Sombreros, gabardinas y ametralladoras

Gangster Squad y el cine de gángsters al que se debe

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De la investigación periodística a la novela negra y de allí al cine de acción sin contenido: Gangster Squad, de Paul Lieberman, es un best-seller literario sobre la guerra que tuvo lugar en la ciudad de Los Ángeles a finales de los años cuarenta entre la mafia local y una pequeña banda parapolicial. El libro se basa en la exhaustiva investigación que realizó el mismo autor durante casi una década y publicó en su momento Los Ángeles Times como una serie de artículos. La historia narrada por el reconocido periodista inspiró a su vez la película homónima bajo la dirección de Ruben Fleischer con un guión de Will Beall, que no es propiamente una adaptación cinematográfica, pues toma nada más lo indispensable de la fuente original para una aproximación al mejor cine de gángsters y, en segundo término, al cine negro, con la reproducción de todos sus estereotipos y clichés. El argumento, en consecuencia, es insustancial, pero sirve de contexto, por no decir pretexto, para una perfecta ambientación de la época y espectaculares secuencias de acción con un ritmo disfrutable.

En 1949, Los Ángeles es gobernada por la mafia de «Mickey» Cohen (Sean Penn), un ex boxeador judío nacido en Brooklyn y cuyo imperio abarca el expansivo negocio de las apuestas, la trata de blancas y el tráfico de estupefacientes, todo con la complicidad de la policía en general, así como de jueces y políticos corruptos, a quienes mantiene bajo control mediante sobornos y terror, hasta que John O’Mara (Josh Brolin) —un fiero veterano de guerra que, ahora sargento de la policía, libra una solitaria lucha contra el reinado criminal del gran capo— llama la atención de su jefe, Chief Parker (Nick Nolte), quien lo invita a formar su propio equipo de agentes incorruptos para desmantelar los negocios sucios de Cohen con una “guerra de guerrillas”. Aconsejado por su esposa encinta (Mireille Enos), llamada Connie, O’Mara recluta entonces al oficial Coleman Harris (Anthony Mackie), un negro uniformado que sabe usar la navaja, al detective Max Kennard (Robert Patrick), un vaquero viejo que donde pone el ojo pone la bala, y al experto en telecomunicaciones Conway Keeler (Giovanni Ribisi), a quienes se les unen Navidad Ramírez (Michael Peña), un latino que trabaja con Kennard, y el también sargento Jerry Wooters (Ryan Gosling), un cínico Casanova que al principio se muestra indiferente al imperio de la maldad, pero el asesinato de un niño amigo suyo durante un tiroteo en la calle lo hace cambiar de posición. Por economía, el círculo de Cohen es presentado, si acaso, desde lejos como un vulgar montón de matones. Entre ambos bandos está la vampiresa pelirroja Grace Faraday (Emma Stone), que lo mismo se acuesta con el capo mayor que con Wooters, y Jack Whalen (Sullivan Stapleton), delincuente amigo de Wooters.

Antipático de por sí, con prótesis faciales que lo hacen parecer efectivamente un ex boxeador, Sean Penn sobreactúa tanto que su personaje resulta una caricatura grotesca. Ryan Gosling emite voz de transición adolescente y, por su afectación, también resulta caricaturesco, a diferencia de Josh Brolin en el papel protagónico, inspirado quizás en Eliot Ness, salvo algunas torpezas, y Robert Patrick, el Terminator antagónico en el juicio final de 1991, ahora con gran bigote al estilo tejano; la áspera personalidad del vaquero cumple con lo que se requería, pero en un papel menor, tristemente secundario, como el de Nick Nolte. El talento actoral del gran elenco, en lo que podríamos llamar el síndrome de Batman, está desperdiciado; la química de un año antes entre Gosling y Emma Stone (Loco y estúpido amor, de Glenn Ficarra y Jhon Requa), por ejemplo, parece incidental aquí, en donde la presencia femenina es casi ornamental.

gangster-squad-josh-brolinLa superficialidad de un guión que no profundiza en la sicología de nadie por apostar la suma de todos los recursos a la espectacularidad, explica el hecho de que si esta película tiene algún mérito sea su aspecto visual, desde la brillante ambientación de Los Ángeles a finales de los cuarenta con una escenografía laboriosa y seductoramente iluminada, y un impecable vestuario de la época, entre otras cosas (los coches, por supuesto, reunidos en el diseño de producción), hasta los efectos especiales en las secuencias de acción, algunas de las cuales son alardes de virtuosismo técnico; lo es principalmente la persecución y el tiroteo desde coches en movimiento, con una toma en particular que recorre todos los ángulos y culmina con un vertiginoso acercamiento al disparo de Wooters por la ventana lateral; aquí la dirección de cámaras, apoyada en la intervención digital, es magistral. Las escenas del enfrentamiento final en cámara lenta coinciden con una secuencia de Mátalos suavemente (EUA, 2012), de Andrew Dominik, obviamente sin plagio por alguna de las dos películas, ya que fueron rodadas el mismo año; en una son esferas de navidad y en otra vidrios de coche l@s que se hacen trizas con los disparos; los cartuchos saltan vacíos desde las recámaras de las armas y parecen suspendidos en el aire por un instante, como el plomo de las balas que lo atraviesan. En términos técnicos y estéticos, la coincidencia es asombrosa.

A cargo de Steve Jablonsky (experimentado musicalizador de frivolidades), la banda sonora forma parte de la ambientación y, junto con el montaje y la edición, contribuye a lograr un ritmo también aceptable.

