Personalidad masculina

017¿Cuál es la diferencia entre un clásico y un lugar común?

Personalidad masculina, como verán, es una secuencia fotográfica de talento específicamente actoral, aunque algunos iconos también son directores: Clint Eastwood, Roman Polanski, Woody Allen, Robert de Niro, Tommy Lee Jones, Gary Oldman…

Además de la edad, la nacionalidad y la decadencia, Eastwood y Allen tienen en común que son músicos, entre otras cosas. La nefasta ideología del primero, a quien llaman «el último clásico», no obsta para reconocer su grandeza como cineasta; como actor no varía mucho, prácticamente nada, pues entre un pistolero del viejo oeste y un policía rudo, la gama intermedia es más de lo mismo, salvo acaso por el locutor acosado en la primera película que dirigió, o el embustero que encarna en El engaño, dirigido por Don Siegel, lo más próximo al villano, y uno que otro papel en sus propios dramas románticos (Los puentes de Madison y Million dollar baby, romántica en un sentido muy otro). Por lo demás, el señor cine y hombre orquesta es bastante completo: director, guionista, productor y compositor de la denominada banda sonora.

Desde su alianza con Steven Spielberg, Eastwood se hizo insoportablemente lacrimoso y falsamente humanista; a Spielberg le sirvió lo sensiblero para ganar el Óscar en siete categorías y otros premios con La lista de Schindler, pero a Eastwood no, y de ahí que reviviera el policía rudo, ahora octogenario.

Sean Connery, en cambio, pasó de ser modelo a un actor de inigualable carrera (productor de bodrios infames) que tampoco se quedó en el papel de James Bond; al contrario, lo superó con una evolución por la que llegué a considerarlo el hombre más carismático del mundo.

Anthony Hopkins es todavía más versátil y también mejora con los años, a pesar de su aire aristocrático.

¿Y qué decir de Al Pacino y Robert de Niro? ¿Es necesario decir algo?

La más emblemática y trascendente actuación de Marlon Brando es El Padrino, de Francis Ford Coppola, pero la mejor película del mismo director es Apocalipsis ahora, en donde también interviene quien ha sido calificado como «el mejor actor del mundo»; no coincido con esa calificación y, en algún momento, creí que era más bien Charlton Heston el mejor actor, independientemente de lo nefasto que fue en la vida real. Ben Hur, de William Wyler, y El planeta de los simios, de Franklin J. Schaffner, son películas muy importantes para mí, en lo personal. El planeta de los simios y Operación Dragón, de Robert Clouse, están entre las que he visto más veces, tantas como Julia, de Fred Zinnemann, aproximadamente.

Así como The Beatles son indispensables para quienes estudian inglés, Bruce Lee es imprescindible para quienes aprenden artes marciales, sobre todo autodidactas, así sea karate (hay que ser ignorante y tonto para llamar karate al kung fu); también la carrera actoral del atleta empezó en la infancia… Al respecto abunda material de lectura y para escritura, pero hay que ver todas sus películas, incluyendo las peores.

Charles Bronson es otro que tampoco varió gran cosa en cuanto al papel de tipo rudo, pero es muy convincente, carismático a su modo, y el estilo parece ser el mismo de Tommy Lee Jones, cuya salvedad es una amplia gama de personajes, incluido el empresario homosexual de JFK… Tommy Lee Jones, además, dirigió Los tres entierros de Melquíades Estrada, una película exitosa en cuanto a premios, pero mala para mi gusto.

Como he dicho antes, Morgan Freeman es un actor estupendo, pero subvaluado por el simple hecho de ser negro.

Si Polanski, por su parte, no ha sido valorado como actor se debe a su importancia como director, más que al desequilibrio entre calidad y cantidad, a diferencia de Allen, que pretende ser émulo de Chaplin, actor de un solo personaje.

Lo mejor de Peter Sellers es El jardinero, dirigido por Hal Ashby…

De Richard Burton, más que su carrera en general, me impacta especialmente su papel en El toque de Medusa, de Jack Gold.

Gary Oldman es Drácula para el público de masas, pero yo lo reivindico por La sangre de Romeo, de Peter Medak… Christian Bale es Batman para el mismo público, pero lo importante, para mí, es El maquinista, de Brad Anderson… Viggo Mortensen es Aragorn (El señor de los anillos) para la masa, pero yo empecé a conocer una personalidad interesante a partir de su actuación dirigida por David Cronemberg, primero en Una historia de violencia y luego en Promesas del Este

Los actores ganan mucho dinero y mucha fama con las producciones magma, pero el prestigio se logra con cine de bajo presupuesto; más adelante hay que hablar de eso, y hacer una galería de actores que han trascendido con una sola cinta: los tres Nosferatu, por ejemplo; Spider, del mismo Cronemberg; los casos fascinantes de niñ@s…

Esta revisión es preliminar y, en la primera oportunidad, cubriré mis faltas, pues quizá cometo algunas omisiones imperdonables.

