Cineteca Nacional

Que se vayan tod@s al carajo

A los autores del secuestro de la Cineteca Nacional

Al público restante

Al que ha dejado de asistir

Durante mucho tiempo, la Cineteca Nacional no ha hecho más que empeorar. Problemas que, si hubiera gente de otra índole a las órdenes y al mando, tendrían solución en horas o minutos, o de un día para otro, allí duran años y sexenios, a pesar de las quejas y críticas, así como la pérdida de un público de calidad, también en cantidad. Ha habido remodelaciones salvajes y brutales (como la destrucción del piso de losetas con nombres de compositores mexicanos de canción popular) y aparentes modernizaciones (del carísimo estacionamiento, por ejemplo) que se detienen a las puertas de los cuartos desde donde los secuestradores del recinto proyectan su absoluta falta de respeto al público y al cine (a veces lo hacen desde un ruidoso aparato colocado entre las butacas).

La calidad de la exhibición en general y particularmente durante ciclos o retrospectivas, foros y muestras, es tan baja que, en vez de cobrar, deberían pagarle a uno por tolerar semejante insulto. En estos casos, por el contrario, no se aplican los tradicionales descuentos de martes y miércoles; la mayoría de las películas está en video digital (DVD), lo que supone una pésima imagen, la peor posible, sin exagerar, prácticamente una mancha difusa, además fuera de cuadro o sin extender hacia lo ancho o mutilada. Cuando no es proyectada en el techo y las paredes, con los subtítulos fuera de la pantalla (o sin subtítulos, así la película esté hablada en inglés), es una miniatura comparable con un televisor. En formato de 35 milímetros o cinta de carrete, a las secuencias les faltan fotogramas y se ven oscuras y opacas (hecho que antes criticaba el director actual, quien ahora culpa de la disminución del público a un camión de naranjas). El audio de las películas más viejas, en carrete o DVD, lastima los oídos y provoca dolor de cabeza. A mitad de la última función, la proyección se desenfoca progresivamente hasta el final y no hay quien corrija eso porque los cácaros se van antes de que termine la película; cuando siguen allí, apagan todo antes de que uno termine de leer los créditos. Por si fuera poco, muchas películas importantes son exhibidas con demasiados meses de retraso respecto al estreno comercial o simplemente nunca.

En fin. Cuando no es una cosa es otra o varias al mismo tiempo o todas, además de las que falta por mencionar, pues la lista es interminable, y los responsables de que todo esté mal, tanto como sea posible y cada vez peor, viven en un limbo de autoengaño; su vocación de autosabotaje parece no tener límite, pues a veces el caos es de antología fenomenal, como el ciclo dedicado a Pier Paolo Pasolini o la charla con Guillermo del Toro, después de romperle toda la madre, para decirlo en buen mexicano, a su obra maestra, El laberinto del fauno, con interrupciones que, además de la continuidad, hacían perder la concordancia entre imagen y sonido, como también suele ocurrir.

Las críticas y quejas no tienen efecto alguno, a cambio de la indolencia o nula percepción del público restante, que ha bajado notoriamente de nivel, ha disminuido su calidad en la misma medida que la cineteca (si es que todavía se puede hablar de calidad); de ahí que no deje de platicar durante las películas ni de comer haciendo ruido ni de saltar sobre los asientos y patear los de enfrente o poner los pies encima, ni de prender la luz de sus celulares o contestarlos, señalar con la mano la pantalla, reír a carcajadas y aplaudir al mismo tiempo hasta por el descuartizamiento de niños y, como corolario, beber cerveza y dejar los envases en los asientos (este consumo está por ser negocio del propio recinto… si lo permitimos).

Pero nosotros no somos representativos de ese público, sino del que ha perdido la cineteca (pérdida que, para los autores del secuestro, ha de ser ganancia) o del que sigue asistiendo y sale ofendido, indignado, frustrado, inclusive agredido, y expresa de múltiples formas y por diversas vías su inconformidad, su descontento, su molestia, pero sin más respuesta que una soberbia inaudita o el silencio; somos representativos del público exigente que, desde hace años, dejó de tener cabida o lugar allí, a pesar de ser suyo. Por eso, como la Cineteca Nacional es del público en su totalidad y no de la partida de burócratas ineptos, medio sordos y medio ciegos, que si tuvieran un ápice de honestidad se dedicarían a otra cosa, muy otra, exigimos que se vayan todos, que no quede ni uno solo de quienes han hecho del desastre algo normal y no conciben otra posibilidad. Obviamente habrá alguien capaz de cargar con el paquete que a ellos les queda inmenso porque ni entre todos se hace uno a la altura de lo que debería ser este recinto institucional convertido en basura reciclada.

