El renacido: primeros apuntes

Así como algunas películas de Emilio “El Indio” Fernández son básicamente la fotografía de Gabriel Figueroa (La perla, para mi gusto, es un paradigma en ese sentido), El Renacido, de Alejandro González Iñárritu tiende a ser la obra de Emmanuel Lubezki, alias “El Chivo”. Ambos cineastas, como se ha dicho, prácticamente plagiaron algunas escenas de Andrei Tarkovsky que podemos ver en cinco películas, más allá de la influencia de otros directores, sobre todo rusos, en los encuadres obsesivos de los primeros planos, la distorsión de la imagen en los segundos planos y demás recursos técnicos y narrativos de la dirección de cámaras.

Para quienes hemos visto El hombre de una tierra salvaje, clásico de los setenta dirigido por Richard C. Sarafian, es inevitable comparar la actuación de Leonardo DiCaprio con la de Richard Harris en el mismo papel, y personalmente me convence más la de Harris. Además, la historia original incluye un barco sobre ruedas a través del desierto, algo que omite la película de González Iñárritu y Lubezki. Aun así, El renacido es una experiencia hipnótica y alucinante…


 


 

Las cintas aludidas son: La infancia de Iván, Andréi Rubliov, La zona, Nostalgia y El espejo. Algunas de las escenas comparadas guardan poca similitud; otras son idénticas, hasta el ritmo y la duración, que ya es demasiado. Las comparativas son del diseñador gráfico y cineasta ruso Misha Petrik. La metáfora de las aves que anidan en el pecho de un cadáver y vuelan como símbolo del alma que abandona el cuerpo, es algo que hemos visto en más películas. La escena del meteorito aparece también en Birdman, como sello de la dupla Iñárritu-Lubezki.


 

La tormenta de Dios

Cuando uno sabe que Life of Pi (2012), de Ang Lee, trata sobre un muchacho que naufraga en una lancha con un tigre a bordo, la primera parte parece una larguísima y aburrida introducción, por lo que se trata más bien de dos películas en una: la primera, sobre religión, dura media hora, y la segunda, con una transición de cinco minutos, antes del violento y dramático vuelco, es el momento esperado: la aventura… en tal caso, ambas películas están entreveradas con una plática entre el protagonista hindú Pi Patel y el escritor canadiense Yann Martel, autor de la novela homónima en que se basa este relato visual, obra maestra de los llamados «efectos especiales», que pocas veces son usados en el cine para hacer arte, al menos como aquí, en donde la magia de las imágenes y el sonido envuelve al espectador y crea poesía y emotividad en tercera dimensión.

La fotografía del chileno Claudio Miranda es majestuosa, aunque a ratos embriaga su preciosismo, y algunas escenas o secuencias son demasiado irreales, especialmente cuando emerge luz del fondo del agua, tanto mar adentro como dentro de la «isla carnívora». La fotografía de Life of Pi —en equipo de conjunto con los «efectos especiales»— ganó el Óscar y el BAFTA, premios a los que había sido candidato Miranda por El curioso caso de Benjamin Button (2008), de David Fincher.

Nominada en once categorías, la película ganó también «el máximo galardón» para mejor director, mejores efectos visuales y mejor banda sonora, entre otros laureles, que suman 50 en total. Dichos efectos son obra de Bill Westenhofer, Guillaume Rocheron, Erik-Jan De Boer y Donald R. Elliott, quienes hablan de su trabajo con Ang Lee en un interesante y apasionante documental que acompaña el largometraje en el disco de video digital (DVD). La música es de Mychael Danna.

El director taiwanés tiene una filmografía tan variada como El tigre y el dragón (2000), Hulk (2003) y Secreto en la montaña (2005), películas por las que —a excepción de Hulk— había recibido múltiples premios (Óscar, Globo de Oro y BAFTA, entre otros), cada uno en varias categorías. El tigre y el dragón forma parte de mi decálogo personal.

