El estilo Kar-Wai

Zhang Ziyi

Más que un gran maestro, dos grandes discípulos se disputan el escenario y la atención de un público adicto a la épica de las artes marciales y la poesía del cine oriental, que admiró a Bruce Lee en películas mediocres y refinó sus propios gustos hasta preferir el actual wuxia pian a las imitaciones y estupideces gringas por el estilo de Matrix.

Ip Man (Tony Leung) pierde un combate con Gong Er (Ziyi Zhang). Más allá del relato, él será maestro de Bruce Lee y ella morirá invicta, sin que la derrotara nunca ningún hombre, sino el opio.

Ip Man pierde también como protagonista, pues resulta más interesante la historia de Gong Er, hija y discípula de Chan Wah-shun, gran maestro que unificó primero dos estilos clásicos de kung fu y después a las escuelas de norte y sur de China. Tras la jubilación de éste, su sucesor Yixiantian, alias “El Navaja”, colaboró con los invasores japoneses y fue premiado con un puesto en el gobierno títere, traición que desató la ira de su antiguo maestro, muerto al expulsarlo en circunstancias algo confusas. Gong Er vengó la muerte de su padre con un costo muy alto, renunciando al amor, a la felicidad… Con ella, que nunca se casó ni tuvo hijos, murió también “el legado de las 64 manos”.

La obsesiva fascinación de Zhang Yimou ante el rostro de Ziyi es superada por la de Wong Kar-Wai y su director de cámaras Philippe Le Sourd, quienes crean exquisitas imágenes de belleza melancólica. Ella puede aparentar todavía 20 años de edad, pero con suficiente madurez para una sabia economía facial (inclusive sin maquillaje, al menos en apariencia) que lo mismo transmite odio que profunda tristeza, prácticamente sin gesticular. Con la misma sabiduría de las artes marciales y el recurso de la técnica, en su actuación, la precisión del movimiento logra fuerza expresiva y emotividad.

Aunque las peleas no son tan espectaculares como suele ser el wuxia pian, y resultan confusas a ratos, la película es una auténtica lección de kung fu y un homenaje personal, pero falla en el pretencioso intento de concentrar filosofía milenaria y descripción didáctica en dos horas de metraje, que además contienen un poema visual. La narración es discontinua y farragosa.

En términos estéticos, el resultado es magistral, oscuro y seductor. La fotografía se hace una con la dirección artística o el diseño de producción, desde la escenografía y el vestuario hasta la coreografía y el ralentí, a través de una cuidadosa edición.

De no ser por la irrupción bélica de Japón en la historia de China, esta película sería un relato atemporal.

La cursilería solemne del final tiende al autosabotaje.

Grandmaster

-¿Dices que no es fácil matar gente?

-No es posible matar sin que uno muera también (o el precio de matar es morir -según la traducción). ¿Has pensado si él vale la pena?

-El camino de la venganza no tiene regreso. Sólo puedo seguir adelante.

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Las pertenencias de la familia Gong, “no son tuyas para devolverlas, son mías para llevármelas”.

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La tormenta de Dios

Cuando uno sabe que Life of Pi (2012), de Ang Lee, trata sobre un muchacho que naufraga en una lancha con un tigre a bordo, la primera parte parece una larguísima y aburrida introducción, por lo que se trata más bien de dos películas en una: la primera, sobre religión, dura media hora, y la segunda, con una transición de cinco minutos, antes del violento y dramático vuelco, es el momento esperado: la aventura… en tal caso, ambas películas están entreveradas con una plática entre el protagonista hindú Pi Patel y el escritor canadiense Yann Martel, autor de la novela homónima en que se basa este relato visual, obra maestra de los llamados «efectos especiales», que pocas veces son usados en el cine para hacer arte, al menos como aquí, en donde la magia de las imágenes y el sonido envuelve al espectador y crea poesía y emotividad en tercera dimensión.