Por lo pronto, de Paul Newman y Robert Retford diré que no tolero las actitudes de hombres guapos (de hombres bonitos, menos), pero cuando actúan y proyectan un talento independiente del aspecto físico, se trata entonces de un doble privilegio.

redford_newman

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De Jane Fonda a Naomi Watts

baile(Segunda parte)

La fuerza que proyecta Naomi Watts en 21 gramos (México, EUA, 2003), de Alejandro González Iñárritu, es comparable con la que transmite Jane Fonda en Baile de ilusiones (EUA, 1969), de Sydney Pollack, 34 años antes, pero 21 gramos es inferior y de ahí que la magistral actuación de tod@s, empezando por la mujer británica de nacimiento que adoptó la nacionalidad australiana, tampoco alcance la perfección dramática ni la trágica intensidad de la protagonista principal en Danzad, danzad, malditos, pues además el personaje que interpreta Naomi, al final es imperdonablemente ambiguo.

En They Shoot Horses, Don’t They? (título idóneo para la novela, pero erróneo para la película, en términos comerciales), Jane oscila entre la máxima tensión y el sutil intercambio de miradas, cuando responde que no a la sonrisa de un hombre que la desea, instante de inteligente y elegante discreción para la que no obsta que su personaje sea francamente sórdido por una insoportable carga de amargura y frustración; su pareja en turno sufre un infarto en el clímax del maratón y ella entonces arrastra el peso muerto del anciano para no quedar fuera de la carrera; el drama se concentra, su intensidad repunta, logra un resumen que alcanza la máxima tensión, valga la insistencia, y pone a prueba la capacidad física y actoral de la extraordinaria y entrañable actriz, la lleva literalmente hasta el límite y ella lo supera, pues lo único insuperable aquí es ella.

En 21 gramos, Naomi Watts no cuenta quizá con una ocasión semejante, pero el mérito estriba en la proyección que personalmente confiere a su papel: cuando pasa de los besos a los golpes, por ejemplo, ese temperamento impulsivo y compulsivo es la culminación de su actuación, convincente de por sí, en toda la película; es el momento de mayor intensidad, que supera inclusive a las secuencias más violentas; el rostro enrojece porque la sangre sube y dilata una vena en la frente, que salta a la vista. Sean Penn sostiene con ambas manos esa cara para reprimir los besos, y los rasgos faciales se orientalizan, los ojos (hermosos y anglosajones, agudos por la inteligencia de su mirada y no por ser orientales) son ligeramente rasgados por un instante; aunque parece contener lava, un eufemismo de neurosis, la expresión embellece todavía más ese rostro. No es necesario narrar lo que sigue, que él confiesa: “Tengo el corazón de tu esposo”, y ella enfurece, la ira se hace volcán. “¿Cómo te atreves?” -espeta entre golpes que terminan echándolo a la calle. Aunque sea presuntuoso, percibo cuando las actrices improvisan: la frase “¡me das asco!” no está en el guión; “¡no puedo respirar!” -tampoco.

Jane Fonda improvisa dos veces en Klute, o El pasado me condena (EUA, 1971), de Alan Pakula, durante la sesión con el sicoanalista (refriteada en Adiós a Las Vegas, de Mike Figgis, pero sin la improvisación), y cuando se desnuda narrando una historia ante los ojos del anciano que le paga para eso; ese momento, por cierto, es más sensual que erótico. Hacia el final, su personaje llora y, entre las lágrimas, derrama un moco; en vez de limpiarse la nariz y repetir la escena, se limpia con la mano sin dejar de actuar. Por esa película, incomparablemente menor que Julia (EUA, 1977), de Fred Zinnemann, y Baile de ilusiones, recibió un Óscar… Pobres gringos: su estupidez no tiene remedio.

