Dos ejemplos de cine alternativo

Monster_movieAl margen de la producción cinematográfica sobre todo comercial, en la que Hollywood invierte más dinero que talento y nos satura con su estridencia publicitaria, he visto algunas propuestas interesantes que podría considerar como cine alternativo, acaso menor por su bajo presupuesto, pero artísticamente superior. Monster (2003), escrita y dirigida por Patty Jenkins, es una de ellas. The Fighter (2010), de David O. Russell, también. Estas películas, además de ser gringas, tienen en común sus excelentes actuaciones y estar basadas en hechos reales.

«La Damisela de la Muerte»

Titulada en español Asesina serial, la primera narra parte de la historia de Aileen Wuornos, una prostituta que asesinó, por lo menos, a siete hombres en 1989 y 1990, luego de ser ultrajada por el primero de ellos con inopinada brutalidad. Detenida en 1991 y condenada a muerte por el estado de Florida en 1992, la mujer fue ejecutada en 2002, al cabo de once años en la cárcel.

Charlize Theron encarna extraordinariamente al personaje. Hasta entonces, la actriz sudafricana era conocida por su primer papel protagónico en El abogado del diablo (1997), de Taylor Hackford, su participación en Mi gran amigo Joe (1998), de Ron Underwood, y su colaboración con Woody Allen en Celebrity (1998) y La maldición del escorpión de jade (2001), entre otros trabajos.

Jenkins y Theron leyeron las notas de Wuornos escritas en prisión, que en conjunto constituyen una extensa autobiografía, y recorrieron juntas los lugares en donde estuvo Wuornos durante 1989 y 1990, que fueron locaciones después y, entre los extras, se presentó a diario gente que había tenido alguna relación con Wuornos.

La actriz tuvo una transformación asombrosa, para la cual subió trece kilos y, en el rodaje, usó una capa de piel sellada sobre el rostro, dentadura falsa y pupilentes, además de maquillaje y peinado, pero más allá de la simple apariencia física, Charlize asumió fielmente la personalidad de Aileen, extrayéndola de imágenes en video y numerosas fotografías; su principal referencia fue el documental Aileen Wuornos: The Selling of a Serial Killer (1992), de Nick Broomfield.

Por su actuación (calificada como “la mejor de la historia” por The New York Times, New York Post, Chicago Sun-Times y Variety), ganó el reconocimiento de la crítica y del público a nivel mundial, así como veinte premios y una nominación al BAFTA, entre ellos el Óscar, el Globo de Oro y el Oso de Plata, todos en la categoría de mejor actriz, con excepción de uno por el mejor beso, galardón compartido con Christina Ricci, quien dio vida a Shelby Wall, amante de Wuornos en la cinta y cuyo verdadero nombre es Tyria Moore (su nombre, edad y apariencia fueron modificados por razones legales).

Jenkins había escrito y dirigido los cortometrajes Just Drive y Velocity Rules, ambos en 2001. Entre 2003 y 2005, su ópera prima como largometraje obtuvo en total treinta premios y nominaciones. En los créditos, Theron aparece además como productora.

Christina Ricci, por su parte, debutó a los diez años de edad en Sirenas (1990), de Richard Benjamin; ha trabajado con directores como Allen y Ang Lee, y cuenta con múltiples premios; a los 19 años comenzó a escribir y dirigir películas en las que actúa…

Monster, por tanto, une a grandes talentos.

«El Irlandés»

Con tres títulos distintos en español, The Fighter trata sobre la carrera de Micky Ward, un boxeador entrenado por su medio hermano, Dicky Eklund, y manejado por su madre, Alice Ward, cuyos papeles son protagonizados por Mark Wahlberg, Christian Bale y Melissa Leo, respectivamente. Dicky fue boxeador antes que Micky y, al parecer, noqueó a Sugar Ray Leonard, pero ahora es un drogadicto…

Lo mejor de la película, sin duda, es la actuación de Christian Bale, que había tenido también una transformación impresionante en El maquinista (2004), de Brad Anderson, al perder treinta kilos y recuperarlos para encarnar a Batman un año después. En The Fighter, aunque menos, también está flaco, además de calvo, chimuelo y demacrado. La caracterización física, sin embargo, como aspecto parcial de la versatilidad histriónica, no sería suficiente sin una expresividad convincente, y la capacidad interpretativa del actor inglés en estas dos películas (a diferencia de Batman) está fuera de serie; habla más y mejor de su calidad actoral el cine alternativo que mafufadas como The Dark Knight Rises (2012), de Christopher Nolan.

