El odioso Tarantino

Los odiosos ocho (Estados Unidos, 2015), de Quentin Tarantino, tiene algunas cosas buenas: la banda sonora con personalidad y méritos propios, a cargo del gran Morricone; la fotografía con instantes exquisitos y postales majestuosas, de Richardson… Pero, en general, me parece un western odioso, con diálogos redundantes, reiterativos y repetitivos hasta la exasperación, con tal de ser muy largos y seducir a quienes aplaudieron en su momento los insulsos intercambios verbales de Pulp Fiction, unos personajes burdos que hacen caricaturas de sí mismos hasta resultar literalmente insoportables, sobre todo el supuesto verdugo (tan amanerado que, en efecto, parece inglés) y el supuesto alguacil que todavía no asume el cargo y parece haber salido de una serie infantil de dibujos animados o por lo menos ser la voz de alguno de sus personajes (Dios nos libre de Tim Roth y Walton Goggins: el mundo sería menos detestable sin ellos).

La primera hora es una presentación de los personajes, al cabo de la cual uno se pregunta si la intención de la película es humorística, si es acaso una comedia negra como secuela degradativa de la Guerra de Secesión; entonces comienza una versión gringa de La tempestad, de Shakespeare, que progresivamente se transforma en Agatha Christie, como una vuelta de tuerca desde la perspectiva de los dos personajes principales, que son cazarrecompensas.

Del refrito del cine hongkonés al refrito de la literatura clásica, Tarantino se supera. Aquí vemos a todos sus actores fetiches y confirmamos que tiene serios problemas para incluir mujeres en sus relatos descriptivos de un mundo exclusivamente masculino, como el que suele concebir. Aquí vemos también una violación homosexual, como en Pulp Fiction, que precede a la violencia gore, tan característica del autor; al visceral director y escritor de guiones infames le fascina que las cabezas y vísceras de la gente estallen como sandías con balas expansivas.

odioso

La premisa es que un cazarrecompensas entregará con vida a su prisionera. La razón, en teoría, es un balbuceo ético (ningún tipo rudo saldría con semejante patraña y se ahorraría las molestias y complicaciones, dificultades y pérdidas de tiempo, con un balazo en la cabeza), pero en los hechos es un pretexto para que alguien irrumpa en el ameno encuentro de hombres cultos y trate de rescatar, a sangre y fuego, a la prisionera (mi querida Jennifer Jason Leigh en la interpretación más antipática de su carrera… por eso fue nominada como actriz de reparto al desacreditado Óscar, una vez que la dizque academia de Joligud ninguneó su extraordinario desempeño en Última salida, Brooklyn, de Hubert Selby Jr.).

Samuel L. Jackson y Kurt Russell hacen bastante bien sus papeles, a pesar de los pesares; también Bruce Dern, aunque nunca se levanta del sillón. Por ahí vemos a Demián Bichir en un papel autodenigrante (Tarantino reivindica hipócritamente a los negros, pero repele a los mexicanos y demás inmigrantes latinos, y su guión en este caso comete el error de atribuir un racismo antimexicano a cierta mujer que, minutos después, es anfitriona de una banda de forajidos, entre los cuales hay un mexicano).

Cuando acaba el tercer capítulo no comienza el cuarto, sino la segunda parte del tercer capítulo, que también acaba, pero no comienza el cuarto capítulo, sino la tercera parte del tercero, que acaba por fin y entonces empieza el cuarto capítulo. ¡Uf!

Salvo los guiños, la mayoría de los indicios resultan infantiles para un lector de Agatha Christie y Arthur Conan Doyle (como lo fui en la primera juventud).

El giro pretendidamente sorpresivo no es menos burdo que los personajes, pues sucede a dos horas de vulgaridad por un lado y aburrimiento por el otro.

Yo, como el entrañable y extrañado Gustavo García, paso de Tarantino.


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Dorothy Mills y los muertos que resucitan en ella

Dorothy Mills (Irlanda, 2008), de Agnès Merlet, es una película infravalorada, sumamente oscura y siniestra, sombría y necrófila, un thriller sicológico que trasciende sutilmente al horror sobrenatural, de modo que transmite una sensación de anormalidad, más por el miedo irracional de la comunidad y la patología de la protagonista que por sus poderes síquicos en la vuelta de tuerca.

Jenn Murray encarna uno de los personajes más complejos en la historia del cine y lo hace tan convincentemente que, a ratos, parece que fueran distintas actrices, pues Dorothy contiene múltiples personalidades; la necrofilia de su desdoblamiento es un giro interesante que desvela el misterio de una historia oculta en la atmósfera viciada y hostil de gente que se refugia en la religión católica, cerrando las puertas de sus casas y de sus mentes a la ciencia, como en otras cintas de aldeas unidas por la culpa y la complicidad, que siguen la tradición de El nombre de la rosa (en la genial O Apóstolo, de Fernando Cortizo, por ejemplo, los habitantes de una aldea con reminiscencias medievales asesinan a los visitantes). Por tratarse de una isla irlandesa, este ambiente resulta bastante perturbador, aunque algunos hechos (el asesinato de animales en masa, por ejemplo) no tienen explicación y son mostrados nomás para enrarecer todo…

Tanto el guión como la puesta en escena serían perfectos si no fuera por dos o tres puntos débiles: la holandesa Carice van Houten, a quien habíamos visto dos años antes en El libro negro, de Paul Verhoeven, aquí es una belleza más discreta, pero su capacidad histriónica no aumenta gran cosa; aun así, es aceptable, pero debía ser más que eso (menos plana o algo más expresiva que un perro San Huberto), junto a la gran revelación de quince años que parece adolescente albina y no ha vuelto a sorprendernos (ahora hace papeles menores en películas tan mediocres como Brooklyn, de John Crowley, quizá porque no es bonita y el cine de todo el mundo asume como propia la superficialidad de Joligud).

