¿El lado bueno de qué?

LawrenceVer Silver Linings Playbook, de David O. Russell, me ha servido para terminar de descreer en el Óscar, si acaso hacía falta, después de tanta estupidez. Por supuesto que Jennifer Lawrence, ganadora en la categoría de mejor actriz, ni siquiera es comparable con Quvenzhané Wallis y tampoco es mejor que Emmanuelle Riva o Naomi Watts, al menos en las películas por las que fueron postuladas; yo la pondría en cuarto lugar antes que a Jessica Chastain, si nos atenemos a las cinco nominaciones, menos arbitrarias que la decisión final. La actuación de Quvenzhané, como la cinta en donde ocurre, Beasts of the Southern Wild, de Benh Zeitlin, es un milagro irrepetible, pero la dizque Academia de Hollywood no reconoce la calidad ni el arte y mucho menos la excelencia, como se dice; al parecer, sus criterios son comerciales y políticos: el Óscar es un premio a lo más representativo del negocio llamado «séptimo arte» que tiene un carajo de artístico…

Si El lado bueno de las cosas, como fue titulada en España y Chile, o Los juegos del destino, en México y otros países, es cine independiente, ¿por qué no reconocer los enormes méritos de la ópera prima de Zeitlin, que fue realizada con 1,800,000 dólares, según algunas fuentes, o millón y medio, según otras, mientras que la cinta de Russell costó 21 millones? La respuesta, en el caso de su actriz principal, podría ser el racismo que Hollywood intenta disimular desde hace once años (léase comentario al respecto). Otra posibilidad es que, si la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood está compuesta por cerca de seis mil persones, como se dice, haya una abrumadora mayoría de imbéciles (en Estados Unidos, es mayoría la que votó a favor de la guerra, por ejemplo). ¿Por qué mantiene en secreto su composición? ¿Por qué no hace públicos sus criterios? ¿Acaso existen o son más bien consensos inconfesables?

Por lo demás, El lado luminoso de la vida, como fue titulada en Argentina y Uruguay, es muy inferior en todos los aspectos a The Fighter (2010), trabajo previo de Russell por el que yo esperaba algo más o menos equivalente o similar. En la nueva cinta sucede una pequeña sorpresa que parece plagiar discretamente a Little Miss Sunshine (2006), de Jonathan Dayton y Valerie Faris, cuando los protagonistas bailan en el concurso con un repentino cambio de canción…

En fin. La película me decepcionó, y respecto al Óscar hay que ajustar cuentas con ejemplos de sus más aberrantes omisiones. Por lo pronto, me remito al decálogo anual de Jorge Ayala Blanco: las diez mejores cintas de 2012, que ni siquiera fueron nominadas.

Al margen

¿Quiénes titulan las películas en español? En España traducen el título original al español, pero en México escogen, sin un ápice de respeto ni originalidad, por ejemplo, el título de una telenovela (Juegos del destino) para rebautizar una película, o títulos como Una niña maravillosa, o Una aventura extraordinaria, que además de cursis deciden por el público su parecer.

De cameos y encamadas

Hace unos días, encontré por accidente o casualidad una copia de Amor eterno (2004), de Jean-Pierre Jeunet, entre mis DVD; yo no sabía que la tenía porque la devolví cuando me la regalaron hace unos años, y luego la pedí prestada junto con otras dos y lo olvidé. Recuerdo en cambio cuando la vi por primera vez; acababa de salir de una racha etílica o crisis alcohólica o recaída y sabía de la película El maquinista, de Brad Anderson, que estaba en cartelera, pero nomás en el Cine Reforma, y creía yo conocer la ubicación; en todo caso, era cosa de llegar al metro Reforma y preguntar… ¡Craso error! Un policía en dicha estación parecía contener la historia de todos los cines de la zona; sabía cuáles habían cerrado y reabierto con nuevos dueños, cuáles habían desaparecido, etcétera; pero de poco me sirvió tanta sapiencia, pues el nombre del cine más cercano, sobre Paseo de la Reforma, era otro; emprendí la búsqueda a pie y llegué hasta Chapultepec; comí en un restaurante y entré al multicinema que había determinado el límite de la caminata; entre las opciones estaba Amor eterno, “del director de Amélie“, decía el cartel. Yo no había visto Amélie (2001), pero estuvo en boca de tod@s y los comentarios eran favorables, así que opté por esta otra película, que también protagoniza Audrey Tautou, la actriz principal de Amélie. A mitad de la cinta, para mi sorpresa, aparece Jodie Foster hablando en francés perfectamente, y su capítulo culmina con escenas eróticas no menos sorprendentes. En su momento, creí que llamaban cameo a su intervención por encamarse con un fulano…