Por su desempeño en The Fighter, Bale ganó un Óscar, un Globo de Oro y un Premio del Sindicato de Actores, los tres como reconocimiento al mejor actor de reparto, y fue nominado al BAFTA en la misma categoría. Como mejor actriz de reparto, Melissa Leo consiguió los mismos galardones, a los que fue nominada Amy Adams por el papel de Charlene Fleming, la novia de Ward. Sugar Ray Leonard hizo un cameo. Y The Fighter fue candidata, entre otros, a los llamados «premios de la Academia» para mejor película, mejor director, mejor guión original y mejor montaje.

El peleador, como fue titulada en México, El ganador en Argentina, El vencedor en Chile y The Fighter en España, fue rodada en menos de un mes y medio, entre el 13 de julio y el 26 de agosto de 2009, pero el guión tardó años en nacer y los actores se prepararon también durante años para dar vida a sus personajes, en particular Mark Wahlberg, entusiasta promotor del proyecto, quien empezó a entrenar en 2005, involucrándose inclusive en la producción, que tuvo varios retrasos; con todo, su actuación resulta finalmente la parte débil de la película… Matt Damon y Brad Pitt fueron considerados para el papel de Eklund, encarnado por Bale sin parecido alguno, pero con mayor presencia que los otros tres.

Russell había escrito y dirigido Tres reyes (1999), en la que trabajó por primera vez con Wahlberg, así como Extrañas coincidencias (2004), entre otras. La primera es considerada por el crítico de cine Roger Ebert como “una extraña obra maestra” sobre hechos siguientes a la guerra del Golfo (1991), mezcla de acción, humor y crítica política, mientras que la segunda es “una comedia de corte surrealista y existencialista que se mofa de las modas terapéuticas contemporáneas”.

Para fortuna del público exigente, este año veremos nuevamente a Bale bajo la dirección de Russell, protagonizando a un personaje de la vida real, artífice del fraude financiero antes de colaborar con el FBI en la captura de otros delincuentes de cuello blanco.

Por último

Los premios no siempre hacen justicia, y el Óscar especialmente carece de credibilidad, pero sirvan por su acierto en estos casos como parámetro referencial. Tampoco el presupuesto habla siempre de calidad; a veces por el contrario (el síndrome de Spielberg es más bien cantidad a falta de calidad). The Dark Knight Rises, por ejemplo, costó 250 millones de dólares (!), mientras que The Fighter requirió de 25 millones, es decir, diez veces menos. Con el costo de aquella es posible hacer diez películas como ésta y más aún como Monster, cuyo presupuesto fue de ocho millones, o sea, ni siquiera la tercera parte que The Fighter. Con lo que gastaron Christopher Nolan y Emma Thomas en su dispendioso bodrio es posible costear 31 películas como la de Patty Jenkins.

