Romeo is Bleeding

romeo

La sangre de Romeo, como fue titulado en México, o Doble juego, en los demás países hispanohablantes, es un thriller negro que recurre principalmente a dos elementos del clásico noir: la narración en off y un fondo musical de jazz lánguido y, a ratos, esquizofrénico.

El título original en inglés proviene de la canción homónima de Tom Waits.

Al año siguiente de interpretar a Drácula en la versión de Francis Ford Coppola (1992), Gary Oldman se consagra como actor en el papel de Jack Grimaldi, un sargento corrupto de la policía de Nueva York que gana 56 mil dólares anuales, pero recibe 65 mil adicionales cada vez que informa la ubicación de algún testigo protegido a la mafia, y esconde el dinero sucio en un hoyo del patio trasero de su casa. De ahí que, al caer en desgracia, se defina como “un fantasma enamorado de un hoyo”, con el patetismo propio de los personajes que Fritz Lang aportó al cine negro, y con el nombre falso de Jim Daugherty como cantinero detrás de la desolada barra del Holiday Diner sobre la carretera desértica de Phoenix, Arizona, además de narrar la historia, es la voz que aconseja a Grimaldi.

Casado con una mujer de aspecto latino (Annabella Sciorra), mantiene un amasiato con una escuálida mesera de veinte años (Juliette Lewis), cuando recibe la encomienda fatídica de entregar a la mujer que asesina tanto a los testigos protegidos como a sus custodios, Mona Demarkov (Lena Olin), dama fatal y letal de la mafia rusa, hasta entonces aliada con Don Falcone (Roy Scheider), un capo chapado a la antigua que fuera su amante y ahora es su enemigo a muerte. Ella humillará una vez tras otra y una más a Grimaldi, haciéndole ver en los hechos que es superior a él, física y mentalmente, que la sociópata y psicópata mueve los hilos del policía títere.

romeo'sDemarkov es un personaje de antología, es Lena Olin a los 38 años con un cuerpo inquietante. Mujer que mata sin piedad, sin miramientos, sin escrúpulos y, además de su destreza con la pistola y el hilo de metal, usa las piernas para triturar cuellos y demás, momentos en que se excita y ríe a carcajadas. De tal acierto es el perfil de su personalidad en una película infravalorada y relativamente desconocida que la saga de James Bond la refriteó (valga la expresión, por no hablar de vil plagio) en GoldenEye, con el agregado de que también se excita y ríe cuando acribilla gente a balazos con una ametralladora; Xenia Onatopp (Famke Janssen), además de triturar a los hombres con las piernas, muerde sus labios, pero no es del todo convincente porque actúa mediocremente y está flaca, a diferencia de Olin, que es puro músculo. Por lo demás, GoldenEye no es comparable con Romeo is Bleeding, sino más bien una pendejada.

La sueca Lena Olin comenzó su carrera como actriz en el teatro y el cine bajo la dirección de Ingmar Bergman, con papeles menores que, ni siquiera en las obras más trascendentes, como Fanny y Alexander (1982), tienen el impacto sicológico y hormonal de Mona Demarkov, un “personaje extremo”, como se le considera.

Por su parte, el director húngaro Peter Medak, que ha hecho más cine para la televisión que para la gran pantalla, lo mismo dirigió en su momento la que ahora es un clásico del horror, Al final de la escalera (1980), que El Jorobado (1997), quizá la peor adaptación de la novela de Víctor Hugo.

El estreno de Romeo is Bleeding en 1993 coincidió con el de Forrest Gump, Pulp Fiction, The Shawshank Redemption y El Rey León, que acapararon los premios, el éxito de taquilla, los elogios de la crítica y la atención en general, al menos en Hollywood, opacando y relegando casi al olvido esta cinta que, con el paso del tiempo, se ha convertido en una obra de culto, representativa del mejor cine independiente de los noventa, como Fargo (1996), de los Coen, producida también por Polygram.romeos

«Mona se queda»

Lo mejor, sin duda: el papel de Lena Olin; la música de Mark Isham y Gary Alper; la fotografía de Dariusz Wolski, buena en general, con instantes excelentes, por no decir geniales.

Lo peor, que Grimaldi chilla demasiado, inclusive cuando Demarkov le cuenta su historia de amor; allí está bien que llore ella, pero es un exceso absurdo, una sensiblería, que lo haga también él. Cuando Mona cae del carro en el muelle pasa demasiado tiempo, sobre todo tratándose de alguien que desarma policías con singular destreza. Roy Scheider es un buen actor, pero aquí no gesticula con tal de no arruinar la máscara de maquillaje que tanto costó para ocultar sus arrugas y darle un falso bronceado, algo que resulta ligeramente grotesco.

El guión de Hilary Henkin concibe frases filosóficas en la voz de un antihéroe y perdedor por antonomasia, mientras que, por economía, recurre a una forma de narración fragmentaria que obvia, entre otros momento importantes, cuando Mona se amputa un brazo (a menos que las omisiones sean atribuibles a la edición de Walter Murch, o al director, y estén entre las “escenas eliminadas”).