Otro defecto, inexplicable por ser una película irlandesa y no gringa, es que el dictamen sobre la salud mental del personaje (a quien acusan del intento de asesinar una bebé a quien cuidaba) depende de una siquiatra y no de una sicóloga, que todo el tiempo se comporta como sicóloga, no como siquiatra, ignorancia que también parece haber extendido Joligud a todo el mundo como una epidemia.

Por último, lo peor de la película es el final, que deja una sensación engañosa de que toda la película está mal hecha. Pero viéndola más de una vez, uno valora que se trata de una extraña y oscura obra maestra. Lo demás es fascinante y, a diferencia de su valoración en los principales portales de internet que sirven para tales efectos (6.1 en IMDb, 46% en Rotten Tomatoes, 5.3 en FilmAffinity), yo le doy un 7.5, por lo menos.

Si la comparamos con Sybil (Estados Unidos, 1976), de Daniel Petrie, basada en el caso verídico de una niña con trece personalidades distintas, Sally Field protagoniza un personaje “tierno”, edulcorado para la televisión, mientras que Dorothy Mills es inquietante por el sórdido contraste de los seres que encarna, como poseída por ángeles y demonios… y hasta Carice van Houten es preferible a Joanne Woodward en el papel de “siquiatra”.


 

David Lynch por entregas

david lynchHagamos un resumen: Mulholland Drive y Terciopelo azul son obras maestras con algunas cosas geniales; la primera tiene la ventaja de que sirve también para detectar imbéciles sin remedio entre la cinefilia y la llamada “crítica especializada”. Cabeza borradora, ópera prima del autor, es cine de culto por antonomasia. Una historia verdadera es simplemente perfecta, pero ni por asomo representativa de Lynch, sino un cambio radical de registro.

Lo peor, sin duda, Conejos (pinche tomada de pelo que debería tener algún tipo de penalización) y Dunas, por muchas razones, entre ellas, la solemnidad en una superproducción entre ambiciosa y pretenciosa de ciencia ficción futurista puede resultar insufrible, sobre todo si contiene además ingredientes repulsivos como la mengambrea, indispensable para películas de horror como Cabeza borradora.

Lost Highway es interesante como cinta precursora de Mulholland Drive y hasta allí.


Eraserhead (Cabeza borradora, en español)

Iniciático trabajo escolar. Ópera prima iniciada por Lynch como estudiante y acabada siete años después, en 1977, debido a que el proyecto rebasó por mucho el presupuesto académico. Horror y surrealismo onírico en homenaje a Buñuel, su confesada influencia en la posterior Terciopelo azul (1986), que no es surrealista como dicen los despistados, sino un thriller de la tradición heredada por Hitchcock. En Cabeza borradora, el autor se aleja de Buñuel al explorar el horror de la fobia inconsciente y engendrarlo como criatura monstruosa, inclusive como aborto en forma de proteína vegetal, que es germinal, se parece al esperma y, en menor medida, a las larvas de los anfibios (renacuajos); aquí tiene el tamaño de una culebra, y el diseño sonoro complementa su repugnante naturaleza… Cuando el personaje despierta al percibir que, acostada en la misma cama, su esposa está expulsando criaturas reptantes por el vientre, uno advierte la influencia que tuvo esta cinta en otras piezas raras del mismo género, como La posesión, de Zulawski. Cuando la pareja alimenta a su hijo, que más bien parece un engendro del Diablo, uno advierte a su vez la influencia de cintas paradigmáticas, como El bebé de Rosemary, de Polanski.

En Cabeza borradora vemos  también las constantes del autor en sus posteriores obras maestras, Terciopelo azul y Mulholland Drive: una mujer clara y otra oscura como dualidad, atmósfera densa, enrarecida, oscura y opresiva, con esporádicos remansos de claridad, escenas en un teatro, sueños que revelan zonas enfermas del pensamiento o su ausencia. El horror de Buñuel es onírico; el de Lynch se torna sobrenatural.

En un sueño causado por la angustia de ser esposo y padre a la fuerza, el personaje pierde la cabeza, un niño la recoge y la lleva corriendo a vender a un fabricante de goma borradora para lápices. De ahí el título.

No es casual que el protagonista de Cabeza borradora tenga un peinado al estilo del propio Lynch, pues se trata de un autorretrato, tanto de su extravagancia como de la oscuridad que habita en sus laberintos mentales, oscuridad que, a diferencia de Burton, trasciende la estética, al ser contenido y forma, fondo y superficie. El autor llamaba “Historia de Filadelfia” a su proyecto porque proyectaba los miedos y las ansiedades que experimentó al vivir en dicha ciudad.

Al año siguiente de su estreno, Lynch postuló El hombre elefante (1980), basada en la historia real de un hombre enfermo y gravemente deforme, como continuación de Cabeza borradora. Ambas fueron rodadas en blanco y negro, pero la segunda es menos abstracta.


Véase también Mulholland Drive

Mulholland Drive

Mulholland Drive

Obra maestra del siempre denso y transgresor David Lynch; puzzle onírico de suspenso que, durante las primeras dos horas, nos conduce a través de la oscuridad por los sueños de una mujer enamorada y, en la media hora final, relata una historia de amargo, dramático y trágico desamor.

El título es el nombre de una carretera de Los Ángeles, California, en donde tienen lugar los hechos. El nombre de la cinta en español es Sueños, misterios y secretos, salvo en Argentina, que la tituló El camino de los sueños. En España, que suele tener mayor acierto que Hispanoamérica en la traducción de los títulos, se llama Mulholland Drive, sin traducción.