Brigada de élite, como fue titulada en España, y Fuerza antigángster en Hispanoamérica, tiene grandes similitudes con dos películas que, por lo demás, son muy superiores: Gángster americano (EUA, 2007), de Ridley Scott, y Los Intocables (EUA, 1987), de Brian De Palma. Tanto Gangster Squad como American Gangster están basadas en hechos reales y ampliamente documentados por investigaciones periodísticas, y ambas comienzan con ejemplos brutales de la crueldad que son capaces de alcanzar sus respectivos villanos. En ambos casos, el héroe es un policía incorruptible a quien su jefe da luz verde para reunir a un grupo especial, con la diferencia de que, formada en las sombras, la llamada “fuerza antigángster” de Los Ángeles operó en secreto y al margen de la ley, mientras que la brigada antinarcóticos de Nueva Jersey fue pública e institucional. El contexto en ambos casos es una policía corrompida en general por su contacto con la mafia. Josh Brolin actúa en las dos películas, primero como el agente policial más corrupto y criminal de Nueva York y después como el héroe incorruptible de Los Ángeles; sus dos papeles son convincentes. En ambos casos, los capos terminan en la cárcel, aunque Gángster americano tiene un final sorprendente y decepcionante por su ambigüedad. Brigada de élite o Fuerza antigángster, en cambio, reproduce fielmente el esquema del bien que triunfa sobre el mal, como suele ocurrir desde que la figura del gángster dejó de ser glorificada por el género clásico antes de la Segunda Guerra Mundial (aunque la trilogía de El Padrino, de Francis Ford Coppola, devuelve al gángster su antiguo pedestal). La principal diferencia entre American Gangster y Gangster Squad es la época, pues los hechos ocurren desde finales de los años sesenta hasta principios de los noventa en el primer caso, mientras en el segundo suceden a finales de los cuarenta. Otra gran diferencia es el guión, ambicioso y complejo en un caso, anodino y simple en el que nos ocupa.

Las similitudes con Los intocables son demasiadas como para abarcarlas todas: el reclutamiento del equipo sucede en muchas películas y coincide aquí, por ejemplo, en levantar de la calle a un policía de a pie, así como en conseguir a un personaje menos cuerpo que cerebro (contador o experto en telecomunicaciones), que ha de ser asesinado; la primera misión contra la mafia es un fracaso; en un arranque de ira, con impulso suicida, el héroe busca un enfrentamiento directo y personal con el villano en su guarida; el tiroteo final culmina en unas escaleras idénticas; los grupos son físicamente parecidos, en parte, por su cercanía cronológica: debido a la importancia del sombrero en las dos épocas, se repiten algunas actitudes corporales; el armamento es casi el mismo: pistolas, escopetas, ametralladoras…

Gangster-Squad-Still1En Fuerza antigángster o Brigada de élite vemos también influencia del western o cine del viejo Oeste: Max Kennard, por ejemplo, lleva un gran revólver enfundado en la cadera, y la funda amarrada a la pierna; para asaltar el casino de Cohen, los agentes se embozan con pañuelos y, al huir, dejan salir a los caballos del corral; Coleman Harris, el policía negro, maneja la navaja con la misma destreza que la pistola, igual que Britt (James Coburn), el lanzador de cuchillos, de Los Siete Magníficos…

Al fracasar el primer ataque a los negocios de Cohen, O’Mara y Harris son detenidos y, cuando Wooters los rescata, ocurre una pelea en la oscuridad, y cinco disparos como flashazos iluminan la escena y la congelan durante un segundo: ingenioso y sutil guiño al cómic o la historieta clásica, en el que afortunadamente no aparecen letreros de ¡Bang! o algo por el estilo. En el mismo sentido, Grace Faraday es una caricatura de mujer fatal, como Jessica Rabbit, la voluptuosa vampiresa, esposa del conejo Roger Rabbit.

La secuencia inicial termina con una mirada sombría del boxeador a la cámara y, más adelante, O’Mara camina mirando también a la cámara que se desplaza hacia atrás al mismo tiempo, y esta segunda mirada, por la música y la lentitud de la escena, es un guiño muy obvio con Quentin Tarantino y sus audacias…

Abundan guiños en este recorrido por lugares comunes, como para un ejercicio de cinefilia sobre películas de gángsters, entre muchas otras: ahí una frase de El Padrino, allá de Goodfellas (Uno de los nuestros o Buenos muchachos, 1990), de Martin Scorsese, que también está inspirada en hechos reales, por cierto, y el vaquero acá me recuerda evidentemente a Charles Winstead (Stephen Lang), otro policía viejo y de rudo aspecto, jefe de los Rangers de Texas que se unieron a la cacería de John Dillinger y su banda en Enemigos públicos (EUA, 2009), de Michael Mann, película basada en hechos reales, por cierto.

Al final, el sargento O’Mara arroja su placa al mar, tal como el sargento Harry Callahan (Clint Eastwood) en Harry el sucio (EUA, 1971), de Don Siegel, con la diferencia de que allí no es el mar, sino un río, y Callahan está solo y enojado, mientras que, acompañado por su esposa y el hijo de ambos, O’Mara está contento.

GANGSTER SQUADExcepto Mátalos suavemente, que ya comentaremos, y Harry el sucio, todas las películas mencionadas son incomparablemente superiores a Gangster Squad, que se reduce a lo mínimo en cuanto a contenido y retoma de ellas sólo aspectos o momentos específicos, acaso detalles característicos o distintivos. Cintas como Los Ángeles al desnudo (EUA, 1997), de Curtis Hanson, que no podía faltar en esta revisión, le deben mucho a su vez al clásico cine de gángsters coetáneos, de los años veinte, treinta y cuarenta, que al parecer sucumbió con la Segunda Guerra Mundial, pero fue reivindicado por el cine contemporáneo con títulos como El Padrino y Cara cortada (EUA, 1983), de Brian De Palma. Escrita por Oliver Stone y protagonizada también por Al Pacino, esta última es remake de un clásico menor de 1932 con el mismo título, dirigido por Howard Hawks y más representativo del cine negro.