En ningún país del mundo es tolerada tanta estulticia por tanto tiempo. Hasta en México, donde parece que no, todo tiene un límite.

FIRMANTES

Gustavo García, Isela Vega, Sergio Aguayo, Valentín Rincón, Nayeli Nesme, Betsy Pecanins, Hebe Rosell, Laura Abitia, Gabriel Sanvicente, Adriana Portillo, Carla Faesler, Patricia Vega, José Gil Olmos, Demetrio Béaz, Anatolio Vázquez, Fernando Belaunzarán, Héctor Cerezo, Claudia Santiago, Hena Moreno Corzo, Roberto Landero, Pedro Meyer, Joaquín Palma, Lena García Feijoo, Elsa Ayón Suárez, Andrea Peláez Zárate, José Luis Mariño, Enrique González Ruiz, Joel Simbrón del Pilar, Ana Gabriela Hernández, Y’aha Rosa Sandoval, Guadalupe Hernández Arzaba, Graciela López, Denise Alamillo, Alma Sánchez, Heriberto Rodríguez, Romina Duarte, Yan Ledesma, Elizabeth Elizalde Salazar, Raquel Padilla Ramos, Rocío Becerra Montané, Diana Aurora Alvarado, Yuri Raúl Vargas, Nancy Espríu Torres, Dieter Koll Giffenig, Isabel Vergara, Mónica Enríquez, Brenda Navarro, Alma Ramírez, Denise Escamilla, Ilich Carlos Gómez, Ana Cristina Hernández, Grisel Io Yanagida, Erika Saavedra, Jorge Alejandro Suárez, Claudia Caballero Zagler, Mónica Silva, Ruby Villarreal, Marcello Skazo y La Real Skasez, Daniel Iván y La Voladora Radio, Aleida Gallangos y Mexicanos sin Fronteras.

Responsable de la publicación: Iván Rincón Espríu

Septiembre de 2009

__________________________________________

Junto a la taquilla está anunciada la película Por ella, de Fred Cavayé, después del cortometraje Mi ángel de la guarda, de Francisco Jiménez, para las 19:00 horas. Pregunto al taquillero lo que sería obvio en cualquier otro lugar, a saber, si puede uno ver ambas películas a dicha hora, o sea, el corto y luego el largometraje. El taquillero titubea, consulta el monitor de la computadora y, con evidente inseguridad, contesta que sí. Llego a la sala uno y entro al baño; escucho que la película ya empezó, aunque faltan alrededor de diez minutos para las siete; reviso mi boleto y descubro que es para las nueve de la noche; le pregunto al que recoge los boletos si el cortometraje comenzó antes de las siete y advierto que no está enterado de ningún cortometraje, que para él, como para el taquillero, los que programan la cartelera y los que hacen el cartel, la película comienza a las siete. Alcanzo a ver el final del corto y, después del largometraje, me quedo a ver el corto desde el principio. El público desaloja la sala y nada más quedamos dos empleados y yo; uno de ellos es el que recoge los boletos y la otra es una jefa obesa, prepotente y estúpida, que me grita desde la entrada: “Ya terminó la función, señor, y no se permite permanencia”. Le contesto: “No he visto el cortometraje porque en la taquilla me dijeron que empezaba a las siete”. El que recoge los boletos murmura: “Sí lo vio porque hasta me preguntó a qué hora había empezado”. Ella repite: “Su función ya terminó, señor; tiene que abandonar la sala”. Yo también repito: “Voy a ver el corto porque pagué para ver las dos películas y solo he visto una”. El que recoge los boletos me acusa: “Además, su boleto es para las nueve de la noche”. La mujer me dice lo que acaba de oír. “Con más razón”, le digo; “a ver si ponen atención en lo que hacen, porque todo lo hacen mal”. La mujer sube las escaleras a preguntarme de cerca: “¿Me puede decir su nombre?”. Le contesto: “Claro que puedo. ¿Para qué lo quiere?”. Ella dice: “Es que ya lo he visto antes y siempre hay problemas con usted, es muy conflictivo, pero ya lo tengo identificado”… Interrumpo su regreso tautológico a la amenaza velada: “En vez de amedrentarme, deberían ofrecer disculpas”. La mujer truena el hocico tan ruidosamente que un cerdo sería sutil en comparación con ella, que baja las escaleras diciéndole al otro de su especie: “Déjalo. Ya lo tengo identificado”. Nomás le faltan las esposas y el tolete, pienso. El otro sube también las escaleras y me dice: “Puede quejarse en la dirección, pero tiene que abandonar la sala”. Entonces me recuesto en el asiento con las piernas cruzadas: “Voy a ver el cortometraje y no tengo por qué seguir hablando con ustedes”. El empleado insiste: “Abandone la sala y vuelva a entrar”. Le contesto con una risa que no disimula mis ganas de golpearlo, pero él hace más que insistir: “Tiene que salir y volver a entrar porque los demás están formados mientras usted ya está muy cómodo aquí”.