Técnicamente, Life of Pi es una maravilla, pero también merece algunas críticas: Para empezar, los tres actores que encarnan a Pi en tres edades son muy diferentes; el intermedio y más importante de los tres, Suraj Sharma, no es del todo convincente, quizá por carecer de experiencia previa; en el barco, al comenzar la tormenta, parece que actuara su falta de equilibrio, como borracho, y al “entrenar” al tigre de bengala en la lancha, es un imitador de Bruce Lee… Durante el naufragio, sigue presente la religión y, mientras al pobre tigre se lo lleva el diablo bajo la tormenta de Dios, el joven se comporta como un fanático… La plática del protagonista con el escritor es algo sensiblera y nos recuerda el relato de la anciana que sobrevive al hundimiento del Titanic.

Aunque el tema es hindú, la novela está escrita en inglés y ha sido traducida al francés, no así al hindi; la producción cinematográfica es gringa y por eso la película, con guión adaptado por David Magee, sobre todo para el público gringo, también está en inglés, con acento hindú y muy pocos diálogos en hindi y francés. Personalmente, me habría gustado más que los personajes hablaran sus respectivos idiomas, como en El tigre y el dragón… Por el guión de Life of Pi, Magee obtuvo el Premio Satellite de la Academia Internacional de Prensa, además de ser nominado al Óscar y al BAFTA, entre otros galardones.

Publicada en 2001, la novela tiene también una edición ilustrada en 2007 por el croata Tomislav Torjanac, así como una adaptación al teatro, de producción inglesa, escrita por Andy Rashleigh y dirigida por Keith Robinson.

Ojalá que no haya sido necesario recurrir al maltrato animal para rodar La vida de Pi, como es titulada en España, o Una aventura extraordinaria, como lo es en Hispanoamérica.

Una bella película en general.

Life-of-Pi

Caballero de ambiciosa mediocridad

the_dark_knight_risesAbarca demasiado y aprieta poco, fue la sensación que me causó en su momento Batman Begins o Batman inicia (2005), de Christopher Nolan. Aun así, me pareció un buen trabajo en términos generales, a diferencia de la reciente entrega, The Dark Knight Rises (2012) o Batman: El Caballero de la Noche asciende, bodrio taquillero, exaltado hasta el colmo por la histeria publicitaria y la irreflexión unánime, fallido desde el título que nomás agrega una palabra al anterior.

Lo más característico del mismo director es que sus proyectos son ambiciosos dentro de los límites de una mediocridad en la que abundan recursos humanos y materiales; de ahí que el resultado sea más bien pretencioso; la acción rebasa el tiempo tolerable y cae en el tedio; para mantener la tensión, la música es repetitiva y, en consecuencia, el ritmo es monótono; hay demasiados flashbacks, también tediosos, entre secuencias de acción, y entonces todo parece interminable, como sucede irónicamente concentrado en la segunda mitad de la tercera entrega, después de los momentos de solemnidad, sensiblería y melodrama.

En películas menores por su bajo presupuesto, pero artísticamente superiores, Christian Bale ha sido capaz de asumir papeles tan sorprendentes por su transformación como el de maquinista insomne o el de boxeador en desgracia, pero la representación de Batman esta vez deja mucho qué desear; para empezar, tiene siempre abierta la boca, las piernas flacas y, como peleador, es muy lento.

Marion Cotillard sería la mejor actriz del mundo actual si no fuera por su participación en superproducciones de Hollywood como la que nos ocupa, en donde resulta decepcionante, sobre todo al final, cuando supuestamente muere con una pésima actuación (el director tenía prisa por acabar la película, quizá).

Anne Hathaway carece de la sensualidad que demanda su personaje. ¿Habrase visto una Gatúbela más fresa?

Aunque Nolan ha dirigido a Cotillard en dos ocasiones, parece que tuviera especial gusto por las mujeres fresas, como Katie Holmes, que hace de heroína en Batman inicia.

La otra cinta de Nolan en donde interviene Cotillard es Inception (2010), titulada en español El origen, y más interesante que la saga de Batman en curso, al menos, por el surrealismo onírico… Allí aparece también Joseph Gordon-Levitt, actor fetiche del mismo director en adelante.

Las tres películas de Batman personificado por Bale no son una trilogía, como dicen algunos, pues tampoco es en vano que al final haya surgido Robin…

Bane (Tom Hardy), el villano de la mascarilla, es más bien vulgar.

