su referente clásico, El fugitivo, aunque otro precedente referencial es La misión (Reino Unido, 1986), de Roland Joffé, que tiene grandes méritos, pero se queda corto.

En su trilogía religiosa-espiritual, Scorsese tiene un cambio radical de registro y personalidad: es más profundo; cuando se adentra en el mundo subterráneo de la mafia se despoja de cualquier solemnidad y se divierte de modo relativamente frívolo y superficial que resulta más accesible y comercial, facilitando su digestión a las masas que suelen preferir la acción violenta de balazos y explosiones, la saturación de rock, las actrices con más atributos físicos que talento y la presencia infalible de su actor fetiche en turno o más de uno.

Con el antecedente actoral de la desgarradora Nunca me abandones (Reino Unido, EUA, 2010), de Mark Romanek, entre otros, Andrew Garfield realiza en 2016 sus dos primeros papeles relevantes, que tienen rasgos en común: la negativa del personaje a participar en la violencia, inmerso hasta el tuétano en ella. Por último, llama la atención que Liam Neeson interviene en películas de Scorsese nomás unos minutos (remember el principio de Pandillas de Nueva York).


Mis preferidas

Esta selección de las cien mejores actuaciones femeninas del cine se basa en mi gusto personal y no en consensos de supuestos expertos ni en votaciones de cinéfilos ni en premios; son las interpretaciones actorales que más me convencen, las que me han impactado emocionalmente con más fuerza, por su perfección, su intensidad, su belleza. Hasta el orden tiene un sentido personal: comienzo con mis favoritas y continúo con una, también subjetiva, aproximación a las categorías y los géneros: películas menores pero con actuaciones mayores, clásicos universales y lugares comunes, cine mexicano y español, horror y drama sicológico… En el bloque final están las recomendaciones de los participantes en distintos foros de cine cuando publiqué un avance de esta selección, películas acerca de las cuales investigué y supe que ya las había visto, pero no pasaron la prueba del añejo.

Aunque hay actrices que tienen más de una gran actuación en su carrera, preferí elegir una actuación por actriz, a diferencia de las películas, algunas de las cuales cuentan con dos actuaciones femeninas que destacan: aquí he relacionado tres. Y así como no discrimino películas menores (por un gusto que incluye provocar antipatía de pedantes y puristas), me permito incluir dos largometrajes cuyas mejores estrellas brillan no más de media hora.

Desde luego, me falta mucho por ver y revisar. De las recomendaciones recientes en este rubro, tengo por lo menos diez películas en DVD, así que tal vez haga pequeños cambios en el listado próximamente.

1. Jane Fonda, en They Shoot Horses, Don’t They?
2. Marion Cotillard, en La vida en rosa
3. Rachel Mwanza, en La bruja de la guerra (Rebelde)
4. Charlize Theron, en Monster
5. Naomi Watts, en Mulholland Drive (media hora final)
6. Jodie Foster, en El silencio de los corderos
7. Jennifer Jason Leigh, en Última salida, Brooklyn
8. Elisabeth Shue, en Adiós a Las Vegas
9. Gwyneth Paltrow, en Shakespeare enamorado
10. Zhang Ziyi, en La casa de las dagas voladoras
11. Catherine Deneuve, en Repulsión
12. Jenn Murray, en Dorothy Mills
13. Miranda Richardson, en Spider
14. Emmanuelle Riva, en Amor
15. Lena Olin, en La sangre de Romeo
16. Renee Zellweger, en Chicago
17. Chloë Sevigny, en Los muchachos no lloran
18. Michelle Williams, en Mujer contra mujer (segundo segmento)
19. Irène Jacob, en La doble vida de Verónica
20. Elle Fanning, en Ginger y Rosa
21. Vanessa Redgrave, en Isadora
22. Valérie Kaprisky, en Milena

23. Gena Rowlands, en Gloria
24. Cate Blanchett, en Jazmín azul
25. Rebecca de Mornay, en La mano que mece la cuna
26. Mia Wasikowska, en Stoker
27. Nathalie “Tippi” Hedren, en Marnie
28. Lubna Azabal, en La mujer que cantaba (Incendios)
29. Sumiko Sakamoto, en La balada de Narayama

