Ripstein: porquería sodomita

El martes pasado fui a la Cineteca Nacional a ver El carnaval de Sodoma, de Arturo Ripstein. Nunca veo una película empezada y esta vez llegué a la función de las 20.30, corriendo, sudando, taquicárdico; entré a la sala que indicaba el boleto, arrepentido de llevar debajo una sudadera, me quité la chamarra, me aflojé el pantalón, aprovechando que el lugar estaba casi vacío, me quité los zapatos, saqué mi cena de la mochila, y empezó una película que ya había visto: El arte de llorar en coro. Me ajusté el pantalón, me puse los zapatos, guardé mi cena y salí a ver en qué sala daban El carnaval. En el camino me encontré con el “encargado” de que todo esté mal allí; le reclamé y respondió que, cuando yo regresara, pasaría sin pagar. La función tenía unos minutos de haber empezado y, otros minutos después, decidí no volver a ver semejante bodrio, aunque fuera gratis. En resumidas cuentas, se trata de una porquería nauseabunda que difícilmente puede uno tolerar hasta el final.

Al pasar por la taquilla de regreso a casa, vi un anuncio de que este jueves estarían Arturo Ripstein y Paz Alicia Garciadiego en la función de las 18.15. Ingenuamente, supuse que escucharían la opinión del público, así que escribí una crítica de una cuartilla para la ocasión. Entré sin pagar, asombrado por la soberbia y prepotencia de los expertos en autosabotaje, acostumbrados a esperar que el público también esté acostumbrado a sus estupideces.

Arturo Ripstein se presentó antes de la función, solitario; parecía tenso; hizo una serie de comentarios que pueden resumirse en dos palabras: “Soy mediocre”. Y se fue sin interlocución alguna con el público. “No sólo eres mediocre”, pensé; “además eres cobarde”. Toleré por segunda vez y por error algo que no merece nadie, ni siquiera el público de la Cineteca Nacional; tampoco merece comentario alguno, pero ya lo escribí… helo aquí, levemente aumentado:

El carnaval de Sodoma (2006), de Arturo Ripstein, confirma la impresión que me dejó La virgen de la lujuria (2002), su bodrio anterior: que Ripstein y compañía tratan de compensar la falta de talento, calidad, creatividad y buen gusto, con una doble provocación: la mercadotecnia del título (siempre la misma sintaxis, como sello) y la ofensa, primero a los refugiados españoles en México y después a los chinos; en ambos casos, ofenden también al público.

Independientemente del lugar en donde ocurran los hechos, según la novela homónima en que está “inspirada” la cinta, El carnaval reafirma otro sello de Ripstein y Paz Alicia Garciadiego, su esposa y guionista: reproducir sin excepción prototipos de mexicanos con vocación de jodidos; pero el patetismo grotesco de los personajes (que rima con ridículamente pintoresco y despectivamente caricaturesco) tiene un efecto de búmerang, al proyectar el patetismo grotesco de los realizadores, que van de mal en peor. Aquí ocurre, por ejemplo, la aberración de que todos los clientes de un putero son inconscientemente homosexuales; los que no son impotentes, se encaman con un hombre viejo que de ninguna manera parece mujer, pero ellos creen que lo es y, para colmo, se enamoran, como si alguna droga en el té chino los embruteciera más. Este hecho no sólo es inverosímil, sino que propicia serias dudas sobre la salud mental de Ripstein y Garciadiego.

En cuanto a lo demás, la primera mitad de la película se caracteriza por las pésimas actuaciones de todos y una escenografía de papel de estraza, como siempre, de ínfima calidad, improvisada y barata, algo que también caracteriza infaliblemente a Ripstein, es otro de sus sellos. Los diálogos y monólogos de Garciadiego no son menos absurdos. El humor no es negro, como quisiera, sino gris. El sentido de la narración, pretenciosa y pretendidamente circular, es repetitiva, reiterativa y redundante hasta la náusea, porque además se regodea en la inmundicia y la degradación, lo cual es congruente con todo lo anterior y quizá intenta ser parte de la misma provocación para causar polémica y escándalo, a falta de aporte alguno, así sea mínimo.

Por simple curiosidad, me pregunto cuánto habrá costado este bodrio infame, peor que el anterior, y por qué lo conocemos hasta ahora; ¿compitió antes por el desprestigio de los premios que suele granjearse un cine mexicano de pésima factura, que desprestigia mundialmente a México todavía más, al representarlo? ¡Por favor!