-Para eso pagué, para estar muy cómodo, y para eso sobran asientos, para que todos estemos muy cómodos.

Mi interlocutor de más hace un ademán que puede interpretarse como que use la cabeza. “Eso me corresponde a mí decirlo, pero no creo que tenga caso”, le digo. “Como si no fuera suficiente, hacen el conflicto lo más grande posible”.

-¿Cuál conflicto? No hay ningún conflicto.

-No creo que no lo vea; creo más bien que usted quiere bronca.

El empleado se va y espero a que regrese con un policía, lo cual no sucede. Veo el cortometraje y salgo por la puerta de entrada, en donde no hay nadie, porque el provocador en ciernes terminó entendiendo que habría bronca y optó por esconderse. Al pasar junto al buzón para el público, echo el pedazo de papel con que me sequé las manos, sabiendo que usan las «quejas y sugerencias» para limpiarse, pues su criterio es más estrecho que el conducto de la mierda en que han convertido a la Cineteca Nacional, que debería ser la mejor opción para ver cine y es la peor de todas en todo el país y quizás el mundo, así sea la más rascuache o un mugriento cine porno, y yo he de ser masoquista. Por supuesto. No es que todos aquí sean absolutamente imbéciles y absolutamente deshonestos; lo que pasa es que soy “muy conflictivo”. Lo bueno es que ya se van al carajo. ¡Ya era hora!

Septiembre de 2009

__________________________________________

¿Imbecilidad extrema o demencia?

El martes pasado fui a ver Los albañiles, de Jorge Fons, en la sala seis de la Cineteca Nacional. Como suele ocurrir, el sonido era de pésima calidad y estaba tan fuerte que tuve que taparme los oídos de principio a fin. Además toleré que un tarado se riera a carcajadas y aplaudiera al mismo tiempo. Detrás de mí, dos parejas pateaban los asientos como desquiciados. A mitad de la función, uno de ellos se puso a platicar con singular confianza (como en una cantina, en medio del escándalo), hasta que troné; entonces guardó silencio y se quedó quieto.

Al terminar la película, había tres botes de cerveza, uno en cada asiento, algo nunca visto hasta hoy, al menos por mí. Alguien había dejado el programa del mes y otro folleto, quizá el oligofrénico de las carcajadas y los aplausos. Entró un policía y le pregunté si ya se permitía beber cerveza en las salas, a lo que respondió que no, pero que la gente lo hacía de todos modos; que una vez metieron cuatro caguamas en una bolsa y dejaron las botellas en la sala.

El policía me informó también que, al parecer, el área de no fumar, una especie de antesala en donde tenían lugar las llamadas “charlas de café”, sería rentada (obviamente, a una empresa privada) para hacer de ese espacio un bar, lo que me hace sospechar -ingenuo como soy- que la Cineteca Nacional será privatizada gradualmente. ¿Y por qué no? Si los golpistas a nivel nacional pretenden hacer del estado de excepción en Oaxaca la regla general en México para lucrar con el petróleo, principalmente, ¿por qué no habrían de convertir este recinto institucional en otro Manacar sus secuestradores actuales? En muchos aspectos ya lo hicieron, incluso con «video digital», al cabo quién distingue entre alimento de calidad para el espíritu y una vil agresión a los sentidos.