El epílogo melancólico es demasiado largo, para mi gusto, pero pasa… (por cierto, la confusión del deseo con la realidad en esta secuencia probablemente inspiró a David Lynch en uno de los momentos más desconcertantes de Mulholland Drive).

Escenas y secuencias memorables: La pelea dentro del carro en movimiento, cuando Mona estrangula con las piernas a Jack y escapa, es la de mayor intensidad y tensión, en parte, por su combinación de violencia y cachondería, sangre en abundancia y carne apetecible. El baile de Jack luego de esconder su dinero. El arribo del carro al muelle, instante genial de la fotografía con la ciudad al fondo. La traición final, también cachondérrima y, en fin, otros pasajes que, por sorprendentes, no hay que desvelar.

Una curiosa coincidencia: El monólogo empieza igual que Gotham (1988), de Lloyd Fonvielle, pues el cantinero pregunta: “¿Alguna vez ha visto usted un fantasma?” La diferencia es que Gotham trata sobre un fantasma, y Romeo is Bleeding recurre a la figura en términos metafóricos.

mona

Anuncios

David Lynch por entregas

david lynchHagamos un resumen: Mulholland Drive y Terciopelo azul son obras maestras con algunas cosas geniales; la primera tiene la ventaja de que sirve también para detectar imbéciles sin remedio entre la cinefilia y la llamada “crítica especializada”. Cabeza borradora, ópera prima del autor, es cine de culto por antonomasia. Una historia verdadera es simplemente perfecta, pero ni por asomo representativa de Lynch, sino un cambio radical de registro.

Lo peor, sin duda, Conejos (pinche tomada de pelo que debería tener algún tipo de penalización) y Dunas, por muchas razones, entre ellas, la solemnidad en una superproducción entre ambiciosa y pretenciosa de ciencia ficción futurista puede resultar insufrible, sobre todo si contiene además ingredientes repulsivos como la mengambrea, indispensable para películas de horror como Cabeza borradora.

Lost Highway es interesante como cinta precursora de Mulholland Drive y hasta allí.


Eraserhead (Cabeza borradora, en español)

Iniciático trabajo escolar. Ópera prima iniciada por Lynch como estudiante y acabada siete años después, en 1977, debido a que el proyecto rebasó por mucho el presupuesto académico. Horror y surrealismo onírico en homenaje a Buñuel, su confesada influencia en la posterior Terciopelo azul (1986), que no es surrealista como dicen los despistados, sino un thriller de la tradición heredada por Hitchcock. En Cabeza borradora, el autor se aleja de Buñuel al explorar el horror de la fobia inconsciente y engendrarlo como criatura monstruosa, inclusive como aborto en forma de proteína vegetal, que es germinal, se parece al esperma y, en menor medida, a las larvas de los anfibios (renacuajos); aquí tiene el tamaño de una culebra, y el diseño sonoro complementa su repugnante naturaleza… Cuando el personaje despierta al percibir que, acostada en la misma cama, su esposa está expulsando criaturas reptantes por el vientre, uno advierte la influencia que tuvo esta cinta en otras piezas raras del mismo género, como La posesión, de Zulawski. Cuando la pareja alimenta a su hijo, que más bien parece un engendro del Diablo, uno advierte a su vez la influencia de cintas paradigmáticas, como El bebé de Rosemary, de Polanski.

En Cabeza borradora vemos  también las constantes del autor en sus posteriores obras maestras, Terciopelo azul y Mulholland Drive: una mujer clara y otra oscura como dualidad, atmósfera densa, enrarecida, oscura y opresiva, con esporádicos remansos de claridad, escenas en un teatro, sueños que revelan zonas enfermas del pensamiento o su ausencia. El horror de Buñuel es onírico; el de Lynch se torna sobrenatural.

En un sueño causado por la angustia de ser esposo y padre a la fuerza, el personaje pierde la cabeza, un niño la recoge y la lleva corriendo a vender a un fabricante de goma borradora para lápices. De ahí el título.

No es casual que el protagonista de Cabeza borradora tenga un peinado al estilo del propio Lynch, pues se trata de un autorretrato, tanto de su extravagancia como de la oscuridad que habita en sus laberintos mentales, oscuridad que, a diferencia de Burton, trasciende la estética, al ser contenido y forma, fondo y superficie. El autor llamaba “Historia de Filadelfia” a su proyecto porque proyectaba los miedos y las ansiedades que experimentó al vivir en dicha ciudad.

Al año siguiente de su estreno, Lynch postuló El hombre elefante (1980), basada en la historia real de un hombre enfermo y gravemente deforme, como continuación de Cabeza borradora. Ambas fueron rodadas en blanco y negro, pero la segunda es menos abstracta.