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Miscelánea mexicana

Desierto adentro, de Rodrigo Plá, es la mejor película mexicana que he visto después de Mezcal, de Ignacio Ortiz Cruz, pensó mi otro yo, antes de que sobreviniera el tedio y empezara a bostezar. “El ritmo, carajo, está fallando el ritmo”, espetó La Bruja. Causa y efecto, comenté. Por lo visto, su efecto soporífero es la causa de tantos premios y reconocimientos. Así como hay escritores que escriben, valga la redundancia, para seducir a un jurado y no a un público masivo, hay cineastas que hacen bodrios enervantes para marear antes al jurado y después al público. Finalmente, lo único en común que tienen Desierto adentro y Mezcal es la fotografía de Serguei Saldívar Tanaka; Desierto adentro se parece más a la primera versión fílmica de Pedro Páramo, casi insufrible, para mi gusto, al menos en la Cineteca Nacional, donde ver cine de otras épocas es una tortura medieval. Paradójicamente, las dos veces que he podido ver Mezcal, confundí su atmósfera necrófila con el espíritu de Juan Rulfo, a pesar de estar “inspirada” en Bajo el volcán, de Malcolm Lowry. Hacia el final de Desierto adentro, en cambio, encontré una relación con Cien años de soledad. Aureliano Segundo no se llama Segundo ni se apellida Buendía, pero su abuela bendice al descendiente maldito con una cruz de carbón en la frente: pequeño guiño para quienes hemos leído más de una vez la obra cumbre de la literatura latinoamericana y seguiremos considerándola nada menos que eso, así como a su autor el gran maestro, el maestro de maestros, el maestrísimo, sustantivado, aunque su participación en guiones cinematográficos es tan mediocre como la de Carlos Fuentes, quien convirtió una novela perfecta en un guión de pesadilla delirante, alucinación fumada, para una película con un reparto en el que ni siquiera Julissa y Jorge Rivero son lo peor. ¡Qué repartida le dieron a Pedro Páramo! ¡Qué gran reparto de madre! “¿Eso escribirás en tu blog?” -preguntó La Bruja en el camino de regreso a la taquilla, y respondí que no; escribiré que Desierto adentro es una versión mejorada (épica, para empezar) de El castillo de la pureza, de Ripstein. Al cabo mi blog no tiene más censor que yo ni más lectores que ustedes.

Mientras La Bruja compraba mi boleto para ver en seguida Cría cuervos, de Carlos Saura, escuché que alguien preguntaba sobre el tema que trata “la película de Ana de la Reguera” (sic). “Trata de las muertas de Juárez” (resic). No es la primera vez que escucho eso; una persona inclusive había pedido en la taquilla “un boleto para las muertas de Juárez” (requete sic). Yo no vería Backyard / El traspatio de nuevo y, en el último de los casos, lo haría nada más para contar las veces que dicen “las muertas de Juárez” o simplemente “las muertas” (unas sin cuenta). Lo peor de esa película no es el aspecto físico / enfermizo de la “subcomandante” que dispara con la zurda ni su trasero gordo ni su pésima dicción o su dislexia, ni la ínfima calidad del sonido (quizás atribuible a la cineteca), sino la reiteración ofensiva, el insulto a la sensibilidad que termina transformándola en legítima ira: A ver, bola de pendejos, no son “las muertas de Juárez”; son mujeres vivas que trabajan o estudian hasta que las secuestran para violarlas, torturarlas, mutilarlas y asesinarlas en Ciudad Juárez; a muchas las desaparecen y muchas no son “de Juárez”, sino originarias de otros lugares. Decir “las muertas” es referirse a la muerte como algo natural, cuando en realidad se trata de asesinatos, feminicidios o femicidios con todos los agravantes posibles. Decir “las muertas” sería válido para cualquier lugar del mundo que no fuera Juárez ni alguna otra ciudad en donde ocurra este síndrome de barbarie reproducida sistemáticamente a gran escala, como un holocausto o alguna otra posibilidad de exterminio humano o genocidio.

