Puente de los espías

Revanchismo tardío, anticomunismo trasnochado

Versión tramposa y deshonesta de un hecho histórico, demasiado conocido para engañar a alguien que no sea demasiado ignorante: En el famoso episodio del U2, avión espía de los Estados Unidos que fue derribado en 1960 cuando sobrevolaba la URSS tomando fotografías, Jrushchov jugó sus cartas con sorprendente habilidad, al denunciar el espionaje gringo sin mencionar la captura del piloto aviador, que estaba entero, intacto… sus instrucciones eran destruir el avión y suicidarse en caso de ser abatido, pero resultó un vil cobarde, y la película trata de reivindicarlo inventando circunstancias engañapendejos que serían tolerables si se tratara de James Bond, más no en una supuesta versión seria del episodio más vergonzoso para los gringos en la Guerra Fría.

Una de las secuencias más ofensivas alterna escenas de interrogatorios con torturas al espía gringo por los soviéticos, y el trato respetuoso y humano al espía soviético por los gringos, sin interrogatorios ni mucho menos torturas. ¿Cómo crees, si hasta defensor legal de bufete privado le asignaron y, por cierto, de eso trata la película?

Así todo por el estilo: En el lado oeste de Alemania reina la concordia; en el lado este, la hostilidad. Las escenas de gente que intenta saltar el muro y es asesinada por la espalda con metralla desde las atalayas, me parecen execrables, porque además son vistas desde un vagón del metro y, una vez que pasan, rematan con la peor toma de la película y la carrera del cinemagnate judío, como si la dirección de cámaras estuviera en manos de un principiante. No faltará quien admire, por ejemplo, los sesgos del guión al poner en boca de un diplomático alemán: “Todas estas ruinas se las debemos a la Unión Soviética”.

Tedioso bodrio de ritmo soporífero, típico de Spielberg cuando se pone “artístico” en pos del Óscar, que debía recibirlo por su innecesaria labor propagandística de exacerbación gringófila, y de ahí que lo ganara un actor de reparto por un trabajo intrascendente y grisáceo, que ni siquiera se compara con la impactante actuación de Benicio del Toro en Sicario, por mencionar también aquí la omisión más injusta.

Ostentación de recursos materiales, más dinero que talento, como siempre, sello de Spielberg que, al hacer dupla con Hanks, resulta insoportable.

La participación de los hermanos Coen en uno de los guiones más repulsivos del milenio es, por lo menos, decepcionante.


 

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Fraude vía internet

La Cineteca Nacional está fuera de función; no hay cine en ninguna de las salas, ni cafetería ni estacionamiento. La cartelera del sitio web oficial miente que tales o cuáles películas se exhiben en tales y cuáles salas que ni siquiera existen aún. Eso es vil fraude, como lo fue mentir, inclusive con fotomontajes y anuncios grandilocuentes, que su proyecto futurista era ya realidad. Los policías del recinto están instruidos para decir que la “remodelación” tardará ocho meses, pero ni ellos lo creen. Conociendo la onda Ebrard (que la obras afecten a la mayor cantidad posible de gente durante la mayor cantidad posible de tiempo, con el mayor costo posible en todos los aspectos), así sea una obra federal en este caso, es muy probable que no haya cineteca en dos años o más.

Por su parte, los cines del Manacar también están en remodelación, así que no hay a dónde ir, digamos relativamente cerca. Mi única opción para ver cine -como no tengo televisor- es comprar DVD a diez pesos cada uno en Sumesa y dedicar mucho tiempo a la búsqueda, pues hay que ser muy selectivo cuando se trata de escarbar entre basura. Otra opción es volver a ver el cine que tengo…

Por lo demás, quizá no sea mala idea vender alcohol en la cineteca, tal como está proyectado, pues deshinibirá el impulso de propinar severas golpizas a los ácaros que sabotean el cine desde su exhibición hasta donde lo permitimos, o sea, todo lo posible.

Para más info y comentarios al respecto del lugar, o temas alusivos, aquí.

