Chloë Sevigny

sevigny

Obsesionante icono del cine maldito, actriz que hace grandes, por no decir gigantes, sus pequeños papeles, que superó a Hilary Swank en el rol masculino de lesbiana seductora, que hizo humedecer los ojos —entonces hermosos y gatunos— de Michele Williams en la sorprendente secuela de Si estas paredes pudieran hablar, titulada también Amor entre mujeres, donde ambas encarnan a la pareja lésbica más fascinante del cine universal (salvo acaso que la relación inmortalizada por Jane Fonda y Vanessa Redgrave en Julia, de Fred Zinnemann, pueda considerarse como tal). Si Charlize Theron y Christina Ricci obtuvieron el premio MTV Movie al mejor beso en Monster, de Patty Jenkins, Williams y Sevigny lo merecían también por el mejor abrazo, así como el mejor intercambio de miradas y caricias… sus memorables diálogos son mérito de la guionista, pero la química entre ellas parece más bien electricidad.

Roger Ebert —entre los críticos de cine, sin duda el más famoso del mundo— consideraba que Los muchachos no lloran, de Kimberly Peirce, comienza realmente hasta que Sevigny aparece y “provee la entrada a la trama”. Yo pienso lo mismo de Amor entre mujeres. La joya magistral de media hora que es el segundo segmento comienza en el bar gay, cuando Sevigny aparece con cabello corto y corbata. Paradójicamente, se trata del único papel que ha aceptado por razones económicas…

Ex modelo de mirada enigmática, inteligente y sensual, gesticulación precisa y sutil, expresivo lenguaje corporal, manejo de una voz grave y clara que transmite seguridad, entre otras cosas.

Figura representativa del cine maldito, como he dicho: independiente, alternativo, de autor, de culto, de películas transgresoras y perturbadoras, desde su debut en Kids (Larry Clark, 1995), casi todas, inclusive alguna que ni siquiera llegó a ser exhibida en público. Entre las de mayor proyección internacional, Dogville, de Lars von Trier, fue tachada de “anti-estadounidense” por críticos como el mismo Roger Ebert.

Ante el escándalo que provocó su felación real en The Brown Bunny, de Vincent Gallo, Sevigny propuso que la película fuera exhibida en museos. Dicho escándalo prácticamente arruinó su carrera, pero la talentosa, interesante y excepcional actriz, además diseñadora de vestuario, ha seguido adelante.

En Zodiaco, de David Fincher, su actuación es secundaria, pero excelente, mientras que los demás no actúan ni siquiera bien.

Aun así, con más de treinta títulos entre películas y series televisivas, sin contar vídeos musicales y cortometrajes, a los 39 años de edad (que cumplirá el día 18), Chloë Sevigny es desconocida para el público de masas, alienado consumidor de cine chatarra y basura en abundancia…

En fin. De lo bueno, lo mejor suele ser bastante raro.

sevigny bn

Anuncios

Si las paredes hablaran (de mujeres)

paredes demiIf These Walls Could Talk

Tres historias con un tema en común: el embarazo indeseado; sus protagonistas viven durante distintas épocas en la misma casa, testigo generacional de los hechos, como insinúa el título, aunque lo importante del tercer segmento tiene lugar en una clínica. Sin nombres propios, las historias ocurren en 1952, 1974 y 1996, por lo que hay 22 años entre cada una; todas fueron escritas por Nancy Savoca, la primera en colaboración con Susan Nanus, la segunda con I. Marlene King, y la tercera con los hermanos Earl y Pamela Wallace. Savoca dirigió las dos primeras, mientras que la tercera fue dirigida por Cher, quien además interpreta un papel secundario.

Realizada para la televisión y transmitida por HBO en 1996, la película fue producida por Demi Moore, quien concibió la idea general (cfr) y protagoniza la primera parte, crudísima, desgarradora, indignante; una historia que plantea sin tapujos ni rodeos el conflicto provocado por la criminal prohibición del aborto en Estados Unidos, cuando era practicado clandestinamente, en condiciones de alto riesgo para la salud y la vida de las mujeres. La protagonista en este caso es enfermera, para mayor ironía y paradoja, pues termina en manos de alguien con la sensibilidad de una cabra en una cristalería. Moore hace aquí el papel de mayor seriedad en toda su carrera, pero es imposible dejar de lamentar que, a estas alturas, no sepa emitir la voz.

El segundo segmento, en cambio, tiene un final complaciente, como de telenovela, cuando el personaje de Sissy Spacek, embarazada involuntariamente y demasiado anciana para ser madre, opta por tener al bebé, decisión que resulta de lo más decepcionante.

El tercer segmento llama la atención porque la calidad de la fotografía disminuye hasta contrastar con los dos anteriores; aquí es una estudiante preñada por su maestro quien decide abortar cuando la legalidad permitía por fin condiciones propicias, pero había que sortear la histeria de los opositores a la interrupción del embarazo (como en la actualidad), gente por el estilo de ProVida, el paradigma en México y quizás en el mundo. Cher no es convincente en el papel de la “doctora” que realiza el también llamado legrado intencional, pues maneja la jeringa como si lo hiciera por primera vez. El final es doblemente trágico, tanto por la historia como por la débil actuación de Anne Heche.