Hablaba yo con el policía cuando salió el proyeccionista y le dije: “Oye, mano, ¿qué tiene que ocurrir para que te des cuenta de que el sonido lastima los oídos?”. Así comenzó un lamentable desencuentro. Entre otras sandeces ofensivas, el cácaro balbuceó que la película era muy vieja y por eso había que poner el sonido muy fuerte, que yo no podía decirle cómo hacer su trabajo, que tal vez me había sentado junto a los que bebían cerveza y por eso estaba molesto, que ellos me habían molestado. “¿A poco a usted le revisan la mochila? Voy a acusarlo con mi jefe para que ya no lo dejen entrar”. Y, aunque había terminado su jornada, intentó cerrar su caudal de incoherencia demencial y deshonesta con la siguiente frase: “y no voy a seguir perdiendo tiempo, hablando con usted”, a lo cual contesté: “Vete a la verga, pendejo”. Entonces enloqueció más o, como dice mi pueblo, se exaltó “su de por sí”.

Además de exigir que haga bien su trabajo (quizás en un cine porno), puedo asegurar públicamente que si un médico imparcial revisara los oídos de este fulano comprobaría que los privatizadores en ciernes tienen empleados incompetentes (así les han de salir más baratos), sin las mínimas facultades que requiere, entre otras cosas, proyectar una película. A las pruebas me remito, inclusive para medir el coeficiente mental de esta gente, mientras descubro que sus ojos -extensiones del cerebro, por cierto- tampoco funcionan del todo bien en estos casos (1).

Por lo pronto, mi error de hablar con un microcéfalo confirma que los proyeccionistas son de un nivel inferior al de los policías y el personal de limpieza, y por eso ocurre lo que ocurre, pero también por el bajo nivel de los altos mandos. El hecho de que su director general, por mencionar un ejemplo, culpe de la disminución cuantitativa del público a un camión de naranjas, explica la disminución cualitativa del público. El hecho de que el mismo personaje, por mencionar otro ejemplo, promueva sus libros con recursos de la Cineteca Nacional, o lo hagan sus empleados, habla de la ética y la honestidad que, además de talento, faltan aquí.

El hecho de que haya un buzón de «quejas y sugerencias» para los empleados y no para el público es tan significativo como grotesco. Así los cácaros pueden quejarse de quienes les reclamen y sugerir que ya no los dejen entrar, y yo puedo quejarme de ellos y sugerir que, a partir de ahora, llamemos ácaros a los cácaros, por haber envilecido este noble oficio, tanto como sus jefes.

Si yo no demandara que se vayan todos, empezando por el pésimo crítico de cine y burócrata peor, Leonardo García Tsao, le preguntaría al «subdirector de operación de salas», Ernesto Favela Escalante: “¿Cuánto tiempo tiene usted trabajando aquí? ¿No será momento de retirarse ya? Si usted es el principal responsable de que los proyeccionistas sean literalmente unos descerebrados, quizá la solución sea que usted se vaya”.

¿Qué será más fácil: prohibirme la entrada o echar de este lugar a los maestros del autosabotaje, la deshonra, la soberbia, la prepotencia y la estulticia infrahumana o estupidez rayana con la demencia? ¿Será tan difícil de entender que la Cineteca Nacional es mía, más que de ellos? Tarde o temprano, terminarán haciéndolo, porque al caminar de regreso a donde ahora escribo este coraje, decidí llevarlo hasta sus últimas consecuencias.

1) Actualización al viernes 14 de marzo. Acabo de ver Promesas peligrosas, de Cronenberg. Como siempre sucede en las salas uno y dos, que son las más grandes, la proyección de la cinta estaba fuera de cuadro, además de verse oscura y escucharse mal. Al principio, la imagen era tan grande que hasta los subtítulos quedaban debajo de la pantalla. El cácaro ajustó el tamaño, pero dejó fuera una parte. Entonces salí y le dije a la mujer de la dulcería lo que estaba pasando, y ella a su vez le gritó al cácaro desde el pasillo: “¡Que está mal enfocada (sic) la película!”, a lo que otro grito contestó: “¡Está bien, aquí la estoy viendo!” Y la imagen siguió fuera de cuadro hasta el final.

Fui a la Subdirección de Operación de Salas, reclamé y me dijeron que iban a corregir el problema, así que volví a ver la película con la imagen… ¿cómo creen ustedes? A ver. ¡Adivinaron! Opaca y fuera de cuadro, sin el más mínimo cambio.

Ejemplos como este, abundan en el anecdotario.

Lo que sigue es una carta que envié por distintas vías a distintas instancias del próximo video bar con video juegos que todavía se llama Cineteca Nacional, carta que no ha respondido nadie, faltaba más. A riesgo de ser redundante y reiterativo hasta el aburrimiento, el cansancio y la náusea, la publico aquí para que la botella con mensaje de náufrago no se quede flotando en el mar de las instancias y algún día no muy lejano llegue a alguien.