CinetecaNacional

Ripstein: porquería sodomita

El martes pasado fui a la Cineteca Nacional a ver El carnaval de Sodoma, de Arturo Ripstein. Nunca veo una película empezada y esta vez llegué a la función de las 20.30, corriendo, sudando, taquicárdico; entré a la sala que indicaba el boleto, arrepentido de llevar debajo una sudadera, me quité la chamarra, me aflojé el pantalón, aprovechando que el lugar estaba casi vacío, me quité los zapatos, saqué mi cena de la mochila, y empezó una película que ya había visto: El arte de llorar en coro. Me ajusté el pantalón, me puse los zapatos, guardé mi cena y salí a ver en qué sala daban El carnaval. En el camino me encontré con el “encargado” de que todo esté mal allí; le reclamé y respondió que, cuando yo regresara, pasaría sin pagar. La función tenía unos minutos de haber empezado y, otros minutos después, decidí no volver a ver semejante bodrio, aunque fuera gratis. En resumidas cuentas, se trata de una porquería nauseabunda que difícilmente puede uno tolerar hasta el final.

Al pasar por la taquilla de regreso a casa, vi un anuncio de que este jueves estarían Arturo Ripstein y Paz Alicia Garciadiego en la función de las 18.15. Ingenuamente, supuse que escucharían la opinión del público, así que escribí una crítica de una cuartilla para la ocasión. Entré sin pagar, asombrado por la soberbia y prepotencia de los expertos en autosabotaje, acostumbrados a esperar que el público también esté acostumbrado a sus estupideces.

Arturo Ripstein se presentó antes de la función, solitario; parecía tenso; hizo una serie de comentarios que pueden resumirse en dos palabras: “Soy mediocre”. Y se fue sin interlocución alguna con el público. “No sólo eres mediocre”, pensé; “además eres cobarde”. Toleré por segunda vez y por error algo que no merece nadie, ni siquiera el público de la Cineteca Nacional; tampoco merece comentario alguno, pero ya lo escribí… helo aquí, levemente aumentado:

El carnaval de Sodoma (2006), de Arturo Ripstein, confirma la impresión que me dejó La virgen de la lujuria (2002), su bodrio anterior: que Ripstein y compañía tratan de compensar la falta de talento, calidad, creatividad y buen gusto, con una doble provocación: la mercadotecnia del título (siempre la misma sintaxis, como sello) y la ofensa, primero a los refugiados españoles en México y después a los chinos; en ambos casos, ofenden también al público.

Independientemente del lugar en donde ocurran los hechos, según la novela homónima en que está “inspirada” la cinta, El carnaval reafirma otro sello de Ripstein y Paz Alicia Garciadiego, su esposa y guionista: reproducir sin excepción prototipos de mexicanos con vocación de jodidos; pero el patetismo grotesco de los personajes (que rima con ridículamente pintoresco y despectivamente caricaturesco) tiene un efecto de búmerang, al proyectar el patetismo grotesco de los realizadores, que van de mal en peor. Aquí ocurre, por ejemplo, la aberración de que todos los clientes de un putero son inconscientemente homosexuales; los que no son impotentes, se encaman con un hombre viejo que de ninguna manera parece mujer, pero ellos creen que lo es y, para colmo, se enamoran, como si alguna droga en el té chino los embruteciera más. Este hecho no sólo es inverosímil, sino que propicia serias dudas sobre la salud mental de Ripstein y Garciadiego.

En cuanto a lo demás, la primera mitad de la película se caracteriza por las pésimas actuaciones de todos y una escenografía de papel de estraza, como siempre, de ínfima calidad, improvisada y barata, algo que también caracteriza infaliblemente a Ripstein, es otro de sus sellos. Los diálogos y monólogos de Garciadiego no son menos absurdos. El humor no es negro, como quisiera, sino gris. El sentido de la narración, pretenciosa y pretendidamente circular, es repetitiva, reiterativa y redundante hasta la náusea, porque además se regodea en la inmundicia y la degradación, lo cual es congruente con todo lo anterior y quizá intenta ser parte de la misma provocación para causar polémica y escándalo, a falta de aporte alguno, así sea mínimo.

Por simple curiosidad, me pregunto cuánto habrá costado este bodrio infame, peor que el anterior, y por qué lo conocemos hasta ahora; ¿compitió antes por el desprestigio de los premios que suele granjearse un cine mexicano de pésima factura, que desprestigia mundialmente a México todavía más, al representarlo? ¡Por favor!