En la entrevista que Jane Fonda concede a Juan Villoro, la gran maestra en el arte de la improvisación revela un interesante secreto: si la época es actual, ella puede identificarse con su personaje hasta el punto de actuar espontáneamente; si la época es otra, como en Gringo viejo (EUA, 1989), de Luis Puenzo, esa posibilidad se cancela; en consecuencia, su improvisación en Julia es más bien desafortunada, pues la época es intermedia; si la catarsis histérica en que avienta la máquina de escribir por la ventana es improvisada, retiro lo dicho. Las improvisaciones de Fonda suelen ser geniales, y las de Watts, desafortunadas. La peor ocurre en Mulholland Drive (EUA, 2001), del denso David Lynch, cuando ella sufre un sacudimiento parecido a la epilepsia, pero esquizofrénico. Esa película tiene dos partes: la primera corresponde a tres semanas de sueños y la segunda es el despertar a una realidad opuesta; de ahí que los imaginativos “traductores” la intitularan como Sueños, misterios y secretos; el mismo personaje muestra dos facetas contrarias; una es dulce y sonriente, huera y burguesa; otra es amarga y neurótica, demacrada y ruinosa; en la media hora final, su intensidad es mayor que durante las dos horas de 21 gramos, y dentro de esa parte ocurre una secuencia de celos que, sin temor a exagerar, es la cumbre de la perfección actoral, no sólo en su brillante carrera, sino en la de todos los astros del firmamento. Con una fuerza expresiva de calidad que hasta entonces no había logrado más que Jane Fonda, la rubia de piel pálida y ojos color cielo enrojece al ver que su amante y otra mujer murmuran y la miran antes de besarse en la boca; una lágrima sintetiza o condensa los celos y la humillación, y es el instante de máxima belleza en toda la historia del cine.

Hace años, un amigo que se dice poeta, pero no hace más que mantener su perpetua ebriedad, me hablaba de la gota sublime que aspiran a derramar ciertas culturas orientales como culminación de la creación artística, instante para el cual esperan toda una vida o más de una, durante generaciones enteras; esa gota sublime derrama Naomi en la cima de media hora durante la cual concurre su talento y el de Lynch, principalmente. No siempre ocurre un milagro semejante al concurrir talentos como los de Cronenberg, Mortensen y Watts en Promesas del Este (Canadá, Reino Unido, 2007), que resultó más bien decepcionante ante las expectativas causadas por la conjunción de grandes personalidades, o los de Neil Jordan y Jodie Foster en The Brave One (titulada en español como Valiente o La extraña que hay en ti), el mismo año, versión “femenina” de El vengador anónimo (femenina entre comillas porque hasta camina como Charles Bronson).

La insuperable dejó de serlo en la medida que Naomi ha logrado instantes de belleza y perfección equivalentes a piezas de un orgasmo, pero le falta mucho para superar la carrera de Jane Fonda y podría caer en la tentación taquillera por el estilo de King Kong, fácilmente. Por lo demás, la faceta de luchadora social hace de Jane Fonda una mujer admirable, actriz inmensa que además produjo unas cuarenta películas y escribe casi como l@s grandes; en eso, difícilmente podrá superarla nadie.