30. Gloria Swanson, en Sunset Boulevard
31. Bette Davis, en ¿Qué pasó con Baby Jane?
32. Joan Crawford, en ¿Qué pasó con Baby Jane?
33. Anne Baxter, en All About Eve
34. Gene Tierney, en El filo de la navaja
35. Elizabeth Taylor, en ¿Quién teme a Virginia Woolf?
36. Marlene Dietrich, en El ángel azul
37. Maria Falconetti, en La pasión de Juana de Arco
38. Irene Papas, en Electra
39. Ingrid Bergman, en Sonata de otoño
40. Silvana Mangano, en Arroz amargo
41. Sophia Loren, en Dos Mujeres
42. Giulietta Masina, en Las noches de Cabiria
43. Anna Magnani, en Mamma Roma
44. Katy Jurado, en High Noon
45. Eva Marie Saint, en On the Waterfront
46. Lee Remick, en Días de vino y rosas
47. Shirley MacLaine, en El apartamento
48. Vivien Leigh, en Lo que el viento se llevó
49. Hattie McDaniel, en Lo que el viento se llevó
50. Liza Minnelli, en Cabaret
51. Charlotte Rampling, en El portero de noche
52. Meryl Streep, en La decision de Sophie
53. Julie Christie, en Doctor Zhivago

54. Felicity Huffman, en Transamérica
55. Kate Winslet, en Eterno resplandor de una mente sin recuerdos
56. Audrey Tautou, en Amèlie
57. Diane Keaton, en Annie Hall
58. Whoopi Goldberg, en El color púrpura
59. Holly Hunter, en El Piano
60. Janet McTeer, en Albert Nobbs
61. Judi Dench, en Su majestad, Sra. Brown

62. Francesca Neri, en Las edades de Lulú
63. Carmen Maura, en La comunidad
64. Laia Marull, en Te doy mis ojos
65. Ninón Sevilla, en Aventurera
66. Martha Roth, en Una familia de tantas
67. Stella Inda, en El rebozo de Soledad
68. Tina Romero, en Alucarda

69. Sissy Spacek, en Carrie
70. Piper Laurie, en Carrie
71. Linda Blair, en El exorcista
72. Charlotte Gainsbourg, en Anticristo
73. Isabelle Adjani, en Posesión
74. Ellen Burstyn, en Réquiem por un sueño
75. Isabella Rossellini, en Terciopelo azul
76. Isabelle Huppert, en La pianista
77. Mo’Nique, en Precious
78. Ellen Page, en Niña mala
79. Julianne Moore, en Siempre Alice
80. Gong Li, en Regreso a casa

Tralala Jason Leigh

81. Alicia Vikander, en La chica danesa
82. Reese Witherspoon, en Alma salvaje
83. Adèle Exarchopoulos, en La vida de Adèle
84. Léa Seydoux, en La vida de Adèle
85. Rooney Mara, en Carol
86. Brie Larson, en La habitación
87. Juliette Binoche, en Damage
88. Hilary Swank, en Million Dollar Baby
89. Jessica Lange, en Frances
90. Louise Fletcher, en Alguien voló sobre el nido del cuco
91. Susan Sarandon, en Pena de muerte
92. Halle Berry, en Monster’s Ball
93. Helen Mirren, en El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante
94. Diane Lane, en Bajo el sol de la Toscana

95. Kathy Bates, en Misery
96. Emma Thompson, en Lo que queda del día
97. Debra Winger, en Tierras de penumbra
98. Glenn Close, en Dangerous Liaisons
99. Maria Schneider, en La Dérobade
100. Faye Dunaway, en Network

El odioso Tarantino

Los odiosos ocho (Estados Unidos, 2015), de Quentin Tarantino, tiene algunas cosas buenas: la banda sonora con personalidad y méritos propios, a cargo del gran Morricone; la fotografía con instantes exquisitos y postales majestuosas, de Richardson… Pero, en general, me parece un western odioso, con diálogos redundantes, reiterativos y repetitivos hasta la exasperación, con tal de ser muy largos y seducir a quienes aplaudieron en su momento los insulsos intercambios verbales de Pulp Fiction, unos personajes burdos que hacen caricaturas de sí mismos hasta resultar literalmente insoportables, sobre todo el supuesto verdugo (tan amanerado que, en efecto, parece inglés) y el supuesto alguacil que todavía no asume el cargo y parece haber salido de una serie infantil de dibujos animados o por lo menos ser la voz de alguno de sus personajes (Dios nos libre de Tim Roth y Walton Goggins: el mundo sería menos detestable sin ellos).

La primera hora es una presentación de los personajes, al cabo de la cual uno se pregunta si la intención de la película es humorística, si es acaso una comedia negra como secuela degradativa de la Guerra de Secesión; entonces comienza una versión gringa de La tempestad, de Shakespeare, que progresivamente se transforma en Agatha Christie, como una vuelta de tuerca desde la perspectiva de los dos personajes principales, que son cazarrecompensas.