Advertencia: este análisis revela detalles de la trama y el final, desvela sus misterios, así que, si no has visto la película, por ningún motivo leas lo que sigue.

Para entender la película es indispensable verla más de una vez, en parte, por la narración discontinua, tanto que algunos hechos no tienen explicación sino hasta la media hora final; otros no tienen explicación en ningún momento, a menos que sea metafísica, más que subjetiva y personal.

La película dura 147 minutos y está dividida en dos partes; durante casi dos horas (117 minutos), la primera narra dos historias entreveradas que, en apariencia falsa, no tienen relación. Se trata de viñetas que la protagonista sueña durante tres semanas en las que duerme abatida por una profunda depresión. Salvo una escena inicial que, al ver la película por primera vez, pasa desapercibida, y salvo también el enrarecido ambiente, próximo al surrealismo, nada nos aclara que se trata de sueños y, por el contrario, reviste de oscuridad la complejidad y viceversa. La media hora siguiente (30 minutos exactos, contando casi cuatro de créditos finales) es el despertar, que alterna con recuerdos esclarecedores.

En la primera parte, Naomi Watts se llama Betty Elms y su personalidad es ingenua y dulce, a diferencia de la parte final, cuando se llama Diane Selwyn y es neurótica, intensa y amargada, papel que le sienta mejor que ningún otro, como lo confirmaría dos años después en 21 gramos (Estados Unidos, 2003), de Alejandro González Iñárritu.

Unavoidable Spoiler

Diane Selwyn manda matar a Camilla Rhodes (Laura Harring), actriz latina que fuera su amante y próximamente se casaría con el director de cine Adam Kesher. El asesino a quien contrata, le dice que, cuando el trabajo esté hecho, encontrará una llave azul, “ya sabes dónde”. Diane despierta y, al pasar por la sala, camino a la cocina, vemos la llave azul sobre una pequeña mesa. Luego de una alucinación desconcertante, se prepara café y, mientras lo bebe, tiene recuerdos narrados como analepsis; el último de esos recuerdos es el momento en que contrata al matón en un café Winkie’s. Diane está ojerosa, demacrada y neurótica porque no ha dormido (cabe suponer) desde que su amante la traicionó, exhibiendo un amasiato con otra mujer y anunciando su próximo matrimonio con el director de cine. Según su gafete, la mesera que los atiende se llama Betty, nombre que Diane adopta en sus sueños…

Todo eso es desconocido para quien ve la película por primera vez. Para empezar, vemos que una mujer latina sobrevive a un brutal accidente en la carretera, pero pierde la memoria y termina escondiéndose en una casa que será el alojamiento temporal de Betty, quien la encuentra desnuda bajo la regadera y le pregunta su nombre; la mujer ve un cartel de Rita Hayworth en la pared del baño y responde que se llama Rita. Betty es aspirante a actriz; su tía es empresaria del cine y, mientras está en Canadá realizando una película, le ha dejado la casa para que inicie su carrera en Hollywood. Cuando la falsa Rita entiende que su amnesia no es pasajera, que ni el regaderazo ni la siesta le devuelven la memoria, confiesa su angustiante situación, y Betty trata de ayudarla a averiguar su identidad. Mientras toman café en Winkie’s, Rita observa que la mesera se llama Diane y entonces asocia el apellido Selwyn con ese nombre. Lo buscan en el directorio, consiguen una dirección, la visitan, allanan la morada y encuentran un cadáver. El sueño es premonitorio, pues la película termina con el suicidio de Diane…

01Está claro que Lynch se propuso que nada estuviese claro en principio y para ello recurrió también a los símbolos oníricos, algunos de los cuales no son explicados en ningún momento, como el cubo azul que si acaso contiene algo es una ruptura entre los sueños y la realidad, así como su asociación inconsciente con la llave azul que no abre nada y sirve más bien como anuncio de que el asesinato está consumado, o el indigente que sólo aparece en sueños sin relación con personaje alguno de la media hora final, o sea, la realidad, o la clarividente medio demente que tampoco tiene conexión explicable con esa realidad, o el Club Silencio que, además de su función estética, parece una metáfora del engaño como representación escénica y, para mi gusto, es un pasaje más bien desafortunado (por salud mental, conviene ignorar las interpretaciones sicológicas, acaso más pedantes que las disertaciones metafísicas).

Las secuencias oníricas hacen una crítica y una denuncia de las mafias que, desde la sombra, controlan la industria cinematográfica en Hollywood hasta el punto de que los grandes capos son dueños de los realizadores y deciden sus vidas, sus éxitos y fracasos, y hasta sus muertes en algunos casos. La crítica-denuncia en clave de sátira tiene un tono de burla mordaz, y algunos pasajes con este fin resultan literalmente geniales, empezando por el primero, cuando los hermanos con apellido polaco le dicen al director, en reunión ejecutiva de alto nivel, quién debe ser su actriz protagónica.

Los tres actores principales son excelentes: Justin Theroux es simplemente perfecto, por no decir genial, en el papel de director (que también lo es en la vida real, por cierto). Laura Harring está bien, pero cuando habla en español (unas cuantas líneas, por suerte) cambia el timbre de su voz y es horrible. Naomi, como he dicho, es más convincente en papel neurótico-amargado que en plan dulce-ingenuo, y la media hora final contiene una escena de celos que alcanza la cumbre actoral, no sólo de la película, sino de toda su carrera y, a riesgo de parecer exagerado, la de todas las actrices en la historia del cine universal. Esa escena, entre otras, hace imperdonablemente mezquino reparar en la imperfección física de la extraordinaria, maravillosa y fascinante actriz, que no por nada saltó a la fama con esta película y se confirmó en 21 gramos, su trabajo siguiente, al encarnar un papel también intenso, no en la media hora final, sino durante las dos horas que dura la película. Después ha decaído con papeles que no están a la altura de su capacidad.