Cada vez que escucho “las muertas de Juárez” me hierve la sangre porque generalmente lo dice gente que finge no ser indiferente al tema, estar preocupada y hasta ocupada, gente falsa, hipócrita, demagoga, inclusive oportunista, o simplemente imbéciles, descerebrados como los que van a la Cineteca Nacional y no distinguen entre un DVD y un carrete. Los enanos que desgobiernan el recinto han logrado reducir su público a más enanos como ellos. Hacia el final de Desierto adentro, dos enanos que “trabajan” allí se pusieron a gritar y sus gritos invadieron la sala y contaminaron la película. El público tuvo que salir después por otra puerta, pero alcancé a ver que uno de los gritones era el que cobra por estorbar con su obesidad aguada en las escaleras el paso de la gente. Cuando entramos a la sala donde sería proyectada Cría cuervos, había música a todo volumen y los enanos del público platicaban a gritos y pateaban los asientos con singular alegría. Como la película es vieja, el ácaro aplicó una de las reglas doradas del lugar: cuanto más baja sea la calidad del audio, más alto hay que ponerlo (el máximo nivel es el cuatro y ese pusieron), nanque revienten los oidos, pos si revientan, mejor, pa’ que naiden se queje luego. Obviamente, los ácaros están sordos y ciegos, además de ser retrasados mentales, pero tienen y mantienen secuestrada la cineteca en el ejercicio del poder enano por derecho consuetudinario…

Volveré a ver Desierto adentro, quizás en otra parte, cuando haya visto suficiente cine como para quitarme el amargo sabor que me dejó el enanismo magno, y cuando haya dormido también lo suficiente y haya tomado suficiente cafeína. Por lo pronto, mi voz en el desierto de la soledad clama y reclama como siempre que se vayan tod@s al carajo de la Cineteca Nacional, que no quede allí nadie, que mi desierto interior se extienda hasta que sólo quede el polvo de lo que alguna vez fueron huesos. Amén.

Las lenguas volteadas

Lo mejor de algunas películas son sus diálogos, como en el caso de Las vueltas del Citrillo (2005), de Felipe Cazals, que rescata una forma de hablar en México a principios del siglo pasado (Xochimilco, 1903, para ser más exactos) con un guión que tardó cuatro años en dar a luz. Las vueltas del Citrillo es el nombre de una pulquería de la época en donde concurren soldados rasos y mujeres, a quienes les permiten la entrada en el anexo; ahí tiene lugar la primera parte de la cinta.

¡Puros díceres! -espeta Vanessa Bauche con los labios y la lengua adormilados, tambaleándose y con dificultad para fijar la mirada. “Puros díceres” tejen en efecto y bajo el efecto del pulque, después de un mes ensayando en estado etílico, una trama en la que tres militares, dos mujeres y un cura tienen los papeles protagónicos, aunque el alma de la cinta es más bien un personaje histriónico al que los demás se refieren como el dijunto Melgarejo y del que narran historias lejanas, cuando no contrarias de plano, a la realidad. “¡Puras pendejadas! -espeta el propio Melgarejo- No tienen nada mejor en qué entretenerse”.

-Oiga, mi sargento, y ese tal Melgarejo, ¿era de su conociencia suya?

-¡Qué va, mijo! A ese sólo lo conocían los muy mayores.

Pletórico de modismos y barbarismos, “giros idiomáticos” (Cazals dixit), refranes o dichos populares, albures y otros juegos de palabras, como expresiones de una apropiación mexicana del idioma español en el porfiriato, el lenguaje hace aquí a personajes de lo más pintorescos, cínicos y brutos, que evaden su cotidiana miseria poniéndose cotidianamente “hasta la madre de pulque”, según el director y guionista. Quizá la misma crítica de que ha sido objeto Arturo Ripstein sea merecida para Cazals en el sentido de que, según su visión, los mexicanos tenemos vocación de jodidos.

-¿Nomás por apalabrar como un aprendiz ya es uno insultativo?

-¡Al sonoro rugir y apestar del bridón apestoso!

-¿A poco asté lo andan haciendo culposo por atizarle a la grifa?

-¡Puras ínfulas de gente civilona!

Por mencionar algunas fallas, quizá la principal es precisamente el principio, por la efímera y pésima actuación de los “curritos de mierda”. También falla el contraste entre los primeros planos y escenas como en la que pasan las mujeres de la pulquería a la tienda contigua, cayéndose de borrachas, y falla la suciedad en aumento de los dientes del sargento, pues contrasta con la blancura inmaculada de las demás dentaduras, salvo la del tendero.

-A estas viejas las concibieron mientras Dios se echaba una siestecita.

-¡Resbalosas como piedras de río!

Al igual que los diálogos y algunas frases, los monólogos son memorables (que no memorizables, por elaborados), como el barroco sermón del párroco, por ejemplo, o la justificación escrita en voz alta del afusilamiento del cabo por enredarse con la mujer del sargento, o el choro mareador de la mujer cuando responde a la humillación de su “mero dueño”, momento en el que los ánimos pasan del rencor de él y la vergüenza de ella al amor de ambos, gracias al choro ese, con unas actuaciones espléndidas, como en toda la película.

