Lo bueno, lo malo y lo feo del Óscar 2013

oscar 2013

Como dije, me alegra que Argo, de Ben Affleck, haya ganado el Óscar para mejor película, en vez de Lincoln, de Steven Spielberg, o Los miserables, de Tom Hooper, pero entre las nominadas en todas las categorías lo mejor que he visto es Beasts of the Southern Wild (Bestias del sur salvaje), ópera prima de Benh Zeitlin, titulada en México Una niña maravillosa y en Argentina La niña del sur salvaje. La película es maravillosa, especialmente por la actuación de Quvenzhané Wallis, un auténtico fenómeno actoral a los seis años de edad, tanto que no parece actuar, aunque su papel no sería tan convincente si no fuera por la dirección de Zeitlin (también joven, de 30 años) y el guión de Lucy Alibar y el propio director, que alimentan el alma con diálogos y monólogos infantiles de gran belleza por su compleja sencillez en equilibrio, con ingenio, buen humor y hasta poesía. Alibar es autora de Jugoso y delicioso, la obra teatral de un solo acto en que se basa esta joya de 92 minutos, postulada para mejor película, mejor director, mejor actriz y mejor guión adaptado, que no ganó en ninguno de los cuatro casos, aunque lo merecía.

La cinta de Affleck obtuvo el Óscar para mejor guión adaptado, al que también aspiraba la de Spielberg. Otra nominada en esta categoría y para mejor película era Life of Pi, de Ang Lee, que obtuvo el Óscar para mejor director, por el que suspiraba Spielberg, y me alegra que no lo ganara. No he visto Una aventura extraordinaria, como fue titulada la cinta de Lee en Hispanoamérica, pero si el cineasta taiwanés fue capaz de algo tan extraordinario como El tigre y el dragón (2000), no dudo que su aventura también lo sea.

La ganadora del Óscar para mejor actriz es Jennifer Lawrence por su papel en Silver Linings Playbook (El lado bueno de las cosas en España, Los juegos del destino en Hispanoamérica y El lado luminoso de la vida en Argentina y Uruguay), de David O. Russell, que tampoco he podido ver, pero dudo mucho que la actriz supere a la niña maravillosa, que habría sido la más joven entre quienes han recibido este premio. Emmanuelle Riva, en el otro extremo (cumplía 86 años el día del Óscar), tiene una actuación perfecta en Amor, escrita y dirigida por Michael Haneke. Naomi Watts contendió con pocas posibilidades por su excelente desempeño en Lo imposible, de Juan Antonio Bayona, una cinta menor. Jessica Chastain fue postulada por La noche más oscura, de Kathryn Bigelow, nomás para completar la terna; la película es interesante por su argumento (el final es la muerte de Osama bin Ladem), pero Chastain parece introspectiva y prácticamente carece de proyección…

No estoy de acuerdo con el Óscar para mejor actor a Daniel Day-Lewis (el tercero en su carrera) por la débil personalidad de Abraham Lincoln, aunque tampoco veo alternativas. La actuación de Jean-Louis Trintignant en Amor no es menos loable que la de Riva, pero ni siquiera fue nominado. Ambos octogenarios se roban el corazón en esa melancólica cinta sobre la vejez, el amor, la enfermedad, la eutanasia, la soledad, la vida y la muerte. Por lo visto, en 2012 no hubo grandes actuaciones masculinas…

El Óscar para «mejor actriz de reparto», en cambio, era tan predecible como para «mejor actor de reparto», pues si algo tienen en común Anne Hathaway en Los Miserables y Christoph Waltz en Django sin cadenas, de Quentin Tarantino, es que sus papeles, más que secundarios, son tan primarios como los protagónicos, y están bien representados, aunque Hathaway destroza la canción «I dreamed a dream», como es normal en el imperdonable fiasco musical. Por lo demás, ninguno de los dos es comparable con Christian Bale, que ganó el año pasado en esta categoría por su destacada participación en El peleador (2010), de David O. Russell, actuación «de reparto» que deja en segundo plano a la principal.

