L@s niñ@s de la guerra

06En algún lugar al sur del Sahara…

El mejor cine del mundo se hace al margen de Hollywood, y un ejemplo de ello es Rebelle (Canadá, 2012), película escrita y dirigida por Kim Nguyen, con personajes ficticios en un contexto real: el reclutamiento forzoso de niñas y niños por los ejércitos regulares y las organizaciones guerrilleras o paramilitares de África central, región formada por una decena de países en guerra. La cinta no especifica en cuál de esos países ocurre la historia que relata, pero el rodaje fue realizado en la República Democrática del Congo, donde tiene lugar el índice más alto del mundo en cuanto a militarización infantil, según el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), así como el 80% de las reservas mundiales de coltan, cuya explotación es la principal causa de un conflicto internacional que ha costado la vida a más de cinco millones de personas, lo que supone a su vez el mayor número de muertes violentas desde la Segunda Guerra Mundial.

A diferencia de la niñez, el coltan es un recurso natural no renovable, considerado como “altamente estratégico”. Ruanda, Uganda y Burundi lo roban del Congo para exportarlo a Occidente (principalmente a los Estados Unidos), que lo utiliza en dispositivos electrónicos de la más alta tecnología y la telefonía celular.

La guerrilla ficticia del Gran Tigre, que vemos en la película recolectando coltan, podría representar, por consiguiente, a cualquiera de las milicias rebeldes que operan en el Congo. Cabe suponer que, para obtener permiso de rodar allí, los realizadores se comprometieron a mantener la identidad del país en el anonimato.

War Witch, como se titula en inglés, es la historia narrada por Komona, una cándida y noble adolescente, al hijo que se gesta en su vientre; ella tiene catorce años de edad y, dos años antes, cuando tenía doce, la guerrilla irrumpió en la tranquilidad de su aldea, mató a la mayoría de los adultos y secuestró a tod@s l@s niñ@s para obligarl@s a pelear contra el ejército del gobierno; Komona fue obligada primero a disparar contra sus propios padres, bajo amenaza de asesinarlos a machetazos si no lo hacía ella a balazos…

La cinta dura noventa minutos y está dividida en tres capítulos de media hora para cada una de las edades que componen el relato de Komona: a los doce, la hacen soldado; a los trece, escapa con otro adolescente; a los catorce, la devuelven a la guerrilla y vuelve a desertar. La media hora intermedia contrasta con las otras dos, como una tregua, por sus momentos de ternura y amor entre los protagonistas…

Hacer que l@s niñ@s asesinen a sus padres o a otros seres queridos es normal en estos casos, pues así l@s “endurecen” como soldados. También es común que, antes de empuñar un arma, sean esclavizad@s a golpes y demás formas de maltrato para que realicen trabajos brutales, como sucede en la historia de Komona. Las niñas suelen ser además esclavas sexuales…

Antes de entrar en combate, niñas y niños son narcotizad@s con un enervante vegetal al que se refieren como “sabia mágica”; al consumirla, Komona puede ver a los espíritus de los muertos, así como a los “demonios” del gobierno, y parece estar fuera del alcance de las balas, por lo que sobrevive de milagro a los tiroteos y, desde las supersticiones y creencias místicas y religiosas que abundan en las culturas africanas, es considerada por sus compañeros de armas como una bruja sagrada; hasta el máximo líder de la guerrilla, un criminal cacique a quien llaman El Gran Tigre, venera a Komana como tal, y se acaba el maltrato, casi. Entre los espíritus y fantasmas que habitan las visiones de la muchacha, están los de sus padres, que son los más persistentes y le piden que regrese a la aldea para enterrarlos.

Un negro albino de quince años al que apodan El Mago convence a Komana de huir y, una vez que lo hacen, le pide matrimonio; para ser su esposa, ella le pide a cambio un gallo blanco y, en la búsqueda de tan raro animal, son conducidos a una aldea de negros albinos, en donde lo encuentran; sin más ceremonia que la intimidad, se casan y viven felices hasta el día que llegan los rebeldes; El Mago es asesinado y Komana secuestrada por segunda vez; el comandante la embaraza y ella escapa de nuevo, no sin antes matarlo a machetazos; en cuanto da a luz sin ayuda, en la soledad del campo, regresa a la aldea desierta para enterrar a sus padres…

La bruja de la guerra, como es traducido al español el título en inglés, no explica el complejo conflicto internacional, más que regional, conocido como la Segunda Guerra del Congo; se limita a narrar un caso personal que no por ficticio es menos representativo de un aspecto en particular: el drama de l@s niñ@s soldados, en este caso, dentro de las filas rebeldes. El mayor mérito de la película es artístico, más allá de la “denuncia social”, en parte, porque sus actuaciones son perfectas, principalmente la de Rachel Mwanza en el papel de Komona, una actriz innata sin experiencia previa, que fue descubierta en la calle, toda una revelación. Ningún actor aquí es profesional. El también debutante Serge Kanyinda, como El Mago, es igualmente convincente. Y ambos personajes son entrañables.