No menos memorables son los diálogos entre los muertos en la última parte de la cinta.

-¿Arreglados?

-¡Arreglados! Yo asté lo tengo mirado desde endenantes.

-¿Dónde habrá sido eso, Chabelo?

-¡Oh! ¿Qué pasó? ¡Sobajar no es de hombres!

-Achántate, Isabel. Aquí tus fierros viejos valen para pura madre. Aquí puro mansito… Palabra de Lino Melgarejo. Aquí puro bonito y facilito.

Los muertos se confunden con los vivos en la feria, una secuencia rica en imágenes luminosas y dichos populares (“Si usted se llama no puedo, yo me llamo más que nunca”), incluyendo albures, para luego volver a las secuencias mortuorias.

-¿En qué quedamos? -le pregunta el sargento al cabo leal, que padece de un resfriado contumaz y aun así tiene que cuidar el grotesco altar a la madre decrépita para cuando se muera.

-Andamos licando cualquier novedad nueva -responde el cabo (en la primera parte de la cinta, el mismo personaje dice: “por voluntad de los voluntarios”).

-¡Ponte trucha; no se te vaya aparecer un salidor! ¡Ando bravo y no doy cuartel!

Los muertos llegan caminando y platicando tranquilamente hasta el canal en donde Melgarejo invita con un ademán a que el cabo suba al cayuco que lo llevará, junto con otros zombis, al más allá. El cabo sube muy triste y, antes de irse, le pregunta a Melgarejo: “¿Pos qué no estaba ya resucitado?”

-¡Qué te fijas, mijo! Da lo mismo aquí que allá. De todos modos no se llega a ningún lado.

Así termina la película (1).

Coproducida por el Instituto Mexicano de Cinematografía, Cuatro Soles Films, Estudios Churubusco y la Universidad de Guadalajara, Las vueltas del Citrillo es una muestra de lo que pueden hacer las instituciones que el “gobierno” intentó desaparecer en el sexenio pasado y ahora pretende asfixiar. Además es una pieza representativa del actual cine mexicano, tanto por el público al que se dirige (casi exclusivamente, pues su traducción a otros idiomas resultará ininteligible), como por estar realizado con recursos nacionales, a diferencia del que hacen otros cineastas mexicanos en Hollywood (“braceros de lujo”, según Carlos Bonfil), con inusitado y merecido éxito.

Las vueltas… es la mejor película mexicana que he visto hasta ahora desde Mezcal (2005), de Ignacio Ortiz, que ganó el Ariel a la mejor película el año pasado y también resultó ganadora en el rubro de fotografía, así como por la música, la edición, el sonido y el diseño de arte, doce galardones en total, como la de Cazals, que los obtuvo en otras categorías, por dirección, guión original, actor principal, coactuación masculina, vestuario y maquillaje. Personalmente, estoy de acuerdo en todos los casos, y la coincidencia entre ambas películas me hace confiar más en estos premios que en las estatuillas gringas.

Antes de Mezcal, que está basada en la novela Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, la mejor película mexicana que había visto era Voces inocentes (2004), de Luis Mandoki, y después de Mezcal, que sigue siendo mi preferida, Un mundo maravilloso (2006), de Luis Estrada, en donde también actúa Damián Alcázar, por cierto, bastante bien (trata de parecerse a Tin Tán y lo consigue). Por las mismas fechas que Las vueltas… vi Fuera del cielo (2), de Javier Patrón, y, francamente, no me pareció merecedora de los elogios que ha recibido. Allí también interviene Damián Alcázar, haciendo el papel de un policía judicial corrupto, valga la redundancia, pero su mejor actuación hasta ahora es la que tiene en Las vueltas… Y lo mejor de esta cinta es el guión, sobre todo por los diálogos. ¡He dicho!

1) Ya sé que no debo contar las películas y mucho menos el final, pero… ¡por eso mesmo lo hago, qué chingaos!

2) En cuanto a diálogos se refiere, lo único rescatable de Fuera del cielo está en la aparición de Isela Vega como puta retirada en un cuarto de azotea, cuando le dice a su hijo menor que ella hizo todo lo posible para que él no naciera. “Querías vivir, pero eras rete menso, nomás decías cucú cucú; por eso te dicen El Cucú. ¡Mejor te hubiera echado a la basura! Serías más feliz”. Este personaje y su parlamento me recuerda al ciego de Luis Buñuel en Los olvidados, gritando la frase más genial del cine mexicano: “¡Ojalá los mataran a todos antes de nacer!”