La complicidad del silencio

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En Stoker (Estados Unidos, Reino Unido, 2013), de Chan-Wook Park, el día que India cumple 18 años, su padre aparece muerto; hasta entonces ni ella ni su madre tenían noticias del tío Charlie, quien llega para quedarse y completar el nuevo escenario familiar. Otras dos mujeres, en cambio, tienen en común conocer el pasado y la procedencia del recién llegado, y desaparecer durante su estancia… Más sensitiva de lo normal, India no tolera que la toque nadie y así ha llegado a la mayoría de edad, intacta y virgen, ahora tentada por el misterio y la seducción a romper su impenetrable círculo de soledad con el arribo de un hombre que la repele y atrae, por quien experimenta deseo, pero también desconfianza. Menos inteligente y contradictoria, más vulnerable y simple, la madre no duda en dejarse atrapar por el encanto masculino y la carga de amoral cinismo que, ante la mirada atónita de India, exhibe su dominio de la situación para inquietarla, perturbarla y despertar a la mujer salvaje, pero reprimida, más que dormida, lo cual consigue hasta el punto de la complicidad…

La actriz australiana de ascendencia polaca Mia Wasikowska encarna brillantemente la oscura patología, compleja, interesante y atrayente personalidad de India Stoker, mientras el británico Matthew Goode interpreta el papel del siniestro tío, y la australiana de origen hawaiano Nicole Kidman el de la madre, en ese orden de méritos. Aunque Wasikowska tenía 22 años al rodar la película y su personaje tiene 18, diferencia que no pasa desapercibida, su actuación es cautivante; la de Goode es convincente, y la de Kidman, pasable. Embellecida con pupilentes que agrandan sus ojos notablemente, quizás una discreta cirugía y cabello castaño oscuro, largo y lacio, Mia desempeña por tercera vez el papel protagónico en un largometraje, después de Alicia en el país de las maravillas (Estados Unidos, 2010), de Tim Burton, y Jane Eyre (Reino Unido, Estados Unidos, 2011), de Cary Fukunaga. Su habitual proyección de una muchacha muy dulce y angelical solía ser agradable, y ahora en plan sombrío resulta fascinante. Hay que estar atentos a lo que haga, pues se perfila como una de las mejores actrices del mundo actual.

Kidman, en cambio, siempre ha sido físicamente insípida y el abuso de las cirugías “estéticas” limita cada vez más su expresividad, a lo que se agrega una forma de afectación que no es fácil tolerar, pero se agradece que no haya dado al traste con algo tan prometedor que parecía demasiado grande para ella. Goode actúa con desenfado y naturalidad, aunque habría sido mejor alguien menos delgado y más atractivo quizá.

Lazos perversos, como fue titulada en español, es el debut en Hollywood y lengua inglesa para el director coreano de la exitosa «trilogía de la venganza», quien dirige también por primera vez con un guión que no es suyo. El actor británico Wentworth Miller escribió el guión en este caso y el de una “precuela” o anterior historia narrada después con el título de Tío Charlie.

En la concepción de Stoker destaca una influencia primigenia: La sombra de una duda (Estados Unidos, 1943), de Alfred Hitchcock, sirvió como punto de partida argumental: en aquella cinta, una muchacha sospecha que su tío, de visita en casa, es un asesino serial de viudas. Además, Stoker significa fogonero, “alguien que aviva el fuego”, como el tío Charlie, que más bien remueve las cenizas del pasado y enciende nuevas llamas, en términos metafóricos. La palabra es también el apellido de Bram Stoker, otra influencia confesada por Miller, aunque aquí el horror no es sobrenatural, como el de los vampiros, sino sicológico, pletórico de símbolos en un drama doméstico, y más que horror es suspenso.

La encuesta anual realizada por The Black List ubicó la obra de Miller (firmada con el seudónimo Ted Foulke, nombre de su perro) en el quinto lugar de los mejores guiones que todavía no llegaban a la pantalla grande, pero eran leídos y mencionados por productores y ejecutivos de Hollywood; de los 290 encuestados en 2010, 39 lo mencionaron.

La película —que no es para el gran público, sino una gran película para mi gusto— fue producida por la compañía de Ridley y Tony Scott, aunque este último falleció antes de comenzar el rodaje, que duró cuarenta días.

El diseño de arte y producción en general se hace uno con la dirección de cámaras y es minucioso y creativo desde los créditos iniciales hasta los finales, como el sonido y la transición entre algunas escenas, a veces con montajes a manera de colash y otras veces con efectos especiales (la secuencia del peinado, por ejemplo), en donde vuelve a ser protagónico el sonido.

Para la composición de la banda sonora fue contratado Philip Glass, pero lo reemplazó Clint Mansell (Réquiem por un sueño), dato de interés para quien haya visto La ventana secreta (Estados Unidos, 2004), escrita y dirigida por David Koepp, pues si bien es inferior tiene mucho en común con la cinta que nos ocupa. La música en ese caso fue compuesta por Philip Glass y Geoff Zanelli.

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Spoiler alert!

Para quien haya visto la película:

Comienza por el final, con la diferencia de que, al principio, escuchamos en off un soliloquio poético, tanto como las imágenes, aunque las flores blancas se tiñen de rojo porque un asesinato las salpica de sangre, pero todavía no sabemos de qué se trata y, en esa medida, puede ser un símbolo subliminal, como en Valeria y su semana de las maravillas (Checoslovaquia, 1970), de Jaromil Jires, donde la sangre que baña las flores emana de una menstruación adolescente.

La secuencia del piano a cuatro manos toca fibras sensibles por su inquietante sensualidad. En orden cronológico y de importancia, en el mismo sentido estético, la segunda más inquietante y hitchcockiana es la masturbación de India bajo la regadera, escenas que alternan con un morboso y patológico flashback: el asesinato de un joven encima de ella; el orgasmo coincide con el momento en que su tío le rompe el cuello. En tercer lugar y en seguida, el episodio del peinado, que alterna con escenas de la cacería en cámara lenta, cuando India, junto a su padre, está por disparar; también son un flashback, pero metafórico (todo es sutil aquí). Y en los tres episodios, parece que la sensualidad cediera paulatinamente al macabro desenvolvimiento de la muerte, intensa de otro modo, al aclararse por fin lo que había sido oscuridad…

El estilo narrativo recurre insistente y reiteradamente a secuencias que alternan escenas de tiempos distintos; la cacería en cámara lenta, por ejemplo, aparece tres veces, principal error de la cinta en tanto que resulta innecesariamente repetitiva. La secuencia que alterna escenas de las zapatillas con esa cacería (dos ideas obsesivas) es demasiado larga y lenta; saldría sobrando si no fuera por otro símbolo: el arribo a la madurez de India con el cambio de los zapatos idénticos desde la niñez por unas zapatillas que le quedan grandes, cambio próximo al orgasmo cuando el tío toca la piel de sus pies y ella está a punto de perder el equilibrio y caer por las escaleras.

Después de la “precuela”, es previsible una secuela, quizá más de una y tal vez una zaga: entre la Catherine Deneuve de Repulsión (Reino Unido, 1965) y la Sharon Stone de Bajos instintos (Estados Unidos, 1992), India irá por la vida matando a todo aquel que intente romper el hielo, o incitando el asesinato… Ya veremos.

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