En cuanto a Lynch, Mulholland Drive reproduce algunos esquemas de Terciopelo azul (Estados Unidos, 1986), como el de una mujer clara y otra oscura, el ambiente onírico de telón teatral y una representación en resumen, la narración entreverada que hace complejo y, en principio, inentendible todo. Tanto el guión como la dirección en ambos casos podría ser material de estudio en una escuela de cine.

El único defecto de Mulholland Drive, según mi percepción, es la censura del pubis de Laura Harring cuando hace un desnudo total. Cabe suponer que, por haber sido realizada inicialmente como episodio piloto para la televisión, ese desnudo era impensable, lo cual me parece doblemente estúpido: para empezar, el manejo de los horarios en televisión abierta permite mostrar de todo, y en segundo lugar, aunque fuera realmente necesaria la censura (que no es el caso y ni siquiera debería existir), podía aplicarse a una copia y no al original, de modo que pudiera venderse en DVD y exhibirse en salas de cine sin filtro alguno: el que vemos tiene el efecto contaminante de una mancha.

Secuencias y escenas memorables: además de la reunión ejecutiva con su café expreso más importante que todo lo demás, y la escena de celos con su lágrima sublime de irrepetible perfección, el momento en que Naomi se masturba llorando es tan desolador que toca fibras sensibles en un sentido profundamente solidario, mientras que la pésima racha del director nos hace caer en la contradicción de la identificación también solidaria y la risa por diversión, a diferencia del humor negro en la secuencia de los desastrosos asesinatos, y el humor más bien irónico en las ridículas actitudes y los absurdos comportamientos de las estrellas de cine durante su audición.

Si la complejidad de esta película hace minoritario su público, el ritmo pausado lo hace todavía más exquisito…

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La complicidad del silencio

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En Stoker (Estados Unidos, Reino Unido, 2013), de Chan-Wook Park, el día que India cumple 18 años, su padre aparece muerto; hasta entonces ni ella ni su madre tenían noticias del tío Charlie, quien llega para quedarse y completar el nuevo escenario familiar. Otras dos mujeres, en cambio, tienen en común conocer el pasado y la procedencia del recién llegado, y desaparecer durante su estancia… Más sensitiva de lo normal, India no tolera que la toque nadie y así ha llegado a la mayoría de edad, intacta y virgen, ahora tentada por el misterio y la seducción a romper su impenetrable círculo de soledad con el arribo de un hombre que la repele y atrae, por quien experimenta deseo, pero también desconfianza. Menos inteligente y contradictoria, más vulnerable y simple, la madre no duda en dejarse atrapar por el encanto masculino y la carga de amoral cinismo que, ante la mirada atónita de India, exhibe su dominio de la situación para inquietarla, perturbarla y despertar a la mujer salvaje, pero reprimida, más que dormida, lo cual consigue hasta el punto de la complicidad…

La actriz australiana de ascendencia polaca Mia Wasikowska encarna brillantemente la oscura patología, compleja, interesante y atrayente personalidad de India Stoker, mientras el británico Matthew Goode interpreta el papel del siniestro tío, y la australiana de origen hawaiano Nicole Kidman el de la madre, en ese orden de méritos. Aunque Wasikowska tenía 22 años al rodar la película y su personaje tiene 18, diferencia que no pasa desapercibida, su actuación es cautivante; la de Goode es convincente, y la de Kidman, pasable. Embellecida con pupilentes que agrandan sus ojos notablemente, quizás una discreta cirugía y cabello castaño oscuro, largo y lacio, Mia desempeña por tercera vez el papel protagónico en un largometraje, después de Alicia en el país de las maravillas (Estados Unidos, 2010), de Tim Burton, y Jane Eyre (Reino Unido, Estados Unidos, 2011), de Cary Fukunaga. Su habitual proyección de una muchacha muy dulce y angelical solía ser agradable, y ahora en plan sombrío resulta fascinante. Hay que estar atentos a lo que haga, pues se perfila como una de las mejores actrices del mundo actual.

Kidman, en cambio, siempre ha sido físicamente insípida y el abuso de las cirugías “estéticas” limita cada vez más su expresividad, a lo que se agrega una forma de afectación que no es fácil tolerar, pero se agradece que no haya dado al traste con algo tan prometedor que parecía demasiado grande para ella. Goode actúa con desenfado y naturalidad, aunque habría sido mejor alguien menos delgado y más atractivo quizá.

Lazos perversos, como fue titulada en español, es el debut en Hollywood y lengua inglesa para el director coreano de la exitosa «trilogía de la venganza», quien dirige también por primera vez con un guión que no es suyo. El actor británico Wentworth Miller escribió el guión en este caso y el de una “precuela” o anterior historia narrada después con el título de Tío Charlie.

En la concepción de Stoker destaca una influencia primigenia: La sombra de una duda (Estados Unidos, 1943), de Alfred Hitchcock, sirvió como punto de partida argumental: en aquella cinta, una muchacha sospecha que su tío, de visita en casa, es un asesino serial de viudas. Además, Stoker significa fogonero, “alguien que aviva el fuego”, como el tío Charlie, que más bien remueve las cenizas del pasado y enciende nuevas llamas, en términos metafóricos. La palabra es también el apellido de Bram Stoker, otra influencia confesada por Miller, aunque aquí el horror no es sobrenatural, como el de los vampiros, sino sicológico, pletórico de símbolos en un drama doméstico, y más que horror es suspenso.

