Después de Lucía

despues de luciaPatrocinada por Televisa, una película sobre hostigamiento escolar, también llamado bullying, entre estudiantes burgueses, representó al cine mexicano ante la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos y su equivalente en España, “para consideración del Óscar y los Goya”, como reza la leyenda en las copias respectivas.

Lo peor de esa película no es la pésima calidad del sonido, ni que la actriz principal, Tessa Ía, mire a la cámara por lo menos dos veces, ni el error de Alejandra, estudiante de preparatoria que parece inteligente, al permitir que la graben en video con un teléfono celular mientras tiene relaciones sexuales; tampoco es el hecho de que no use las manos para defenderse cuando la obligan a comer pastel de mierda, ni el segundo error (todavía más absurdo) de viajar a Veracruz con los alumnos que la agreden y humillan hasta el colmo de cualquier tolerancia, ni la pasividad inicial de su padre, encarnado por Hernán Mendoza, cuando ella desaparece y él se entera de todo, ni el segundo absurdo (tercer error) de viajar a Puerto Vallarta en vez de regresar al DF o, por lo menos, llamar a papi, que es buena onda, para que no se preocupe ni haga justicia por propia mano, como finalmente sucede.

Hay otras incongruencias en el guión: para justificar los celos de una estudiante y, en consecuencia, su odio, una escena muestra en segundo plano a Alejandra, platicando con su agresor, como si fueran amigos… ¿Y de dónde sacó dinero y ropa limpia para viajar a Puerto Vallarta? ¿Salió del mar y pasó a su cuarto de hotel antes que los demás alumnos? ¡En fin!

Lo peor no es el nombre de Emilio Azcárraga en los créditos, que ya es bastante, ni el imperdonable uso de una canción de Cri-Cri, «La muñeca fea», como fondo musical de los trailers promocionales, sino que la película haya representado a México en la preselección de candidatos al Óscar y al Goya, sin haber ganado ni un estúpido Ariel.

Lo peor es el premio correspondiente a la sección «Una cierta mirada» en el Festival de Cannes, y el Premio Especial del Jurado en el Festival Internacional de Cine de Chicago, y la mención especial en el Festival también Internacional de Cine de San Sebastián, dentro del ciclo «Horizontes Latinos», el año pasado los tres.

Lo peor no es que el actor y director británico Tim Roth, presidente del jurado en Cannes, haya calificado esta película como “una poderosa obra maestra”, ni que dicha exageración sea utilizada como recurso publicitario, sino la influencia de todos sus elogios en la decisión final al respecto. Peor aún es que algunos “críticos” sigan ensalzando esta cinta con la misma influencia y, más todavía, la que ejercen los premios y las menciones…

Mal porque se trata de un postulado irreflexivo. Peor porque, si bien la película tiene méritos que merecen reconocimiento, no es ninguna “obra maestra”, sino cine al estilo de La vida según Attenberg (Grecia, 2010), de Athina Rachel Tsangari, por ejemplo… Los consensos alrededor de títulos como ese, o de alguna rareza pretendidamente “culta”, suelen basarse más en referencias de autoridad que en criterios propios, y entonces la crítica es mal recibida, aunque tenga razón.

Después de Lucía (México, 2012), de Michel Franco, es el tipo de película que seduce a los opinantes con largas tomas de una cámara fija que parece captar el sonido, en este caso, desde un micrófono integrado, como producción casera, demagógicamente aplaudida por las plumas del rebaño.

La trama inconclusa y el supuesto final hacen previsible una segunda parte, así que la crítica también continuará… aunque, pensándolo bien, sería preferible un boicot nacional a Televisa, que ahora se presenta como emisaria “cultural” de México ante el mundo y no es más que un negocio de familia, fabricante de basura como el presidente espurio de la República.

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Un año de cine

turínEl año pasado fui cuatro veces al cine, contando aparte una presentación especial del documental Trazando Aleida, de Christiane Burkhard, en la Cineteca Nacional. Una vez publicado el pronunciamiento para que se vayan de allí tod@s, coincidí en el recinto con una encuesta realizada entre público acrítico, poco exigente y nada perceptivo, al que nada le parece mal, todo bien. Mi decisión de no volver se tradujo en una distancia temporal con el cine, y las cuatro películas del año fueron de malo a peor y de peor a pésimo en las salas comerciales: Ágora, de Alejandro Amenábar (bodrio exasperante que publicita en el cartel su elevado costo material como noción de relevancia, inexplicablemente laureada), El retrato de Dorian Gray, de Oliver Parker (espantajo efectista y burdo que parece confundir libertad con libertinaje y homosexualidad con “corrupción del alma”), La milagrosa, de Rafa Lara (basura que ni siquiera merecía ser mencionada), y El asesino dentro de mí, de Michael Winterbottom, que ameritó una reseña reivindicatoria.