Amor eterno, cuyo título original es Un long dimanche de fiançailles, me parece una obra maestra, producción épica de alto presupuesto que nada le pide a Hollywood para efectos especiales de ambientación, pirotecnia y demás espectacularidad, con una trama igualmente laboriosa y compleja. Ahora que vuelvo a verla, para mi sorpresa, aparece Marion Cotillard en el sórdido papel de una prostituta corsa, experta en el arte del disfraz, que asesina, por venganza, llena de odio, altos mandos del ejército francés en plena guerra mundial; memorable personaje y perfecto desempeño de la actriz con el rostro más interesante del cine actual, que yo no conocía en 2004 y, en consecuencia, no podía reconocer. Todo cuanto hace, lo hace bien, pensé de Jodie Foster en aquel entonces y lo pienso ahora de Marion Cotillard. Es un hecho lamentable que, por ignorancia, no concedamos la importancia que tienen los grandes talentos en papeles secundarios, “de reparto”, como eufemísticamente se les llama; conociéndolos, se queda uno con ganas de más…

La caja de video digital contiene dos discos, uno con la película y otro con material adicional: un documental sobre la filmación, escenas suprimidas y comentarios del director, entre otras cosas. Es realmente una maravilla el cine, concluyo al verlo por delante y detrás de las cámaras y leer lo que se dice al respecto. Dicho sea con todo respeto, Amélie resulta una obra menor en comparación con Amor eterno, pero es de aceptación masiva y predilección mayoritaria por tratarse de una comedia ligera. Amor eterno, en cambio, es exhaustiva. Ahora me parece menos perfecta que la primera vez, y demasiado amarilla, como saturada… El final feliz es lo más débil, y tienen razón quienes critican el hecho de que la protagonista principal emprenda la búsqueda infatigable de un fulano sin chiste. Ni hablar. Cada quién su amor. El mío, por lo pronto, es para Marion Cotillard. ¡Fascinante!

Marion

París a media luz

Posdata obsesiva

En la imagen (fotograma laboriosamente mejorado hasta convertirlo en obra de arte) vemos a Marion Cotillard con un look ad hok y en actitud glamorosa; ojea un periódico de la época, o sea, con más de ochenta años: envejecido y oscurecido. Ella lo toma en las manos delicadamente por la fragilidad del papel, que está por deshacerse. Y yo me pregunto por qué, así como los escenógrafos tuvieron un meticuloso cuidado en los detalles para crear esa atmósfera y ambientar la época, no reprodujeron el periódico en papel nuevo. ¿Qué les costaba hacer una réplica exacta? ¿Los periódicos de los años veinte se imprimían en papel antiguo, amarillento, que se deshacía en las manos?

En esa misma secuencia, la cautivadora dama, que minutos antes había escuchado la primera oración de un manuscrito, exclama: “¡Amo tu libro!” Y yo me pregunto por qué la gran actriz no protestó: “¿Cómo voy a amar un libro que no he leído?” ¡Qué pendejada!

El estúpido escritor se encuentra con Luis Buñuel en un centro nocturno (sólo Picasso y su mecenas trabajan, mientras los demás viven de noche, divirtiéndose) y le transmite una idea de película: el encierro inexplicable y sus consecuencias involutivas en El ángel exterminador. Buñuel pone cara de idiota y dice por lo menos dos veces: “No entiendo”. Es de suponer que Allen tiene aversión por el genio del cine surrealista, por no llamarlo padre del género, y de ahí su caracterización como personaje lento y gris (para ser sutil y no hacer una caricatura), cuando el único retrasado mental de la película es su protagonista principal, un idiota con suerte. Además, eso de que alguien del futuro aporte una idea que no es suya, pero todavía no la concibe nadie, tampoco es original. Ocurre en Peggy Sue se casó, o mucho mejor, su pasado la espera (1986), de Francis Ford Coppola, con un ocurrente sentido del humor que sorprendentemente no tiene Allen en este caso.

Por último, un final feliz tan simple como el de Medianoche en París confirma la sensación de que toda la película es una vacilada. Pero nunca falta el público impresionable por la reflexión sobre la inconformidad humana con la época en que nos tocó vivir, especialmente a los grandes creadores y la gente extraordinaria, y la disertación de Hemingway sobre la autenticidad literaria, la relación entre la muerte y el amor, y las referencias “cultas”, las bromas para que rían y se identifiquen los “intelectuales” ignorantes de que esas bromas cometen o son errores científicos, algunos imperdonables…

Woody Allen sería un buen guionista si contara con asesores o supervisores de contenido, y sus películas tuvieran otro director.