La encuesta anual realizada por The Black List ubicó la obra de Miller (firmada con el seudónimo Ted Foulke, nombre de su perro) en el quinto lugar de los mejores guiones que todavía no llegaban a la pantalla grande, pero eran leídos y mencionados por productores y ejecutivos de Hollywood; de los 290 encuestados en 2010, 39 lo mencionaron.

La película —que no es para el gran público, sino una gran película para mi gusto— fue producida por la compañía de Ridley y Tony Scott, aunque este último falleció antes de comenzar el rodaje, que duró cuarenta días.

El diseño de arte y producción en general se hace uno con la dirección de cámaras y es minucioso y creativo desde los créditos iniciales hasta los finales, como el sonido y la transición entre algunas escenas, a veces con montajes a manera de colash y otras veces con efectos especiales (la secuencia del peinado, por ejemplo), en donde vuelve a ser protagónico el sonido.

Para la composición de la banda sonora fue contratado Philip Glass, pero lo reemplazó Clint Mansell (Réquiem por un sueño), dato de interés para quien haya visto La ventana secreta (Estados Unidos, 2004), escrita y dirigida por David Koepp, pues si bien es inferior tiene mucho en común con la cinta que nos ocupa. La música en ese caso fue compuesta por Philip Glass y Geoff Zanelli.

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Spoiler alert!

Para quien haya visto la película:

Comienza por el final, con la diferencia de que, al principio, escuchamos en off un soliloquio poético, tanto como las imágenes, aunque las flores blancas se tiñen de rojo porque un asesinato las salpica de sangre, pero todavía no sabemos de qué se trata y, en esa medida, puede ser un símbolo subliminal, como en Valeria y su semana de las maravillas (Checoslovaquia, 1970), de Jaromil Jires, donde la sangre que baña las flores emana de una menstruación adolescente.

La secuencia del piano a cuatro manos toca fibras sensibles por su inquietante sensualidad. En orden cronológico y de importancia, en el mismo sentido estético, la segunda más inquietante y hitchcockiana es la masturbación de India bajo la regadera, escenas que alternan con un morboso y patológico flashback: el asesinato de un joven encima de ella; el orgasmo coincide con el momento en que su tío le rompe el cuello. En tercer lugar y en seguida, el episodio del peinado, que alterna con escenas de la cacería en cámara lenta, cuando India, junto a su padre, está por disparar; también son un flashback, pero metafórico (todo es sutil aquí). Y en los tres episodios, parece que la sensualidad cediera paulatinamente al macabro desenvolvimiento de la muerte, intensa de otro modo, al aclararse por fin lo que había sido oscuridad…

El estilo narrativo recurre insistente y reiteradamente a secuencias que alternan escenas de tiempos distintos; la cacería en cámara lenta, por ejemplo, aparece tres veces, principal error de la cinta en tanto que resulta innecesariamente repetitiva. La secuencia que alterna escenas de las zapatillas con esa cacería (dos ideas obsesivas) es demasiado larga y lenta; saldría sobrando si no fuera por otro símbolo: el arribo a la madurez de India con el cambio de los zapatos idénticos desde la niñez por unas zapatillas que le quedan grandes, cambio próximo al orgasmo cuando el tío toca la piel de sus pies y ella está a punto de perder el equilibrio y caer por las escaleras.

Después de la “precuela”, es previsible una secuela, quizá más de una y tal vez una zaga: entre la Catherine Deneuve de Repulsión (Reino Unido, 1965) y la Sharon Stone de Bajos instintos (Estados Unidos, 1992), India irá por la vida matando a todo aquel que intente romper el hielo, o incitando el asesinato… Ya veremos.

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Obama vs Osama

obama_osamaLas dos primeras dramatizaciones cinematográficas de la operación militar que, según la versión oficial, dio muerte a Osama bin Laden en la noche del 1 al 2 de mayo de 2011, también tienen en común las fechas previstas inicialmente para sus estrenos unos días antes de los comicios presidenciales en Estados Unidos, por lo que parecen concebidas como colofón de la campaña electoral de Barak Obama en pos de su reelección. Se trata de Seal Team Six: The Raid on Osama Bin Laden, dirigida por John Stockwell con guión de Kendall Lampkin, y Zero Dark Thirty, de Kathryn Bigelow y Mark Boal.

Además de la polémica por la premier televisiva de Seal Team Six, el congresista republicano Pete King, presidente del Comité de Seguridad Nacional en la Cámara de Representantes, denunció que la administración Obama había dado información secreta “de alto nivel” a la directora y el guionista de Zero Dark Thirty, y la Casa Blanca, por su parte, aclaró que sólo se les había informado sobre el papel del presidente en la redada contra el máximo líder de la red Al Qaeda.

El estreno de La noche más oscura, como fue titulada en España, estaba programado para octubre, pero Sony Pictures Entertainment, su compañía productora y distribuidora, lo pospuso para después de las elecciones, hasta el 19 de diciembre, limitado a unas cuantas salas de exhibición, por lo que no influyó en las preferencias de los votantes. El día de la premier, sin embargo, el Comité de Inteligencia del Senado solicitó por escrito al director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA por sus siglas en inglés), Michael Morrell, los documentos entregados a los cineastas, pues la película revela el uso de interrogatorios con torturas en la localización de Bin Laden. “Aunque esa información es incorrecta —dicen los senadores en su carta—, está en consonancia con declaraciones públicas hechas por el exdirector del Centro Antiterrorista de la CIA, Jose Rodriguez, y el exdirector de la CIA, Michael Hayden”. Durante sus primeros días de mandato, en 2009, Obama canceló el programa de detenciones e interrogatorios con “técnicas coercitivas” de la CIA, según los senadores.