La fotografía del chileno Claudio Miranda es majestuosa, aunque a ratos embriaga su preciosismo, y algunas escenas o secuencias son demasiado irreales, especialmente cuando emerge luz del fondo del agua, tanto mar adentro como dentro de la «isla carnívora». La fotografía de Life of Pi —en equipo de conjunto con los «efectos especiales»— ganó el Óscar y el BAFTA, premios a los que había sido candidato Miranda por El curioso caso de Benjamin Button (2008), de David Fincher.

Nominada en once categorías, la película ganó también «el máximo galardón» para mejor director, mejores efectos visuales y mejor banda sonora, entre otros laureles, que suman 50 en total. Dichos efectos son obra de Bill Westenhofer, Guillaume Rocheron, Erik-Jan De Boer y Donald R. Elliott, quienes hablan de su trabajo con Ang Lee en un interesante y apasionante documental que acompaña el largometraje en el disco de video digital (DVD). La música es de Mychael Danna.

El director taiwanés tiene una filmografía tan variada como El tigre y el dragón (2000), Hulk (2003) y Secreto en la montaña (2005), películas por las que —a excepción de Hulk— había recibido múltiples premios (Óscar, Globo de Oro y BAFTA, entre otros), cada uno en varias categorías. El tigre y el dragón forma parte de mi decálogo personal.

Técnicamente, Life of Pi es una maravilla, pero también merece algunas críticas: Para empezar, los tres actores que encarnan a Pi en tres edades son muy diferentes; el intermedio y más importante de los tres, Suraj Sharma, no es del todo convincente, quizá por carecer de experiencia previa; en el barco, al comenzar la tormenta, parece que actuara su falta de equilibrio, como borracho, y al “entrenar” al tigre de bengala en la lancha, es un imitador de Bruce Lee… Durante el naufragio, sigue presente la religión y, mientras al pobre tigre se lo lleva el diablo bajo la tormenta de Dios, el joven se comporta como un fanático… La plática del protagonista con el escritor es algo sensiblera y nos recuerda el relato de la anciana que sobrevive al hundimiento del Titanic.

Aunque el tema es hindú, la novela está escrita en inglés y ha sido traducida al francés, no así al hindi; la producción cinematográfica es gringa y por eso la película, con guión adaptado por David Magee, sobre todo para el público gringo, también está en inglés, con acento hindú y muy pocos diálogos en hindi y francés. Personalmente, me habría gustado más que los personajes hablaran sus respectivos idiomas, como en El tigre y el dragón… Por el guión de Life of Pi, Magee obtuvo el Premio Satellite de la Academia Internacional de Prensa, además de ser nominado al Óscar y al BAFTA, entre otros galardones.

Publicada en 2001, la novela tiene también una edición ilustrada en 2007 por el croata Tomislav Torjanac, así como una adaptación al teatro, de producción inglesa, escrita por Andy Rashleigh y dirigida por Keith Robinson.

Ojalá que no haya sido necesario recurrir al maltrato animal para rodar La vida de Pi, como es titulada en España, o Una aventura extraordinaria, como lo es en Hispanoamérica.

Una bella película en general.

Life-of-Pi

Personalidad masculina

017¿Cuál es la diferencia entre un clásico y un lugar común?

Personalidad masculina, como verán, es una secuencia fotográfica de talento específicamente actoral, aunque algunos iconos también son directores: Clint Eastwood, Roman Polanski, Woody Allen, Robert de Niro, Tommy Lee Jones, Gary Oldman…

Además de la edad, la nacionalidad y la decadencia, Eastwood y Allen tienen en común que son músicos, entre otras cosas. La nefasta ideología del primero, a quien llaman «el último clásico», no obsta para reconocer su grandeza como cineasta; como actor no varía mucho, prácticamente nada, pues entre un pistolero del viejo oeste y un policía rudo, la gama intermedia es más de lo mismo, salvo acaso por el locutor acosado en la primera película que dirigió, o el embustero que encarna en El engaño, dirigido por Don Siegel, lo más próximo al villano, y uno que otro papel en sus propios dramas románticos (Los puentes de Madison y Million dollar baby, romántica en un sentido muy otro). Por lo demás, el señor cine y hombre orquesta es bastante completo: director, guionista, productor y compositor de la denominada banda sonora.