davidlynch

The Crow (El Cuervo) revisited

En la Noche del Diablo, el infierno envió un ángel…

Ya hemos hablado aquí sobre el valor de los diálogos en el cine. Ahora me permito un comentario tardío sobre el mismo aspecto en El Cuervo (The Crow), de Alex Proyas. Aunque se refiere a lugares comunes, trece años después de iniciado el culto a esta obra maestra, mi comentario es para quienes ya la conocen. Quienes no, mejor vean primero la película y lean después este choro.
Yo acabo de verla en DVD. La había visto más de una vez en televisión, siempre doblada al español, lo que me permite ahora comparar la versión original en inglés con los subtítulos y el doblaje.
Comencemos con la frase que tanto ha gustado a la masa. “No siempre lloverá”, es un bello verso para una canción, pero nada más. “No puede llover siempre”, es la forma en que está subtitulada. “No lloverá eternamente”, es otra posibilidad, aunque menos fiel y con un aire épico. La traducción literal del inglés sería: “No puede llover todo el tiempo”, que suena del carajo. Can’t rain all the time.
En la Noche del Diablo, que no para de llover, como recordarán, Sarah está por atravesar la calle sobre su patineta cuando alguien la detiene por detrás y pasa un taxi a punto de atropellarla. Luego de insultar al que la detiene -“¡Oye, suéltame, gusano!”-, insulta al conductor del taxi -“¡Tienes que bajar la velocidad, imbécil!”-. “¿Qué se supone que eres, un payaso o algo así?”, le pregunta en seguida a su ángel de la guarda, que es el difunto Eric Draven con el rostro maquillado, y ella sigue hablando mientras atraviesa la calle bajo el aguacero.
-Es como surfear, más que patinar. Me gustaría que parara la lluvia por una vez.
-“No siempre lloverá”.
-¿Eric?
Sarah reconoce la voz de su amigo asesinado un año antes y voltea, pero él se ha ido; más tarde, una vez de regreso en su casa, busca la canción que contiene la citada frase en un disco de acetato, “El chiste del ahorcado”, que está rallado y repite simbólicamente una palabra all the time (que no forever).
Aunque toca fibras sensibles el reencuentro de la encantadora niña con el reviniente, personalmente, prefiero el diálogo que sostienen al final en el cementerio. No solo por las palabras, en esa secuencia hay una belleza necrófila, para empezar, porque Sarah duerme (la Noche de Brujas, por cierto) sobre la tumba de Shelly Webster, su amiga y novia de Eric, cuando éste vuelve a su propia tumba y la despierta.
-Vas a decir que no debería estar en el cementerio de noche, ¿verdad?
-Es el lugar más seguro del mundo.
-Porque todos están muertos. Sabía que vendrías.
-Es muy tarde, Sarah.
-No te despediste.
-Vas a tener que perdonarme por eso.
-Y nunca regresarás.
“Nunca más”, contesta el cuervo a cada pregunta de su interlocutor en el poema The Raven, de Edgar Allan Poe… Cuando Eric irrumpe en la tienda de objetos robados, luego de hacer pedazos la puerta, declama unos versos de ese texto: “Escuché de pronto un crujido, como si alguien llamase suavemente a la puerta de mi alcoba”.
Al salir, un policía uniformado amaga con su pistola al guitarrista que parece “mimo del infierno”.
-Policía. No te muevas -ordena el patrullero.
-Creí que la policía siempre decía “alto” -contesta Eric.
-Yo soy la policía y dije que no te movieras, Blanca Nieves. Si te mueves, te mueres.
-Y yo digo que estoy muerto… y me muevo.
Así es, más o menos, la traducción para los subtítulos, pero la simplificación para el doblaje es más ingeniosa y suena mejor (a menos que el ingenio esté más bien en el invento de mi propia versión o mala memoria).
-No se mueva. Si se mueve, es hombre muerto.
-Sí, soy un hombre muerto… y me muevo.
Todo un homenaje a Galileo Galilei.
-Usted mató a Tin Tin.
-No, Tin Tin ya estaba muerto, murió hace un año. Todos están muertos, solo que todavía no lo saben.
Más adelante, Eric entra por la ventana de un cuarto de hotel y sorprende a otro de sus victimarios, su próxima víctima, que le dispara una y otra vez y, al ver que sus heridas cierran al instante como las de un vampiro, exclama: “Jesucristo”.
-Jesucristo -dice Eric-. Detenme si has oído este: Jesucristo entra a un hotel. Le entrega al posadero tres clavos y pregunta…
-¿Tú nunca te mueres, maldito?
-“¿Me puede acomodar esta noche?”
Los subtítulos, para empezar, no dicen “Jesucristo”, sino “por Dios”. ¡Válgame! Y la parábola/parodia resulta un chiste mal contado. Alguien, en un foro de Internet, basado quizá en la versión doblada (mi saturada memoria no abarca tanto), cambió la última frase (“¿Me puede acomodar esta noche?”) por: “¿Tiene una cruz disponible?”. Eso no es, obviamente, ni pretende ser traducción alguna, pero tiene sentido. ¿No lo creen? He aquí el diálogo en inglés:
-Jesus Christ.
-Jesus Christ. Stop me if you heard this one: Jesus Christ walks into a hotel. He hands the innkeeper three nails and he asks…
-Don’t you ever fucking die?
-“Can you put me up for the night?”
Eric pone frente al espejo a la madre de Sarah y dice: “Madre es el nombre de Dios en los labios y corazones de todos los niños”. ¿Alguien sabe de dónde salió esa frase tan religiosa y cursi? ¿Es de William Makepeace Thackery, o una cita bíblica? Disculpad mi ignorantzia.