Tres tristes tigres

Hace unos días, en los cines de Pericoapa había un cartel gigante que tapizaba el muro exterior entre otros dos carteles del mismo tamaño. “Al chile… ven y apoya al cine mexicano”, decía. “$10 por función. Jueves 11 de septiembre. Cinemark a la mexicana”. Y entre las letras se distinguía la empequeñecida figura de Bruno Bichir con un ademán de presentación que parecía decir: “¡He aquí el cine mexicano!” Como las manos apuntaban hacia el cartel de junto, uno desviaba la mirada y leía: The Bank Job. El robo del siglo, mientras el otro cartel anunciaba: Eagle Eye. Control total, de próximo estreno. Oh yeah! -exclamó el observante. ¡Viva el mexican film! Junto a las películas gringas en exhibición y las de próximo estreno había una titulada High School Musical. El Desafío, que es la versión “mexicana” del musical gringo con el mismo nombre. Ante la burla, el observante sintió que Bruno Bichir en miniatura subía a su hombro y espetaba: “¡Al chile, ñero… ven y apóyala! ¡Es el mes patrio!”

El hecho de que nos hayan robado la patria es una tragedia; ignorar ese hecho es otra tragedia; festejarlo o festejar la ignorancia al respecto es una tragedia más; pero «Cinemark a la mexicana» hace pensar al observante en otra triple tragedia, valga el trabalenguas. El patriótico día que esta cadena de cine comercial en su mayoría gringo exhibe cine mexicano barato, ocurre desde hace siete años el segundo jueves de septiembre, que hoy coincide por partida doble con una fecha trágica: la de los ataques terroristas de hace siete años contra las torres gemelas del World Trade Center (WTC) en Nueva York y el edificio del Pentágono en Washington, fecha que a su vez coincide con la del golpe de estado en Chile hace 35 años.

Una de cal…

Entre la apabullante cantidad de cine gringo, generalmente de lo peor, Cinemark dedicará por entero el día de hoy al cine mexicano, del que proyectará unas treinta películas en todos sus complejos a nivel nacional, lo que representa unas 1,700 funciones. Los ingresos recaudados en taquilla, que el año pasado sumaron 340 millones de pesos, serán destinados al Fondo de Inversión y Estímulos al Cine Mexicano (Fidecine), que tiene como principal función financiar la realización de nuevos proyectos cinematográficos con siete millones de pesos en unos casos y la mitad de esa cantidad en otros casos, aunque también asume la absurda tarea de premiar a la película mexicana más taquillera del año, esto es, darle dinero adicional a la que más dinero haya ganado, así no sea precisamente la mejor; a veces son bodrios de la más baja ralea los que tienen mayor éxito en taquilla, como es el caso de Así del precipicio, infame desde el nombre, que resultó de lo más taquillero por el desnudo total de Ana de la Reguera.

«El día del cine mexicano» o «Cinemark a la mexicana»… Se trata de un proyecto supuestamente altruista que involucra a productores, distribuidores y exhibidores con el patriotero fin de “apoyar” a la industria de cine nacional (cuya existencia es tan relativa como la de una patria llamada México). Los distribuidores prestan su material de forma gratuita y los productores ceden sus derechos por un día (¡cuánta generosidad!), mientras que los exhibidores… ¡ah, los canijos exhibidores! Esos que, junto con Cinemex y Cinépolis, son al cine lo que Televisa y TV Azteca a la televisión, o sea, algo muy próximo al monopolio y muy representativo del neoliberalismo salinista, luego salinismo con sotana y ahora con uniforme militar, son también los que deciden, sin más criterio que la ganancia monetaria, si una película permanece en cartelera o desaparece, y si es exhibida en su idioma original o doblada al español. ¿Habrá alguien tan ingenuo como para creer en la buena onda de «Cinemark a la mexicana», tan nacionalista como los planes de Felipe el espurio y su mafia trasnacional para la industria petrolera mexicana? En «el día del cine mexicano», Cinemark cobra la fabulosa cantidad de diez pesos (antes del salinato era más barato y era normal que así fuera), pero el negocio está, desde luego, en la dulcería y la publicidad, porque antes de cada película hay que tolerar veinte minutos de anuncios comerciales y avances de próximos estrenos.

