Historias extraordinarias

PoeLos franceses Roger Vadim y Louis Malle, junto con el italiano Federico Fellini, reescriben tres historias de Edgar Allan Poe en colaboración con otros cuatro guionistas para que, además del horror gótico, tengan en común la lujuria, la culpa y la descomposición del alma como ideas y obsesiones unitarias.

Vadim dirige a Jane Fonda en el mejor momento de su cuerpo, el de más inquietante perfección y más excitante sensualidad, el mismo año de Barbarella (1968), cuando el director y la mejor actriz del siglo XX eran pareja conyugal y profesional. Frederick, el protagonista masculino de Metzengerstein es mujer en esta adaptación erótica, una joven aristócrata y libertina que se obsesiona con un hombre personificado por su hermano Peter y, en un acto desesperado para atraerlo, incendia su caballeriza; él muere para salvar un caballo al que ama, ella lo adopta y el animal vuelve a las llamas en romántico sacrificio, cobrándose la muerte de su amo (un mural en donde aparece el caballo y desaparece tras el incendio es la clave del misterio).

Cualquier lector de Poe resentirá el alejamiento con la historia original que, para empezar, es atemporal y de la cual queda nada más la premisa como punto de partida. Jane Fonda en el papel de femme fatale, inclusive hablando en francés y destilando a carcajadas sus tendencias sádicas, habría fascinado al escritor, que lejos estaba de concebir semejante personaje, al menos en este caso.

Malle dirige, por su parte, a Alain Delon y Brigitte Bardot en la adaptación del cuento William Wilson, con el que Poe desarrolla la idea de un doble como reflejo que acompaña y atormenta desde la infancia a un hombre malvado. El segmento discontinuo comienza con el suicidio del personaje, que narra su historia a un párroco en el confesionario; el párroco le aconseja que deje de beber y el protagonista, en un arranque de cólera, se arroja desde el campanario.

000Delon tiende a sobreactuar hasta la catarsis histérica como en las películas que tienen esa característica (El asesinato de Trotsky, principalmente) y, a diferencia de Jane Fonda, Bardot esconde la belleza de su cuerpo dentro de un vestido negro y afea su rostro con la falsa oscuridad de su cabello.

A menos que yo haya entendido mal este relato, me parece que hay una incongruencia, pues los niños supuestamente dobles son dos actores distintos y los adultos son uno sólo.

Fellini, por último, toma el nombre Toby Dammit del cuento Nunca apuestes tu cabeza al diablo, convierte al protagonista en un actor decadente, ruinoso y cínico (Terence Stamp) y narra una historia moderna más parecida en época y ambiente profesional a la de Ocho y medio (1963) que al cuento satírico de Poe, con el que guarda muy poca relación, más allá del nombre del personaje: damm it, en inglés, significa “maldito sea”.

La atmósfera de este corto es más onírica y densa que el largo Ocho y medio, y tiene un tono sardónico y mordaz que se burla con implacable sorna de la vacuidad joligudesca.

Aunque Fellini es el nombre de más peso, la película es francesa y el segmento del director italiano es el menos fiel al espíritu de Poe, salvo porque la aparición del diablo (representado con infantil y femenina inocencia) en la mente del personaje parece una premonición del escritor y su propio final. Las otras dos historias también tienen relación con la de su autor en la medida que la primera de esta trilogía (Metzengerstein) es la primera de Poe en ser publicada, mientras que la segunda (William Wilson) crea un doble personaje cuya fecha de nacimiento es la misma que la de su autor (coincidencia de la que no nos enteramos en la película).

Esta es la tercera y última participación de Fellini en películas con varios directores. Las otras dos son Amor en la ciudad (1953) y Boccaccio 70 (1962).

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Mátalos en cámara lenta

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Moderno cine negro, emanación del capitalismo en crisis

Dos ladrones de poca monta, contratados por un mafioso menor, asaltan a la plana mayor de la mafia durante un juego de póquer con apuestas; los afectados contratan a un sicario cerebral para que investigue quiénes son esos ladrones y los liquide; en su ajuste de cuentas, el sicario incluye al organizador de las partidas clandestinas, quien se ufana de haber cometido un atraco anterior a su propio negocio, por lo cual es castigado esta vez con una severa golpiza y, más adelante, una descarga de balas. Narrado así parece la sinopsis, pero es todo el argumento de Killing them softly (EUA, 2012), película escrita y dirigida por Andrew Dominik.

El guión repara mucho más en los diálogos que en la trama, con el subtexto de la crisis económica y financiera que discutían los candidatos a la presidencia de los Estados Unidos en la campaña electoral de 2008.

Brad Pitt es el asesino a quien contrata la mafia con la mediación de un abogángster corporativo (Richard Jenkins); Scoot McNairy y Ben Mendelsohn encarnan a los ladrones, uno recién salido de la cárcel y otro lumpenizado y drogadicto, ambos tan ingenuos que inspiran ternura; Vincent Curatola es el hampon que los contrata, y Ray Liotta es el infeliz organizador de las apuestas.

Basado a su manera en la novela Cogan’s Trade (EUA, 1974), de George V. Higgins, dicho guión suma un personaje innecesario al ínfimo argumento: encarnado por James Gandolfini, otro sicario es llamado por el principal para que asesine al autor intelectual del asalto; sin embargo, el alcoholismo y el cansancio le impiden hacer ese trabajo. Gandolfini actúa bien, pero su personaje aburre y, más aún, sale sobrando, sobre todo por los diálogos, en este caso, excesivos, patéticos y fuera de contexto.