México, D.F. Miércoles 27 de febrero de 2008.

A quien corresponda:

Ayer vi la película Mi madre, de Christophe Honoré, en la sala seis a las nueve de la noche. Hacia el final (mutilado, por cierto), el nivel del sonido fue aumentando hasta lastimar los oídos. Como es tradición aquí, nadie hizo nada al respecto. Siempre ocurre algo por el estilo en esas salas (las tres que están juntas). Otras veces, la imagen se desenfoca a mitad de la película y empeora progresivamente hasta que acaba todo y los ojos descansan por fin. Esta vez la agresión fue para los oídos y para que uno se acostumbre a salir con dolor de cabeza. Cuando no defraudan al público con exhibiciones en DVD (sin extender la imagen a lo ancho, en el peor de los casos), lo ofenden con fallas técnicas que no son tolerables en ningún lado y de ningún modo, pero nadie nunca ofrece disculpas ni explicaciones, a menos que alguien las pida y le vean la cara de imbécil, cuando la imbecilidad que desgobierna la Cineteca Nacional parece hacerse una con la deshonestidad y la soberbia.

En general, es demasiado lo que hay que padecer cuando uno vuelve a este recinto. Para empezar, las películas siempre se proyectan opacas y oscuras, y a partir de ese hecho (que antes criticaba el director general en turno), los motivos de queja son innumerables, como para escribir un libro que nadie leería…

¿Por qué no se dedican mejor a otra cosa, digamos, a vender palomitas de maíz en buen estado, que no causen diarrea, o naranjas a buen precio en el eje vial, algo que no eche a perder el cine y respete a su público?

Esa es mi queja, y mi sugerencia es que se vayan todos de aquí, porque ya está visto que ni entre todos se hace uno a la altura de lo que debería ser la Cineteca, porque les queda inmenso el paquete.

Atentamente, Iván Rincón Espríu

PD. Me permití dejar este mensaje en el buzón para «quejas y sugerencias» de los empleados porque no veo en ningún lado algo para que el público pueda hacer lo mismo. El mensaje lo dejé hoy a las 22:45 horas, después de ver Cobrador, de Paul Leduc, en la sala uno con la imagen más grande que la pantalla, o sea, con una pedazo proyectado en el muro, o sea, lo normal aquí.

Febrero de 2008
__________________________________________

Leonardo García Tsao, funcionario cultural del desgobierno espurio, dice que el público de la Cineteca Nacional está disminuyendo, sobre todo los viernes en la noche, porque un camión se estaciona en Avenida Coyoacán para vender naranjas y causa trastornos tan graves que el tramo del eje vial comprendido entre Río Churubusco y el recinto -reducto de paz, tranquilidad, seguridad y confianza para quienes llegan en coche- resulta un caos en el que abundan los asaltos a peatones y conductores por igual. Al parecer del susodicho, es “arriesgadísimo” pasar de noche por allí o por Mayorazgo, la calle transversal, que “es una catacumba, ¡está oscurísima!” Caminar al metro después de la última función, ni se diga, es meterse a la boca del lobo. ¡Uy! Por cualquiera de las rutas posibles a pie, llegar a la cineteca, según su director, es tan peligroso como irse. ¡Mejor no vengan!

La paranoia y el miedo inducido suelen invadir y desbordar a la gente diminuta, física y mentalmente débil, como Leonardo García, que ha sido empleado de la cineteca toda la vida y ahora encabeza esta mole acéfala porque si tuviera un ápice de vergüenza cambiaría de oficio o habría renunciado a su cargo actual antes de asumirlo y no escribiría ni concedería entrevistas para que un medio impreso de circulación nacional publique su incontinencia de sandeces disléxicas; sería menos vanidoso, para empezar, y haría ejercicio para el cuello, por lo menos. Pero no tiene la culpa el indio, reza el proverbio racista, y nomás en La Jornada, que dejó la brújula en algún lugar de la Selva Lacandona, se les ocurre creer que, tratándose de cine, este mediocre personaje, es la neta del planeta.