Para transmitir la espontaneidad requerida, el guionista y director franco-canadiense Kim Nguyen no permitió a los actores conocer el guión antes del rodaje, así que éstos ignoraban lo que sucedería después de cada secuencia… (de todos modos, la joven Mwanza no podía leer el guión porque es analfabeta, lo cual hace especialmente plausible su desempeño).

Entre una dirección de cámaras que imita el estilo documental y una edición impecable, también el resultado visual es excelente. Confluye allí el “concepto visual” de Emmanuel Frechette (como aparece la dirección artística en los créditos finales) con la fotografía de Nicolas Bolduc y el montaje de Richard Comeau. Nguyen había trabajado con Bolduc en dos largometrajes anteriores: La cité y Truffe (Le Marais, 2002, es el primero, y Rebelle es el cuarto). La suma de su labor conjunta son imágenes de gran fuerza emotiva y gran belleza poética. A pesar de preferir la cámara en mano, en constante movimiento, al trípode o tripié, no hay escenas desenfocadas, como en Beasts of the Southern Wild (EUA, 2012), de Benh Zeitlin, con la que tiene muchas cosas en común. En Rebelle, todo es más cuidadoso y pausado; el enfocamiento de los primeros planos, generalmente cortos para crear una sensación de intimidad, se abre para situarnos en su contexto físico (los fotogramas en diapositivas son ejemplos bastante nítidos de este concepto).

Un ingenioso manejo tanto del sonido como del silencio, por su calidad y su creatividad, forma parte del conjunto; los cantos africanos son aquí un elemento narrativo muy vívido y un ingrediente de folclor o acervo popular, complementado con música pop, también africana, grabada en estudio. La segunda pieza que acompaña los créditos finales cede a las voces y risas, no menos musicales, de niñ@s que juegan, con un sonido ad hoc.

La miseria y el atraso están presentes en todo momento como elementos de la misma realidad social. La miseria es causa y efecto de la barbarie en un círculo vicioso que la civilización, bajo la égida del capital y su planetario sistema de asimetrías, no puede ni quiere romper.

Nguyen invirtió diez años en esta película, inspirado en la historia de un niño soldado a quien creían una reencarnación divina sus compañeros de armas y lo cargaban sobre los hombros para que no se ensuciaran sus sueños, pues había sobrevivido varios meses durante una guerra en la que todos morían luego de unos días o, cuanto mucho, semanas. Entre mito y realidad, ese niño llegó a encabezar un grupo de hasta 200 milicianos rebeldes en Birmania.

El cine había denunciado el reclutamiento forzoso de niñas y niños, tanto por las guerrillas como por los ejércitos regulares, también en Centroamérica: Voces inocentes (México, 2004), de Luis Mandoki… En Blood Diamond (EUA, 2006), de Edward Zwick, vemos el acondicionamiento paramilitar de niños que disparan con los ojos vendados contra civiles maniatados. Los “diamantes de guerra” en Sierra Leona equivalen al coltan en el Congo, pues el precio de estos minerales es la niñez africana, con la diferencia de que el segundo está en manos de cualquiera que, en cualquier lugar del mundo, tenga un teléfono móvil.

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¿El lado bueno de qué?

LawrenceVer Silver Linings Playbook, de David O. Russell, me ha servido para terminar de descreer en el Óscar, si acaso hacía falta, después de tanta estupidez. Por supuesto que Jennifer Lawrence, ganadora en la categoría de mejor actriz, ni siquiera es comparable con Quvenzhané Wallis y tampoco es mejor que Emmanuelle Riva o Naomi Watts, al menos en las películas por las que fueron postuladas; yo la pondría en cuarto lugar antes que a Jessica Chastain, si nos atenemos a las cinco nominaciones, menos arbitrarias que la decisión final. La actuación de Quvenzhané, como la cinta en donde ocurre, Beasts of the Southern Wild, de Benh Zeitlin, es un milagro irrepetible, pero la dizque Academia de Hollywood no reconoce la calidad ni el arte y mucho menos la excelencia, como se dice; al parecer, sus criterios son comerciales y políticos: el Óscar es un premio a lo más representativo del negocio llamado «séptimo arte» que tiene un carajo de artístico…

Si El lado bueno de las cosas, como fue titulada en España y Chile, o Los juegos del destino, en México y otros países, es cine independiente, ¿por qué no reconocer los enormes méritos de la ópera prima de Zeitlin, que fue realizada con 1,800,000 dólares, según algunas fuentes, o millón y medio, según otras, mientras que la cinta de Russell costó 21 millones? La respuesta, en el caso de su actriz principal, podría ser el racismo que Hollywood intenta disimular desde hace once años (léase comentario al respecto). Otra posibilidad es que, si la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood está compuesta por cerca de seis mil persones, como se dice, haya una abrumadora mayoría de imbéciles (en Estados Unidos, es mayoría la que votó a favor de la guerra, por ejemplo). ¿Por qué mantiene en secreto su composición? ¿Por qué no hace públicos sus criterios? ¿Acaso existen o son más bien consensos inconfesables?