El rodaje de Gangster Squad comenzó en Los Ángeles el 6 de septiembre de 2011 y concluyó el 15 de diciembre del mismo año. Su estreno estaba programado para septiembre de 2012, pero debido a la masacre ocurrida el 20 de julio de ese año durante la premier de Batman 3 (The Dark Knight Rises), de Christopher Nolan, en Denver, Colorado, el estreno fue pospuesto para enero de 2013, pues la cinta de Ruben Fleischer contenía una secuencia de senda masacre al interior de un cine, que fue suprimida, lo que obligó a rodar en agosto una secuencia suplente. Originalmente, la tragedia ocurría en el Teatro Chino de Grauman, donde los hampones disparaban con ametralladoras a los espectadores a través de la pantalla. En la segunda versión tiene lugar un tiroteo en el Barrio Chino y, aunque no conocemos la secuencia original, podemos decir que la segunda es fallida, pues no transmite la sensación de un desastre; dedica unos cuantos segundos a las víctimas colaterales, que fueron suficientes para que los medios de comunicación exigieran la renuncia del jefe de la Policía, Chief Parker, así como la identidad de la “fuerza antigángster”.

Cohen fue recibido en la cárcel por sus colegas con un golpe de metal que lo mató. La mafia nunca logró afianzarse en Los Ángeles; por algo será, dice al final O’Mara en resumidas cuentas y su moralizador soliloquio sobre el deber entra en contradicción con una escena simultánea en la que Wooters y Faraday pasean al perro de Cohen, lo cual puede interpretarse como una moraleja inmoral: si bien no hay gloria para los héroes anónimos, algunos son premiados con una especie de botín, en este caso, la mujer del villano y, por si fuera poco, hasta su perro.

Si algo aporta el guión de Gangster Squad, por último, es una dosis agradecible de humor blanco y negro.

Gangster Squad
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Obama vs Osama

obama_osamaLas dos primeras dramatizaciones cinematográficas de la operación militar que, según la versión oficial, dio muerte a Osama bin Laden en la noche del 1 al 2 de mayo de 2011, también tienen en común las fechas previstas inicialmente para sus estrenos unos días antes de los comicios presidenciales en Estados Unidos, por lo que parecen concebidas como colofón de la campaña electoral de Barak Obama en pos de su reelección. Se trata de Seal Team Six: The Raid on Osama Bin Laden, dirigida por John Stockwell con guión de Kendall Lampkin, y Zero Dark Thirty, de Kathryn Bigelow y Mark Boal.

Además de la polémica por la premier televisiva de Seal Team Six, el congresista republicano Pete King, presidente del Comité de Seguridad Nacional en la Cámara de Representantes, denunció que la administración Obama había dado información secreta “de alto nivel” a la directora y el guionista de Zero Dark Thirty, y la Casa Blanca, por su parte, aclaró que sólo se les había informado sobre el papel del presidente en la redada contra el máximo líder de la red Al Qaeda.

El estreno de La noche más oscura, como fue titulada en España, estaba programado para octubre, pero Sony Pictures Entertainment, su compañía productora y distribuidora, lo pospuso para después de las elecciones, hasta el 19 de diciembre, limitado a unas cuantas salas de exhibición, por lo que no influyó en las preferencias de los votantes. El día de la premier, sin embargo, el Comité de Inteligencia del Senado solicitó por escrito al director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA por sus siglas en inglés), Michael Morrell, los documentos entregados a los cineastas, pues la película revela el uso de interrogatorios con torturas en la localización de Bin Laden. “Aunque esa información es incorrecta —dicen los senadores en su carta—, está en consonancia con declaraciones públicas hechas por el exdirector del Centro Antiterrorista de la CIA, Jose Rodriguez, y el exdirector de la CIA, Michael Hayden”. Durante sus primeros días de mandato, en 2009, Obama canceló el programa de detenciones e interrogatorios con “técnicas coercitivas” de la CIA, según los senadores.

El estreno limitado en diciembre sirvió para que la película contendiera por los premios Óscar; su nominación en cinco categorías, incluidas las de mejor película y mejor guión original, la catapultó en enero hasta el primer lugar de taquilla con 24 millones de dólares recaudados en su primer fin de semana de estreno a escala nacional. Una vez que Objetivo: Bin Laden, como se le llamó en Hispanoamérica, fracasara en la entrega del Óscar, al llevarse nada más una estatuilla ex aequo, en febrero, el Senado cerró su investigación sobre la presunta filtración de información secreta o clasificada.

Los Navy SEAL’s van al cine

sealteam6Seal Team Six (Equipo SEAL 6) es un cuerpo militar de élite —antiterrorista, entre otras cosas— perteneciente a la armada gringa y disuelto en 1987, al que reemplazó el Grupo de Desarrollo de Guerra Naval Especial (NSWDG por sus siglas en inglés). Seal es acrónimo de Sea, Air and Land (Mar, Aire y Tierra).

Estados Unidos cuenta con dos Unidades de Misiones Especiales, oficialmente reconocidas; una opera en el Pacífico y otra en el Atlántico; la primera es conocida informalmente como Fuerza Delta y la segunda como Equipo SEAL 6, el nombre de su antecesora, así llamada en su momento para despistar a los espías soviéticos sobre el número de unidades operantes, según la creencia popular. Esta unidad tiene su origen en el fracaso de la operación militar Garra de Águila que en 1980 intentó rescatar a los 66 empleados de la embajada gringa en Irán durante la crisis de los rehenes. Aunque las Unidades de Misiones Especiales pretenden ser secretas, algunos medios informativos han identificado a cuatro.