Del refrito del cine hongkonés al refrito de la literatura clásica, Tarantino se supera. Aquí vemos a todos sus actores fetiches y confirmamos que tiene serios problemas para incluir mujeres en sus relatos descriptivos de un mundo exclusivamente masculino, como el que suele concebir. Aquí vemos también una violación homosexual, como en Pulp Fiction, que precede a la violencia gore, tan característica del autor; al visceral director y escritor de guiones infames le fascina que las cabezas y vísceras de la gente estallen como sandías con balas expansivas.

odioso

La premisa es que un cazarrecompensas entregará con vida a su prisionera. La razón, en teoría, es un balbuceo ético (ningún tipo rudo saldría con semejante patraña y se ahorraría las molestias y complicaciones, dificultades y pérdidas de tiempo, con un balazo en la cabeza), pero en los hechos es un pretexto para que alguien irrumpa en el ameno encuentro de hombres cultos y trate de rescatar, a sangre y fuego, a la prisionera (mi querida Jennifer Jason Leigh en la interpretación más antipática de su carrera… por eso fue nominada como actriz de reparto al desacreditado Óscar, una vez que la dizque academia de Joligud ninguneó su extraordinario desempeño en Última salida, Brooklyn, de Hubert Selby Jr.).

Samuel L. Jackson y Kurt Russell hacen bastante bien sus papeles, a pesar de los pesares; también Bruce Dern, aunque nunca se levanta del sillón. Por ahí vemos a Demián Bichir en un papel autodenigrante (Tarantino reivindica hipócritamente a los negros, pero repele a los mexicanos y demás inmigrantes latinos, y su guión en este caso comete el error de atribuir un racismo antimexicano a cierta mujer que, minutos después, es anfitriona de una banda de forajidos, entre los cuales hay un mexicano).

Cuando acaba el tercer capítulo no comienza el cuarto, sino la segunda parte del tercer capítulo, que también acaba, pero no comienza el cuarto capítulo, sino la tercera parte del tercero, que acaba por fin y entonces empieza el cuarto capítulo. ¡Uf!

Salvo los guiños, la mayoría de los indicios resultan infantiles para un lector de Agatha Christie y Arthur Conan Doyle (como lo fui en la primera juventud).

El giro pretendidamente sorpresivo no es menos burdo que los personajes, pues sucede a dos horas de vulgaridad por un lado y aburrimiento por el otro.

Yo, como el entrañable y extrañado Gustavo García, paso de Tarantino.


Dorothy Mills y los muertos que resucitan en ella

Dorothy Mills (Irlanda, 2008), de Agnès Merlet, es una película infravalorada, sumamente oscura y siniestra, sombría y necrófila, un thriller sicológico que trasciende sutilmente al horror sobrenatural, de modo que transmite una sensación de anormalidad, más por el miedo irracional de la comunidad y la patología de la protagonista que por sus poderes síquicos en la vuelta de tuerca.

Jenn Murray encarna uno de los personajes más complejos en la historia del cine y lo hace tan convincentemente que, a ratos, parece que fueran distintas actrices, pues Dorothy contiene múltiples personalidades; la necrofilia de su desdoblamiento es un giro interesante que desvela el misterio de una historia oculta en la atmósfera viciada y hostil de gente que se refugia en la religión católica, cerrando las puertas de sus casas y de sus mentes a la ciencia, como en otras cintas de aldeas unidas por la culpa y la complicidad, que siguen la tradición de El nombre de la rosa (en la genial O Apóstolo, de Fernando Cortizo, por ejemplo, los habitantes de una aldea con reminiscencias medievales asesinan a los visitantes). Por tratarse de una isla irlandesa, este ambiente resulta bastante perturbador, aunque algunos hechos (el asesinato de animales en masa, por ejemplo) no tienen explicación y son mostrados nomás para enrarecer todo…

Tanto el guión como la puesta en escena serían perfectos si no fuera por dos o tres puntos débiles: la holandesa Carice van Houten, a quien habíamos visto dos años antes en El libro negro, de Paul Verhoeven, aquí es una belleza más discreta, pero su capacidad histriónica no aumenta gran cosa; aun así, es aceptable, pero debía ser más que eso (menos plana o algo más expresiva que un perro San Huberto), junto a la gran revelación de quince años que parece adolescente albina y no ha vuelto a sorprendernos (ahora hace papeles menores en películas tan mediocres como Brooklyn, de John Crowley, quizá porque no es bonita y el cine de todo el mundo asume como propia la superficialidad de Joligud).