Véase también Mulholland Drive

Sombreros, gabardinas y ametralladoras

Gangster Squad y el cine de gángsters al que se debe

Gangster_Squad_Movie_Poster

De la investigación periodística a la novela negra y de allí al cine de acción sin contenido: Gangster Squad, de Paul Lieberman, es un best-seller literario sobre la guerra que tuvo lugar en la ciudad de Los Ángeles a finales de los años cuarenta entre la mafia local y una pequeña banda parapolicial. El libro se basa en la exhaustiva investigación que realizó el mismo autor durante casi una década y publicó en su momento Los Ángeles Times como una serie de artículos. La historia narrada por el reconocido periodista inspiró a su vez la película homónima bajo la dirección de Ruben Fleischer con un guión de Will Beall, que no es propiamente una adaptación cinematográfica, pues toma nada más lo indispensable de la fuente original para una aproximación al mejor cine de gángsters y, en segundo término, al cine negro, con la reproducción de todos sus estereotipos y clichés. El argumento, en consecuencia, es insustancial, pero sirve de contexto, por no decir pretexto, para una perfecta ambientación de la época y espectaculares secuencias de acción con un ritmo disfrutable.

En 1949, Los Ángeles es gobernada por la mafia de «Mickey» Cohen (Sean Penn), un ex boxeador judío nacido en Brooklyn y cuyo imperio abarca el expansivo negocio de las apuestas, la trata de blancas y el tráfico de estupefacientes, todo con la complicidad de la policía en general, así como de jueces y políticos corruptos, a quienes mantiene bajo control mediante sobornos y terror, hasta que John O’Mara (Josh Brolin) —un fiero veterano de guerra que, ahora sargento de la policía, libra una solitaria lucha contra el reinado criminal del gran capo— llama la atención de su jefe, Chief Parker (Nick Nolte), quien lo invita a formar su propio equipo de agentes incorruptos para desmantelar los negocios sucios de Cohen con una “guerra de guerrillas”. Aconsejado por su esposa encinta (Mireille Enos), llamada Connie, O’Mara recluta entonces al oficial Coleman Harris (Anthony Mackie), un negro uniformado que sabe usar la navaja, al detective Max Kennard (Robert Patrick), un vaquero viejo que donde pone el ojo pone la bala, y al experto en telecomunicaciones Conway Keeler (Giovanni Ribisi), a quienes se les unen Navidad Ramírez (Michael Peña), un latino que trabaja con Kennard, y el también sargento Jerry Wooters (Ryan Gosling), un cínico Casanova que al principio se muestra indiferente al imperio de la maldad, pero el asesinato de un niño amigo suyo durante un tiroteo en la calle lo hace cambiar de posición. Por economía, el círculo de Cohen es presentado, si acaso, desde lejos como un vulgar montón de matones. Entre ambos bandos está la vampiresa pelirroja Grace Faraday (Emma Stone), que lo mismo se acuesta con el capo mayor que con Wooters, y Jack Whalen (Sullivan Stapleton), delincuente amigo de Wooters.

Antipático de por sí, con prótesis faciales que lo hacen parecer efectivamente un ex boxeador, Sean Penn sobreactúa tanto que su personaje resulta una caricatura grotesca. Ryan Gosling emite voz de transición adolescente y, por su afectación, también resulta caricaturesco, a diferencia de Josh Brolin en el papel protagónico, inspirado quizás en Eliot Ness, salvo algunas torpezas, y Robert Patrick, el Terminator antagónico en el juicio final de 1991, ahora con gran bigote al estilo tejano; la áspera personalidad del vaquero cumple con lo que se requería, pero en un papel menor, tristemente secundario, como el de Nick Nolte. El talento actoral del gran elenco, en lo que podríamos llamar el síndrome de Batman, está desperdiciado; la química de un año antes entre Gosling y Emma Stone (Loco y estúpido amor, de Glenn Ficarra y Jhon Requa), por ejemplo, parece incidental aquí, en donde la presencia femenina es casi ornamental.

gangster-squad-josh-brolinLa superficialidad de un guión que no profundiza en la sicología de nadie por apostar la suma de todos los recursos a la espectacularidad, explica el hecho de que si esta película tiene algún mérito sea su aspecto visual, desde la brillante ambientación de Los Ángeles a finales de los cuarenta con una escenografía laboriosa y seductoramente iluminada, y un impecable vestuario de la época, entre otras cosas (los coches, por supuesto, reunidos en el diseño de producción), hasta los efectos especiales en las secuencias de acción, algunas de las cuales son alardes de virtuosismo técnico; lo es principalmente la persecución y el tiroteo desde coches en movimiento, con una toma en particular que recorre todos los ángulos y culmina con un vertiginoso acercamiento al disparo de Wooters por la ventana lateral; aquí la dirección de cámaras, apoyada en la intervención digital, es magistral. Las escenas del enfrentamiento final en cámara lenta coinciden con una secuencia de Mátalos suavemente (EUA, 2012), de Andrew Dominik, obviamente sin plagio por alguna de las dos películas, ya que fueron rodadas el mismo año; en una son esferas de navidad y en otra vidrios de coche l@s que se hacen trizas con los disparos; los cartuchos saltan vacíos desde las recámaras de las armas y parecen suspendidos en el aire por un instante, como el plomo de las balas que lo atraviesan. En términos técnicos y estéticos, la coincidencia es asombrosa.