El actual NSWDG, antes Seal Team Six, es la unidad especial que tomó por asalto la guarida de Osama Bin Laden, según la versión oficial; de ahí que la película de John Stockwell tenga ese título, aunque el original es Code Name: Geronimo, pues primero se dijo que la operación había tenido el nombre de Gerónimo para referirse en clave al principal cabecilla de Al Qaeda, y después que había sido Lanza de Neptuno…

Editada con escenas muy rápidas al estilo de un video clip, la cinta dura 90 minutos y alterna el desarrollo de la acción con testimonios ficticios de los protagonistas y algunas imágenes reales (en movimiento y fotos fijas) de Barak Obama y miembros de su gabinete, como un intento de parecer documental. En los testimonios, los comandos Navy SEAL’s y la agente de la CIA que descubrió el escondite de Bin Laden —aquí llamada Vivian— comentan el aspecto personal del episodio sin informar un ápice.

Aunque prepotentes y soberbios, los personajes reales contrastan con los actores y sus expresiones forzadas, sus actitudes corporales demasiado mamonas y sobreactuadas, especialmente las del viejo capitán de corbeta. Los agentes de la CIA en Pakistán son torpes y burdos, nada discretos.

Acorde con la dinámica y el ritmo, estética de la brevedad, la economía de algunos diálogos resulta más odiosa que el terrorismo. Las secuencias de acción parecen videojuegos; unas escenas con filtro azul del preámbulo se repiten a mitad de la película y al final. La música en general es repetitiva y pobre…

Un prisionero interrogado en Guantánamo bajo amenaza de entregarlo a la “inteligencia saudí” para que lo degüelle vivo, suelta el nombre que servirá como pista para dar con el terrorista mayor. Aquí no hay más tortura que la sicológica.

El argumento, en adelante, prácticamente se reduce a la operación militar desde su preparación, el entrenamiento del equipo en una réplica del complejo residencial ubicado a las afueras de Abbottabad, al norte de Pakistán, algo sobre las vidas particulares de los soldados (en una sola secuencia, varios chatean con sus familiares), la rivalidad entre dos de ellos (el joven líder y el más macho).

En esta cinta, la unidad especial ignora el objetivo de su misión hasta que la realiza y resulta una operación quirúrgica, sin bajas entre las mujeres y los niños que habitan la casona fortificada; tampoco entre los gringos, que ni siquiera una herida sufren; el saldo es de cuatro hombres muertos, entre ellos Bin Laden y su hijo, y cero daños colaterales, salvo por el desplome de un helicóptero… Los gringos de película no matan gente inocente ni torturan; al menos en este caso, esa es una de las premisas.

Ese mismo día, el presidente de los Estados Unidos anuncia públicamente, con voz de locutor, el éxito de la incursión militar al escondite del buscado terrorista y alude al fracaso de la administración anterior en este sentido. Sobreviene la grandilocuencia y el patrioterismo exacerbado. “Hoy es un buen día para ser estadounidense”, dice el más macho en su testimonio. En el cuartel de la CIA están de fiesta: sonrisas, abrazos, mucho júbilo (lo mismo veremos después en Argo, de Ben Affleck, por otra causa).

En 2011, la popularidad de Obama iba inexorablemente a la baja por el incumplimiento de sus promesas de campaña, el estancamiento económico del país y el bloqueo de su gobierno en el Congreso, cuando la muerte del presunto cerebro del 11-S la hizo repuntar. La película sobre dicha muerte, que la presenta obviamente como una gran hazaña, fue transmitida por el canal de National Geographic el domingo 4 de noviembre, dos días antes de los comicios presidenciales en Estados Unidos, sin que la Casa Blanca, el Departamento de Estado, el Pentágono, la CIA o alguna otra instancia gubernamental desmintiera o confirmara su contenido. Dos días después, el mandatario fue reelecto.

Seal Team Six: The Raid on Osama Bin Laden, por lo demás, no hace ni el más mínimo aporte al cine y mucho menos a la divulgación histórica; es un trabajo tan mediocre, intrascendente y menor que, salvo por su contexto político y militar, toda crítica le hace un inmenso favor. Stockwell había dirigido, también el año pasado, Dark tide (Aguas profundas), un bodrio que, aparte de mal hecho, es deshonesto y hasta fraudulento, y tampoco merece más comentarios.

La oscuridad de las 00:30

zero-dark-thirty-chastainZero Dark Thirty, en cambio, es un esfuerzo ambicioso que, durante 156 minutos, con un presupuesto de 40 millones de dólares, abarca lo medular de la investigación que tardó casi una década en localizar al enemigo público número uno de Estados Unidos, según la versión oficial, autor intelectual de los ataques terroristas que asesinaron a más de tres mil personas el 11 de septiembre de 2001. Concebido inicialmente como un relato del fracaso en esta búsqueda, el proyecto de Kathryn Bigelow y Mark Boal, directora y guionista que figuran también como productores, tuvo un dramático giro el 2 de mayo de 2011.

La noche más oscura, como fue titulada en español, “está basada en eventos actuales” (sic), dice al comenzar, y con la pantalla en negro escuchamos grabaciones de vuelo y una conversación telefónica entre dos mujeres, una de ellas atrapada en algún lugar de las torres gemelas el día de los avionazos. Dos años después, la protagonista de ambas películas —agente novata de la CIA que, interpretada en este caso por Jessica Chastain, tiene el nombre de Maya— es transferida a Pakistán, en donde su colega Dan (Jason Clarke) aplica interrogatorios con torturas a prisioneros de Al Qaeda. Entre atentados terroristas menores en distintas ciudades, los agentes arrancan a varios prisioneros el seudónimo de un mensajero o courier de Osama bin Laden. El misterioso personaje obsesiona a Maya, que se dedica exclusivamente a seguir esta pista durante los siguientes años hasta dar con el peor de los villanos.