Otro defecto, inexplicable por ser una película irlandesa y no gringa, es que el dictamen sobre la salud mental del personaje (a quien acusan del intento de asesinar una bebé a quien cuidaba) depende de una siquiatra y no de una sicóloga, que todo el tiempo se comporta como sicóloga, no como siquiatra, ignorancia que también parece haber extendido Joligud a todo el mundo como una epidemia.

Por último, lo peor de la película es el final, que deja una sensación engañosa de que toda la película está mal hecha. Pero viéndola más de una vez, uno valora que se trata de una extraña y oscura obra maestra. Lo demás es fascinante y, a diferencia de su valoración en los principales portales de internet que sirven para tales efectos (6.1 en IMDb, 46% en Rotten Tomatoes, 5.3 en FilmAffinity), yo le doy un 7.5, por lo menos.

Si la comparamos con Sybil (Estados Unidos, 1976), de Daniel Petrie, basada en el caso verídico de una niña con trece personalidades distintas, Sally Field protagoniza un personaje “tierno”, edulcorado para la televisión, mientras que Dorothy Mills es inquietante por el sórdido contraste de los seres que encarna, como poseída por ángeles y demonios… y hasta Carice van Houten es preferible a Joanne Woodward en el papel de “siquiatra”.


 

Puente de los espías

Revanchismo tardío, anticomunismo trasnochado

Versión tramposa y deshonesta de un hecho histórico, demasiado conocido para engañar a alguien que no sea demasiado ignorante: En el famoso episodio del U2, avión espía de los Estados Unidos que fue derribado en 1960 cuando sobrevolaba la URSS tomando fotografías, Jrushchov jugó sus cartas con sorprendente habilidad, al denunciar el espionaje gringo sin mencionar la captura del piloto aviador, que estaba entero, intacto… sus instrucciones eran destruir el avión y suicidarse en caso de ser abatido, pero resultó un vil cobarde, y la película trata de reivindicarlo inventando circunstancias engañapendejos que serían tolerables si se tratara de James Bond, más no en una supuesta versión seria del episodio más vergonzoso para los gringos en la Guerra Fría.

Una de las secuencias más ofensivas alterna escenas de interrogatorios con torturas al espía gringo por los soviéticos, y el trato respetuoso y humano al espía soviético por los gringos, sin interrogatorios ni mucho menos torturas. ¿Cómo crees, si hasta defensor legal de bufete privado le asignaron y, por cierto, de eso trata la película?

Así todo por el estilo: En el lado oeste de Alemania reina la concordia; en el lado este, la hostilidad. Las escenas de gente que intenta saltar el muro y es asesinada por la espalda con metralla desde las atalayas, me parecen execrables, porque además son vistas desde un vagón del metro y, una vez que pasan, rematan con la peor toma de la película y la carrera del cinemagnate judío, como si la dirección de cámaras estuviera en manos de un principiante. No faltará quien admire, por ejemplo, los sesgos del guión al poner en boca de un diplomático alemán: “Todas estas ruinas se las debemos a la Unión Soviética”.

Tedioso bodrio de ritmo soporífero, típico de Spielberg cuando se pone “artístico” en pos del Óscar, que debía recibirlo por su innecesaria labor propagandística de exacerbación gringófila, y de ahí que lo ganara un actor de reparto por un trabajo intrascendente y grisáceo, que ni siquiera se compara con la impactante actuación de Benicio del Toro en Sicario, por mencionar también aquí la omisión más injusta.

Ostentación de recursos materiales, más dinero que talento, como siempre, sello de Spielberg que, al hacer dupla con Hanks, resulta insoportable.

La participación de los hermanos Coen en uno de los guiones más repulsivos del milenio es, por lo menos, decepcionante.


 

Revenant: El vengativo

RevenantThe Revenant (El renacido), de Alejando González Iñárritu y Emmanuel Luvezki, no trata sobre la relación del hombre con la naturaleza, como dijo Leonardo DiCaprio al recibir su primer Óscar, ni acerca de la sobrevivencia humana y el sufrimiento personal en un mundo salvaje, sino que usa dichos temas como contexto en una historia de venganzas: cuatro personajes se proponen cobrar venganza y hacen de su propósito el principal estímulo para vencer la adversidad y sobrevivir: un jefe indio quiere vengar el robo de su hija por unos blancos; otro indio quiere vengar el asesinato de su esposa por una tribu enemiga; una india es violada y, más adelante, vemos que se lava las manos sucias de sangre por haber castrado a su violador. Al final, una frase cliché hace dudar al protagonista de la venganza medular.