A cargo de Steve Jablonsky (experimentado musicalizador de frivolidades), la banda sonora forma parte de la ambientación y, junto con el montaje y la edición, contribuye a lograr un ritmo también aceptable.

Brigada de élite, como fue titulada en España, y Fuerza antigángster en Hispanoamérica, tiene grandes similitudes con dos películas que, por lo demás, son muy superiores: Gángster americano (EUA, 2007), de Ridley Scott, y Los Intocables (EUA, 1987), de Brian De Palma. Tanto Gangster Squad como American Gangster están basadas en hechos reales y ampliamente documentados por investigaciones periodísticas, y ambas comienzan con ejemplos brutales de la crueldad que son capaces de alcanzar sus respectivos villanos. En ambos casos, el héroe es un policía incorruptible a quien su jefe da luz verde para reunir a un grupo especial, con la diferencia de que, formada en las sombras, la llamada “fuerza antigángster” de Los Ángeles operó en secreto y al margen de la ley, mientras que la brigada antinarcóticos de Nueva Jersey fue pública e institucional. El contexto en ambos casos es una policía corrompida en general por su contacto con la mafia. Josh Brolin actúa en las dos películas, primero como el agente policial más corrupto y criminal de Nueva York y después como el héroe incorruptible de Los Ángeles; sus dos papeles son convincentes. En ambos casos, los capos terminan en la cárcel, aunque Gángster americano tiene un final sorprendente y decepcionante por su ambigüedad. Brigada de élite o Fuerza antigángster, en cambio, reproduce fielmente el esquema del bien que triunfa sobre el mal, como suele ocurrir desde que la figura del gángster dejó de ser glorificada por el género clásico antes de la Segunda Guerra Mundial (aunque la trilogía de El Padrino, de Francis Ford Coppola, devuelve al gángster su antiguo pedestal). La principal diferencia entre American Gangster y Gangster Squad es la época, pues los hechos ocurren desde finales de los años sesenta hasta principios de los noventa en el primer caso, mientras en el segundo suceden a finales de los cuarenta. Otra gran diferencia es el guión, ambicioso y complejo en un caso, anodino y simple en el que nos ocupa.

Las similitudes con Los intocables son demasiadas como para abarcarlas todas: el reclutamiento del equipo sucede en muchas películas y coincide aquí, por ejemplo, en levantar de la calle a un policía de a pie, así como en conseguir a un personaje menos cuerpo que cerebro (contador o experto en telecomunicaciones), que ha de ser asesinado; la primera misión contra la mafia es un fracaso; en un arranque de ira, con impulso suicida, el héroe busca un enfrentamiento directo y personal con el villano en su guarida; el tiroteo final culmina en unas escaleras idénticas; los grupos son físicamente parecidos, en parte, por su cercanía cronológica: debido a la importancia del sombrero en las dos épocas, se repiten algunas actitudes corporales; el armamento es casi el mismo: pistolas, escopetas, ametralladoras…

Gangster-Squad-Still1En Fuerza antigángster o Brigada de élite vemos también influencia del western o cine del viejo Oeste: Max Kennard, por ejemplo, lleva un gran revólver enfundado en la cadera, y la funda amarrada a la pierna; para asaltar el casino de Cohen, los agentes se embozan con pañuelos y, al huir, dejan salir a los caballos del corral; Coleman Harris, el policía negro, maneja la navaja con la misma destreza que la pistola, igual que Britt (James Coburn), el lanzador de cuchillos, de Los Siete Magníficos…

Al fracasar el primer ataque a los negocios de Cohen, O’Mara y Harris son detenidos y, cuando Wooters los rescata, ocurre una pelea en la oscuridad, y cinco disparos como flashazos iluminan la escena y la congelan durante un segundo: ingenioso y sutil guiño al cómic o la historieta clásica, en el que afortunadamente no aparecen letreros de ¡Bang! o algo por el estilo. En el mismo sentido, Grace Faraday es una caricatura de mujer fatal, como Jessica Rabbit, la voluptuosa vampiresa, esposa del conejo Roger Rabbit.

La secuencia inicial termina con una mirada sombría del boxeador a la cámara y, más adelante, O’Mara camina mirando también a la cámara que se desplaza hacia atrás al mismo tiempo, y esta segunda mirada, por la música y la lentitud de la escena, es un guiño muy obvio con Quentin Tarantino y sus audacias…

Abundan guiños en este recorrido por lugares comunes, como para un ejercicio de cinefilia sobre películas de gángsters, entre muchas otras: ahí una frase de El Padrino, allá de Goodfellas (Uno de los nuestros o Buenos muchachos, 1990), de Martin Scorsese, que también está inspirada en hechos reales, por cierto, y el vaquero acá me recuerda evidentemente a Charles Winstead (Stephen Lang), otro policía viejo y de rudo aspecto, jefe de los Rangers de Texas que se unieron a la cacería de John Dillinger y su banda en Enemigos públicos (EUA, 2009), de Michael Mann, película basada en hechos reales, por cierto.