Desde su alianza con Steven Spielberg, Eastwood se hizo insoportablemente lacrimoso y falsamente humanista; a Spielberg le sirvió lo sensiblero para ganar el Óscar en siete categorías y otros premios con La lista de Schindler, pero a Eastwood no, y de ahí que reviviera el policía rudo, ahora octogenario.

Sean Connery, en cambio, pasó de ser modelo a un actor de inigualable carrera (productor de bodrios infames) que tampoco se quedó en el papel de James Bond; al contrario, lo superó con una evolución por la que llegué a considerarlo el hombre más carismático del mundo.

Anthony Hopkins es todavía más versátil y también mejora con los años, a pesar de su aire aristocrático.

¿Y qué decir de Al Pacino y Robert de Niro? ¿Es necesario decir algo?

La más emblemática y trascendente actuación de Marlon Brando es El Padrino, de Francis Ford Coppola, pero la mejor película del mismo director es Apocalipsis ahora, en donde también interviene quien ha sido calificado como «el mejor actor del mundo»; no coincido con esa calificación y, en algún momento, creí que era más bien Charlton Heston el mejor actor, independientemente de lo nefasto que fue en la vida real. Ben Hur, de William Wyler, y El planeta de los simios, de Franklin J. Schaffner, son películas muy importantes para mí, en lo personal. El planeta de los simios y Operación Dragón, de Robert Clouse, están entre las que he visto más veces, tantas como Julia, de Fred Zinnemann, aproximadamente.

Así como The Beatles son indispensables para quienes estudian inglés, Bruce Lee es imprescindible para quienes aprenden artes marciales, sobre todo autodidactas, así sea karate (hay que ser ignorante y tonto para llamar karate al kung fu); también la carrera actoral del atleta empezó en la infancia… Al respecto abunda material de lectura y para escritura, pero hay que ver todas sus películas, incluyendo las peores.

Charles Bronson es otro que tampoco varió gran cosa en cuanto al papel de tipo rudo, pero es muy convincente, carismático a su modo, y el estilo parece ser el mismo de Tommy Lee Jones, cuya salvedad es una amplia gama de personajes, incluido el empresario homosexual de JFK… Tommy Lee Jones, además, dirigió Los tres entierros de Melquíades Estrada, una película exitosa en cuanto a premios, pero mala para mi gusto.

Como he dicho antes, Morgan Freeman es un actor estupendo, pero subvaluado por el simple hecho de ser negro.

Si Polanski, por su parte, no ha sido valorado como actor se debe a su importancia como director, más que al desequilibrio entre calidad y cantidad, a diferencia de Allen, que pretende ser émulo de Chaplin, actor de un solo personaje.

Lo mejor de Peter Sellers es El jardinero, dirigido por Hal Ashby…

De Richard Burton, más que su carrera en general, me impacta especialmente su papel en El toque de Medusa, de Jack Gold.

Gary Oldman es Drácula para el público de masas, pero yo lo reivindico por La sangre de Romeo, de Peter Medak… Christian Bale es Batman para el mismo público, pero lo importante, para mí, es El maquinista, de Brad Anderson… Viggo Mortensen es Aragorn (El señor de los anillos) para la masa, pero yo empecé a conocer una personalidad interesante a partir de su actuación dirigida por David Cronemberg, primero en Una historia de violencia y luego en Promesas del Este

Los actores ganan mucho dinero y mucha fama con las producciones magma, pero el prestigio se logra con cine de bajo presupuesto; más adelante hay que hablar de eso, y hacer una galería de actores que han trascendido con una sola cinta: los tres Nosferatu, por ejemplo; Spider, del mismo Cronemberg; los casos fascinantes de niñ@s…

Esta revisión es preliminar y, en la primera oportunidad, cubriré mis faltas, pues quizá cometo algunas omisiones imperdonables.

Por lo pronto, de Paul Newman y Robert Retford diré que no tolero las actitudes de hombres guapos (de hombres bonitos, menos), pero cuando actúan y proyectan un talento independiente del aspecto físico, se trata entonces de un doble privilegio.

redford_newman