Los demás actores hacen perfectamente sus papeles; Mendelsohn y McNairy son los mejores; a pesar de su cara de gato bodeguero, Liotta es tan carismático o más que en Goodfellas (EUA, 1990), de Scorsese. Pitt sigue creciendo como actor, pero todavía no alcanza la estatura de los grandes.

Aunque Mátalos suavemente, como fue titulada en español, dura 97 minutos (una hora y media, contando aparte los créditos finales), a falta de mayor contenido, el ritmo es sumamente pausado; podría decirse que la película es de inacción violenta…

Lo más interesante es el estilo narrativo, sus recursos técnicos, especialmente la secuencia del asesinato carro a carro, filmada con cámaras rapidísimas y proyectada en cámara súper lenta, tanto que vemos el plomo de las balas salir del cañón de la pistola y atravesar la cristalería, que se hace añicos, y los cartuchos percutidos saltar de la recámara del arma y quedar suspendidos en el aire por un instante (como he dicho, algo similar vemos también en Gangster Squad, de Fleischer). Con Ketty Lester cantando Love Letters (Cartas de amor) en el fondo musical, la cadenciosa destrucción, casi monocromática, es rematada por un camión que embiste al coche de la víctima bajo la lluvia.

Cuando, minutos antes, deliciosamente actuado, el drogadicto se inyecta morfina y viaja, vemos una técnica de edición elíptica llamada jump cuts (saltar recortes), que consiste en suprimir fotogramas intermedios de una misma toma y sirve aquí para acentuar el ritmo de la lentitud; una distorsión difusa alterna con los labios de Mendelsohn en primer plano y se repite la frase de uno con la voz del otro; el efecto narcótico, entonces, resulta placentero para el drogadicto y exasperante para su interlocutor, sensaciones encontradas que transmite la secuencia al público espectador.

El sonido es ingenioso, creativo y sutil, pero resulta desagradable durante la golpiza, con brutales estallidos de sangre, como ingrediente de horror gore, al estilo Tarantino, cuya influencia es notoria también en la elaboración de los diálogos, tanto por su eclecticismo como por su extensión, lo mismo que en algunos planos secuencia igualmente prolongados, y en la violencia, súbita y sorpresiva, que rompe la tensa calma (influencia primigenia del cine de Hong Kong, dicho sea entre paréntesis).

Mirada subjetiva que atraviesa un sórdido pasillo hacia la calle convertida en basurero, mientras Barak Obama pronuncia un discurso de campaña; se trata del delincuente que sale de la cárcel y, al término de los créditos iniciales, se encuentra con su amigo lumpen ladrón de perros para invitarlo a participar en un robo más grande. En el audio, Obama promete inclusión al conjunto de la sociedad, mientras la imagen habla de un sistema social excluyente que nadie quiere cambiar. Si bien es otro mérito de la cinta lo que tiene de crítica política, bastaba con ese principio y la frase final: “Aquí todos estamos solos. Estados Unidos no es un país, es un negocio”. Después de la secuencia inicial, todo cuanto escuchamos de verborrea o palabrería demagógica en voces superpuestas o provenientes de algún televisor prendido, a veces fuera de cámara, sale sobrando.

El final no parece de película, sino de capítulo de una serie.

Banda sonora de jazz-country, “neo noir”… Excelente montaje y/o edición…

Dato curioso: Entre los actores hay tres que trabajaron en la serie de televisión Los Soprano: Gandolfini, Curatola y Max Casella.

También curiosamente, el matón interpretado por Pitt se llama Jackie Cogan, casi como el niño Jackie Coogan, famoso por su trabajo con Charles Chaplin en The Kid (EUA, 1921), su papel protagónico en la primera adaptación cinematográfica de Oliver Twist (EUA, 1922), de Frank Lloyd, y, ya adulto, su personaje Tío Lucas o Tío Fétido en la serie de televisión Los Locos Addams o La Familia Addams.

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Cine gángster

Mátalos suavemente, donde las mujeres son anecdóticas, meras referencias en las pláticas machistas, puede considerarse como cine independiente, en el que su actor principal es también productor.

El film noir (como escriben los mamones para decir cine negro, mezclando con el español dos idiomas distintos, pues pedantería es sinónimo de ignorancia), en este caso, puede llamarse así por ser sucedáneo gringo del cine “polar” francés, cuyo realizador más representativo fue Jean-Pierre Melville, de gélido minimalismo protagonizado por Jean-Paul Belmondo (El confidente, 1962) y Alain Delon (El Samurai, 1967), entre otros. Mátalos suavemente, más que thriller policiaco, en el que aparece la policía sólo una vez como comparsa, es cine de gángsters en estricto sentido, que actualiza un relato de los años setenta.

Andrew Dominik debutó en 2000 con Chopper: retrato de un asesino, basada en la autobiografía de un legendario criminal; su película más reciente, antes de la que nos ocupa, era El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (EUA, 2007), también basada en una novela y producida-protagonizada por Brad Pitt, también de gángsters con escasas escenas de acción y trasfondo político sustentado en los diálogos. El guionista y director ha tenido mayor aceptación por parte de la crítica especializada que por el público en general. El asesinato de Jesse James… fue un fracaso de taquilla, pues recaudó unos 15 millones de dólares, la mitad de su presupuesto y lo invertido esta vez.

Mátalos Suavemente se presentó el año pasado en el Festival de Cannes, donde compitió con otras cintas ignoradas por la dizque “academia” de Hollywood en su premiación (Cosmópolis, de Cronemberg, Un reino bajo la luna, de Anderson, y Los ilegales, de Hillcoat), y perdió ante Amor, de Haneke.

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