Ahora resulta que la disminución del público asistente a la Cineteca Nacional es efecto de la inseguridad, así como de los problemas de vialidad causados por un camión de naranjas, que deben solucionar las autoridades locales, no las instituciones culturales del desgobierno federal usurpado. Nada tiene qué ver, por ejemplo, el hecho exasperante de que las películas siguen exhibiéndose oscuras y opacas, acaso más que antes, porque los proyectores son reliquias de museo, con el nostálgico ruido del motor que hace girar el carrete y contamina el audio de la cinta, reliquias de antiquísima obsolescencia como el propio director o el llamado “encargado de salas”, un tal Ernesto Favela, que está para llorar. Llamar “encargado de salas” a este señor -reflexioné un día luminoso de brillante lucidez- quiere decir que allí hay gente que se encarga también de otras cosas, unas muy otras, como la producción de material impreso, por ejemplo, con citas o referencias bibliográficas a los bodrios que escribe el director en turno con su noción de la sintaxis también muy otra.

Nada tienen qué ver con la pérdida del público los proyeccionistas que “trabajan” allí; cácaros que, si vendieran naranjas en la calle, se esforzarían más y harían menos daño al cine y al público restante; proyeccionistas de imágenes más grandes que la pantalla, que además se desenfocan mientras ellos están en la luna, pensando quizá cómo completar el sueldo que reciben por su autosabotaje (al contrario de lo que suponen, si fueran menos miserables les pagarían mejor); cácaros que se van a mitad de la película por no quedarse dormidos o porque su turno termina antes que la función, al cabo el proyector se apaga solo (para eso no falta modernidad); cácaros que suben el nivel del audio cuanto más baja es su calidad, así lastime los oídos y provoque dolor de cabeza, o nos llevan de regreso al cine mudo y de ahí a los chiflidos y los gritos.

Nada de eso tiene relación con la baja cuantitativa y cualitativa del público. Todo es culpa de un camión de naranjas, según el autor del libro Cómo acercarse al cine, humor negro aparte, que ahora es más bien el principal responsable de lo que Felipe Cazals llama -no sin buena dosis de pedantería- “la desaparición del espectador pensante y el advenimiento del trastornado consumidor adocenado, cliente confortablemente ignorante y conformista”. Las naranjas del camión estacionado en Avenida Coyoacán, por cierto, no han de causar diarrea, como las palomitas que venden en la cineteca.

¿A quién le importa, por ejemplo, que los ciclos o retrospectivas, foros y muestras, sean faltas desastrosas de respeto en las que nadie nunca ofrece disculpas jamás por la desorganización (para desastres, el que ocasiona un camión de naranjas en Avenida Coyoacán), o que el formato de las películas sea DVD, o sea, una mancha en la pantalla y ruido agotador en vez de sonido inteligible, al cabo el que no las conoce no tiene con qué compararlas y el que las conoce recuerda el pasado preferible al presente borroso? Ajá. ¿Qué importancia puede tener el lenguaje eufemístico de la deshonestidad, ese que dice, por ejemplo, “en inglés” como aviso tramposo de que la exhibición no tendrá subtítulos, como si las demás películas gringas o británicas estuvieran dobladas al español, o dice “proyección en DVD” como advertencia de que la imagen no será desplegada a todo lo ancho, tendremos que verla cuadrada y chata? ¡Nimiedades! ¿Acaso importa que además nos cobren, como si nada, por tolerar todo eso?

En “horas pico”, el crucero de Río Churubusco y Avenida Coyoacán es un caos infernal, efectivamente, pero su causa no es el camión de naranjas, que tampoco se estaciona en doble fila, como dice García Tsao (bastante aberración es que lo haga en pleno eje vial como para endilgarle además doble fila), ni frente a la cineteca, sino en la entrada del panteón. Quizás el “crítico” de cine más vanidoso que cualquier actor del mundo confunde la entrada de la cineteca con la del panteón, en donde quizás hay más vida y respeto a la cultura que en la cineteca, donde quizás hay más muerte que en el panteón, sobre todo muerte mental.

Enero de 2008
__________________________________________

Cuando uno lee bodrios como el de Leonardo García Tsao sobre la «remasterización» de Blade Runner, queda claro por qué la Cineteca Nacional cree que son aceptables sus sistemáticas estupideces. Cuando el director de ese lugar escribe como escribe, uno entiende que haya, por ejemplo, “sinopsis” como la de Zodiaco (2007), de David Fincher, en el sitio web de una institución cultural que compite con Radio Educación en estulticia y mediocridad. Hela aquí, textual…

Zodiaco sigue la historia de un asesino en serie que hizo estragos en California, durante los 60 y 70, y la de los hombres que intentaron capturarlo. Mezcla de drama policiaco y película de monstruos, el filme se distingue por su cuidadosa construcción y la minuciosa atención en cada detalle, rasgo particular del cine de Fincher.