La batalla final en las calles no es convincente porque mueren muy pocos policías cuando les disparan con ametralladoras… En Batman inicia, todos los policías son corruptos, con excepción de James Gordon (Gary Oldman), y aquí son buenos muchachos; el más noble avienta la pistola al comprobar que mata…

En fin. Demasiado talento actoral para una película que apuesta a la espectacularidad de los efectos visuales.

Desde un punto de vista estético, aunque menos ambicioso, prefiero el trabajo de Tim Burton, que tiende al olvido.

La gloria del bastardo

Quentin Tarantino es técnicamente infalible y eso lo hace seductor, pero eso hace del cine que hace una delicia aberrante, porque lejos de ser el genio que muchos cinéfilos ven, Tarantino es un demente… «Sórdido presagio», podría llamarse cualquiera de sus larguísimas secuencias que se resolverán en una súbita masacre, paroxística y pornográficamente gore, aunque sin sexo. La técnica impecable incluye una gran audacia que varía en toda su obra nada más lo indispensable para ser siempre la misma. El autor se propone impactar y lo consigue; sabe que el espectador verá sus películas más de una vez y que lo hará a la expectativa del desenlace violento, el más violento posible, que nadie lo supere o por lo menos iguale. ¿Dónde quedó la bolita? ¿En qué momento entró un cuchillo al cuello? ¿Quién mató a descuartizador?

A diferencia de Tarantino, la mediocridad de Bratt Pitt nunca sorprende a nadie; aquí hace una burda imitación de Marlon Brando en el papel de El Padrino; mientras tanto, los vuelos de gran diva que Tarantino otorga a sus personajes femeninos tienen un efecto de búmerang; la sobreactuación parece otra imitación: Diane Kruger parece imitar a la también mediocre Demi Moore, y Mélanie Laurent parece una copia sin artes marciales de Uma Thurman, hasta ahora la creación femenina más sorprendente del director, autor de bodrios nauseabundos como guionista: Del crepúsculo al amanecer, por ejemplo, si acaso tiene algún mérito (además del table dance de Salma Hayek), es encabezar el cine de vampiros como la peor película de todas.

Lo pretendidamente original de Bastardos sin gloria, título de la más fastuosa realización tarantiniana, es que se trata de la Segunda Guerra Mundial en género western, y las palmas se las lleva, sin lugar a dudas ni a discusión alguna, el villano mayor de una película en donde los héroes son además villanos: asesinos seriales con descarnada crueldad al estilo apache, según el mito gringo. Christoph Waltz como detective nazi que se ha granjeado a pulso el mote de «Cazador de Judíos» es el villano por antonomasia: astuto, odioso, amanerado, chaparro y traidor, o sea, astuto, odioso…

El final de apoteosis pirotécnica/incendiaria y sanguinaria también es una audacia, en este caso histórica, pues plantea un desenlace bélico muy otro al que suponemos todos, una emboscada suicida que nadie con un ápice de inteligencia militar permitiría, y un martirologio heroico, estoico y cien por ciento cinematográfico, porque salvo en el fanatismo árabe (musulmán), ocurre nomás en el cine para inspirar la realidad, como lo entendía Goebbels, el ministro de propaganda nazi, autor de la tesis de que una mentira repetida suficientes veces termina siendo verdad, y como parece entenderlo también Tarantino al provocar un desahogo emocional del público judío/cristiano, gringófilo y nazifóbico por consenso multitudinario, que una vez repuesto del impacto vuelve a sufrir, no sin buena dosis de masoquismo, con el epílogo sádico.

The blood is money

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Post-data muy posterior al post anterior

Hasta ahora me cea el veinte de que el final de Bastardos sin gloria, de Taradino, es un fusil del final de Brazil, de Terry Gilliam, película que se caracteriza por su originalidad (radical diferencia), un poco excéntrica y esquizofrénica, acaso como futurista, desfigurada y personalísima versión del clásico Don Quijote, que yo consideraba genial hasta que la compré en DVD y padecí el tedioso documental sobre el rodaje, que es una expresión de autoengaño deshonesto, valga la redundancia, en el que todos se creen genios y nadie reconoce, vaya, ni siquiera insinúa, la influencia de Orwell.