Cada historia y la película como tal pone de mal humor a cualquiera, deja un mal sabor de boca, pero fue tan exitosa en su momento que, cuatro años después, sería realizada una secuela: mismo título y mismo esquema, pero un tema menos espinoso y controversial: el lesbianismo; a diferencia de la primera, la segunda cuenta con grandes actrices y es un caso excepcional por superar a su antecesora en todos los sentidos.

Con imágenes documentales al principio, cada historia dura media hora también aquí. Escrita y dirigida por Jane Anderson, protagonizada por Vanessa Redgrave y Marian Seldes, la primera ocurre en 1961 y es tristísima, desoladora, profundamente melancólica. Escrita por Sylvia Sichel y dirigida por Martha Coolidge, protagonizada por Michelle Williams y Chloë Sevigny, la segunda ocurre en 1972 y es romántica y conflictiva con un final feliz (que ojalá fuera el principio de algo más extenso). Escrita por Alex Sichel y dirigida por Anne Heche, protagonizada por Sharon Stone y Ellen DeGeneres, la tercera ocurre en el año de estreno (2000) y es una comedia ligera y alegre, pero reflexiva. Heche es la protagonista del tercer segmento en la primera película.

Las tres historias son de parejas; en el primer caso, la muerte acaba con una relación de treinta años entre mujeres ancianas y, obligada por la familia de su amante, la sobreviviente abandona la casa; en el segundo caso, una pareja de mujeres jóvenes se conoce en un contexto de intolerancia ideológica; en el tercer caso, una pareja de mediana edad decide tener un hijo y recurre a la inseminación artificial.

Sin temor a exagerar, el segundo segmento es una obra maestra, milagro que ocurre cuando concurren excelentes actuaciones y excelente guión en una misma película o alguno de sus capítulos. Aquí la trama explora el feminismo de la época y los estereotipos machistas con diálogos muy inteligentes y comentarios sarcásticos de sutil elegancia. El reparto es una maravilla; la química entre Chloë y Michelle es orgásmica, y no falta el clímax erótico. Hay instantes en que los ojos de Williams, hermosos y luminosos, se humedecen ante la fascinante personalidad de la ex modelo, que podría ser materia de estudio.

Aunque no le favorece nada el look masculino, Sevigny asumió perfectamente (como todo cuando hace) ese rol, invirtiendo los papeles de Los muchachos no lloran, cinta que, bajo la dirección de Kimberly Peirce, la había catapultado como icono del cine independiente, al lado de Hilary Swank, el año anterior. La siguiente actuación de Chloë, para mi gusto, es todavía mejor, así sea menor en términos cronológicos (a veces la perfección aumenta cuando el tiempo disminuye).

A diferencia de la complejidad o elaboración de la segunda historia, la primera es muy sencilla; la tercera es más bien simple y también incluye un momento erótico-paroxístico-amatorio, acompañado por una bella canción. Cabe destacar, sobre todo en la parte intermedia, para variar, el buen tino de la banda sonora…

Los créditos y carteles de la cinta original, al igual que la portada del DVD, conceden a Cher más importancia de la que realmente tiene, y omiten o ningunean a Heche, que se desquitó cuatro años después al dirigir la tercera parte de la secuela, en donde sucede lo mismo con el anuncio de Stone, cuyo papel es inclusive prescindible. Gajes de la mercadotecnia. Redgrave, por su parte, acaparó los premios y las nominaciones a la segunda película, cuando, sin restar méritos a su actuación, son las actrices jóvenes quienes merecen las palmas y dan una lección a las demás, especialmente a las protagonistas de la cinta original, una lección de calidad actoral, fuerza interpretativa y proyección de inteligencia y sensibilidad, belleza interior y sensualidad (la belleza de Sevigny está hecha de talento); la honestidad de sus personajes, por lo visto, es auténtica…

Mis respetos también a Sichel y Coolidge por haber creado una joya inmortal de media hora.

paredes

El Asesino del Zodiaco y la ineptitud

He vuelto a ver Zodiaco, del director de video clips y anuncios comerciales, David Fincher. Lo hice para quitarme el sabor que me dejaron Roman Polanski y David Linch, el primero con El pianista y Oliver Twist, después de muchas otras (de hecho, casi todas), y el segundo con Mulholland Drive, en donde trabaja Naomi Watts, que además de estar fea, no sabe actuar. Polanski y Linch deberían dedicarse a otra cosa mejor, igual que Naomi… Fincher, en cambio, es un genio, sobre todo como director de actores, tanto que Mark Ruffalo aprende a actuar con esta película; empieza hablando con una voz más débil que la de Quentin Tarantino (que de por sí está canijo), asume actitudes corporales un poco afeminadas, y su personaje, el inspector Toschi, trata de hacerse el gracioso pidiéndoles a todos galletas de animalitos, además de usar una corbata de moño como la de Sergio Sarmiento (el de la corbata de moño); pero hacia el final de la película parece que hubiera madurado y expresa una gran frustración cuando no puede resolver el caso de Zodiaco, un asesino serial que primero lo hace famoso, después resulta más astuto y termina burlándose de todos.