Al final, el sargento O’Mara arroja su placa al mar, tal como el sargento Harry Callahan (Clint Eastwood) en Harry el sucio (EUA, 1971), de Don Siegel, con la diferencia de que allí no es el mar, sino un río, y Callahan está solo y enojado, mientras que, acompañado por su esposa y el hijo de ambos, O’Mara está contento.

GANGSTER SQUADExcepto Mátalos suavemente, que ya comentaremos, y Harry el sucio, todas las películas mencionadas son incomparablemente superiores a Gangster Squad, que se reduce a lo mínimo en cuanto a contenido y retoma de ellas sólo aspectos o momentos específicos, acaso detalles característicos o distintivos. Cintas como Los Ángeles al desnudo (EUA, 1997), de Curtis Hanson, que no podía faltar en esta revisión, le deben mucho a su vez al clásico cine de gángsters coetáneos, de los años veinte, treinta y cuarenta, que al parecer sucumbió con la Segunda Guerra Mundial, pero fue reivindicado por el cine contemporáneo con títulos como El Padrino y Cara cortada (EUA, 1983), de Brian De Palma. Escrita por Oliver Stone y protagonizada también por Al Pacino, esta última es remake de un clásico menor de 1932 con el mismo título, dirigido por Howard Hawks y más representativo del cine negro.

El rodaje de Gangster Squad comenzó en Los Ángeles el 6 de septiembre de 2011 y concluyó el 15 de diciembre del mismo año. Su estreno estaba programado para septiembre de 2012, pero debido a la masacre ocurrida el 20 de julio de ese año durante la premier de Batman 3 (The Dark Knight Rises), de Christopher Nolan, en Denver, Colorado, el estreno fue pospuesto para enero de 2013, pues la cinta de Ruben Fleischer contenía una secuencia de senda masacre al interior de un cine, que fue suprimida, lo que obligó a rodar en agosto una secuencia suplente. Originalmente, la tragedia ocurría en el Teatro Chino de Grauman, donde los hampones disparaban con ametralladoras a los espectadores a través de la pantalla. En la segunda versión tiene lugar un tiroteo en el Barrio Chino y, aunque no conocemos la secuencia original, podemos decir que la segunda es fallida, pues no transmite la sensación de un desastre; dedica unos cuantos segundos a las víctimas colaterales, que fueron suficientes para que los medios de comunicación exigieran la renuncia del jefe de la Policía, Chief Parker, así como la identidad de la “fuerza antigángster”.

Cohen fue recibido en la cárcel por sus colegas con un golpe de metal que lo mató. La mafia nunca logró afianzarse en Los Ángeles; por algo será, dice al final O’Mara en resumidas cuentas y su moralizador soliloquio sobre el deber entra en contradicción con una escena simultánea en la que Wooters y Faraday pasean al perro de Cohen, lo cual puede interpretarse como una moraleja inmoral: si bien no hay gloria para los héroes anónimos, algunos son premiados con una especie de botín, en este caso, la mujer del villano y, por si fuera poco, hasta su perro.

Si algo aporta el guión de Gangster Squad, por último, es una dosis agradecible de humor blanco y negro.

Gangster Squad

Pesadilla siquiátrica

islaLa isla siniestra (2010), de Martin Scorsese, y «Sólo vine a hablar por teléfono», de Gabriel García Márquez, se orientan en el mismo sentido y dejan el mismo sabor de boca. Una en el cine y otra en la literatura, estas obras tienen como protagonista común a la siquiatría, perversa práctica dizque científica, cuya principal misión en la vida es la muerte paulatina mediante la destrucción del cerebro a partir de la negación para convencer al supuesto enfermo de que la realidad no existe más que en su imaginación, es más bien irrealidad por distorsión, meras alucinaciones, percepción ficticia que debe ser extirpada o reprimida. Nada más criminal en estos casos que los hospitales siquiátricos, en los hechos, cárceles para enfermos mentales…