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De cameos y encamadas

Hace unos días, encontré por accidente o casualidad una copia de Amor eterno (2004), de Jean-Pierre Jeunet, entre mis DVD; yo no sabía que la tenía porque la devolví cuando me la regalaron hace unos años, y luego la pedí prestada junto con otras dos y lo olvidé. Recuerdo en cambio cuando la vi por primera vez; acababa de salir de una racha etílica o crisis alcohólica o recaída y sabía de la película El maquinista, de Brad Anderson, que estaba en cartelera, pero nomás en el Cine Reforma, y creía yo conocer la ubicación; en todo caso, era cosa de llegar al metro Reforma y preguntar… ¡Craso error! Un policía en dicha estación parecía contener la historia de todos los cines de la zona; sabía cuáles habían cerrado y reabierto con nuevos dueños, cuáles habían desaparecido, etcétera; pero de poco me sirvió tanta sapiencia, pues el nombre del cine más cercano, sobre Paseo de la Reforma, era otro; emprendí la búsqueda a pie y llegué hasta Chapultepec; comí en un restaurante y entré al multicinema que había determinado el límite de la caminata; entre las opciones estaba Amor eterno, “del director de Amélie“, decía el cartel. Yo no había visto Amélie (2001), pero estuvo en boca de tod@s y los comentarios eran favorables, así que opté por esta otra película, que también protagoniza Audrey Tautou, la actriz principal de Amélie. A mitad de la cinta, para mi sorpresa, aparece Jodie Foster hablando en francés perfectamente, y su capítulo culmina con escenas eróticas no menos sorprendentes. En su momento, creí que llamaban cameo a su intervención por encamarse con un fulano…

Amor eterno, cuyo título original es Un long dimanche de fiançailles, me parece una obra maestra, producción épica de alto presupuesto que nada le pide a Hollywood para efectos especiales de ambientación, pirotecnia y demás espectacularidad, con una trama igualmente laboriosa y compleja. Ahora que vuelvo a verla, para mi sorpresa, aparece Marion Cotillard en el sórdido papel de una prostituta corsa, experta en el arte del disfraz, que asesina, por venganza, llena de odio, altos mandos del ejército francés en plena guerra mundial; memorable personaje y perfecto desempeño de la actriz con el rostro más interesante del cine actual, que yo no conocía en 2004 y, en consecuencia, no podía reconocer. Todo cuanto hace, lo hace bien, pensé de Jodie Foster en aquel entonces y lo pienso ahora de Marion Cotillard. Es un hecho lamentable que, por ignorancia, no concedamos la importancia que tienen los grandes talentos en papeles secundarios, “de reparto”, como eufemísticamente se les llama; conociéndolos, se queda uno con ganas de más…

La caja de video digital contiene dos discos, uno con la película y otro con material adicional: un documental sobre la filmación, escenas suprimidas y comentarios del director, entre otras cosas. Es realmente una maravilla el cine, concluyo al verlo por delante y detrás de las cámaras y leer lo que se dice al respecto. Dicho sea con todo respeto, Amélie resulta una obra menor en comparación con Amor eterno, pero es de aceptación masiva y predilección mayoritaria por tratarse de una comedia ligera. Amor eterno, en cambio, es exhaustiva. Ahora me parece menos perfecta que la primera vez, y demasiado amarilla, como saturada… El final feliz es lo más débil, y tienen razón quienes critican el hecho de que la protagonista principal emprenda la búsqueda infatigable de un fulano sin chiste. Ni hablar. Cada quién su amor. El mío, por lo pronto, es para Marion Cotillard. ¡Fascinante!

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Personalidad masculina

017¿Cuál es la diferencia entre un clásico y un lugar común?

Personalidad masculina, como verán, es una secuencia fotográfica de talento específicamente actoral, aunque algunos iconos también son directores: Clint Eastwood, Roman Polanski, Woody Allen, Robert de Niro, Tommy Lee Jones, Gary Oldman…

Además de la edad, la nacionalidad y la decadencia, Eastwood y Allen tienen en común que son músicos, entre otras cosas. La nefasta ideología del primero, a quien llaman «el último clásico», no obsta para reconocer su grandeza como cineasta; como actor no varía mucho, prácticamente nada, pues entre un pistolero del viejo oeste y un policía rudo, la gama intermedia es más de lo mismo, salvo acaso por el locutor acosado en la primera película que dirigió, o el embustero que encarna en El engaño, dirigido por Don Siegel, lo más próximo al villano, y uno que otro papel en sus propios dramas románticos (Los puentes de Madison y Million dollar baby, romántica en un sentido muy otro). Por lo demás, el señor cine y hombre orquesta es bastante completo: director, guionista, productor y compositor de la denominada banda sonora.