El trabajo más reciente de Terry Gilliam (ex integrante sobresaliente y sobreviviente de Monty Python, como seguramente saben los lectores de este blog), Tideland, también sería genial si no comenzara con una presentación personal… ¿Qué? ¿Soy un quisquilloso / intolerante? De acuerdo. Ambas películas son geniales y convendría tener la segunda en DVD para omitir esa presentación homófila / pedófila, que parece tener el singular propósito de predisponer al público.

Digresión ecológica

La Cineteca Nacional cuenta por fin con un buzón para que el público deje sus “quejas y sugerencias”. Por lo visto, a los secuestradores del lugar les pudo el escarnio que alguien hizo con respecto a que hubiera un buzón para los empleados y ninguno para el público. Lo que no ha tenido ni el más mínimo efecto son las “quejas y sugerencias” que el público hace por eso medio, a menos que hasta hoy nadie se haya quejado, por ejemplo, de que en las dos salas más grandes las películas se proyectan fuera de la pantalla (fuera de broma, hasta en el techo), o de que se ven más oscuras y opacas de lo que son, o de que los cácaros apagan a veces el proyector antes de que terminen de pasar los créditos, o de que suben el nivel de audio cuando es de baja calidad y, de paso, dejan al público tan sordo como ellos, o de que se exhiben películas en DVD o “video digital” (imagen difusa y audio saturado) y además nos cobran por tolerar esa falta de respeto… En fin. Seguramente nadie se queja del autosabotaje y más bien deposita felicitaciones y agradecimientos.

De hecho, el buzón para “quejas y sugerencias” del público es solo una de las novedades, porque ahora resulta que, antes de ver una película, tenemos que sufrir anuncios de Televisa y Proyecto 40, y también resulta que en la tercera sala más grande las películas son proyectadas en pequeño, casi al tamaño de un televisor “gigante”, quizás para compensar que en otras salas la imagen desborda la pantalla y los decibeles superan la capacidad auditiva. Quizás estoy equivocado y ese es el efecto de las quejas buzón mediante. Quizás no estoy equivocado y si algo hacen con las quejas es usarlas como papel de baño. Con o sin buzón, estas quejas tienen años ventilándose por otros medios (este blog, por ejemplo), lo que lleva inevitablemente a la demanda, no petición ni sugerencia, de que se vayan todos de allí. Si entre todos no se hace uno con la sensibilidad y la capacidad física y mental necesarias para poner fin a un problema que cualquier otro en su lugar solucionaría en una hora o dos, o de un día para otro, en el peor de los casos, que se vayan todos entonces. No es broma.

Una protesta al estilo de Jesusa Rodríguez y sus ingeniosas ocurrencias sería llevarles a los secuestradores del recinto -ya que no conciben más posibilidad que seguir cagándola- una cantidad inmensa de papel sanitario para que no echen mano de las “quejas y sugerencias” con el mismo fin.

En eso pensaba yo una lluviosa noche al atravesar la calle, cuando cierto anuncio luminoso, firmemente anclado a la banqueta, distrajo mi atención… digamos, como lo habría hecho un payaso. “Lo estamos logrando”, afirmaba el anuncio. “¡60 mil árboles plantados en junio y julio de 2008!” Carajo, dijo mi otro yo. ¿En qué país del mundo habrá ocurrido eso? ¿Será que el síndrome de Foxilandia está reproduciéndose a escala defeña? ¿Será que los árboles de junio y julio fueron demasiados y por eso en agosto han arrasado con los de toda la vida, no solo en Portales y General Anaya, como he denunciado aquí, sino también en otras zonas de la ciudad, según lectores del blog?