Por lo demás, El lado luminoso de la vida, como fue titulada en Argentina y Uruguay, es muy inferior en todos los aspectos a The Fighter (2010), trabajo previo de Russell por el que yo esperaba algo más o menos equivalente o similar. En la nueva cinta sucede una pequeña sorpresa que parece plagiar discretamente a Little Miss Sunshine (2006), de Jonathan Dayton y Valerie Faris, cuando los protagonistas bailan en el concurso con un repentino cambio de canción…

En fin. La película me decepcionó, y respecto al Óscar hay que ajustar cuentas con ejemplos de sus más aberrantes omisiones. Por lo pronto, me remito al decálogo anual de Jorge Ayala Blanco: las diez mejores cintas de 2012, que ni siquiera fueron nominadas.

Al margen

¿Quiénes titulan las películas en español? En España traducen el título original al español, pero en México escogen, sin un ápice de respeto ni originalidad, por ejemplo, el título de una telenovela (Juegos del destino) para rebautizar una película, o títulos como Una niña maravillosa, o Una aventura extraordinaria, que además de cursis deciden por el público su parecer.

Lo bueno, lo malo y lo feo del Óscar 2013

oscar 2013

Como dije, me alegra que Argo, de Ben Affleck, haya ganado el Óscar para mejor película, en vez de Lincoln, de Steven Spielberg, o Los miserables, de Tom Hooper, pero entre las nominadas en todas las categorías lo mejor que he visto es Beasts of the Southern Wild (Bestias del sur salvaje), ópera prima de Benh Zeitlin, titulada en México Una niña maravillosa y en Argentina La niña del sur salvaje. La película es maravillosa, especialmente por la actuación de Quvenzhané Wallis, un auténtico fenómeno actoral a los seis años de edad, tanto que no parece actuar, aunque su papel no sería tan convincente si no fuera por la dirección de Zeitlin (también joven, de 30 años) y el guión de Lucy Alibar y el propio director, que alimentan el alma con diálogos y monólogos infantiles de gran belleza por su compleja sencillez en equilibrio, con ingenio, buen humor y hasta poesía. Alibar es autora de Jugoso y delicioso, la obra teatral de un solo acto en que se basa esta joya de 92 minutos, postulada para mejor película, mejor director, mejor actriz y mejor guión adaptado, que no ganó en ninguno de los cuatro casos, aunque lo merecía.

La cinta de Affleck obtuvo el Óscar para mejor guión adaptado, al que también aspiraba la de Spielberg. Otra nominada en esta categoría y para mejor película era Life of Pi, de Ang Lee, que obtuvo el Óscar para mejor director, por el que suspiraba Spielberg, y me alegra que no lo ganara. No he visto Una aventura extraordinaria, como fue titulada la cinta de Lee en Hispanoamérica, pero si el cineasta taiwanés fue capaz de algo tan extraordinario como El tigre y el dragón (2000), no dudo que su aventura también lo sea.

La ganadora del Óscar para mejor actriz es Jennifer Lawrence por su papel en Silver Linings Playbook (El lado bueno de las cosas en España, Los juegos del destino en Hispanoamérica y El lado luminoso de la vida en Argentina y Uruguay), de David O. Russell, que tampoco he podido ver, pero dudo mucho que la actriz supere a la niña maravillosa, que habría sido la más joven entre quienes han recibido este premio. Emmanuelle Riva, en el otro extremo (cumplía 86 años el día del Óscar), tiene una actuación perfecta en Amor, escrita y dirigida por Michael Haneke. Naomi Watts contendió con pocas posibilidades por su excelente desempeño en Lo imposible, de Juan Antonio Bayona, una cinta menor. Jessica Chastain fue postulada por La noche más oscura, de Kathryn Bigelow, nomás para completar la terna; la película es interesante por su argumento (el final es la muerte de Osama bin Ladem), pero Chastain parece introspectiva y prácticamente carece de proyección…

No estoy de acuerdo con el Óscar para mejor actor a Daniel Day-Lewis (el tercero en su carrera) por la débil personalidad de Abraham Lincoln, aunque tampoco veo alternativas. La actuación de Jean-Louis Trintignant en Amor no es menos loable que la de Riva, pero ni siquiera fue nominado. Ambos octogenarios se roban el corazón en esa melancólica cinta sobre la vejez, el amor, la enfermedad, la eutanasia, la soledad, la vida y la muerte. Por lo visto, en 2012 no hubo grandes actuaciones masculinas…