Quizá el arribo a la madurez ocurre cuando Paul Avery, el reportero alcohólico y drogadicto (conste que no dije homosexual) del diario San Francisco Chronicle, al cubrir el mismo caso, decide jugarles sucio a Toschi y su compañero Armstron (Anthony Edwards). Robert Downey Jr. en el papel del periodista decadente es simplemente insufrible (camina como si tuviera almorranas, por ejemplo, aunque eso es lo de menos), pero gracias al genio de Fincher, su presencia se hace cada vez más esporádica hasta desaparecer de plano, afortunadamente. A Jake Gyllenhaal, en cambio, puede uno tolerarlo durante los 160 minutos que dura la película sin sufrir demasiados trastornos estomacales. Lo que no entiendo es por qué su personaje, Robert Graysmith, es autor del libro en que está basada la película y los créditos iniciales dicen que el libro es una novela. ¿Es una “novela de no-ficción”, como las de Truman Capote, y además autobiográfica? No muy entiendo. Por favor, explíquemelo alguien, que tampoco pienso leer más al respecto… al menos por ahora.

La única que actúa bien de principio a fin es Chloë Sevigny en el papel secundario de Melanie, la esposa de Graysmith.

Por mencionar otras fallas importantes, los personajes no envejecen en 24 años, que es el lapso de tiempo que abarca la película. El hallazgo del reportero es tan confuso que, al parecer, se trata de una estratagema para que todo resulte más “interesante”. La secuencia de la mujer que escapa y salva a su nonato del asesino es francamente infame, además de contener un error técnico (de continuidad, como dicen los expertos), pues el llanto del bebé no coincide con el bebé (o sea, el audio con la imagen). De hecho, errores como ese hay por lo menos diez en toda la película. Aun así, además de elogios, no he leído críticas en ningún lado.

En su momento, Se7en, del mismo director, también fue objeto de puro elogio. Personalmente, me pareció una película oportunista y morbosa, además de confirmar la mediocridad de Brad Pitt. Entonces era relativamente reciente el éxito de El silencio de los inocentes (como fue titulada en América Latina), de Jonathan Demme, una buena película, esa sí, tanto por las excelentes actuaciones como por su guión perfecto, principalmente. Y Se7en pretendía reproducir la fórmula, pero…

No es lo mismo Harry el sucio que 40 años después

Más allá de los aspectos técnicos, el tema de Zodiaco se presta para una pequeña reflexión. En una entrevista, Fincher dice que mostró el cartel de Harry el sucio para distinguir entre realidad y ficción (Zodiaco está basada en hechos reales y Harry el sucio es ficción, se entiende). Sin embargo, la cinta se apoya en una escala valorativa de la que difícilmente escapan los gringos. Aunque la descoordinación de las policías locales y la ineptitud terminal son mostradas abiertamente, la corrección moral de los inspectores Toschi y Armstron es conmovedora. Eso no ocurre más que en las películas, sobre todo gringas, donde los héroes son policías. El héroe, por llamarlo así, es aquí un caricaturista, por su obstinado seguimiento del caso, pero los periodistas siempre son mostrados como alcohólicos, drogadictos, enfermos también de un pragmatismo individualista, inescrupuloso, deshonesto (conste que no dije homosexuales), equivalente a la degradación. Y efectivamente, muchos lo son, pero en la vida real no hay gremio más sórdido (corrupto y destructivo, entre otras cosas), ni más representativo de la miseria humana, que la policía, de donde los gringos sacan siempre a sus pequeños héroes, y en ese sentido esta película no es del todo una excepción.

Si el paradigma de Clint Eastwood tenía voz de Tarantino venido a menos, modales afeminados y corbata de moño, además de pasársela pidiendo galletas de animalitos, es lo de menos. Lo importante es que la policía, o sea, la máxima institución entre los valores gringos (después de la sagrada familia, claro), fracasó vergonzosamente en el caso del Asesino del Zodiaco. A raíz de la cinta de Fincher, la policía de San Francisco lo reabrió. Ya veremos ahora… porque no es lo mismo Harry el sucio que cuarenta años después.

Por lo pronto, sentado detrás de mí, estaba el asesino del Zodíaco, pateando mi asiento. Sentado por doquier, el asesino se reía de todo y, peor aún, de nada. El asesino estaba también en el cuarto de proyección, mientras la imagen se desenfocaba y él no hacía nada al respecto, en la Cineteca Nacional, por cierto, donde redujeron el ciclo de Polanski al imperdonable tedio de ver manchas borrosas y escuchar gis (hasta en mi computadora se puede apreciar mejor el cine). Yo, mientras tanto, recordaba que una mujer encantadora de nombre Amelie, a los 23 años de edad, iba al cine para ver las caras del público en la penumbra. A los 42 años, con un hígado inmenso, yo soy la antítesis de esa mujer, pensé… antes de convertirme también en el asesino del Zodiaco.