Quizás he caminado por rumbos equivocados, porque la neta es que no he visto reforestación alguna en ningún lado. Por el contrario. Nada más en la pequeña franja verde que antecede a la iglesia, junto al Museo Nacional de las Intervenciones, hay quince árboles menos, de los cuales dos tenían un metro de diámetro. ¿Cuántos habrán talado en todo el rededor? ¿Cuántos en todo General Anaya? ¿Cuántos en toda la delegación y cuántos en la ciudad? ¿Sabrán sus brutales depredadores que los árboles son seres vivos y, en consecuencia, ellos son asesinos? ¿Tendrán una remota idea del tiempo que requiere un árbol para tener un metro de diámetro? ¿Pensarán en la cantidad de oxígeno que nos daba? ¿Pensarán acaso? ¿A quién le estorbaban esos árboles? ¿A otros árboles? ¿A los faroles? ¿A los postes? ¿A la policía que alucina “malvivientes” entre las sombras? ¿A las cámaras del policía número uno de la ciudad, que si antes era el carnal Marcelo ahora es el Gran Hermano?

Algo me recordó a Héctor Sánchez, que aspiraba a ser gobernador de Oaxaca y, como presidente municipal de Juchitán, arrasó con todos los árboles que se atravesaron en su camino para encementar cuanto fuera posible hasta que ese gigante con piso de lodo mereciera llamarse ciudad, todo con la promesa de plantar después otros árboles, quizás en cantidades similares a las que devastó la urbanización del lugar donde hoy imperan, como en cualquier ciudad, los coches y su rastro de humo y ruido. “Hay que modernizarnos. Que nuestra gente aprenda a caminar por las banquetas”.

Cualquiera que no esté ciego y viva en el sur de esta otra ciudad o esté de paso, puede caminar por las calles de Portales Sur y contar los lugares antes ocupados por árboles. “Aquí había uno”, dirá, y unos metros más adelante: “Aquí había otro” (también puede contar los pasos entre una y otra excreción de perro, dicho sea entre paréntesis). Cualquiera puede caminar alrededor del Museo Nacional de la Intervenciones y hacer lo mismo. Quizás hay menos mierda ahora con menos árboles. Quizás hay menos asaltos a transeúntes y menos violaciones a muchachas que andan solas de noche. Dios quiera que así sea, o sea, amén.

El caso es que alguien plantó 60 mil árboles durante junio y julio en alguna parte que no es, ni por asomo, donde yo vivo. “Súmate como voluntario y reforesta en agosto y septiembre”, agrega el anuncio con luminoso entusiasmo y singular alegría. Mi voluntad, en cambio, es llevar una tonelada de papel de baño a la Cineteca Nacional y cortar de tajo a los que siembran esta barbarie, este ecocidio, este holocausto de árboles.

Ya me ocuparé luego de los que bombardean objetivos civiles en Irak y Afganistán, asesinando principalmente a niños, cientos y miles de seres humanos en su más pura esencia (futuros terroristas, según los enemigos de la humanidad), mientras la patética y vergonzosa ONU les pide a los asesinos en masa que “tengan más cuidado, por favor”. De eso me ocuparé cuando haya dicho que la película más reciente de Woody Allen es el anuncio de su franco declive. Que nadie se quede atrás de Clint Eastwood, otro decadente que, a diferencia del primero, gasta en sus lacrimosos bodrios suficiente dinero para alimentar a los niños que los gringos prefieren asesinar y, así como se alía con Spielberg para producir cine bélico a la vez conmovedoramente humanista, lo hace con otros magnates para convertir grandes extensiones de bosque en campos de golf.

Con la misma lógica de Bush el pequeño, que durante su campaña dijo acordar la guerra directamente con Dios, no sin antes confundir al talibán con un grupo de rock y proponer la tala de los bosques para evitar que se incendien… Con la misma lógica, decía yo, hay que demoler la estatua de la libertad para evitar que sea objetivo del terrorismo internacional… encabezado por Estados Unidos. Eso hay que hacer, pero antes hay que llevar una tonelada de papel “higiénico” a la Cineteca Nacional.

A la brevedad

En Paparazzi, de Paul Abascal, aparece Mel Gibson durante dos segundos, ni uno más, y Halle Berry un segundo, por lo que supongo que algunos actores bien cotizados en Joligud (no los mejores, por supuesto) cobran primero por segundo y después por un tercero, y supongo también, ingenuo como soy, que si el productor de la cinta es uno de esos actores, la mitad del presupuesto ha de irse en pequeños fragmentos de eternidad, aquellos en que estrellas tan brillantes iluminan la pantalla y, fugaces como son, no se dan tiempo de hopacar al resto del firmamento.