Un ejemplo mínimo de que la cineteca no se caracteriza precisamente por su talento es este bodrio de un solo párrafo. “Zodiaco sigue la historia”, dice y, como si perpetrar semejante redacción no fuera suficiente, ahora resulta que “un asesino en serie” (un asesino en serio daría menos risa que un asesino en serie, o sea, varios asesinos idénticos, porque era mucho pedir que fuera un asesino serial) “hizo estragos en California, durante los 60 y 70″… Las dos comas de más no importarían si el autor del párrafo supiera que el Asesino del Zodiaco surgió como tal a fines de los sesenta. No tenía que leer nada al respecto. Con que hubiera visto la película habría bastado para saberlo. ¿”Mezcla de drama policiaco y película de monstruos”? ¿Qué carajo es un “drama policiaco”? ¿Un thriller, acaso, o el momento en que la policía se pone dramática? ¿”Película de monstruos”? ¿Como King Kong y Goxila, Drácula y Nosferatu, o como Pedro Infante y Jorge Negrete? Si hay algo monstruoso aquí es esta “sinopsis” que no se conforma con su monstruosidad y afirma con pedantería propia de intelectualoide cafetero que “el filme (sic) se distingue por su cuidadosa construcción y la minuciosa atención en cada detalle”. Vaya. Nomás le faltó decir “serial-killer” para ponerse a tono con Letras Libres. La “cuidadosa construcción” de esta “sinopsis” no escapa a “la minuciosa atención” de mi parte en cada minucia, o sea, como quien dice, “ahí está el detalle”, ¿me explico? El hecho de que los personajes de la película no envejecen en 24 años, por ejemplo, ¿es uno de los detalles minuciosamente atendidos? Si esa “cuidadosa construcción” y demás redundancias chapuceras son un “rasgo particular del cine de Fincher”, entonces nadie más tiene cuidado en el cine que hace. Por lo visto, aquí se dedican a la “cuidadosa” deconstrucción del cine y la “minuciosa” destrucción de su público, al menos el que piensa. Eso me dice la “sinopsis” minuciosamente despedazada y también la que sigue, de Plan 9 del Espacio Exterior.

Después de haber fracasado ocho veces para (sic) apoderarse de la Tierra, unos invasores extraterrestres deciden resucitar a los muertos y usarlos como ejército. Esta película redescubierta en los años 80 fue llamada “La peor película de todos los tiempos”, gozando desde entonces de un culto cinéfilo mundial.

Si el peor cine “de todos los tiempos”, incluyendo el tiempo muerto, goza “de un culto cinéfilo mundial”, la cineteca y su director deberían “gozar” de un reconocimiento público a la imbecilidad concentrada. He aquí el mío, a ver si les puede… ¡Sí, cómo no!

Enero de 2008
__________________________________________

En tiempos de canallas hay que ver mucho cine. Por eso, en estos días, he visto Un mundo maravilloso, de Luis Estrada, El creyente, de Henry Bean, La historia de Marie y Julien, de Jacques Rivette, Romance criminal, de Michele Placido, 1973, de Antonino Isordia, La Sra. Henderson presenta, de Stephen Frears, y Smoking room, de Roger Gual y Julio D. Wallovits, entre otras. Se trata de cintas al menos interesantes en todos los casos, por lo que apena verlas en la Cineteca Nacional (Ver Hijas de su madre, las Buenrostro, de Busi Cortés, en cambio, es una pena donde sea).

Durante la pasada Muestra Internacional de Cine llegué a la amarga conclusión de que, por su cercanía, la cineteca está bien para conocer allí todas las películas que se pueda y, cuando alguna valga la pena, hay que verla de nuevo en cualquier otro lugar. Pero, ¿mientras tanto?

Este miércoles vi La historia de Marie y Julien. Intenté verla el martes, pero media hora antes de la función ya no había boletos. La sala tres, en donde se exhibía originalmente, estaba en “remodelación” de última hora; pasaron la película a la sala siete, que es diminuta, y los boletos se agotaron rápidamente, por lo que yo, después de haber organizado mis actividades del día en función de la función, tuve que regresar el miércoles. Y el miércoles, otra vez a última hora, cambiaron la cinta de sala.

