Miscelánea mexicana

Desierto adentro, de Rodrigo Plá, es la mejor película mexicana que he visto después de Mezcal, de Ignacio Ortiz Cruz, pensó mi otro yo, antes de que sobreviniera el tedio y empezara a bostezar. “El ritmo, carajo, está fallando el ritmo”, espetó La Bruja. Causa y efecto, comenté. Por lo visto, su efecto soporífero es la causa de tantos premios y reconocimientos. Así como hay escritores que escriben, valga la redundancia, para seducir a un jurado y no a un público masivo, hay cineastas que hacen bodrios enervantes para marear antes al jurado y después al público. Finalmente, lo único en común que tienen Desierto adentro y Mezcal es la fotografía de Serguei Saldívar Tanaka; Desierto adentro se parece más a la primera versión fílmica de Pedro Páramo, casi insufrible, para mi gusto, al menos en la Cineteca Nacional, donde ver cine de otras épocas es una tortura medieval. Paradójicamente, las dos veces que he podido ver Mezcal, confundí su atmósfera necrófila con el espíritu de Juan Rulfo, a pesar de estar “inspirada” en Bajo el volcán, de Malcolm Lowry. Hacia el final de Desierto adentro, en cambio, encontré una relación con Cien años de soledad. Aureliano Segundo no se llama Segundo ni se apellida Buendía, pero su abuela bendice al descendiente maldito con una cruz de carbón en la frente: pequeño guiño para quienes hemos leído más de una vez la obra cumbre de la literatura latinoamericana y seguiremos considerándola nada menos que eso, así como a su autor el gran maestro, el maestro de maestros, el maestrísimo, sustantivado, aunque su participación en guiones cinematográficos es tan mediocre como la de Carlos Fuentes, quien convirtió una novela perfecta en un guión de pesadilla delirante, alucinación fumada, para una película con un reparto en el que ni siquiera Julissa y Jorge Rivero son lo peor. ¡Qué repartida le dieron a Pedro Páramo! ¡Qué gran reparto de madre! “¿Eso escribirás en tu blog?” -preguntó La Bruja en el camino de regreso a la taquilla, y respondí que no; escribiré que Desierto adentro es una versión mejorada (épica, para empezar) de El castillo de la pureza, de Ripstein. Al cabo mi blog no tiene más censor que yo ni más lectores que ustedes.

Mientras La Bruja compraba mi boleto para ver en seguida Cría cuervos, de Carlos Saura, escuché que alguien preguntaba sobre el tema que trata “la película de Ana de la Reguera” (sic). “Trata de las muertas de Juárez” (resic). No es la primera vez que escucho eso; una persona inclusive había pedido en la taquilla “un boleto para las muertas de Juárez” (requete sic). Yo no vería Backyard / El traspatio de nuevo y, en el último de los casos, lo haría nada más para contar las veces que dicen “las muertas de Juárez” o simplemente “las muertas” (unas sin cuenta). Lo peor de esa película no es el aspecto físico / enfermizo de la “subcomandante” que dispara con la zurda ni su trasero gordo ni su pésima dicción o su dislexia, ni la ínfima calidad del sonido (quizás atribuible a la cineteca), sino la reiteración ofensiva, el insulto a la sensibilidad que termina transformándola en legítima ira: A ver, bola de pendejos, no son “las muertas de Juárez”; son mujeres vivas que trabajan o estudian hasta que las secuestran para violarlas, torturarlas, mutilarlas y asesinarlas en Ciudad Juárez; a muchas las desaparecen y muchas no son “de Juárez”, sino originarias de otros lugares. Decir “las muertas” es referirse a la muerte como algo natural, cuando en realidad se trata de asesinatos, feminicidios o femicidios con todos los agravantes posibles. Decir “las muertas” sería válido para cualquier lugar del mundo que no fuera Juárez ni alguna otra ciudad en donde ocurra este síndrome de barbarie reproducida sistemáticamente a gran escala, como un holocausto o alguna otra posibilidad de exterminio humano o genocidio.