Mientras Estados Unidos y sus aliados lo buscaban en cuevas de las inhóspitas montañas de Afganistán, Bin Laden vivía en Abbottabad, unos 50 kilómetros al noreste de la Islamabad, capital de Pakistán, a sólo mil 500 metros de una academia militar paquistaní. Su guarida era un complejo residencial de 3,500 metros cuadrados que se construyó en 2005 y fue valuado en un millón de dólares. Allí permaneció seis años oculto y aislado del mundo exterior, sin teléfono ni internet, con su familia, otros ocho hombres, nueve mujeres y un indeterminado número de niños.

Las primeras dos horas de Zero Dark Thirty —113 minutos, para ser exactos— narran la investigación, y los últimos 43 minutos (contando el tiempo de los créditos finales) están dedicados a la operación militar; el capítulo se llama «Los canarios», en alusión a los Navy SEAL’s que atacarán la casa-fortaleza “como canarios” para prescindir de un bombardeo, ante la incertidumbre de que sea realmente guarida de Bin Laden, dados los errores cometidos antes. Aquí no vemos entrenamiento, sino frivolidad, y los comandos saben desde el principio cuál es el objetivo de su misión, pero no lo creen del todo.

También a diferencia de Seal Team Six, que muestra imágenes fijas de Barak Obama y Hilary Clinton observando la incursión en tiempo real (específicamente sus rostros al caer uno de los helicópteros), aquí aparecen nada más los agentes de la CIA dando ese seguimiento. Las demás escenas alternan una mirada subjetiva desde los ojos de los soldados a través de lentes con luz ultravioleta y demasiada oscuridad (las escenas oscuras son de pésima calidad). La secuencia es bastante sórdida y espectral; la residencia parece un lugar de zombis, cuya respuesta defensiva, además de ser mínima, está desarticulada; la reacción de los vecinos es igualmente fantasmal… De nuevo a diferencia de Seal Team Six, los disparos del grupo invasor son silenciosos; todo es lento y cauteloso, pero eso no obsta para que, al final, haya por lo menos una mujer y un niño acribillados.

Con su parafernalia de altísima tecnología, los Navy SEAL’s parecen astronautas.

Aquí no vemos el ambiente festivo de la CIA, una vez que todo acaba; el ánimo de la protagonista principal es más bien de pesadumbre…

Ninguna de las dos películas se refiere a las pruebas de ADN que, según la versión oficial, confirmaron la identidad de Bin Laden. En el segundo caso, la identificación se limita al reconocimiento visual por parte de Maya.

Jennifer Ehle en el papel de la agente Jessica parece mitad falsa y mitad tonta; su actuación está entre lo peor y más molesto de Zero Dark Thirty, aunque dicho personaje afortunadamente muere a mitad de la película. Otro hecho que irrita y resta credibilidad al argumento es que Dan, el principal torturador, dice sentirse mal después de haber visto a veinte hombres desnudos y lamenta casi llorando que alguien mató a los monos que tenía enjaulados. Los gringos de película siempre son más humanos que la gente de cualquier otro país, tanto que hasta sus torturas (cuyas técnicas enseñan a militares de todo el hemisferio en la criminal Escuela de las Américas) son menos brutales, inclusive amistosas; por eso el prisionero más interrogado y torturado parece muy lúcido, completo y relajado cuando lo agasajan después de impedir que duerma durante quién sabe cuántos días con sus respectivas noches… Lo más irritante de todo es que nadie critica estas incongruencias.

Más que una denuncia de la tortura, parece haber cinismo en su exposición.

Bigelow y Boal habían realizado la exitosa, laureada y aclamada cinta The Hurt Locker (2008), sobre una brigada antiexplosivos del ejército gringo en Irak.

Más allá de los efectos inmediatos a favor de Obama, tanto Seal Team Six como Zero Dark Thirty podrían tener el objetivo de abonar a más largo plazo en el probable engaño de la versión oficial sobre la muerte de Bin Laden, que los medios de comunicación y el público en general dan por verídica, aunque Estados Unidos no haya mostrado fotos ni vídeos del cadáver que, según dice, arrojó al mar… Las “razones” esgrimidas para deshacerse de esa evidencia son tan ridículas y estúpidas que ninguna de las dos películas sale con algo semejante y simplemente las omiten.

Estados Unidos viola sistemáticamente hasta los más básicos y elementales derechos humanos; viola también la soberanía nacional del país que se le antoje y, de paso, viola flagrantemente la legalidad internacional, pero se dice respetuoso de las tradiciones islámicas al brindar un servicio funerario en la clandestinidad a su mayor enemigo, para desaparecer el cadáver sin dar pruebas a nadie… (además, la tradición es enterrar a los muertos, no echarlos al mar).

Si la versión oficial fuera verdad, sería obvio que Estados Unidos optó por asesinar a Bin Laden en vez de llevarlo a juicio por temor a lo que hubiera revelado sobre su relación con un país que no siempre fue su enemigo y, antes por el contrario, más bien lo engendró.