El Óscar para mejor película extranjera tiene algo de controvertible, así haya sido Amor (Austria) la ganadora. Con la incongruencia de que Affleck no fuera postulado como mejor director, mientras la «Academia» de Hollywood decidía premiar su película, que se refiere a la ruptura de relaciones diplomáticas entre Irán y Estados Unidos, la misma «Academia» eliminó de la contienda Un terrón de azúcar, de Seyyed Reza Mir-Karimi, película iraní preseleccionada, junto con Insurgentes, de Jorge Sanjinés, una cinta propuesta por Bolivia, que tampoco pasó a mayores.

El Óscar por «mejor diseño de producción», que antes se llamaba «dirección artística» y de lo cual carece la cinta de Spielberg, fue para que —más allá de su actor protagónico— Lincoln no se fuera con las manos vacías, así que lo perdieron Los miserables y Una aventura extraordinaria, pero esta última se alzó en el rubro de mejor fotografía, donde también competían Lincoln y Django sin cadenas, que ganó en la categoría de mejor guión original, como era de esperar. Segundo Óscar para Tarantino, tras el de Pulp Fiction (Tiempos violentos) en 1994, también por el guión.

El Óscar por «mejor diseño de vestuario» fue para Anna Karenina, de Joe Wright, que no he visto porque será estrenada en México hasta marzo (aquí siempre llegan tarde las películas y su retraso fomenta la piratería), pero me alegra que dicho premio tampoco fuera para Los miserables, Lincoln o Blancanieves y el cazador… aunque en el papel de Karénina prefiero a la fascinante Sophie Marceau de la versión gringa (1997) que a la mediocre Keira Knightley de la versión inglesa (2012).

En «maquillaje y estilismo de peinado», como se llama desde ahora lo que antes era simplemente maquillaje, ganó Los Miserables, desgraciadamente, pero perdió Hitchcock, de Sacha Gervasi, afortunadamente. Los maquillistas del fiasco musical envejecieron a Jean Valjean hasta el final, cuando muere, pero detalles así pasan desapercibidos por los dizque académicos, que nominaron en esta categoría la caricaturesca caracterización de Alfred Hitchcock… Cuando John Chambers, el maquillista de El planeta de los simios (1968), de Franklin J. Schaffner, y su respectiva saga —como sabemos hoy gracias a Argo—, hacía disfraces para la CIA, el Óscar en este rubro ni siquiera existía.

Mejor canción original: «Skyfall», de Adele, que no me parece la gran cosa, pero me alegra que no fuera «Suddenly», de Los Miserables. El Óscar en este caso parece premiar los 50 años de James Bond, cuyas películas han tenido múltiples nominaciones al galardón, pero lo habían ganado nada más Goldfinger (1964), de Guy Hamilton, y Operación Trueno (1965), de Terence Young, la primera por sus efectos sonoros y la segunda por sus efectos visuales. Entre las canciones de la franquicia, mi favorita es «For your eyes only» (1981), de Sheena Easton, cantante irlandesa con la que soñaba entonces.

En «edición de sonido» empataron Skyfall, de Sam Mendes, y La noche mas oscura, lo cual me parece una patraña, pero me alegra que Los Miserables no estuviera postulada; lo aberrante, como he dicho, es que lo estuviera, en cambio, para «mejor mezcla de sonido» y, peor aún, que ganara. ¿Cuál es la diferencia? ¿Para eso dividieron el rubro de sonido, ahora con altos grados de especialización?

Finalmente, Lincoln ganó sólo en dos de las doce categorías en que fue nominada, y se desinfló. Con once nominaciones, Una aventura extraordinaria ganó en cuatro. Los miserables ganó en tres de ocho categorías, y sigue inflada. Argo se alzó en tres de siete. Y Una niña maravillosa, la mejor de todas las películas, no ganó en ninguna de las cuatro categorías.

Bestias del sur salvaje

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Los miserables límites del dinero

Hugh-JackmanDurante un siglo, la novela de Víctor Hugo publicada en 1862, Los miserables, había tenido múltiples adaptaciones al cine, desde la versión de los hermanos Lumière (1897) hasta la que dirigió Bille August (1998) con guión de Rafael Yglesias, entre las cuales destaca la cinta francesa escrita y dirigida por Jean-Paul Le Chanois (1958) con la colaboración de Michel Aurdial y René Barjavel en el guión, así como la memorable actuación de Jean Gabin en el papel de Jean Valjean.