Desde su alianza con Steven Spielberg, Eastwood se hizo insoportablemente lacrimoso y falsamente humanista; a Spielberg le sirvió lo sensiblero para ganar el Óscar en siete categorías y otros premios con La lista de Schindler, pero a Eastwood no, y de ahí que reviviera el policía rudo, ahora octogenario.

Sean Connery, en cambio, pasó de ser modelo a un actor de inigualable carrera (productor de bodrios infames) que tampoco se quedó en el papel de James Bond; al contrario, lo superó con una evolución por la que llegué a considerarlo el hombre más carismático del mundo.

Anthony Hopkins es todavía más versátil y también mejora con los años, a pesar de su aire aristocrático.

¿Y qué decir de Al Pacino y Robert de Niro? ¿Es necesario decir algo?

La más emblemática y trascendente actuación de Marlon Brando es El Padrino, de Francis Ford Coppola, pero la mejor película del mismo director es Apocalipsis ahora, en donde también interviene quien ha sido calificado como «el mejor actor del mundo»; no coincido con esa calificación y, en algún momento, creí que era más bien Charlton Heston el mejor actor, independientemente de lo nefasto que fue en la vida real. Ben Hur, de William Wyler, y El planeta de los simios, de Franklin J. Schaffner, son películas muy importantes para mí, en lo personal. El planeta de los simios y Operación Dragón, de Robert Clouse, están entre las que he visto más veces, tantas como Julia, de Fred Zinnemann, aproximadamente.

Así como The Beatles son indispensables para quienes estudian inglés, Bruce Lee es imprescindible para quienes aprenden artes marciales, sobre todo autodidactas, así sea karate (hay que ser ignorante y tonto para llamar karate al kung fu); también la carrera actoral del atleta empezó en la infancia… Al respecto abunda material de lectura y para escritura, pero hay que ver todas sus películas, incluyendo las peores.

Charles Bronson es otro que tampoco varió gran cosa en cuanto al papel de tipo rudo, pero es muy convincente, carismático a su modo, y el estilo parece ser el mismo de Tommy Lee Jones, cuya salvedad es una amplia gama de personajes, incluido el empresario homosexual de JFK… Tommy Lee Jones, además, dirigió Los tres entierros de Melquíades Estrada, una película exitosa en cuanto a premios, pero mala para mi gusto.

Como he dicho antes, Morgan Freeman es un actor estupendo, pero subvaluado por el simple hecho de ser negro.

Si Polanski, por su parte, no ha sido valorado como actor se debe a su importancia como director, más que al desequilibrio entre calidad y cantidad, a diferencia de Allen, que pretende ser émulo de Chaplin, actor de un solo personaje.

Lo mejor de Peter Sellers es El jardinero, dirigido por Hal Ashby…

De Richard Burton, más que su carrera en general, me impacta especialmente su papel en El toque de Medusa, de Jack Gold.

Gary Oldman es Drácula para el público de masas, pero yo lo reivindico por La sangre de Romeo, de Peter Medak… Christian Bale es Batman para el mismo público, pero lo importante, para mí, es El maquinista, de Brad Anderson… Viggo Mortensen es Aragorn (El señor de los anillos) para la masa, pero yo empecé a conocer una personalidad interesante a partir de su actuación dirigida por David Cronemberg, primero en Una historia de violencia y luego en Promesas del Este

Los actores ganan mucho dinero y mucha fama con las producciones magma, pero el prestigio se logra con cine de bajo presupuesto; más adelante hay que hablar de eso, y hacer una galería de actores que han trascendido con una sola cinta: los tres Nosferatu, por ejemplo; Spider, del mismo Cronemberg; los casos fascinantes de niñ@s…

Esta revisión es preliminar y, en la primera oportunidad, cubriré mis faltas, pues quizá cometo algunas omisiones imperdonables.

Por lo pronto, de Paul Newman y Robert Retford diré que no tolero las actitudes de hombres guapos (de hombres bonitos, menos), pero cuando actúan y proyectan un talento independiente del aspecto físico, se trata entonces de un doble privilegio.