عملیات فاجعه

Una tercera dramatización cinematográfica plantea otra versión: Según Dahiruzh Rêmin (Irán, 2013), de Amir Karjadi, titulada en español Operación Desastre, durante la noche del 1 al 2 de mayo de 2011 un grupo de 33 Navy SEAL’s a bordo de tres helicópteros que despegaron de una base afgana tomó por asalto, sin autorización ni conocimiento del gobierno paquistaní, la casona de Abbottabad y masacró a sus ocupantes, en su mayoría mujeres y niños; los hombres estaban desarmados y no tenían relación con Al Qaeda. Uno de los helicópteros se impactó contra otro y la colisión causó más de veinte muertes y lesiones graves entre la población civil y los propios comandos… Esta película fue prohibida en varios países, tanto que todavía no encuentra realizadores, además del guionista, quien declaró en días recientes a la prensa estar apenas por escribir un primer adelanto de lo que será el guión. Estaremos al pendiente.

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¿Cómo volver a ser clásico?

bondDesde que James Bond es encarnado por Daniel Craig, hay una contradicción de carácter. Gélido, inexpresivo y desprovisto del ingenio que lo distinguía, en Casino Royale (2006), de Martin Campbell, no pasa de un matón que, por primera vez en su larga carrera de seductor, se enamora. Claro que la película representa el regreso del personaje a su origen literario, pero en una época posterior a la Guerra Fría, contexto histórico al que sobrevive, ahora sin el pretendido encanto del perfil habitual, sino inclusive con aspecto físico y desplantes de barbaján. En Quantum (2008), de Marc Forster, este hombre rudo llora también por primera vez cuando muere asesinado un amigo suyo, con cuyo cuerpo se protege de las balas y luego lo tira en un basurero, quizá para no perder el estilo. Al final de Skyfall (2012), de Sam Mendes, vuelve a llorar por la muerte de un ser querido en sus brazos y, a diferencia de la vez anterior, es convincente, aunque no menos contradictorio; si bien al principio tiene un gesto conmovedor al distraerse de su misión para detener la hemorragia de un compañero agonizante, después hace una broma por demás desafortunada: una mujer maniatada, golpeada y con un baso de whisky en la cabeza es asesinada y él exclama: “¡Qué desperdicio de whisky!” Momentos antes, habían tenido intimidad bajo la regadera, pero el valor de la vida ajena seguía siendo el mismo para el sobreviviente: ninguno.

La exaltación del héroe no repara en su misógina indiferencia tanto al dolor como a la pérdida, pecado que intenta redimir a destiempo el lado afectivo de una torpe ambivalencia (tampoco falta el “crítico” complaciente que habla de una “compleja personalidad”), pues la imperfección pretende hacer “más humano” al protagonista; de ahí que ahora resulte “adicto a sustancias y al alcohol”, tener conflictos infantiles sin resolver y probable experiencia homosexual, para colmo y escándalo de las pudibundas conciencias.

Para la “crítica especializada”, Skyfall es una de las mejores películas de James Bond o la mejor de todas, por estar “llena de humor y calidez” en equilibrio con la acción, entre otras cosas; lo seguro es que ha sido la más taquillera… Para mí, en cambio, es tan imperfecta como el personaje. Comienza con una típica secuencia de persecución y destrucción en abundancia (que asegura su éxito en taquilla, una vez atrapado el público de masas), y esta secuencia culmina con una pelea sobre un tren en marcha (¡qué originalidad!). Herido por un impacto indirecto de metralla, Bond recibe otro disparo (a saber en dónde, pues nunca vemos la herida) y cae desde lo alto de un puente hasta el fondo de un río, cascada mediante. «This is the end», entona el primer verso de la canción introductoria. Después del preámbulo y un explosivo atentado contra el cuartel general del M16 (“servicio secreto” británico), el comandante caído reaparece borracho y con barba de simio; vuelve al deber sin afeitarse y pasa demasiado tiempo con ese look decadente y depresivo.

En un casino, lugar común como trillado ingrediente de glamour, el agente “secreto” habla con su colega (siempre una “chica Bond” es espía) por medio de un micrófono-audífono oculto y lo hace del ante de tod@s, inclusive detrás de una mujer con la que flirtea (juego de burdo espionaje y frivolidad). El maquillaje de la exótica “chica Bond” que debe morir es excesivo y ella no es más que un objeto sexual (también Javier Bardem, en vez de cara, tiene una máscara de pintura que, al parecer, lo desfigura, por no hablar de su horrible cabello). Luego de una pelea entre reptiles, el obvio vencedor pasa por encima del que lo amenaza para salir del hoyo. Idea reciclada: Con mayor audacia, un doble de Roger Moore corre sobre los cocodrilos que lo acorralan en Viva y deje morir (1973), de Guy Hamilton.

Un poco estúpido el hecho de que James Bond llegue maniatado a la guarida enemiga con un radio localizador en el bolsillo sin que lo revisen de pies a cabeza.

Nada es original en esta ocasión. Otro agente doble cero había sido el traidor villano en GoldenEye (1995), de Martin Campbell. La pistola que nadie más podía disparar es lo único nuevo y muy poca cosa (grandes inventos han sido estrenados por el legendario embajador de la modernidad imperialista que hoy se declara en bancarrota). Si acaso aportan algo las películas del 007 interpretado por Craig es que se trata de precuelas (cronológicamente incongruentes al ubicar sus historias en una época posterior).

De Skyfall es también rescatable, a final de cuentas, la reiterada reivindicación de “lo tradicional”, en parte, como justificación de una continuidad cíclica en la interminable saga que vuelve al protagonista clásico: “navaja recta” en vez de rasuradora, la pistola y el radio como único equipo (compacto), un carro antiguo para no ser rastreado en su viaje al pasado, y la batalla final con armas convencionales (salvo por las ametralladoras que aparecen detrás de los faros del coche), incluido un simple cuchillo para matar por la espalda… Esa batalla, para mi gusto y para ser el momento climático de la película, es demasiado sombría.

Por último, ¿alguien sabe a qué se debe el nombre de Skyfall?