El estreno limitado en diciembre sirvió para que la película contendiera por los premios Óscar; su nominación en cinco categorías, incluidas las de mejor película y mejor guión original, la catapultó en enero hasta el primer lugar de taquilla con 24 millones de dólares recaudados en su primer fin de semana de estreno a escala nacional. Una vez que Objetivo: Bin Laden, como se le llamó en Hispanoamérica, fracasara en la entrega del Óscar, al llevarse nada más una estatuilla ex aequo, en febrero, el Senado cerró su investigación sobre la presunta filtración de información secreta o clasificada.

Los Navy SEAL’s van al cine

sealteam6Seal Team Six (Equipo SEAL 6) es un cuerpo militar de élite —antiterrorista, entre otras cosas— perteneciente a la armada gringa y disuelto en 1987, al que reemplazó el Grupo de Desarrollo de Guerra Naval Especial (NSWDG por sus siglas en inglés). Seal es acrónimo de Sea, Air and Land (Mar, Aire y Tierra).

Estados Unidos cuenta con dos Unidades de Misiones Especiales, oficialmente reconocidas; una opera en el Pacífico y otra en el Atlántico; la primera es conocida informalmente como Fuerza Delta y la segunda como Equipo SEAL 6, el nombre de su antecesora, así llamada en su momento para despistar a los espías soviéticos sobre el número de unidades operantes, según la creencia popular. Esta unidad tiene su origen en el fracaso de la operación militar Garra de Águila que en 1980 intentó rescatar a los 66 empleados de la embajada gringa en Irán durante la crisis de los rehenes. Aunque las Unidades de Misiones Especiales pretenden ser secretas, algunos medios informativos han identificado a cuatro.

El actual NSWDG, antes Seal Team Six, es la unidad especial que tomó por asalto la guarida de Osama Bin Laden, según la versión oficial; de ahí que la película de John Stockwell tenga ese título, aunque el original es Code Name: Geronimo, pues primero se dijo que la operación había tenido el nombre de Gerónimo para referirse en clave al principal cabecilla de Al Qaeda, y después que había sido Lanza de Neptuno…

Editada con escenas muy rápidas al estilo de un video clip, la cinta dura 90 minutos y alterna el desarrollo de la acción con testimonios ficticios de los protagonistas y algunas imágenes reales (en movimiento y fotos fijas) de Barak Obama y miembros de su gabinete, como un intento de parecer documental. En los testimonios, los comandos Navy SEAL’s y la agente de la CIA que descubrió el escondite de Bin Laden —aquí llamada Vivian— comentan el aspecto personal del episodio sin informar un ápice.

Aunque prepotentes y soberbios, los personajes reales contrastan con los actores y sus expresiones forzadas, sus actitudes corporales demasiado mamonas y sobreactuadas, especialmente las del viejo capitán de corbeta. Los agentes de la CIA en Pakistán son torpes y burdos, nada discretos.

Acorde con la dinámica y el ritmo, estética de la brevedad, la economía de algunos diálogos resulta más odiosa que el terrorismo. Las secuencias de acción parecen videojuegos; unas escenas con filtro azul del preámbulo se repiten a mitad de la película y al final. La música en general es repetitiva y pobre…

Un prisionero interrogado en Guantánamo bajo amenaza de entregarlo a la “inteligencia saudí” para que lo degüelle vivo, suelta el nombre que servirá como pista para dar con el terrorista mayor. Aquí no hay más tortura que la sicológica.

El argumento, en adelante, prácticamente se reduce a la operación militar desde su preparación, el entrenamiento del equipo en una réplica del complejo residencial ubicado a las afueras de Abbottabad, al norte de Pakistán, algo sobre las vidas particulares de los soldados (en una sola secuencia, varios chatean con sus familiares), la rivalidad entre dos de ellos (el joven líder y el más macho).

En esta cinta, la unidad especial ignora el objetivo de su misión hasta que la realiza y resulta una operación quirúrgica, sin bajas entre las mujeres y los niños que habitan la casona fortificada; tampoco entre los gringos, que ni siquiera una herida sufren; el saldo es de cuatro hombres muertos, entre ellos Bin Laden y su hijo, y cero daños colaterales, salvo por el desplome de un helicóptero… Los gringos de película no matan gente inocente ni torturan; al menos en este caso, esa es una de las premisas.

Ese mismo día, el presidente de los Estados Unidos anuncia públicamente, con voz de locutor, el éxito de la incursión militar al escondite del buscado terrorista y alude al fracaso de la administración anterior en este sentido. Sobreviene la grandilocuencia y el patrioterismo exacerbado. “Hoy es un buen día para ser estadounidense”, dice el más macho en su testimonio. En el cuartel de la CIA están de fiesta: sonrisas, abrazos, mucho júbilo (lo mismo veremos después en Argo, de Ben Affleck, por otra causa).

En 2011, la popularidad de Obama iba inexorablemente a la baja por el incumplimiento de sus promesas de campaña, el estancamiento económico del país y el bloqueo de su gobierno en el Congreso, cuando la muerte del presunto cerebro del 11-S la hizo repuntar. La película sobre dicha muerte, que la presenta obviamente como una gran hazaña, fue transmitida por el canal de National Geographic el domingo 4 de noviembre, dos días antes de los comicios presidenciales en Estados Unidos, sin que la Casa Blanca, el Departamento de Estado, el Pentágono, la CIA o alguna otra instancia gubernamental desmintiera o confirmara su contenido. Dos días después, el mandatario fue reelecto.

Seal Team Six: The Raid on Osama Bin Laden, por lo demás, no hace ni el más mínimo aporte al cine y mucho menos a la divulgación histórica; es un trabajo tan mediocre, intrascendente y menor que, salvo por su contexto político y militar, toda crítica le hace un inmenso favor. Stockwell había dirigido, también el año pasado, Dark tide (Aguas profundas), un bodrio que, aparte de mal hecho, es deshonesto y hasta fraudulento, y tampoco merece más comentarios.