Con el título original de Shutter Island, la película está basada en la novela homónima que Dennis Lehane escribiera y viera la luz pública siete años antes. En 1954, el agente de la policía federal Edward “Teddy” Daniels (Leonardo DiCaprio) investiga la misteriosa desaparición de una reclusa en el hospital de Ashecliffe para convictos dementes; el lugar se encuentra en la mencionada isla, situada a su vez en el puerto de Boston. Daniels logra ser asignado a la investigación con un interés personal, pues sabe que allí está preso un pirómano a quien acusó de haber quemado a su esposa. En realidad, la mujer fue asesinada por el propio agente luego de que ella ahogara a los tres hijos de ambos. La reclusa desaparecida en prisión coincide en ser una sicópata que asesinó ahogados a sus tres hijos. Daniels vive perturbado por aquel trágico episodio y por haber participado a finales de la Segunda Guerra Mundial en la sangrienta liberación de un campo nazi de concentración y exterminio. Durante la investigación policiaca, descubrirá que todos en la isla ocultan algo, inclusive su compañero, el agente federal Chuck Aule (Mark Ruffalo), y al parecer conspiran con el fin de atraerlo a una prisión de la que no podrá salir. El final es desconcertante…

Aunque la trama pasa truculentamente del suspenso al horror con algo de sicodrama, la película denuncia sin ambages el talante criminal de la siquiatría, en particular durante la primera mitad del siglo pasado, cuando terminan aliados médicos gringos con antiguos nazis y la alianza no es casual, mientras los soviéticos hacen de los hospitales siquiátricos un recurso de opresión y dominación represiva.

Al parecer, Scorsese descubrió una personalidad ruda muy convincente con DiCaprio en Pandillas de Nueva York (2002), tanto que éste ha sido desde entonces su actor de cabecera o fetiche, como lo fuera en su momento Robert de Niro.

Los demás actores de La isla siniestra hacen bien sus papeles, específicamente Ben Kingsley como el médico en jefe John Cawley.

Las locaciones son impresionantes, la fotografía es majestuosa y la música emocionante, acorde con los momentos de tensión y constantes sobresaltos, así como analepsis o flashbacks, miradas a la perturbada memoria del protagonista principal.

Además de Shutter Island, Dennis Lehane es autor de Gone, baby, gong y Mystic River, novelas adaptadas exitosamente al cine.

«Sólo vine a hablar por teléfono», por su parte, narra el cautiverio fortuito de María de la Luz Cervantes, joven mexicana, “bonita y seria”, en las mazmorras de una cárcel para dementes, ubicada en algún lugar desviado, también casualmente, del camino entre Zaragoza y Barcelona. Desde la ironía del título hasta el final, parece haber una dosis bastante cruel de humor negro en el relato de García Márquez; forma parte de Extraños peregrinos, su colección de cuentos escritos en los años setenta y “basados en hechos periodísticos (sic), pero redimidos de su condición mortal por las astucias de la poesía”, según el propio autor.

Sobre la siquiatría como una industria de muerte en vida, recomiendo este documental.

La joven con un dragón tatuado

carteliLos críticos más informados tienen como referencia la novela del sueco Stieg Larsson, Los hombres que no amaban a las mujeres, primera de una trilogía policíaca titulada Millennium, y dos películas basadas en dicho libro. Mis referencias previas a La chica con el tatuaje del dragón (2011), de David Fincher, en cambio, son las películas del mismo director: Se7en (1995), El club de la pelea (1999) y Zodiaco (2007), entre otras. Es imposible -al menos para mí- ver la nueva cinta sin pensar también en el síndrome de Ciudad Juárez, por tratarse de un femicidio múltiple y sistemático, así como en el James Bond más viejo, chaparro y feo, desprovisto además de su bromista ingenio: Daniel Craig en el papel principal, que no es el de una “chica” tatuada, sino el de un periodista en aprietos legales. El título en este caso es el primer error de la cinta, pues efectivamente una “chica” protagonizada por Rooney Mara tiene un dragón tatuado en la espalda, pero no significa nada. La intencionalidad es evasiva, pues la versión sueca de la novela se llama Los hombres que odiaban a las mujeres, nombre que mejora el original en la medida que se apega más al trasfondo: una misoginia extrema. En español, el título es involuntaria y levemente misógino, inconsciente y sutilmente contradictorio, además de cacofónico.

Por lo demás, la truculencia de la trama le vino bien a Fincher, que parece tratar de especializarse también en casos mórbidos y sórdidos, como The Silence of the Lambs (1991), de Jonathan Demme, cuyo éxito intentaría repetir Se7en con el mismo estilo, recargándolo de un morbo nauseabundo, pero sin pasar de la mediocridad. Basada en hechos reales, Zodiaco haría lo mismo doce años después. Con una duración en aumento, The Girl with the Dragon Tattoo (el título en inglés no es cacofónico ni misógino, pero los traductores suelen ser tan chapuceros como los exhibidores) intensifica la complejidad hasta el punto en que uno entiende que se trata de que uno entienda un carajo. Los subtítulos distraen la vista de imágenes repulsivas en fotografías decoloradas, mientras la música de Trent Reznor y Atticus Ross se propone ser pertubadora y lo consigue, fundiéndose con sobresaltos en el sonido.