Caballero de ambiciosa mediocridad

the_dark_knight_risesAbarca demasiado y aprieta poco, fue la sensación que me causó en su momento Batman Begins o Batman inicia (2005), de Christopher Nolan. Aun así, me pareció un buen trabajo en términos generales, a diferencia de la reciente entrega, The Dark Knight Rises (2012) o Batman: El Caballero de la Noche asciende, bodrio taquillero, exaltado hasta el colmo por la histeria publicitaria y la irreflexión unánime, fallido desde el título que nomás agrega una palabra al anterior.

Lo más característico del mismo director es que sus proyectos son ambiciosos dentro de los límites de una mediocridad en la que abundan recursos humanos y materiales; de ahí que el resultado sea más bien pretencioso; la acción rebasa el tiempo tolerable y cae en el tedio; para mantener la tensión, la música es repetitiva y, en consecuencia, el ritmo es monótono; hay demasiados flashbacks, también tediosos, entre secuencias de acción, y entonces todo parece interminable, como sucede irónicamente concentrado en la segunda mitad de la tercera entrega, después de los momentos de solemnidad, sensiblería y melodrama.

En películas menores por su bajo presupuesto, pero artísticamente superiores, Christian Bale ha sido capaz de asumir papeles tan sorprendentes por su transformación como el de maquinista insomne o el de boxeador en desgracia, pero la representación de Batman esta vez deja mucho qué desear; para empezar, tiene siempre abierta la boca, las piernas flacas y, como peleador, es muy lento.

Marion Cotillard sería la mejor actriz del mundo actual si no fuera por su participación en superproducciones de Hollywood como la que nos ocupa, en donde resulta decepcionante, sobre todo al final, cuando supuestamente muere con una pésima actuación (el director tenía prisa por acabar la película, quizá).

Anne Hathaway carece de la sensualidad que demanda su personaje. ¿Habrase visto una Gatúbela más fresa?

Aunque Nolan ha dirigido a Cotillard en dos ocasiones, parece que tuviera especial gusto por las mujeres fresas, como Katie Holmes, que hace de heroína en Batman inicia.

La otra cinta de Nolan en donde interviene Cotillard es Inception (2010), titulada en español El origen, y más interesante que la saga de Batman en curso, al menos, por el surrealismo onírico… Allí aparece también Joseph Gordon-Levitt, actor fetiche del mismo director en adelante.

Las tres películas de Batman personificado por Bale no son una trilogía, como dicen algunos, pues tampoco es en vano que al final haya surgido Robin…

Bane (Tom Hardy), el villano de la mascarilla, es más bien vulgar.

La batalla final en las calles no es convincente porque mueren muy pocos policías cuando les disparan con ametralladoras… En Batman inicia, todos los policías son corruptos, con excepción de James Gordon (Gary Oldman), y aquí son buenos muchachos; el más noble avienta la pistola al comprobar que mata…

En fin. Demasiado talento actoral para una película que apuesta a la espectacularidad de los efectos visuales.

Desde un punto de vista estético, aunque menos ambicioso, prefiero el trabajo de Tim Burton, que tiende al olvido.

El planeta de los simios

césarCuando Taylor es atrapado por los simios, luego de su primera escapatoria, que no pasa del intento, sale del mutismo y espeta: “¡Quítame de encima tus sucias manos, maldito simio asqueroso!” Y todos se quedan estupefactos ante un humano que habla. La escena es un hito en la historia del cine: la fuga culmina con la furibunda voz de Charlton Heston dentro de una red, su gesto no menos rabioso y la reacción de los simios con actitudes corporales y en posiciones que no son espontáneas, sino cuidadosamente diseñadas para efectos coreográficos de teatralidad y equilibrio escénico. En ese instante concurren la dirección de Franklin J. Schaffner, el guión de Pierre Boulle (autor de la novela) en colaboración con Micheal Wilson, la música de original audacia, compuesta por Jerry Goldsmith (que usó instrumentos nunca antes usados en cine), la fotografía también audaz de Leon Shamroy (que hacía girar la cámara hasta ponerla de cabeza), el montaje de Hugh S. Fowler, una escenografía de creatividad tan lavoriosa como austera, y el maquillaje, también laborioso y creativo, de John Chambers (que mereció una especie de mención honorífica por la dizque academia de Joligud, pues todavía no se le ocurría un Óscar por mejor maquillaje… pobres gringos, me cae).

Cuando Caésar detiene la mano que lo golpea con descargas eléctricas, el celador espeta: “¡Quítame de encima tus sucias manos, maldito simio asqueroso!” Y Caésar contesta: “¡No!” Todos reaccionan estupefactos ante un simio que habla. La escena que, para empezar, no es original, tampoco alcanza el espectacular dramatismo de hace 43 años; sólo invierte los papeles y ni siquiera eso es original, pues lo hizo Tim Burton una década antes, con singular torpeza y una burla grotesca.

El coronel George Taylor había quedado sin habla por un balazo en la garganta durante la cacería de personas por gorilas a caballo. Caésar había obtenido el don del habla por experimentos humanos de laboratorio; su madre es llamada Ojos Brillantes, como Taylor, que grita enjaulado cuando lo bañan con una manguera de chorro a presión: “¡Esto es un manicomio!” Caésar cae en la celda que tenía destinada y los demás simios enloquecen; el celador grita entonces: “¡Esto es un manicomio!” Después lo baña con una manguera de chorro a presión… Muy imaginativo todo.