Cada vez que escucho “las muertas de Juárez” me hierve la sangre porque generalmente lo dice gente que finge no ser indiferente al tema, estar preocupada y hasta ocupada, gente falsa, hipócrita, demagoga, inclusive oportunista, o simplemente imbéciles, descerebrados como los que van a la Cineteca Nacional y no distinguen entre un DVD y un carrete. Los enanos que desgobiernan el recinto han logrado reducir su público a más enanos como ellos. Hacia el final de Desierto adentro, dos enanos que “trabajan” allí se pusieron a gritar y sus gritos invadieron la sala y contaminaron la película. El público tuvo que salir después por otra puerta, pero alcancé a ver que uno de los gritones era el que cobra por estorbar con su obesidad aguada en las escaleras el paso de la gente. Cuando entramos a la sala donde sería proyectada Cría cuervos, había música a todo volumen y los enanos del público platicaban a gritos y pateaban los asientos con singular alegría. Como la película es vieja, el ácaro aplicó una de las reglas doradas del lugar: cuanto más baja sea la calidad del audio, más alto hay que ponerlo (el máximo nivel es el cuatro y ese pusieron), nanque revienten los oidos, pos si revientan, mejor, pa’ que naiden se queje luego. Obviamente, los ácaros están sordos y ciegos, además de ser retrasados mentales, pero tienen y mantienen secuestrada la cineteca en el ejercicio del poder enano por derecho consuetudinario…

Volveré a ver Desierto adentro, quizás en otra parte, cuando haya visto suficiente cine como para quitarme el amargo sabor que me dejó el enanismo magno, y cuando haya dormido también lo suficiente y haya tomado suficiente cafeína. Por lo pronto, mi voz en el desierto de la soledad clama y reclama como siempre que se vayan tod@s al carajo de la Cineteca Nacional, que no quede allí nadie, que mi desierto interior se extienda hasta que sólo quede el polvo de lo que alguna vez fueron huesos. Amén.

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Backyard / El traspatio

Es un buen intento de aproximación al tema del holocausto en Ciudad Juárez, Chihuahua. La película plantea diversas hipótesis, todas válidas: una maraña criminal al servicio de personajes como «El Egipcio», que le ha servido a la policía para solapar sus propias trapacerías o al menos su ineficiencia, ineficacia, ineptitud exasperante y escandalosa, que inspira desconfianza y sospecha, porque no puede ser ajena a la corrupción; lo que ocurre en Ciudad Juárez y otras ciudades no sería posible sin una amplia red de complicidades en todas las esferas, desde lo más básico hasta las cumbres del poder político (poder formal, diría Lydia Cacho, en la medida que detrás está el poder fáctico del crimen organizado), para crear un ámbito de impunidad en el que la barbarie deja de ser noticia, se vuelve cotidiana y normal, si acaso materia prima para la prensa alarmista y la nota roja.

Con recursos periodísticos / informativos que hacen del thriller policiaco un documental, casi reportaje, el planteamiento de la información es correcto, aunque no aporta nada nuevo al público medianamente informado; la falla está en que, por momentos, es denso y, por momentos, aburrido, soporífero. No hay equilibrio entre la documentación y la acción. Los méritos del guión de Sabina Berman se pierden en la dirección de Carlos Carrera, que no está a la altura de las expectativas (por el éxito de El crimen del padre Amaro como precedente), al romper el ritmo a cada paso. Por lo demás, la trama se queda corta en su denuncia, si es que pretende tal cosa, pues los empresarios maquiladores no pasan de “las heladas aguas del cálculo egoísta” a la probabilísima perversidad o perversión, y el gobernador es un hombre con buenas intenciones y voluntad, pero políticamente impotente, frustrado, maniatado, que dedica entonces su atención a la imagen pública y desatina en la elección de su gabinete. Una historia valiente haría sospechosos a todos los políticos, incluyendo a los gobernadores y presidentes, los del municipio y los del país, así como a los empresarios con quienes hay una relación de favores mutuos.