Entre las treinta películas mexicanas que proyectará Cinemark el día de hoy y su coincidencia con efemérides trágicas, hay una titulada El clavel negro (The Black Pimpernel, a saber por qué en inglés), coproducción de México-Suecia-Dinamarca, dirigida por Asa Faringer y Ulf Hultberg, acerca del embajador sueco en Chile, Harald Edelstam, que brindó refugio a 1,300 personas durante el golpe de estado… Ya habrá oportunidad de verla después, espera el observante, que no quiso apoyar al cine mexicano mediante una cadena privada con yugos y grilletes. ¡Al chile!

Digresión ecológica

La Cineteca Nacional cuenta por fin con un buzón para que el público deje sus “quejas y sugerencias”. Por lo visto, a los secuestradores del lugar les pudo el escarnio que alguien hizo con respecto a que hubiera un buzón para los empleados y ninguno para el público. Lo que no ha tenido ni el más mínimo efecto son las “quejas y sugerencias” que el público hace por eso medio, a menos que hasta hoy nadie se haya quejado, por ejemplo, de que en las dos salas más grandes las películas se proyectan fuera de la pantalla (fuera de broma, hasta en el techo), o de que se ven más oscuras y opacas de lo que son, o de que los cácaros apagan a veces el proyector antes de que terminen de pasar los créditos, o de que suben el nivel de audio cuando es de baja calidad y, de paso, dejan al público tan sordo como ellos, o de que se exhiben películas en DVD o “video digital” (imagen difusa y audio saturado) y además nos cobran por tolerar esa falta de respeto… En fin. Seguramente nadie se queja del autosabotaje y más bien deposita felicitaciones y agradecimientos.

De hecho, el buzón para “quejas y sugerencias” del público es solo una de las novedades, porque ahora resulta que, antes de ver una película, tenemos que sufrir anuncios de Televisa y Proyecto 40, y también resulta que en la tercera sala más grande las películas son proyectadas en pequeño, casi al tamaño de un televisor “gigante”, quizás para compensar que en otras salas la imagen desborda la pantalla y los decibeles superan la capacidad auditiva. Quizás estoy equivocado y ese es el efecto de las quejas buzón mediante. Quizás no estoy equivocado y si algo hacen con las quejas es usarlas como papel de baño. Con o sin buzón, estas quejas tienen años ventilándose por otros medios (este blog, por ejemplo), lo que lleva inevitablemente a la demanda, no petición ni sugerencia, de que se vayan todos de allí. Si entre todos no se hace uno con la sensibilidad y la capacidad física y mental necesarias para poner fin a un problema que cualquier otro en su lugar solucionaría en una hora o dos, o de un día para otro, en el peor de los casos, que se vayan todos entonces. No es broma.

Una protesta al estilo de Jesusa Rodríguez y sus ingeniosas ocurrencias sería llevarles a los secuestradores del recinto -ya que no conciben más posibilidad que seguir cagándola- una cantidad inmensa de papel sanitario para que no echen mano de las “quejas y sugerencias” con el mismo fin.

En eso pensaba yo una lluviosa noche al atravesar la calle, cuando cierto anuncio luminoso, firmemente anclado a la banqueta, distrajo mi atención… digamos, como lo habría hecho un payaso. “Lo estamos logrando”, afirmaba el anuncio. “¡60 mil árboles plantados en junio y julio de 2008!” Carajo, dijo mi otro yo. ¿En qué país del mundo habrá ocurrido eso? ¿Será que el síndrome de Foxilandia está reproduciéndose a escala defeña? ¿Será que los árboles de junio y julio fueron demasiados y por eso en agosto han arrasado con los de toda la vida, no solo en Portales y General Anaya, como he denunciado aquí, sino también en otras zonas de la ciudad, según lectores del blog?