 

París a medianoche

Me pregunto por qué habré dicho “para la de Woody Allen” en la taquilla, si la película me interesaba por Marion Cotillard, no por un director que dejó de hacer buen cine hace mucho tiempo y ahora recurre a las mejores actrices del momento para compensar la disminución de calidad en los demás aspectos de su prolífica realización: la vez anterior fue nada menos que Naomi Watts, con Anthony Hopkins a su lado y, por si fuera poco, Antonio Banderas para tener al menos un elenco taquillero. Quizá para la próxima veamos a Zhang Ziyi en un papel menor, como el de Cotillard en la más reciente comedia romántica del autor, sutil parodia de los cuentos de hadas y pretendida reflexión existencial sobre la noción de que toda época pasada fue mejor. La actuación que hace allí la musa francesa, una vez superada la reencarnación de Edith Piaf, es muy inferior a su inmenso talento. Ofende Woody Allen a los grandes actores con papeles tan pequeños, pero lo más ofensivo en este caso es que un idiota protagonice al personaje principal con la diosa en segundo plano.

Por el desproporcionado preámbulo de Medianoche en París, uno sospecha que el Ministerio de Turismo francés financió la cinta, homenaje a la ciudad más idealizada, publicitada y cara del mundo, lugar común del exilio latinoamericano y capital del existencialismo burgués. La película empieza por fin con un diálogo en off, como aviso de que el actor principal es idiota y habla como idiota, quizás imitando al director, que además de permitirlo, probablemente lo instruye en ese sentido, pues otros actores hacen lo mismo. Algo me recuerda a los papás que les dicen a sus hijos: “A ver, habla como niño chiquito. ¡Ay, qué gracioso!”

El personaje alucina que, a medianoche, viaja por el tiempo (qué original) a los años veinte de París, época de sus obsesiones en la ciudad que lo cautiva, y entonces todos, sin excepción, son celebridades, inclusive grandes genios: Picasso, Dalí, Buñuel… ¿Qué hacían en París todos ellos al mismo tiempo? ¡Concurrir en la fantasía de un escritor mediocre, interpretado por alguien que más bien parece retrasado mental! Con excepción de Picasso, todos son bohemios. ¡Qué feliz coincidencia!

La única persona ordinaria de París a medianoche resulta ser una mujer encantadora, por no decir fascinante (como ha de ser Cotillard en la vida real), discreta en comparación con las excentricidades circundantes.

Un salvaje y borracho Hemingway diserta sobre la muerte y el amor como una relación intensa y ocasional que, palabras más o menos, desvela Octavio Paz en El laberinto de la soledad (uno de los libros que mejor conozco por las incontables veces que tuve que regresar al principio para retomar el hilo), y entonces me pregunto qué pasó allí: ¿Hemingway pensó primero lo que Paz escribió después? Si Hemingway lo escribió, podría ser, pues lo que Paz dice acerca de las fiestas mexicanas es un refrito de lo que dice Nietzche acerca de las máscaras. ¿Woody Allen leyó El laberinto de la soledad y decidió poner esas palabras en la boca de Hemingway? También podría ser. ¿El guionista las escribió pensando en Hemingway sin haber leído El laberinto de la soledad?

Lo seguro es que la carrera de Allen comenzó un franco declive antes de reunir a las personalidades más carismáticas y mejor cotizadas para que lo salvaran del descrédito, pero quedó encasillado, pues todos sus personajes son yuppies; jamás concibe otro tipo de gente, a menos que sean comparsas, como Buñuel o Picasso (pésimamente caracterizados, además).

Siempre he sentido que el público ríe con las películas de Allen como quien ríe con los albures, como demostración de que los entiende, así sea un carajo, pues se trata de cine “culto” y el público finge estar a la altura o en verdad lo está cuando pasan desapercibidas, por ejemplo, las ocho veces que entra en escena el micrófono durante El sueño de Casandra (2007), el peor bodrio que ha perpetrado el “genio”. Tan “culto” es el cine de Allen que su personaje gringo en París bromea sobre los iones positivos que lo inspiran al bañarse, pero sucede que los iones llamados positivos son contaminantes del aire compuesto por iones llamados negativos que necesitamos respirar para vivir; esta contradicción no se resuelve con ignorancia y el error no es del estúpido personaje, sino del ignorante guionista y director, que es músico, por cierto, y se las arregla para que más de quince canciones suenen a dos o tres repetidas hasta la enajenación, con el agravante de que una tiene cinco notas y se repiten a su vez, una y otra vez…

En fin. Lo importante es que debí decir “para la de Marion Cotillard” en la taquilla. Me pregunto por qué no lo hice y me respondo que, si alguien vive toda la vida entre microcéfalos, termina comportándose como uno más.