Otras fallas de la película están en la personificación de los dos héroes. Para empezar, el hecho de que haya héroes en el cine parece un vicio contagioso, y tratándose de Ciudad Juárez es imperdonable. A eso hay que agregar que Ana de la Reguera, quizá para quitarse el estigma de mujer bonita que tanto estorba a su escaso talento, se dejó demacrar y engordar las chaparreras hasta que su cara pareciera la de una indigente y su cuerpo el de una cincuentona sedentaria. En el papel de mujer policía que dispara con la mano izquierda (¡qué original!), es la antítesis de Jodie Foster en El silencio de los inocentes. No menos convincente es el locutor que funge como autoridad moral de la trama, la voz de la conciencia, encarnada por un actor que ni por asomo habla como locutor y hace un aspaviento grotesco al sacar su grabadora como si desenfundara una pistola en su no-entrevista a la mujer policía, quien termina la conversación con una frase lamentable: “Hágame un favor: a mí ni me mencione”. Hasta ese instante uno suponía que ella era una mujer inteligente y sensible, no una débil mental que terminará convertida en la versión femenina de Harry el sucio.

En resumidas cuentas, se trata de un esfuerzo honesto, pero con más fallas que méritos. Los errores menores abundan y para muestra un botón: un policía raso mira a la cámara dos veces al encontrar el cuerpo de una víctima en la árida soledad del desierto.

Ni hablar del título… ¡Hasta aquí!

Posdata Cineteca Nacional. Todo ha cambiado para seguir igual. En aras de la transparencia, los secuestradores del recinto dizque “nacional” y saboteadores profesionales del cine mundial tienen la obligación de informar cuánto han gastado en una “modernización” que se detiene a las puertas de las salas de proyección, y el público tiene derecho a conocer esa información. Además del carísimo desastre que es ahora el estacionamiento y la franquicia a los explotadores del Café La Selva, ¿qué hace falta para que las películas sean proyectadas con la calidad de imagen que existe en cualquier sala comercial de cualquier ciudad del país y del mundo? ¿Qué hace falta para que se vayan todos, empezando por el director y el que cobra por estorbar el paso del público en las escaleras con su obesidad y deformidad aguada?

Posdata Sala Nezahualcóyotl. Vengo de ahí. Fui a la presentación del libro Espejos, de Eduardo Galeano. La sala se llenó hasta su máxima capacidad, y cientos de personas quedamos fuera… Me alegra que sucedan estas cosas. Desde la presentación de Samuel Ruiz en el Auditorio Ché Guevara hace quince años, yo no había visto que se repitiera este fenómeno. Ayer ocurrió lo mismo en el Palacio de Bellas Artes. Por lo visto, el público de la Cineteca Nacional es el que merece la Cineteca Nacional. El que aglomeró hoy la Sala Nezahualcóyotl merece algo mejor o, mejor dicho, algo bueno.

[] Iván Rincón 9:54 PM

Posdata posterior al post anterior. No era necesario llevar tan lejos la memoria. Ahora recuerdo que, también al presentarse José Saramago en el Palacio de Bellas Artes, cientos de personas tuvieron que escucharlo desde afuera. Después me decepcionó el escritor con las estupideces que dijo sobre las FARC, estupideces por las que una inteligencia superior a la suya, la de James Petras, lo hizo añicos. Eduardo Galeano, en cambio, nunca me decepcionará; por el contrario, parece confirmar que no hay mayor carisma ni magia más seductora en la personalidad que la inteligencia.

Tres tristes tigres

Hace unos días, en los cines de Pericoapa había un cartel gigante que tapizaba el muro exterior entre otros dos carteles del mismo tamaño. “Al chile… ven y apoya al cine mexicano”, decía. “$10 por función. Jueves 11 de septiembre. Cinemark a la mexicana”. Y entre las letras se distinguía la empequeñecida figura de Bruno Bichir con un ademán de presentación que parecía decir: “¡He aquí el cine mexicano!” Como las manos apuntaban hacia el cartel de junto, uno desviaba la mirada y leía: The Bank Job. El robo del siglo, mientras el otro cartel anunciaba: Eagle Eye. Control total, de próximo estreno. Oh yeah! -exclamó el observante. ¡Viva el mexican film! Junto a las películas gringas en exhibición y las de próximo estreno había una titulada High School Musical. El Desafío, que es la versión “mexicana” del musical gringo con el mismo nombre. Ante la burla, el observante sintió que Bruno Bichir en miniatura subía a su hombro y espetaba: “¡Al chile, ñero… ven y apóyala! ¡Es el mes patrio!”