Al principio de la película (que dura dos horas y media), los flancos de la pantalla hicieron corto circuito y algunos espectadores comenzaron a chiflar; entonces la cinta se hizo oscura y muda; luego volvió a tener sonido, pero siguió siendo oscura, como suele ser el cine en ese lugar; después, la imagen se hizo más grande que la pantalla y los subtítulos quedaron mitad dentro y mitad fuera, por lo que algunos espectadores volvieron a chiflar. Los flancos de la pantalla hicieron corto de nuevo y todos los trastornos se repitieron, ahora con la proyección de una gran sombra (el cácaro) en la pared derecha de la sala. El final de la cinta fue mudo y, a la salida, el público parecía muy divertido con dos horas y media de fallas. Nadie reclamó ni, mucho menos, exigió la devolución de su dinero… ni siquiera yo.

El domingo anterior vi Romance criminal; compré mi boleto con quince minutos de anticipación, pero tuve que hacer cola durante media hora para entrar a la sala dos; cuando me senté, el público todavía no terminaba de entrar, pero la película ya había empezado; vertiginosa y violenta de por sí, además le faltaban fotogramas.

En la misma sala, durante el ciclo de Pier Paolo Pasolini, a principios de este año, tuvimos que hacer cola durante cuarenta minutos y después tolerar que en la entrada hubiera cinco personas haciéndose bolas con la dificilísima tarea de recoger los boletos, y que, además del retraso en la proyección de la cinta, nos recetaran diez minutos de anuncios comerciales y del gobierno, algo hasta entonces inconcebible.

Nunca, en ningún caso, alguien ofrece disculpas o explicaciones, ni nada por el estilo. Carajo. Si existen seres capaces de crear obras de arte geniales, ¿es mucho pedir que podamos verlas sin problemas?, ¿es mucho esperar que alguien las exhiba sin cometer estupideces?

Aquí las películas se proyectan siempre opacas, tanto como sea posible, mientras uno pueda inteligir lo que sucede; algunas cintas están cortadas y se pierde la correspondencia entre el sonido y la imagen; cambia de amplitud la proyección y los subtítulos quedan fuera de la pantalla… Y el público, al parecer, como si nada; nadie se queja y, en consecuencia, la cineteca sigue empeorando sin preocupación alguna, como si los responsables de toda esta basura supieran que público nunca falta; quizá lo que falta es una forma de canalizar las quejas; quizá lo que falta es el incendio de una sala llena de gente para que alguien se queje.

El año pasado, por ejemplo, en el estreno de Rosario Tijeras, que es una pendejada de película, se presentaron el director y la actriz principal, que son un par de pendejos, así como un grupito de yuppies  igual de amanerados, para platicar con el público o, más bien, para escuchar sus loas de idiotas impresionables. Todos los que tomaron el micrófono estaban seducidos por el vacío argumental, la imitación del estilo gringo y las tetas de silicón. Ahora está de nuevo en cartelera la pendejada esa, junto con Los productores y Una película de huevos, lo cual no me sorprende, pues el año pasado concluyó con Cero y van cuatro, o como se llame aquel bodrio infame con actores de televisa, dinero de televisa y valores de televisa, algo explicable en el multicinema de Coyoacán, con el que parece competir la cineteca. Lo que no entiendo es por qué no exhibieron también Los cuatro fantásticos y La niñera a prueba de balas.

Nunca faltará público en la Cineteca Nacional, sobre todo el que deja prendido su celular y lo contesta con singular chiorchia, comenta en voz alta su estúpida impertinencia, ríe a carcajadas y aplaude al mismo tiempo hasta por el descuartizamiento de niños, salta sobre su asiento, patea el de enfrente y señala con la mano la pantalla. Ese es el tipo de público que busca la Cineteca Nacional, para que no se queje, para que no critique, para que se trague lo que le den y esté contento y regrese. Pero en el baño principal hay una cámara para que no se robe las llaves del agua, que son seis y solo sirve una. Y en el resto de los baños hay llaves automáticas, para que nadie las deje abiertas, llaves que tiran el agua mejor cuando uno termina de lavarse, y la sigue tirando cuando uno se seca, y la deja de tirar cuando uno sale huyendo del penetrante olor a orines. Las taquillas también se “modernizaron”; ahora tienen micrófonos y bocinas en ambos lados del vidrio. Y el piso de la plazoleta es más “moderno” que el di antis, que tenía nombres escritos de gente que en su casa la conocen. Subieron los precios, tanto en la taquilla como en la cafetería, y la librería sigue siendo la más cara de la ciudad. Todo está bien chiro ahí, me cae; cada vez se parece más al Manacar.

Julio de 2006
__________________________________________

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s