El periodista Blomkvist es contratado por un monarca de las finanzas para que escriba su biografía y, de paso, desentrañe el misterio de una desaparición en la familia. Con el apoyo de Salander, una implacable hacker (la joven tatuada), Blomkvist descubre la relación entre dicha desaparición y el asesinato serial de mujeres. Los asesinos -antes secuestradores, violadores y torturadores- son parte de la familia; cuando el periodista (demandado por “libelo”, que equivale a difamación y daño moral) y la joven hacker (inadaptada social bajo la tutela del estado) logran atar todos los cabos, ella realiza por su cuenta, pero con dinero del aliado, varias operaciones bancarias con inentendible celeridad que, al parecer, cierran un círculo.

“Interesante”, suelen decir los hipócritas y falsarios cuando entienden lo posible, o sea, nada o muy poco, tan “interesante” que algún masoquista vuelve a ver la película y entiende un poco más. “Inteligente”, suele decirse con la misma hipocresía y falsedad. En lo personal, me parece que Fincher pasa de la mediocridad a la medianía y que, muy lejos de su pretendida especialidad, el trabajo mejor logrado es El club de la pelea, cuyo final, por cierto, es también inentendible y cada quien lo interpreta a su gusto. Yo no volveré a ver la nueva cinta; con una vez entendí bastante y tengo suficiente.

Es de esperar que haya secuelas para completar la trilogía y, de continuar protagonizando al periodista detective, Daniel Craig será más representativo que en el papel de James Bond.

PD. Faltaba decir que la película hace gran publicidad a Marlboro, Coca Cola y Apple, pero Sony aparece como patrocinador oficial en los créditos finales.

 

Backyard / El traspatio

Es un buen intento de aproximación al tema del holocausto en Ciudad Juárez, Chihuahua. La película plantea diversas hipótesis, todas válidas: una maraña criminal al servicio de personajes como «El Egipcio», que le ha servido a la policía para solapar sus propias trapacerías o al menos su ineficiencia, ineficacia, ineptitud exasperante y escandalosa, que inspira desconfianza y sospecha, porque no puede ser ajena a la corrupción; lo que ocurre en Ciudad Juárez y otras ciudades no sería posible sin una amplia red de complicidades en todas las esferas, desde lo más básico hasta las cumbres del poder político (poder formal, diría Lydia Cacho, en la medida que detrás está el poder fáctico del crimen organizado), para crear un ámbito de impunidad en el que la barbarie deja de ser noticia, se vuelve cotidiana y normal, si acaso materia prima para la prensa alarmista y la nota roja.

Con recursos periodísticos / informativos que hacen del thriller policiaco un documental, casi reportaje, el planteamiento de la información es correcto, aunque no aporta nada nuevo al público medianamente informado; la falla está en que, por momentos, es denso y, por momentos, aburrido, soporífero. No hay equilibrio entre la documentación y la acción. Los méritos del guión de Sabina Berman se pierden en la dirección de Carlos Carrera, que no está a la altura de las expectativas (por el éxito de El crimen del padre Amaro como precedente), al romper el ritmo a cada paso. Por lo demás, la trama se queda corta en su denuncia, si es que pretende tal cosa, pues los empresarios maquiladores no pasan de “las heladas aguas del cálculo egoísta” a la probabilísima perversidad o perversión, y el gobernador es un hombre con buenas intenciones y voluntad, pero políticamente impotente, frustrado, maniatado, que dedica entonces su atención a la imagen pública y desatina en la elección de su gabinete. Una historia valiente haría sospechosos a todos los políticos, incluyendo a los gobernadores y presidentes, los del municipio y los del país, así como a los empresarios con quienes hay una relación de favores mutuos.

Otras fallas de la película están en la personificación de los dos héroes. Para empezar, el hecho de que haya héroes en el cine parece un vicio contagioso, y tratándose de Ciudad Juárez es imperdonable. A eso hay que agregar que Ana de la Reguera, quizá para quitarse el estigma de mujer bonita que tanto estorba a su escaso talento, se dejó demacrar y engordar las chaparreras hasta que su cara pareciera la de una indigente y su cuerpo el de una cincuentona sedentaria. En el papel de mujer policía que dispara con la mano izquierda (¡qué original!), es la antítesis de Jodie Foster en El silencio de los inocentes. No menos convincente es el locutor que funge como autoridad moral de la trama, la voz de la conciencia, encarnada por un actor que ni por asomo habla como locutor y hace un aspaviento grotesco al sacar su grabadora como si desenfundara una pistola en su no-entrevista a la mujer policía, quien termina la conversación con una frase lamentable: “Hágame un favor: a mí ni me mencione”. Hasta ese instante uno suponía que ella era una mujer inteligente y sensible, no una débil mental que terminará convertida en la versión femenina de Harry el sucio.

En resumidas cuentas, se trata de un esfuerzo honesto, pero con más fallas que méritos. Los errores menores abundan y para muestra un botón: un policía raso mira a la cámara dos veces al encontrar el cuerpo de una víctima en la árida soledad del desierto.

Ni hablar del título… ¡Hasta aquí!