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Para mi gusto…

La secuencia fotográfica Para mi gusto -que no fue posible postear y por eso está publicada como página- es una pasarela femenina de belleza y talento que suelen coincidir, aunque no siempre con equilibrio. Jodie Foster, por ejemplo, no es comparable con Halle Berry, pero su proyección de inteligencia y fuerza la hace más interesante y atractiva en un sentido muy otro. Susan Sarandon tampoco está como para un concurso de belleza, pero es una de las mejores actrices del siglo pasado, al menos en Hollywood, y una mujer admirable en la vida real, como Jane Fonda, que no podía faltar, aunque tendrá su propia galería.

Comienzo con Naomi Watts por razones obvias; a pesar de King Kong y una que otra producción demasiado ínfima para ella, es una de las tres diosas actuales de la pantalla grande, tanto por su brillante carrera en general como por el instante de perfección y belleza concentradas que logró en Mulholland Drive.

Las otras dos monstruas del momento, sin lugar a dudas ni a discusión, son Marion Cotillard y Zhang Ziyi.

La musa francesa es Edith Piaf para el público de masas, pero también el rostro más interesante del cine en la actualidad y una mujer fascinante en la vida real, que transmite su encanto, sin escatimarlo, hasta en papeles tan menores como el que le dio Woody Allen.

Zhang Ziyi se ha permitido pecados peores que Naomi Watts (¡Tortugas ninja… per Deus!), pero es el personaje más entrañable en El tigre y el dragón, una de las diez mejores películas, para mi gusto siempre; la actuación más asombrosa de su carrera, sin embargo, no es la mejor película, sino La casa de las dagas voladoras. Además de una gran actriz, es una maestra en las artes marciales (desde el kung fu hasta el esgrima), es hermosa y joven, tiene una hermosa voz y, por si fuera poco, baila y canta (más o menos regular).

Sophie Marceau, en su momento, no se conformó con ser físicamente perfecta (cuanto más la veo, más me gusta), y Monica Bellucci sigue siendo el colmo de la sensualidad; no es casual que estos dos bellísimos seres terminaran unidos.

La gracia de Audrey Tautou, por su parte, conquistó al público de masas en el papel de Amélie, que ya es lugar común, pero luego estelarizó Amor eterno (muy superior, aunque menos digerible que la comedia), del mismo director, Jean-Pierre Jeunet.

Sobre los méritos de Winona Ryder, un ángel en desgracia, está por demás hablar.

Jennifer Jason Leigh, en cambio, podría calificarse como una actriz marginal por trabajar en producciones de bajo presupuesto, pero dándole a sus personajes tanta importancia como para terminar convertida en ellos. Personalmente, me basta con su actuación de prostituta intensa y amoral en Última salida a Brooklyn, el papel más impactante de la cinta y quizá de su carrera, aunque después (14 años, para ser exactos) participó en otra película importante para mí: El maquinista, de Brad Anderson, tan representativa del drama sicológico o psicodrama como el trabajo de Polanski o Cronemberg en el mismo sentido (algunos asocian esa pieza excepcional con Hitchcock y Lynch, quizá desde la pedantería o para efectos publicitarios).

Isabelle Adjani es la única persona, hombre o mujer, que actúa en dos películas de mi decálogo: El inquilino, de Polanski, y Nosferatu, de Herzog; la primera es insuperable, salvo acaso por la actuación de Catherine Deneuve en Repulsión, antecedente del mismo director en este género.

Con la enigmática belleza de Nastassja Kinski me permití convertir la foto de su rostro en una obra de arte (modestia aparte), y con la foto regular de sus formidables piernas hice una edición experimental (con dos o tres excepciones, todas las fotos fueron mejoradas).