La oscuridad de las 00:30

zero-dark-thirty-chastainZero Dark Thirty, en cambio, es un esfuerzo ambicioso que, durante 156 minutos, con un presupuesto de 40 millones de dólares, abarca lo medular de la investigación que tardó casi una década en localizar al enemigo público número uno de Estados Unidos, según la versión oficial, autor intelectual de los ataques terroristas que asesinaron a más de tres mil personas el 11 de septiembre de 2001. Concebido inicialmente como un relato del fracaso en esta búsqueda, el proyecto de Kathryn Bigelow y Mark Boal, directora y guionista que figuran también como productores, tuvo un dramático giro el 2 de mayo de 2011.

La noche más oscura, como fue titulada en español, “está basada en eventos actuales” (sic), dice al comenzar, y con la pantalla en negro escuchamos grabaciones de vuelo y una conversación telefónica entre dos mujeres, una de ellas atrapada en algún lugar de las torres gemelas el día de los avionazos. Dos años después, la protagonista de ambas películas —agente novata de la CIA que, interpretada en este caso por Jessica Chastain, tiene el nombre de Maya— es transferida a Pakistán, en donde su colega Dan (Jason Clarke) aplica interrogatorios con torturas a prisioneros de Al Qaeda. Entre atentados terroristas menores en distintas ciudades, los agentes arrancan a varios prisioneros el seudónimo de un mensajero o courier de Osama bin Laden. El misterioso personaje obsesiona a Maya, que se dedica exclusivamente a seguir esta pista durante los siguientes años hasta dar con el peor de los villanos.

Mientras Estados Unidos y sus aliados lo buscaban en cuevas de las inhóspitas montañas de Afganistán, Bin Laden vivía en Abbottabad, unos 50 kilómetros al noreste de la Islamabad, capital de Pakistán, a sólo mil 500 metros de una academia militar paquistaní. Su guarida era un complejo residencial de 3,500 metros cuadrados que se construyó en 2005 y fue valuado en un millón de dólares. Allí permaneció seis años oculto y aislado del mundo exterior, sin teléfono ni internet, con su familia, otros ocho hombres, nueve mujeres y un indeterminado número de niños.

Las primeras dos horas de Zero Dark Thirty —113 minutos, para ser exactos— narran la investigación, y los últimos 43 minutos (contando el tiempo de los créditos finales) están dedicados a la operación militar; el capítulo se llama «Los canarios», en alusión a los Navy SEAL’s que atacarán la casa-fortaleza “como canarios” para prescindir de un bombardeo, ante la incertidumbre de que sea realmente guarida de Bin Laden, dados los errores cometidos antes. Aquí no vemos entrenamiento, sino frivolidad, y los comandos saben desde el principio cuál es el objetivo de su misión, pero no lo creen del todo.

También a diferencia de Seal Team Six, que muestra imágenes fijas de Barak Obama y Hilary Clinton observando la incursión en tiempo real (específicamente sus rostros al caer uno de los helicópteros), aquí aparecen nada más los agentes de la CIA dando ese seguimiento. Las demás escenas alternan una mirada subjetiva desde los ojos de los soldados a través de lentes con luz ultravioleta y demasiada oscuridad (las escenas oscuras son de pésima calidad). La secuencia es bastante sórdida y espectral; la residencia parece un lugar de zombis, cuya respuesta defensiva, además de ser mínima, está desarticulada; la reacción de los vecinos es igualmente fantasmal… De nuevo a diferencia de Seal Team Six, los disparos del grupo invasor son silenciosos; todo es lento y cauteloso, pero eso no obsta para que, al final, haya por lo menos una mujer y un niño acribillados.

Con su parafernalia de altísima tecnología, los Navy SEAL’s parecen astronautas.

Aquí no vemos el ambiente festivo de la CIA, una vez que todo acaba; el ánimo de la protagonista principal es más bien de pesadumbre…

Ninguna de las dos películas se refiere a las pruebas de ADN que, según la versión oficial, confirmaron la identidad de Bin Laden. En el segundo caso, la identificación se limita al reconocimiento visual por parte de Maya.

Jennifer Ehle en el papel de la agente Jessica parece mitad falsa y mitad tonta; su actuación está entre lo peor y más molesto de Zero Dark Thirty, aunque dicho personaje afortunadamente muere a mitad de la película. Otro hecho que irrita y resta credibilidad al argumento es que Dan, el principal torturador, dice sentirse mal después de haber visto a veinte hombres desnudos y lamenta casi llorando que alguien mató a los monos que tenía enjaulados. Los gringos de película siempre son más humanos que la gente de cualquier otro país, tanto que hasta sus torturas (cuyas técnicas enseñan a militares de todo el hemisferio en la criminal Escuela de las Américas) son menos brutales, inclusive amistosas; por eso el prisionero más interrogado y torturado parece muy lúcido, completo y relajado cuando lo agasajan después de impedir que duerma durante quién sabe cuántos días con sus respectivas noches… Lo más irritante de todo es que nadie critica estas incongruencias.

Más que una denuncia de la tortura, parece haber cinismo en su exposición.

Bigelow y Boal habían realizado la exitosa, laureada y aclamada cinta The Hurt Locker (2008), sobre una brigada antiexplosivos del ejército gringo en Irak.

Más allá de los efectos inmediatos a favor de Obama, tanto Seal Team Six como Zero Dark Thirty podrían tener el objetivo de abonar a más largo plazo en el probable engaño de la versión oficial sobre la muerte de Bin Laden, que los medios de comunicación y el público en general dan por verídica, aunque Estados Unidos no haya mostrado fotos ni vídeos del cadáver que, según dice, arrojó al mar… Las “razones” esgrimidas para deshacerse de esa evidencia son tan ridículas y estúpidas que ninguna de las dos películas sale con algo semejante y simplemente las omiten.