El planeta de los simios (1968) fue la primera de cuatro películas que cerraron un ciclo, como La máquina del tiempo, de Herbert George Wells, precedente literario del cine con títulos homónimos y Volver al futuro, Los once monos, Terminator y un etcétera interminable. La cuarta película, Conquista del planeta de los simios, es la rebelión encabezada por un chimpancé llamado César, hijo de Zira y Cornelius, científicos que escapan del planeta gobernado por simios y vuelven al imperio de los humanos. El planeta de los simios ®Evolución (2011), de Rupert Wyatt, es la rebelión encabezada por un chimpancé llamado Caésar… En estricto sentido, se trata de la segunda precuela, pero eso no obsta para que su título en inglés sea Rise of the Planet of the Apes, traducido como El origen del planeta de los simios. En este “origen”, que tiene de original un carajo, pero es el primero en llamarse así, no hay grandes actores ni aportaciones importantes, además del avance tecnológico (eso sí, muy impresionante).

La trama se desenvuelve en tres partes: la primera es el drama de la adopción; un chimpancé inteligente se desarrolla en la casa y con la familia de un científico abocado al invento de algo que aumente la inteligencia humana, con pruebas preliminares en simios, o cure por lo menos el alzheimer; demasiado larga para mi gusto, la primera parte es drama con acción muy escasa, y le sigue un episodio de transición en cautiverio; el chimpancé debe adaptarse al ambiente hostil de una prisión para simios y, luego de ríspidas y violentas dificultades, impone su liderazgo. La tercera parte alcanza el clímax con una rebelión de simios inteligentes, los de la prisión, que liberan a los del zoológico y luego a los del laboratorio.

Con demasiados guiños para críticos y cinéticos complacientes y benévolos, es decir, acríticos, los realizadores apuestan a la falta de memoria y “críticas” por el estilo de Carlos Bonfil o, peor todavía, Leonardo García. Cuando Cáesar y los suyos se dejan ver armados con lanzas desde la calle hasta lo alto de un edificio, la película plagia Braveheart, de Mel Gibson; cuando Cáesar autoriza la venganza de un simio violento que había sido atormentado, la película plagia de nuevo al borracho; cuando el simio violento patea un helicóptero al pie del precipicio, la película plagia una escena de James Bond reencarnado por Roger Moore… ¡Qué vergüenza!

A la falta de originalidad hay que agregar los errores de una súper producción ética y profesionalmente obligada a ser perfecta: en la batalla del puente (momento climático del tercer episodio), un caballo, al parecer desbocado, sale de la neblina, y la policía en barricada o atrincherada, lista para disparar, descubre que el animal es montado por Caésar, pero no dispara; transcurre tiempo suficiente, por no decir demasiado, para que una mente humana reaccione, más aún si está entrenada para eso. Los realizadores alegarían que la agilidad física y mental de los simios era superior a los humanos, pero yo respondería: por escaso que sea, el público pensante es mentalmente más ágil que todos los protagonistas de la película.

El pecado original está en el principio de todos los demás, al menos en el cine, como es lógico: los simios hablan inglés, pero Taylor no capta que regresó a su propio planeta, sino hasta el final, cuando se encuentra con la Estatua de la Libertad en ruinas, derruida, como en muchas otras películas. Aun así, los méritos son tantos como para perdonar esa tontería. En cambio, los errores y “guiños” de la segunda precuela son imperdonables, al menor por mí. Si no mal recuerdo, las lanzas de los simios brillan por su ausencia en la batalla del puente. Durante la rebelión, resulta que los simios están más y mejor entrenados que los humanos militarmente, y Caésar parece conocer todas las tácticas y estrategias de guerra; los de su especie entienden perfectamente las señas y señales del líder, además de ser obedientes y disciplinados; por si fuera poco, la comunicación es mímica y telepática, y los cálculos del líder son infalibles, como si un gas inoculara en el cerebro de un animal irracional toda la historia militar de la humanidad, o sea, la historia de su máxima irracionalidad. Por tratarse de ciencia ficción, el planteamiento es involuntario, pero aceptable: antes de ser humanos fuimos monos y ahora somos expertos en la destrucción de todo lo posible. Desde una actitud crítica y filosófica, eso es lo más discutible por contradictorio: ¿cuanto más racional es un animal irracional, mayor parecido tiene al humano, el ser viviente más destructivo entre todas las especies del planeta, inclusive que las catástrofes y los desastres naturales?

A diferencia de la primera rebelión, algo también involuntario podría ser el planteamiento de que los gobiernos políticos terminan sustituidos por las corporaciones privadas (la tiranía del capital, eufemísticamente llamada poder fáctico, tiende a descararse y monopolizar también la política), como en RoboCop, que fue de mal en peor, pero mantuvo siempre a la policía de lado oprimido (carcajadas, por favor).

Las cuatro películas que cierran un ciclo, una historia del tiempo en ida y vuelta, incluyen una gringada, un mal necesario, y dieron lugar a una quinta secuela, un bodrio innecesario y de cuarto mundo, que empieza con cortos de las anteriores y termina con insufribles pretensiones filosóficas. Luego vino la serie de televisión, el cómic, los juguetes, los chicles con estampillas, los pósters… La cultura de consumo es previsible. Con el desbordante ingenio de una ® antes de la palabra evolución, resulta revolucionaria su noción: el gas que hizo más listos a los changos enfermó a los humanos, que ahora son tarados o, de plano, retrasados mentales, y los enfermos estornudan a la cara de los sanos para ocasionar una epidemia y la segunda parte de la segunda precuela. Business are business.

Post postrero

El planeta de los simios, de Pierre Boulle, es una civilización futurista, como la de Blade Runner y su fuente literaria, pero gobernada por simios. La civilización que vemos en la primera adaptación al cine es primitiva por causas presupuestales. Esa es la única posibilidad que tiene la readaptación moderna de aportar algo: aproximarse a la novela, más que la saga de hace cuatro décadas.

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