Posdata Cineteca Nacional. Todo ha cambiado para seguir igual. En aras de la transparencia, los secuestradores del recinto dizque “nacional” y saboteadores profesionales del cine mundial tienen la obligación de informar cuánto han gastado en una “modernización” que se detiene a las puertas de las salas de proyección, y el público tiene derecho a conocer esa información. Además del carísimo desastre que es ahora el estacionamiento y la franquicia a los explotadores del Café La Selva, ¿qué hace falta para que las películas sean proyectadas con la calidad de imagen que existe en cualquier sala comercial de cualquier ciudad del país y del mundo? ¿Qué hace falta para que se vayan todos, empezando por el director y el que cobra por estorbar el paso del público en las escaleras con su obesidad y deformidad aguada?

Posdata Sala Nezahualcóyotl. Vengo de ahí. Fui a la presentación del libro Espejos, de Eduardo Galeano. La sala se llenó hasta su máxima capacidad, y cientos de personas quedamos fuera… Me alegra que sucedan estas cosas. Desde la presentación de Samuel Ruiz en el Auditorio Ché Guevara hace quince años, yo no había visto que se repitiera este fenómeno. Ayer ocurrió lo mismo en el Palacio de Bellas Artes. Por lo visto, el público de la Cineteca Nacional es el que merece la Cineteca Nacional. El que aglomeró hoy la Sala Nezahualcóyotl merece algo mejor o, mejor dicho, algo bueno.

[] Iván Rincón 9:54 PM

Posdata posterior al post anterior. No era necesario llevar tan lejos la memoria. Ahora recuerdo que, también al presentarse José Saramago en el Palacio de Bellas Artes, cientos de personas tuvieron que escucharlo desde afuera. Después me decepcionó el escritor con las estupideces que dijo sobre las FARC, estupideces por las que una inteligencia superior a la suya, la de James Petras, lo hizo añicos. Eduardo Galeano, en cambio, nunca me decepcionará; por el contrario, parece confirmar que no hay mayor carisma ni magia más seductora en la personalidad que la inteligencia.

Morir del cine

Aunque soy un cinéfilo apasionado y obsesivo, creo que no sería buen crítico de cine. Me moriría de hambre, seguramente. Para empezar, suelo enterarme de las “novedades” cuando ya no lo son, como ocurrióme con Zodiaco, de David Fincher (volviendo al tema), cinta de la que supe hasta que se exhibió en la Cineteca Nacional, o sea, meses después de su estreno comercial (es que ese no es un lugar comercial, sino “cultural”, pensarán los incautos). Además, mi apreciación jamás coincide con la de “críticos” como Leonardo García Tsao, actual responsable del secuestro que padece dicha institución, o Carlos Bonfil, el “crítico” más acrítico y complaciente que he leído, por lo menos en La Jornada, o los comentaristas menores, por no decir ínfimos o infinitesimales, que escriben columnitas en revistotas con dinero en abundancia y escaso talento. De los que pululan en Internet o perpetran las “sinopsis”, mejor ni hablar.

Leonardo García (volviendo al tema), el que supuestamente dirige la cineteca y se la pasa viajando al mismo tiempo (¿con el dinero que pagamos en la taquilla o del presupuesto, o sea, de nuestros impuestos?), es tan oportunista y ególatra que ahora el material impreso que produce la institución, en cuanto es posible, se remite a sus libros (los de García Tsao). ¿O qué? ¿Algún burócrata menor, por no decir ínfimo o infinitesimal, quiere quedar bien con su jefe, haciéndole publicidad? Lo cierto es que antes de que don vanidoso fuera el director, ningún folleto ni tríptico ni díptico, vaya, ni siquiera un volante, publicado por la cineteca, lo citaba ni usaba sus libros (los de García Tsao) como fuente o referencia bibliográfica, mucho menos de un modo tan prolijo como ahora. Por lo demás, si esos libros están escritos como los bodrios que publica La Jornada, peor tantito.

Y ahora que el señor mediocridad es su director, la cineteca empeora todo lo posible, acaso como Radio Educación (en realidad, ignórolo, porque tengo más de un año de no escuchar esa cosa), o sea, hasta el límite de la tolerancia pública, que es demasiada, para mi gusto. ¿Se tratará, acaso, del mismo síndrome?

En fin, mis incontables lectores. Yo nomás quería decirles que tan pésimo crítico de cine sería yo (sobre todo, tan tardío), que he restituido un texto publicado aquí el 30 de octubre, eliminado al corregir el texto anterior sobre Zodiaco y volver a publicarlo dos días después. Carajo. Por lo menos soy autocrítico, ¿no? (aquí tienen que imaginarme con los ojos bizcos y la voz gangosa).

PD. Acá entre nos, también quería pegarle otra vez al hombre de las vanidades, porque no me acabo la cólera de tener que renunciar (como lo hice con Radio Educación, por salud mental) a la Cineteca Nacional, lugar con el que tengo/mantengo desde hace 25 años una íntima y masoquista relación.