Estados Unidos viola sistemáticamente hasta los más básicos y elementales derechos humanos; viola también la soberanía nacional del país que se le antoje y, de paso, viola flagrantemente la legalidad internacional, pero se dice respetuoso de las tradiciones islámicas al brindar un servicio funerario en la clandestinidad a su mayor enemigo, para desaparecer el cadáver sin dar pruebas a nadie… (además, la tradición es enterrar a los muertos, no echarlos al mar).

Si la versión oficial fuera verdad, sería obvio que Estados Unidos optó por asesinar a Bin Laden en vez de llevarlo a juicio por temor a lo que hubiera revelado sobre su relación con un país que no siempre fue su enemigo y, antes por el contrario, más bien lo engendró.

عملیات فاجعه

Una tercera dramatización cinematográfica plantea otra versión: Según Dahiruzh Rêmin (Irán, 2013), de Amir Karjadi, titulada en español Operación Desastre, durante la noche del 1 al 2 de mayo de 2011 un grupo de 33 Navy SEAL’s a bordo de tres helicópteros que despegaron de una base afgana tomó por asalto, sin autorización ni conocimiento del gobierno paquistaní, la casona de Abbottabad y masacró a sus ocupantes, en su mayoría mujeres y niños; los hombres estaban desarmados y no tenían relación con Al Qaeda. Uno de los helicópteros se impactó contra otro y la colisión causó más de veinte muertes y lesiones graves entre la población civil y los propios comandos… Esta película fue prohibida en varios países, tanto que todavía no encuentra realizadores, además del guionista, quien declaró en días recientes a la prensa estar apenas por escribir un primer adelanto de lo que será el guión. Estaremos al pendiente.

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La ganadora del año

argo

Con serias reservas, como siempre, me alegran algunos de los premios Óscar en esta ocasión. El más importante de todos es para la mejor película del año y lo obtuvo Argo, de Ben Affleck, que dramatiza un caso desclasificado por la CIA: el rescate de seis diplomáticos gringos en Irán durante la llamada «crisis de los rehenes». El 4 de noviembre de 1979, la embajada de Estados Unidos en aquel país de Medio Oriente fue tomada por manifestantes enardecidos; seis ocupantes salieron a tiempo y se refugiaron clandestinamente en la casa del embajador de Canadá. Para sacarlos de Irán, la CIA montó la farsa de un proyecto cinematográfico titulado Argo, para el que su equipo de producción, supuestamente canadiense, buscaba locaciones. Affleck produce, dirige y actúa esta interesante revelación y comparte el Óscar con George Clooney y Grant Heslov como productores.

Basada en el libro El maestro del disfraz: Mi vida secreta en la CIA, de Antonio J. Mendez, la cinta ganó también en la categoría de mejor guión adaptado por Chris Terrio, y es abiertamente crítica de la política gringa en Irán, en particular por el apoyo al monarca depuesto en febrero de aquel año por la Revolución iraní, Mohammad Reza Pahlavi, política y apoyo que atizaron el rencor hacia Estados Unidos y justificaron el asalto a la sede diplomática, meses después.

Curiosamente, fue Michelle Obama quien anunció vía satélite desde la Casa Blanca el Óscar para Argo, pero Affleck no fue nominado como mejor director, ni siquiera por haber arrasado con todos los premios anteriores en ese rubro: Globo de Oro, BAFTA, Sindicato de Directores de Estados Unidos y Critics’ Choice Movie Awards. Al respecto, el conductor de la ceremonia, Seth MacFarlane, hizo una sardónica broma: “Argo trata sobre una operación secreta, tan secreta que su director es desconocido para los académicos”.

La cinta recibió un tercer Óscar por el trabajo de William Goldenberg en el montaje.

Personalmente, me alegra el Óscar para mejor película por los méritos de Argo, pero también porque supone un fracaso para Lincoln, de Steven Spielberg, y Los miserables, de Tom Hooper, grandes favoritas en este renglón. Lincoln tampoco ganó en la categoría de mejor director, pues el galardón fue para Ang Lee por La vida de Pi, o Una aventura extraordinaria, mientras que Los miserables ni siquiera fue nominada.

Segundo Óscar para Affleck; el anterior fue por el guión original de Good Will Hunting (1997), escrito al alimón con Matt Damon, ambos actores de aquella cinta, que dirigió Gus Van Sant. Clooney había ganado un Óscar por su actuación en Syriana (2005), de Stephen Gaghan.

Argo merece también algunas críticas: Para empezar, Affleck no es un gran actor, y su personaje —Tony Mendez, el autor del libro— parece precisamente eso, un actor con ínfulas de galán, más que un agente secreto… El ritmo decae ligeramente cuando la trama recae en Hollywood… No está del todo claro por qué una compañía canadiense tenía oficinas allí… El alcoholismo como tendencia parece adquirir carta de naturalidad en la cinta… Es inexplicable que los guardias del aeropuerto ni siquiera intentaran que el avión en que se iban los diplomáticos regresara…

Entre las nominadas, otra película que devela entretelones de la CIA en sus pesquisas desde el 11-9 de 2001 hasta la muerte de Osama bin Laden en mayo de 2011, pasando por los interrogatorios con torturas a los presos en bases militares como la de Guantánamo, es Zero Dark Thirty (La noche más oscura), de Kathryn Bigelow. En ambas cintas, el actor Kyle Chandler tiene casi el mismo papel…

En fin. Ya comentaremos más. Por lo pronto, es todo.