Quizás he caminado por rumbos equivocados, porque la neta es que no he visto reforestación alguna en ningún lado. Por el contrario. Nada más en la pequeña franja verde que antecede a la iglesia, junto al Museo Nacional de las Intervenciones, hay quince árboles menos, de los cuales dos tenían un metro de diámetro. ¿Cuántos habrán talado en todo el rededor? ¿Cuántos en todo General Anaya? ¿Cuántos en toda la delegación y cuántos en la ciudad? ¿Sabrán sus brutales depredadores que los árboles son seres vivos y, en consecuencia, ellos son asesinos? ¿Tendrán una remota idea del tiempo que requiere un árbol para tener un metro de diámetro? ¿Pensarán en la cantidad de oxígeno que nos daba? ¿Pensarán acaso? ¿A quién le estorbaban esos árboles? ¿A otros árboles? ¿A los faroles? ¿A los postes? ¿A la policía que alucina “malvivientes” entre las sombras? ¿A las cámaras del policía número uno de la ciudad, que si antes era el carnal Marcelo ahora es el Gran Hermano?

Algo me recordó a Héctor Sánchez, que aspiraba a ser gobernador de Oaxaca y, como presidente municipal de Juchitán, arrasó con todos los árboles que se atravesaron en su camino para encementar cuanto fuera posible hasta que ese gigante con piso de lodo mereciera llamarse ciudad, todo con la promesa de plantar después otros árboles, quizás en cantidades similares a las que devastó la urbanización del lugar donde hoy imperan, como en cualquier ciudad, los coches y su rastro de humo y ruido. “Hay que modernizarnos. Que nuestra gente aprenda a caminar por las banquetas”.

Cualquiera que no esté ciego y viva en el sur de esta otra ciudad o esté de paso, puede caminar por las calles de Portales Sur y contar los lugares antes ocupados por árboles. “Aquí había uno”, dirá, y unos metros más adelante: “Aquí había otro” (también puede contar los pasos entre una y otra excreción de perro, dicho sea entre paréntesis). Cualquiera puede caminar alrededor del Museo Nacional de la Intervenciones y hacer lo mismo. Quizás hay menos mierda ahora con menos árboles. Quizás hay menos asaltos a transeúntes y menos violaciones a muchachas que andan solas de noche. Dios quiera que así sea, o sea, amén.

El caso es que alguien plantó 60 mil árboles durante junio y julio en alguna parte que no es, ni por asomo, donde yo vivo. “Súmate como voluntario y reforesta en agosto y septiembre”, agrega el anuncio con luminoso entusiasmo y singular alegría. Mi voluntad, en cambio, es llevar una tonelada de papel de baño a la Cineteca Nacional y cortar de tajo a los que siembran esta barbarie, este ecocidio, este holocausto de árboles.

Ya me ocuparé luego de los que bombardean objetivos civiles en Irak y Afganistán, asesinando principalmente a niños, cientos y miles de seres humanos en su más pura esencia (futuros terroristas, según los enemigos de la humanidad), mientras la patética y vergonzosa ONU les pide a los asesinos en masa que “tengan más cuidado, por favor”. De eso me ocuparé cuando haya dicho que la película más reciente de Woody Allen es el anuncio de su franco declive. Que nadie se quede atrás de Clint Eastwood, otro decadente que, a diferencia del primero, gasta en sus lacrimosos bodrios suficiente dinero para alimentar a los niños que los gringos prefieren asesinar y, así como se alía con Spielberg para producir cine bélico a la vez conmovedoramente humanista, lo hace con otros magnates para convertir grandes extensiones de bosque en campos de golf.

Con la misma lógica de Bush el pequeño, que durante su campaña dijo acordar la guerra directamente con Dios, no sin antes confundir al talibán con un grupo de rock y proponer la tala de los bosques para evitar que se incendien… Con la misma lógica, decía yo, hay que demoler la estatua de la libertad para evitar que sea objetivo del terrorismo internacional… encabezado por Estados Unidos. Eso hay que hacer, pero antes hay que llevar una tonelada de papel “higiénico” a la Cineteca Nacional.