El Óscar para «mejor actriz de reparto», en cambio, era tan predecible como para «mejor actor de reparto», pues si algo tienen en común Anne Hathaway en Los Miserables y Christoph Waltz en Django sin cadenas, de Quentin Tarantino, es que sus papeles, más que secundarios, son tan primarios como los protagónicos, y están bien representados, aunque Hathaway destroza la canción «I dreamed a dream», como es normal en el imperdonable fiasco musical. Por lo demás, ninguno de los dos es comparable con Christian Bale, que ganó el año pasado en esta categoría por su destacada participación en El peleador (2010), de David O. Russell, actuación «de reparto» que deja en segundo plano a la principal.

El Óscar para mejor película extranjera tiene algo de controvertible, así haya sido Amor (Austria) la ganadora. Con la incongruencia de que Affleck no fuera postulado como mejor director, mientras la «Academia» de Hollywood decidía premiar su película, que se refiere a la ruptura de relaciones diplomáticas entre Irán y Estados Unidos, la misma «Academia» eliminó de la contienda Un terrón de azúcar, de Seyyed Reza Mir-Karimi, película iraní preseleccionada, junto con Insurgentes, de Jorge Sanjinés, una cinta propuesta por Bolivia, que tampoco pasó a mayores.

El Óscar por «mejor diseño de producción», que antes se llamaba «dirección artística» y de lo cual carece la cinta de Spielberg, fue para que —más allá de su actor protagónico— Lincoln no se fuera con las manos vacías, así que lo perdieron Los miserables y Una aventura extraordinaria, pero esta última se alzó en el rubro de mejor fotografía, donde también competían Lincoln y Django sin cadenas, que ganó en la categoría de mejor guión original, como era de esperar. Segundo Óscar para Tarantino, tras el de Pulp Fiction (Tiempos violentos) en 1994, también por el guión.

El Óscar por «mejor diseño de vestuario» fue para Anna Karenina, de Joe Wright, que no he visto porque será estrenada en México hasta marzo (aquí siempre llegan tarde las películas y su retraso fomenta la piratería), pero me alegra que dicho premio tampoco fuera para Los miserables, Lincoln o Blancanieves y el cazador… aunque en el papel de Karénina prefiero a la fascinante Sophie Marceau de la versión gringa (1997) que a la mediocre Keira Knightley de la versión inglesa (2012).

En «maquillaje y estilismo de peinado», como se llama desde ahora lo que antes era simplemente maquillaje, ganó Los Miserables, desgraciadamente, pero perdió Hitchcock, de Sacha Gervasi, afortunadamente. Los maquillistas del fiasco musical envejecieron a Jean Valjean hasta el final, cuando muere, pero detalles así pasan desapercibidos por los dizque académicos, que nominaron en esta categoría la caricaturesca caracterización de Alfred Hitchcock… Cuando John Chambers, el maquillista de El planeta de los simios (1968), de Franklin J. Schaffner, y su respectiva saga —como sabemos hoy gracias a Argo—, hacía disfraces para la CIA, el Óscar en este rubro ni siquiera existía.

Mejor canción original: «Skyfall», de Adele, que no me parece la gran cosa, pero me alegra que no fuera «Suddenly», de Los Miserables. El Óscar en este caso parece premiar los 50 años de James Bond, cuyas películas han tenido múltiples nominaciones al galardón, pero lo habían ganado nada más Goldfinger (1964), de Guy Hamilton, y Operación Trueno (1965), de Terence Young, la primera por sus efectos sonoros y la segunda por sus efectos visuales. Entre las canciones de la franquicia, mi favorita es «For your eyes only» (1981), de Sheena Easton, cantante irlandesa con la que soñaba entonces.

En «edición de sonido» empataron Skyfall, de Sam Mendes, y La noche mas oscura, lo cual me parece una patraña, pero me alegra que Los Miserables no estuviera postulada; lo aberrante, como he dicho, es que lo estuviera, en cambio, para «mejor mezcla de sonido» y, peor aún, que ganara. ¿Cuál es la diferencia? ¿Para eso dividieron el rubro de sonido, ahora con altos grados de especialización?

Finalmente, Lincoln ganó sólo en dos de las doce categorías en que fue nominada, y se desinfló. Con once nominaciones, Una aventura extraordinaria ganó en cuatro. Los miserables ganó en tres de ocho categorías, y sigue inflada. Argo se alzó en tres de siete. Y Una niña maravillosa, la mejor de todas las películas, no ganó en ninguna de las cuatro categorías.

Bestias del sur salvaje