Ese año tuve también cuatro sesiones con un sicólogo en la Clínica del Sueño y, entre otras cosas, me recomendó salir una o dos veces por semana para hacer algo más que mis habituales compras; el año siguiente comenzaría como si quisiera compensar la falta de cine durante el anterior. Sin reconciliación alguna, regresé a la Cineteca Nacional, en donde todo sigue igual o peor (salvo por un fraude que denunciaré más adelante) a ver una o dos películas consecutivas, una o dos veces por semana. El principio de aquel intenso regreso fue también anecdótico: luego de ver El listón blanco, de Michael Haneke, salí aturdido por los altos decibeles, cojeando como un anciano por la falta de circulación sanguínea, y con ese pretexto, aligeré la pesada carga de cine “culto” en blanco y negro, durante dos horas y media de inocencia infantil y su trágica pérdida, con otras dos horas y media de inocencia infantil en extremo distinto y distante: la frescura de Giuseppe Tornatore y la grandilocuencia de Ennio Morricone, dupla inmortal que alcanzó la madurez con un sentido del humor más ágil y menos ñoño, pero sin dejar de hacer parodia del temperamento italiano en aras del público gringo, con la sorprendente diferencia de que Baaria – La porta del vengo (cuyo estreno comercial tenía tres años tres) parece un homenaje a la militancia comunista de cepa en el país de la Cosa Nostra y el Spaghetti Western. Cuando pasé junto a la taquilla, Hilda Saray compraba su boleto para la siguiente función de la película que yo acababa de ver…

Poco después, Jaime Avilés pateaba mi asiento y yo me contenía, mientras los talentos de Anthony Hopkins y Naomi Watts compensaban la decadencia de Woody Allen en Conocerás al hombre de tus sueños, que toleré dos veces, como París a medianoche. Por recomendación del que pateaba mi asiento, me chuté Siete instantes, documental de Diana Cardozo acerca de la participación femenina en la guerrilla uruguaya de los años setenta, y entonces toleré que la usufructuante del fracaso de Cafetlán contaminara la sala con olor pútrido a cigarro.

Allí mismo, con un pedazo de la imagen proyectada en el techo por un pedazo de pendejo, La mitad del mundo, de Jaime Ruiz Ibáñez, resultó un esfuerzo comparable con El mural de Siqueiros, de Héctor Olivera, en cuanto a méritos del cine mexicano. La primera es más impactante, a pesar de las fallas y debilidades actorales, y la segunda podría llamarse más bien La prostitución de Siqueiros… Pero lo más relevante a nivel nacional fue Presunto culpable, de Abogados con Cámara, por el favor que le hicieron los poderes, primero el judicial y después el ejecutivo en alianza con Cinemex; antes de la censura y la publicación íntegra del documental en internet, pude verlo tres veces en salas de exhibición y llegar a un punto inconfesable de obsesividad; la Cineteca Nacional, por cierto, hizo un olímpico sabotaje, como es de imaginar. Y el año concluyó con Alucardos: Retrato de un vampiro, de Ulises Guzmán, documental acerca de Juan López Moctezuma, director de Alucarda, y dos fans de la película, custodios de su herencia…

Lo más relevante a nivel mundial había sido Anticristo, de Lars von Trier, película de pornografía gore que alterna con poesía en imágenes y misoginia en el mensaje; bastante polémica la intención y demasiado evidente que alguien joven dobla el cuerpo de Willem Dafoe en las escenas eróticas; me propuse escribir al respecto para exorcizar otra obsesión: como advertí al apersonarme en un acto de solidaridad con la familia Reyes Salazar, de Ciudad Juárez, comenzaba la militarización de Ciudad Monstruo; sobre la película escribí un carajo porque ni un minuto dejé de pensar en la amenaza que ciérnese todavía sobre la mayor concentración humana del planeta, así que me aboqué a llevar hasta sus últimas consecuencias mi alerta roja y descubrir el hilo negro: que México es un país de traidores. ¡Que se lo lleve la chingada entonces! -me dije al cabo de cinco meses que me envejecieron cinco años, y regresé al cine, además de comprar a precios de fábula: El séptimo sello, de Ingmar Bergman; El último de la lista, de John Huston; Chicago, de Rob Marshall; Ciudad de Dios, de Fernando Meirelles; Los niños del fin del mundo, de Marzieh Meshkini… y conocer la historia de Dorothy Dandridge y el rabioso racismo de Joligud, antes más nefasto de lo que yo imaginaba.

Si El último de la lista (The List of Adrian Messenger), con su “reparto súper estelar”, es un thriller insoportable por aristocrático, El discurso del rey, de Tom Hooper, nominada, premiada y todo eso, no es más que un melodrama cursi, aristocrático y rancio; los ingleses resultan especialmente insoportables cuando, además de ser insoportables de por sí, el ánimo personal está permeado por la sangre de un país.

Chicago, en cambio, amerita su propio texto en su propio contexto; Ciudad de Dios, lo mismo.

Tan “culto” como El listón blanco, también en blanco y negro, El caballo de Turín, de Béla Tarr, es una metáfora en 24 tomas, como las horas del día durante una semana inconclusa.

Interesantes desde otros ángulos: Zona Sur, de Juan Carlos Valdivia (ejemplo doméstico del cambio de élites en el poder boliviano); La pivellina, de Rainer Frimmels y Tizza Covi (de nuevo el binomio de inocencia y autenticidad infantil, que no es actuada en este caso); Jean Gentil, de Israel Cárdenas y Laura A. Guzmán (con su anécdota respectiva, que narraré después en el blog literario); La vida según Attenberg, de Athina Rachel Tsangari…

Lo mejor del año, sin duda, fue La mujer que cantaba, de Denis Villeneuve, y La mirada invisible, de Diego Lerman, que logré reseñar, una vez superada mi obsesión.

Lo más importante, en términos comerciales: El planeta de los simios

Lo peor de lo peor, que no alcanza ni siquiera la categoría de cine pésimo: Eclipse. ¡Puaf!

En fin. Al final, finalmente, no me fue tan mal.

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