Desde el principio, las escenas oníricas parecen causa y efecto del rencor: una masacre de indios deja huérfano al niño que adoptará el trampero blanco Hugh Glass (DiCaprio), quien lo salva de la muerte a manos de un oficial que primero asesina a la madre del niño, según interpreto una secuencia confusa; la voz de la mujer reflexiona en la mente del protagonista con metáforas en lengua nativa sobre la sobrevivencia.

La historia verídica de Glass inspiró una novela de Michael Punke y la novela inspiró una película: Man in the Wilderness (Estados Unidos, 1971), de Richard C. Sarafian, con Richard Harris y John Huston. En 1820, un barco sobre ruedas hace una travesía por tierra firme, y la expedición es guiada por un trampero al que ataca un oso y lo deja para el arrastre; asediados por los indios, sus compañeros lo abandonan a su suerte. El trampero sobrevive, recurriendo a su lado más salvaje, y sigue a la expedición para vengarse. En su adaptación de la novela, para darle sabor al caldo de la venganza, el guión de González Iñárritu y Mark L. Smith agrega el hijo putativo y una posible esposa de Glass, también india (elementos que no existen en la historia original ni en la novela ni en película homónima), y elimina el barco sobre ruedas, que hace de la historia algo extraordinario.

A final de cuentas, este guión es el más pobre de las seis películas que ha dirigido González Iñárritu: el primero es un hito a pesar de que su referente inicial parece ser el guión de Pulp Fiction, de Quentin Tarantino; el segundo aumenta al máximo la complejidad de la estructura narrativa y resulta una obra maestra; el tercero es una mamada cosmopolita para impresionar a los gringos, cosa que funcionó; el cuarto es intrascendente, pasa sin pena ni gloria; el quinto alcanza un nivel más alto que todo lo anterior y, desde luego, es otra obra maestra; el sexto (para la primera película que no es proyecto de González Iñárritu, una vez asimilado al money-system de Joligud) parece traicionar una tradición, la búsqueda de originalidad y la disposición a correr grandes riesgos en aras de crear algo nuevo en todos los sentidos, incluida la calidad sin precedentes.

RevenantObservaciones específicas

Las escenas de una sola toma o que aparentan ser una sola toma (sobre todo, la secuencia inicial del ataque indio), como en Birdman, son opresivas o crean una atmósfera opresiva.

Abundan errores como la tardanza del protagonista en apuntar al oso, que prefiere las mordidas a los zarpazos, el hecho de que John Fitzgerald (Tom Hardy) mate al hijo y deje vivo al papá, el hecho de que diga “dispárale”, en vez de “mátalo” (asfixiado o acuchillado para que no nos escuchen los “rojos”, que acabo de matar a uno por gritar), el hecho de que DiCaprio actúe con tanta debilidad cuando lo entierran que la post-producción agregó su propia voz quejumbrosa, el hecho de que, minutos después, se levante del hoyo sin beber agua y tampoco sea convincente cuando se arrastra.

El equipo con el que Glass quema pólvora en su cuello es envidiable; ¡hasta combustible tenía para avivar el fuego!

¿Y por qué asesinan al indio amigo y no al protagonista? ¿Estaban muy lejos? Quizás alguien más perceptivo que yo (no defensores a ultranza, por favor) me saque de esa duda, y responda también a mis primeras preguntas: ¿Asesinan un caballo en la secuencia inicial? ¿No hay racismo en el tratamiento de la presencia india?

La pelea final es horrible, ambos actores son torpes y lentos, sobre todo Leo (sus defensores me dirán que está herido y sobrearropado por el frío, pero volvemos entonces al ataque del oso).

A las dos horas de metraje, uno ya está bastante cansado.

Por decir algo a favor, me gustan las escenas oníricas, pero hacia el final pierden creatividad y se reducen a ecos. Si acaso hay contenido, entre tanto envoltorio, está en esas escenas durante las primeras dos horas; la media hora final cae en el tedio…

Pocas películas han logrado profundidad cuando se trata de venganza. The Crow, de Alex Proyas, por ejemplo, también tiene más forma que contenido; si le quitamos el envoltorio de oscuridad necrófila y horror gótico, el papel del cuervo y los caireles poéticos, queda una historia tan simple y superficial como El vengador anónimo. Una venganza interesante, en términos históricos y cinematográficos, es la de Gong Er (Ziyi Zhang) en El gran maestro, de Wong Kar-wai. El renacido, en cambio, es un paupérrimo pretexto para dos horas y media de fotografía majestuosa y apabullante.