Keira Knightley no es una buena actriz; por el contrario, es tan mala que, al gesticular, afea su rostro dizque perfecto y, de todos modos, ese rostro es quizá la causa de otro privilegio: la oportunidad de participar en películas de gran presupuesto. Por lo demás, también la pretendida perfección de esta mujer esquelética es mediocre; prefiero verla en fotos que en el cine. Al ver por primera vez el rostro de Catherine Zeta Jones, en cambio, se me hizo nudo la garganta, pero trece años después no estoy seguro de que sea una buena actriz (sobre Keira Knightley no hay duda: es pésima).

A Brigitte Bardot, por último, prefiero verla en pantalla que en monitor, como a Marilyn Monroe, que no me gusta mucho y, si la veo demasiado, me cae gorda.

 

La siniestra pesadilla del insomnio

No hay peor pesadilla que el insomnio, y Trevor Reznik no ha dormido desde hace un año. La falta de sueño ha reducido su cuerpo a los huesos y está mermando su salud mental hasta el delirio. Aunque un rostro demacrado es fácil de conseguir con maquillaje, el actor Christian Bale perdió treinta kilos para tener el aspecto cadavérico del complejo personaje creado por el guionista Scott Kosar, y recuperó su peso en músculos para encarnar después a Batman.

El “maquinista” es un obrero que observa cotidianamente su desgaste físico sin distorsión alguna, pero cae en las trampas de la memoria, también deteriorada, como acudiendo a la evasión o al autoengaño para soportar el peso de la culpa. Las alteraciones imaginarias de una monótona y repetitiva realidad y su confusión con las circunstancias de un accidente de trabajo crean aquí la sensación de paranoia que nos transmitiera Roman Polanski en 1976 con El inquilino, influencia que, junto con la de Alfred Hitchcock y David Lynch, reconoce Brad Anderson, el director de la cinta, como recurso publicitario.

Trevor sube diariamente a una báscula que nunca aparece en la pantalla, y anota su peso en post its más que recurrentes. El diario registro de su pérdida pasa de las 142 a las 119 libras (unos 55 kilos), preocupantes para alguien que mide 1.80 metros, por lo menos. Y en vez de kilos son libras porque la producción de la película es española, inclusive fue rodada en Barcelona, ciudad laboriosamente disfrazada de Los Ángeles, en donde tiene lugar la historia.

Agobiado por la soledad, ante el abierto rechazo de sus compañeros, el esquelético Trevor busca refugio en el lecho de la carnosa Stevie (Jennifer Jason Leigh), una prostituta que le brinda afecto y comprensión. No es la primera vez que Jason Leigh hace el papel de prostituta. En una secuencia memorable de Ultima salida a Brooklyn (República Federal Alemana, 1989), de Uli Edel, la carnada de unos jóvenes asaltantes procura parecerse a Marilyn Monroe y acaba fornicando, en medio de una borrachera de antología, con toda la concurrencia masculina de un bar.

Según la tradición cristiana, el camino al infierno está del lado izquierdo, y el ánimo autodestructivo de Trevor lo lleva siempre por allí. A la izquierda, por ejemplo, está el aeropuerto en donde Trevor bebe café todas las noches, atendido por María (Aitana Sánchez-Gijón), una mesera de trato cálido en ese frío lugar. La Ruta 666 del parque de diversiones se bifurca y el pequeño hijo de María toma la “autopista al infierno” por la izquierda, en compañía de Trevor. El alcantarillado del metro —subterráneo del subterráneo— se bifurca también y Trevor opta por la oscuridad del lado izquierdo al huir de la policía cuando, por la derecha iluminada, se aproxima la sórdida sombra de un indigente. Nada es casualidad, sino coincidencia. El brazo que pierde un obrero por la distracción de Trevor es el izquierdo. La mano contrahecha de Ivan (John Sharian), álter ego de Trevor, es la izquierda. La pesadilla de Trevor es siniestra. Y los relojes marcan insistentemente la una y media; uno de ellos —el de la cafetería del aeropuerto— mide el paso de un segundo, ida y vuelta, para marcar siempre la una y media, y esta simbólica escena dura precisamente un segundo.