Letras Libres en la Cineteca Nacional

En la Cineteca Nacional hay ejemplares gratuitos de Letras Libres, lo cual me plantea varias posibilidades: a) que la revista de los Krauze y compañía no se vende y hay que regalarla para que alguien la lea; b) que el público de la cineteca es demasiado culto como para leer esa cosa y nomás regalada llega a sus manos, lo cual no quiere decir que la lea; c) que García Tsao está compartiendo un regalo que le hicieron los Krauze por hablar bien de ellos; d) que García Tsao compró un lote de Letras Libres a cambio de que los Krauze hablen bien de él…

En fin. Variando y desvariando las posibilidades, se me ocurre que, según los Krauze y su mafia, el público de la cineteca simpatiza con García Tsao y su mafia (lo cual sería tanto como creer que el público de Radio Educación simpatiza con Lidia Camacho y su mafia). Quizá los Krauze fueron a ver una película del ciclo de “humor irreverente” y, al escuchar las estúpidas risas, pensaron que allí había lectores potenciales de su revista. Quizá fueron a ver alguna de las grandes obras que destrozan allí olímpicamente y con total impunidad y, al observar que nadie protestaba, se dijeron: “Han de ser adeptos de nuestra causa”.

Lo cierto es que Letras Libres debería llamarse más bien Letras Liberales o, mejor aún, Letras Neoliberales. De tanto promover la aniquilación del mundo árabe en aras de la comodidad judía y mostrar el cobre de su ideología y reaccionar cada vez que algo acciona y comprar mercenarios de “izquierda” (neutros, tibios, ambiguos, acomodaticios y demás por el estilo) para su ejército de intelectuales de derecha, tan hábiles en el mimetismo camaleónico como diestra es la CIA en el oficio de infiltrarse y destruir desde adentro todo lo que se mueve con vida propia… De tanto ir el cántaro al agua, decía, al fin se rompió. O ¿alguien ha olvidado el episodio de la Feria Internacional del Libro en Guadalajara (2002), “secuestrada por la delegación cubana” (Krauze dixit), cuando el público se enteró de que la revista Encuentro, contraparte de Letras Libres, tenía financiamiento de la CIA, y su director, punto menos que un genio, envió una carta a La Jornada y otros diarios aclarando que su relación con la agencia de “inteligencia” gringa era indirecta? O sea, sí pero no mucho, nomás tantito. ¿Por qué no suponer entonces que los Krauze y Cía. reciben, por su parte, dinero del Mossad?

Cuando Enrique Krauze propuso que México participara en la destrucción de Irak a cambio de un acuerdo migratorio con el gobierno gringo, un antiguo colaborador suyo me dijo que, si algo buscaba este personaje, no era la embajada de México en Estados Unidos o por lo menos un consulado (un consolador, en su caso) para luego invertir los papeles, como hacen los traidores y como anunciaba y denunciaba yo, sino simplemente asegurar su visa y la de su familia. ¡De ese tamaño es la mezquindad de esta gente! O ¿alguien ha olvidado que el “historiador” recomendó la amnesia con respecto a los crímenes del pasado (68, alconazo, guerra sucia…) para empezar una nueva vida “democrática” sin rencores?

Los Krauze y Cía. son partidarios de asesinar niños y mujeres en Irak y donde sea, siempre que sean árabes. Letras Libres promueve, desde la “cultura” (como llaman a la imbecilidad que infesta la televisión y la radio, los periódicos y las revistas), la “libertad” como eufemismo de la destrucción del planeta y la degradación humana, la militarización con patrañas como las de Bush y Calderón (la pesadilla de Orwell), la intervención gringa en México, el capitalismo en Cuba…

Antes de escribir estas líneas, busqué el índice del ejemplar que tomé del mostrador en la dulcería, toleré ocho páginas consecutivas de publicidad a cuatro tintas, confirmé que Gustavo García, desde hace años, no escribe más en este pasquín de lujo y lo eché a la basura o, mejor dicho, lo junté con la demás. Estoy seguro de no haber privado a nadie de la libertad de leer lo que ahí se dice porque, al salir de la sala de cine, había casi la misma cantidad de ejemplares que cuando llegué y nadie, ni siquiera por el vistoso nombre de Vargas Llosa, quiso llevarse. Por lo visto, el público cinéfilo que concurre en este recinto no es admirador de los Krauze.