El hecho de que nos hayan robado la patria es una tragedia; ignorar ese hecho es otra tragedia; festejarlo o festejar la ignorancia al respecto es una tragedia más; pero «Cinemark a la mexicana» hace pensar al observante en otra triple tragedia, valga el trabalenguas. El patriótico día que esta cadena de cine comercial en su mayoría gringo exhibe cine mexicano barato, ocurre desde hace siete años el segundo jueves de septiembre, que hoy coincide por partida doble con una fecha trágica: la de los ataques terroristas de hace siete años contra las torres gemelas del World Trade Center (WTC) en Nueva York y el edificio del Pentágono en Washington, fecha que a su vez coincide con la del golpe de estado en Chile hace 35 años.

Una de cal…

Entre la apabullante cantidad de cine gringo, generalmente de lo peor, Cinemark dedicará por entero el día de hoy al cine mexicano, del que proyectará unas treinta películas en todos sus complejos a nivel nacional, lo que representa unas 1,700 funciones. Los ingresos recaudados en taquilla, que el año pasado sumaron 340 millones de pesos, serán destinados al Fondo de Inversión y Estímulos al Cine Mexicano (Fidecine), que tiene como principal función financiar la realización de nuevos proyectos cinematográficos con siete millones de pesos en unos casos y la mitad de esa cantidad en otros casos, aunque también asume la absurda tarea de premiar a la película mexicana más taquillera del año, esto es, darle dinero adicional a la que más dinero haya ganado, así no sea precisamente la mejor; a veces son bodrios de la más baja ralea los que tienen mayor éxito en taquilla, como es el caso de Así del precipicio, infame desde el nombre, que resultó de lo más taquillero por el desnudo total de Ana de la Reguera.

«El día del cine mexicano» o «Cinemark a la mexicana»… Se trata de un proyecto supuestamente altruista que involucra a productores, distribuidores y exhibidores con el patriotero fin de “apoyar” a la industria de cine nacional (cuya existencia es tan relativa como la de una patria llamada México). Los distribuidores prestan su material de forma gratuita y los productores ceden sus derechos por un día (¡cuánta generosidad!), mientras que los exhibidores… ¡ah, los canijos exhibidores! Esos que, junto con Cinemex y Cinépolis, son al cine lo que Televisa y TV Azteca a la televisión, o sea, algo muy próximo al monopolio y muy representativo del neoliberalismo salinista, luego salinismo con sotana y ahora con uniforme militar, son también los que deciden, sin más criterio que la ganancia monetaria, si una película permanece en cartelera o desaparece, y si es exhibida en su idioma original o doblada al español. ¿Habrá alguien tan ingenuo como para creer en la buena onda de «Cinemark a la mexicana», tan nacionalista como los planes de Felipe el espurio y su mafia trasnacional para la industria petrolera mexicana? En «el día del cine mexicano», Cinemark cobra la fabulosa cantidad de diez pesos (antes del salinato era más barato y era normal que así fuera), pero el negocio está, desde luego, en la dulcería y la publicidad, porque antes de cada película hay que tolerar veinte minutos de anuncios comerciales y avances de próximos estrenos.

Entre las treinta películas mexicanas que proyectará Cinemark el día de hoy y su coincidencia con efemérides trágicas, hay una titulada El clavel negro (The Black Pimpernel, a saber por qué en inglés), coproducción de México-Suecia-Dinamarca, dirigida por Asa Faringer y Ulf Hultberg, acerca del embajador sueco en Chile, Harald Edelstam, que brindó refugio a 1,300 personas durante el golpe de estado… Ya habrá oportunidad de verla después, espera el observante, que no quiso apoyar al cine mexicano mediante una cadena privada con yugos y grilletes. ¡Al chile!