Sin embargo, desde su estreno en París (1980), nadie había llevado a la gran pantalla la versión musical compuesta para el teatro. Con música de Claude-Michel Schönberg y letras de Alain Boublil y Jean-Marc Natel, esta obra estuvo sólo tres meses en cartel, pero el espectáculo estrenado en Londres cinco años después (1985), con la música original y letras en inglés de Herbert Kretzmer, ha sido el más exitoso en la historia del teatro; según la publicidad, lo han visto más de 60 millones de espectadores en 42 países y 21 idiomas, y sigue batiendo récords de taquilla después de 27 años en cartel. Su productor Cameron Mackintosh comenzó a negociar hace por lo menos 24 años el proyecto de adaptación cinematográfica, realizada por fin el año pasado bajo la dirección de Tom Hooper.

Con un guión de William Nicholson (Gladiador, 2000; Elizabeth: La edad de oro, 2007) basado en el libreto de Kretzmer, la película es protagonizada por Hugh Jackman como Jean Valjean, Russell Crowe como Javert, Anne Hathaway como Fantine, Isabelle Allen como Cosette niña, Amanda Seyfried como Cosette adulta y Eddie Redmayne como Marius Pontmercy.

La multimillonaria producción es más que ambiciosa, pretenciosa, y más que grandiosa, grandilocuente, derrocha recursos humanos y materiales en su ambientación épica —escenografía y vestuario, principalmente— (mucho dinero para recrear la miseria), pero fracasa en lo que justificaba adaptar al cine una vez más el clásico literario, que es el aspecto musical.

Si bien la música se había ganado un lugar en el gusto del público por canciones como I dreamed a dream (Tuve un sueño), At the end of the day (Al final del día), On my own (Por mi cuenta) o Do you hear the people sing? (¿Oyes al pueblo cantar?), ahora las escuchamos diluidas con los diálogos y monólogos, pues todo cuanto se dice durante 152 minutos es cantado (primer error) y, por si eso fuera poco, los actores cantan en el escenario, como en el teatro (segundo error), sin pista y sincronía de labios, lip sync o playback, agotadora proeza que habría tenido resultados aceptables si esos actores fueran además grandes cantantes, pero no es el caso; muy por el contrario, en general, cantan del carajo, y particularmente Russell Crowe… ¿¡cómo se atreve!?

El canto aquí es parte de la actuación y se trata obviamente de que transmita sus respectivas emociones; por eso el director dejó al elenco coral en libertad de tomarse todo el tiempo que creyera necesario para cada nota y cada sílaba, para cuantas pausas quisiera y para subir o bajar la voz a su arbitrio; por eso dicho elenco desafina, desentona; el sonido de la respiración contamina el de la voz, abundan siseos involuntarios, también contaminantes, y demás ruido, unas veces desagradable, otras insoportable.

Los intérpretes cantaron acompañados por un piano y después fue montada la pista de una orquesta que disimula y compensa parcialmente el pésimo trabajo vocal, al que se suma una edición chapucera, con errores notorios inclusive durante los créditos finales.

El guión, por su parte, se permite obviar pasajes tan importantes como el juicio a Valjean, o narrarlos con demasiada celeridad, quizá porque son muy conocidos y, en ese caso, habría que obviar toda la historia…

Para encarnar a Valjean se requería de un actor muy fuerte, y Hugh Jackman lo es, pero no lo parece; hay que verlo en películas de acción como la saga de Los hombres X para saber cuán fuerte es, pues aquí nunca ostenta su musculatura; también debía ser viejo o envejecer a tiempo y aquí sucede hasta el final (cuando canta que su yerno es joven y él es viejo, todavía no envejece). Además, con barba parece un actor y sin ella parece otro… Por lo demás, no lo hace mal; tampoco Anne Hathaway, previsiblemente acreedora del Óscar para «mejor actriz de reparto».

Nominada en ocho categorías, la película podría obtener el Óscar también para «mejor diseño de vestuario» y quizá para «mejor maquillaje y peluquería». Lo aberrante es que esté nominada para «mejor mezcla de sonido».

El repertorio cuenta con la canción Suddenly, compuesta para esta ocasión por los mismos autores (música de Schönberg, letra de Kretzmer y Boublil) y nominada, entre otros premios, al Óscar y al Globo de Oro en la categoría de «mejor canción original».