Cuando los asesinos ultrajan a la novia de Eric, uno de ellos lee: “Abashed the Devil stood and felt how awful goodness is, and saw virtue in her shape how lovely” (en inglés de una vez, para evitar discrepancias), y repite la primera parte un año después, segundos antes de morir quemado por el músico redivivo. Se trata, en este caso, de unos versos del poema Paradise Lost, de John Milton, que narra un pasaje bíblico (1).
Por su parte, la hermana/amante y el guarura/chofer aconsejan a Top Dollar, el peor de los malos, en un diálogo metafórico/poético, gótico/barroco, entre inspirado y fumado en la oscuridad, como todo lo que se dice la incestuosa pareja.
-Él tiene poder, pero es su poder lo que puedes quitarle.
-Ya me cae bien -reconoce Top Dollar (“Me agrada”, según el doblaje).
-El cuervo es su vínculo entre la tierra de los vivos y el reino de los muertos.
-Si matamos al cuervo, destruimos al hombre.
Esa es la traducción para el subtitulaje, relativamente fiel a la versión original, pero el doblaje altera la célebre frase y, para mi gusto, la mejora: “El cuervo es su vínculo entre la tierra de los vivos y el remanso de los muertos”. ¡Muy bien! ¿Cuál reino? ¿Quién reina en la tierra de los muertos? ¿Los gusanos?
De ahí que, “refriteando” con un poco de creatividad algunas frases de esta cinta, sea posible una aproximación musical a la parafra-sinopsis: En la Noche del Diablo, el infierno envió un ángel, un ángel que llegó del remanso de los muertos al mundo de los vivos, guiado por un cuervo. Con la salvedad de que si “el infierno envió un ángel”, la película no lo dice en ningún momento; es como aquello de que “si los perros ladran”…
(No es que prefiera los doblajes, dicho sea entre paréntesis. ¡Dios nos libre de los doblajes! Lo que ocurre es que las traducciones literales ocasionan pérdidas en la forma y el contenido al texto original. Volvamos al citado poema de Poe, que tiene por lo menos tres versiones en español, una inclusive con métrica y rima, o sea, un sonido imposible de reproducir con una traducción literal. ¿Qué sonido perciben, por ejemplo, los traductores informáticos, que han de ser los causantes de subtítulos como los de esta película? Y si el trabajo lo revisa un gilipollas… ¡joder, me cago en la hostia!).
Otros se apantallan mejor con los sofisticados y rebuscados intercambios verbales entre Top Dollar y su concubina de rasgos orientales y tatuajes marca diablo, deliciosamente felina, pero excesivamente maquillada. “La infancia termina cuando sabes que vas a morir”, recuerda el capo. Ese, por ejemplo, es todo un aforismo fuera de contexto, en versión económica y depurada (2).
Sin embargo, por mencionar también lo malo, el discurso de Top Dollar en la reunión de hampones es pura verborrea y balbuce la palabra “idea” siete veces. De hecho, la maldad en esta cinta no tiene sustancia, no contiene algo, además de vacío. ¿Qué sentido tiene, por ejemplo, quemar la ciudad cada 30 de octubre? La maldad de los malos es muy mala. Y el calificativo de “un asesino vigilante” (sic), “el vengador, el asesino de asesinos”, parece más bien salido de algún bodrio infame de Charles Bronson. Nomás les faltó decir “justiciero” para que el público gringo no perdiera la costumbre.
Por último, a diferencia del monólogo inicial de la niña, el final cae en la cursilería (que gusta mucho a la masa, por cierto). El principio se refiere a la antigua creencia en un cuervo como guía de las almas al mundo de los muertos, según la tradición nórdica; pero la siguiente parte del monólogo y, sobre todo, la última, desvían su sentido original hacia el tema del amor en un tono inevitablemente cursi, valga la insistencia. La entrada es brillante, a pesar de las tinieblas, porque la niña tiene además una bella voz (3).
Y la cursilería decepciona en este caso especialmente porque si algo seduce de la película es su necrofilia, su estética de culto a la oscuridad de la noche bajo la lluvia, su macabro ingenio y su negro sentido del humor, su horror gótico de gárgolas que vomitan sangre de asesinos…
En general, llama la atención que, tratándose de una cinta de “trepidante acción”, con un argumento muy simple y hasta superficial, las palabras sean empleadas con imaginativo talento y hasta con poesía.
Son muchos los detalles importantes que hacen especial a esta película, abundan y están escritos y descritos en abundancia; pero hoy nos limitamos a sus diálogos y monólogos memorables; por ahora, lo demás está de más y, además, es lo de menos.
Buenas noches.

1. Avergonzado se paró Satanás y sintió qué terrible es la bondad y vio la virtud en su figura, qué encantadora. Esos son los subtítulos en español… sin comentarios.
2. “La niñez termina cuando sabes que vas a morir”. Así es la frase originalmente.
3. “La gente creía antes que, cuando alguien muere, un cuervo lleva su alma a la tierra de los muertos, pero a veces sucede algo tan malo que una terrible tristeza se va con ella y el alma no puede descansar. Entonces a veces, solo a veces, el cuervo puede traer esa alma de regreso, para arreglar lo que estuvo mal”. Ese es el monólogo inicial, según los subtítulos.