El Pontiac de Ivan es rojo y convertible; el coche de juguete que maneja el hijo de María en el parque también lo es; el que recuerda Trevor en una foto de su infancia es idéntico (de hecho, es el mismo). Trevor entra a rastras al edificio de Stevie y en el fondo se observa un coche de juguete, rojo y convertible. A pesar del contraste con el tono azul de la película, estas concordancias pueden pasar desapercibidas a primera vista, ya que es hasta el final cuando todo tiene una explicación, y el espectador obsesivo decide ver la cinta más de una vez.

Las sutiles pistas del juego surgen desde un principio fragmentado con cierta dosis de humor negro. “¿Quién eres?” —pregunta alguien detrás de una lámpara que alumbra el estragado rostro de Trevor. El hombre de la lámpara no quiere saber qué hace; pregunta quién es, y algunos reconocerán su voz más adelante. La lámpara vuelve a mostrarse en primer plano, ahora apagada, mientras Trevor se lava las manos. Es natural que alguien acuda al lavabo luego de envolver un cadáver en un tapete y arrojarlo por un muelle, pero como todos los que padecen de culpa, insomnio prolongado o síndrome de abstinencia, Trevor tiene complejo de Pilatos. No consume “drogas fuertes”, pero su aspecto es el de un cocainómano, pues sufre de los dos primeros males, y lava sus manos compulsivamente a cada rato. La secuencia del principio se repite al final, pero el tapete se desenrolla y no hay nadie allí. El supuesto cadáver sostiene una lámpara en la mano y, arrojando luz hacia Trevor, le pregunta lo mismo que una de las notas pegadas en la puerta del refrigerador y las paredes del apartamento: “¿Quién eres?”

Christian Bale tomó tan en serio su papel en esta cinta que, además de una asombrosa transformación corporal, logró que la compleja personalidad de Trevor resultara convincente. Y Scott Kosar, por lo visto, conoce tanto el insomnio como para llevarlo hasta sus últimas consecuencias. El idiota (Dostoievski dixit) no podrá dormir mientras tampoco asuma su culpa. Entre los horrores de la Ruta 666 hay un hombre ahorcado y un letrero de “culpable”. Algunos de los post its que nuestro insomne amigo encuentra pegados a la puerta de su refrigerador juegan al ahorcado. Abajo del dibujo hay una palabra por completar. El Pontiac rojo de toldo negro que, según la mentira de Trevor, lo embistió, en realidad es suyo y atropelló a un niño. “Malditos los que se dan a la fuga; deberían ahorcarlos”, comenta Stevie mientras lava las heridas de Trevor. Humor negro, muy negro, pero sutil; esta es la palabra clave para definir el cine que lograron Anderson, Kosar y Bale, incluyendo al productor, por supuesto, Julio Fernández. Para captar las sutilezas —que apelan a la inteligencia, la sensibilidad, la percepción— hay que ver esta cinta más de una vez.

Las cosas que Trevor observa en el departamento de María —un viejo aparato de sonido, un muñeco de hojalata, un plato de cristal cortado— son las mismas que empaca en su propio apartamento antes de entregarse a la policía. “La cocina está al fondo del pasillo, del lado izquierdo”, indica María para que Trevor vaya por otra copa de vino (algo más que inusual), y Trevor repite el gesto que inicia su relación imaginaria con un ser real, como diciendo: esto me parece conocido.

—Un poco más delgado y desapareces.

En muchos sentidos, El maquinista (España, 2004) es comparable con Taxi Driver (Estados Unidos, 1976), de Martin Scorsese. El personaje, en este caso, también padece de insomnio y sufre un deterioro mental que lo lleva a la violenta locura de quien destruye todo a su alrededor con tal de renovarse, y lo consigue… sin salir de la mediocridad. Es un drama sicológico, pero también un thriller, mezcla de suspenso, intriga y humor negro, que recupera o retoma lo mejor del cine sutil de los setenta (El inquilino, para mi gusto, es lo mejor de aquella época). El maquinista nos hace confundir, como la envejecida mente de Reznik, imaginación y realidad. Se trata de una “extraña rareza”, valga la redundancia, quizás una obra de culto, algo singular.