Refreír una obra literaria tan conocida como Los miserables, con tantas adaptaciones al cine, al teatro y la televisión, sólo se justificaría si la calidad superara en todos los aspectos las versiones anteriores… Por tratarse del espectáculo musical más exitoso en la historia del teatro, con mayor razón, su adaptación al cine debía ser excelente, y no lo es. Por cuantiosa que sea la inversión financiera nunca logrará que unos cantantes malos pasen por buenos. El dinero no crea talento ni arte, y más bien, por el contrario, parece que la abundancia y el despilfarro embriagaran y aturdieran la sensibilidad…

Finalmente, los realizadores ingleses del llamado «fenómeno musical» desaprovecharon la oportunidad de que esta primera adaptación cinematográfica de la obra teatral —32 años después de su estreno en París— fuera un acontecimiento histórico, por lo menos a la altura de las expectativas.

Tom Hooper era conocido sobre todo por haber dirigido El discurso del rey (2010), un bodrio cursi, pomposo, aristocrático y rancio, pero multipremiado… Su elección como director de Los miserables (2012) es quizás el principal error de los productores en este caso…

Faltaba una adaptación musical al cine y sigue faltando. Ahora toca el turno a la versión francesa.

miserables anne

Caballero de ambiciosa mediocridad

the_dark_knight_risesAbarca demasiado y aprieta poco, fue la sensación que me causó en su momento Batman Begins o Batman inicia (2005), de Christopher Nolan. Aun así, me pareció un buen trabajo en términos generales, a diferencia de la reciente entrega, The Dark Knight Rises (2012) o Batman: El Caballero de la Noche asciende, bodrio taquillero, exaltado hasta el colmo por la histeria publicitaria y la irreflexión unánime, fallido desde el título que nomás agrega una palabra al anterior.

Lo más característico del mismo director es que sus proyectos son ambiciosos dentro de los límites de una mediocridad en la que abundan recursos humanos y materiales; de ahí que el resultado sea más bien pretencioso; la acción rebasa el tiempo tolerable y cae en el tedio; para mantener la tensión, la música es repetitiva y, en consecuencia, el ritmo es monótono; hay demasiados flashbacks, también tediosos, entre secuencias de acción, y entonces todo parece interminable, como sucede irónicamente concentrado en la segunda mitad de la tercera entrega, después de los momentos de solemnidad, sensiblería y melodrama.

En películas menores por su bajo presupuesto, pero artísticamente superiores, Christian Bale ha sido capaz de asumir papeles tan sorprendentes por su transformación como el de maquinista insomne o el de boxeador en desgracia, pero la representación de Batman esta vez deja mucho qué desear; para empezar, tiene siempre abierta la boca, las piernas flacas y, como peleador, es muy lento.

Marion Cotillard sería la mejor actriz del mundo actual si no fuera por su participación en superproducciones de Hollywood como la que nos ocupa, en donde resulta decepcionante, sobre todo al final, cuando supuestamente muere con una pésima actuación (el director tenía prisa por acabar la película, quizá).

Anne Hathaway carece de la sensualidad que demanda su personaje. ¿Habrase visto una Gatúbela más fresa?

Aunque Nolan ha dirigido a Cotillard en dos ocasiones, parece que tuviera especial gusto por las mujeres fresas, como Katie Holmes, que hace de heroína en Batman inicia.

La otra cinta de Nolan en donde interviene Cotillard es Inception (2010), titulada en español El origen, y más interesante que la saga de Batman en curso, al menos, por el surrealismo onírico… Allí aparece también Joseph Gordon-Levitt, actor fetiche del mismo director en adelante.

Las tres películas de Batman personificado por Bale no son una trilogía, como dicen algunos, pues tampoco es en vano que al final haya surgido Robin…

Bane (Tom Hardy), el villano de la mascarilla, es más bien vulgar.

La batalla final en las calles no es convincente porque mueren muy pocos policías cuando les disparan con ametralladoras… En Batman inicia, todos los policías son corruptos, con excepción de James Gordon (Gary Oldman), y aquí son buenos muchachos; el más noble avienta la pistola al comprobar que mata…

En fin. Demasiado talento actoral para una película que apuesta a la espectacularidad de los efectos visuales.

Desde un punto de vista estético, aunque menos ambicioso, prefiero el trabajo de Tim Burton, que tiende al olvido.