Un año de cine

turínEl año pasado fui cuatro veces al cine, contando aparte una presentación especial del documental Trazando Aleida, de Christiane Burkhard, en la Cineteca Nacional. Una vez publicado el pronunciamiento para que se vayan de allí tod@s, coincidí en el recinto con una encuesta realizada entre público acrítico, poco exigente y nada perceptivo, al que nada le parece mal, todo bien. Mi decisión de no volver se tradujo en una distancia temporal con el cine, y las cuatro películas del año fueron de malo a peor y de peor a pésimo en las salas comerciales: Ágora, de Alejandro Amenábar (bodrio exasperante que publicita en el cartel su elevado costo material como noción de relevancia, inexplicablemente laureada), El retrato de Dorian Gray, de Oliver Parker (espantajo efectista y burdo que parece confundir libertad con libertinaje y homosexualidad con “corrupción del alma”), La milagrosa, de Rafa Lara (basura que ni siquiera merecía ser mencionada), y El asesino dentro de mí, de Michael Winterbottom, que ameritó una reseña reivindicatoria.

Ese año tuve también cuatro sesiones con un sicólogo en la Clínica del Sueño y, entre otras cosas, me recomendó salir una o dos veces por semana para hacer algo más que mis habituales compras; el año siguiente comenzaría como si quisiera compensar la falta de cine durante el anterior. Sin reconciliación alguna, regresé a la Cineteca Nacional, en donde todo sigue igual o peor (salvo por un fraude que denunciaré más adelante) a ver una o dos películas consecutivas, una o dos veces por semana. El principio de aquel intenso regreso fue también anecdótico: luego de ver El listón blanco, de Michael Haneke, salí aturdido por los altos decibeles, cojeando como un anciano por la falta de circulación sanguínea, y con ese pretexto, aligeré la pesada carga de cine “culto” en blanco y negro, durante dos horas y media de inocencia infantil y su trágica pérdida, con otras dos horas y media de inocencia infantil en extremo distinto y distante: la frescura de Giuseppe Tornatore y la grandilocuencia de Ennio Morricone, dupla inmortal que alcanzó la madurez con un sentido del humor más ágil y menos ñoño, pero sin dejar de hacer parodia del temperamento italiano en aras del público gringo, con la sorprendente diferencia de que Baaria – La porta del vengo (cuyo estreno comercial tenía tres años tres) parece un homenaje a la militancia comunista de cepa en el país de la Cosa Nostra y el Spaghetti Western. Cuando pasé junto a la taquilla, Hilda Saray compraba su boleto para la siguiente función de la película que yo acababa de ver…

Poco después, Jaime Avilés pateaba mi asiento y yo me contenía, mientras los talentos de Anthony Hopkins y Naomi Watts compensaban la decadencia de Woody Allen en Conocerás al hombre de tus sueños, que toleré dos veces, como París a medianoche. Por recomendación del que pateaba mi asiento, me chuté Siete instantes, documental de Diana Cardozo acerca de la participación femenina en la guerrilla uruguaya de los años setenta, y entonces toleré que la usufructuante del fracaso de Cafetlán contaminara la sala con olor pútrido a cigarro.

Allí mismo, con un pedazo de la imagen proyectada en el techo por un pedazo de pendejo, La mitad del mundo, de Jaime Ruiz Ibáñez, resultó un esfuerzo comparable con El mural de Siqueiros, de Héctor Olivera, en cuanto a méritos del cine mexicano. La primera es más impactante, a pesar de las fallas y debilidades actorales, y la segunda podría llamarse más bien La prostitución de Siqueiros… Pero lo más relevante a nivel nacional fue Presunto culpable, de Abogados con Cámara, por el favor que le hicieron los poderes, primero el judicial y después el ejecutivo en alianza con Cinemex; antes de la censura y la publicación íntegra del documental en internet, pude verlo tres veces en salas de exhibición y llegar a un punto inconfesable de obsesividad; la Cineteca Nacional, por cierto, hizo un olímpico sabotaje, como es de imaginar. Y el año concluyó con Alucardos: Retrato de un vampiro, de Ulises Guzmán, documental acerca de Juan López Moctezuma, director de Alucarda, y dos fans de la película, custodios de su herencia…

Lo más relevante a nivel mundial había sido Anticristo, de Lars von Trier, película de pornografía gore que alterna con poesía en imágenes y misoginia en el mensaje; bastante polémica la intención y demasiado evidente que alguien joven dobla el cuerpo de Willem Dafoe en las escenas eróticas; me propuse escribir al respecto para exorcizar otra obsesión: como advertí al apersonarme en un acto de solidaridad con la familia Reyes Salazar, de Ciudad Juárez, comenzaba la militarización de Ciudad Monstruo; sobre la película escribí un carajo porque ni un minuto dejé de pensar en la amenaza que ciérnese todavía sobre la mayor concentración humana del planeta, así que me aboqué a llevar hasta sus últimas consecuencias mi alerta roja y descubrir el hilo negro: que México es un país de traidores. ¡Que se lo lleve la chingada entonces! -me dije al cabo de cinco meses que me envejecieron cinco años, y regresé al cine, además de comprar a precios de fábula: El séptimo sello, de Ingmar Bergman; El último de la lista, de John Huston; Chicago, de Rob Marshall; Ciudad de Dios, de Fernando Meirelles; Los niños del fin del mundo, de Marzieh Meshkini… y conocer la historia de Dorothy Dandridge y el rabioso racismo de Joligud, antes más nefasto de lo que yo imaginaba.

Si El último de la lista (The List of Adrian Messenger), con su “reparto súper estelar”, es un thriller insoportable por aristocrático, El discurso del rey, de Tom Hooper, nominada, premiada y todo eso, no es más que un melodrama cursi, aristocrático y rancio; los ingleses resultan especialmente insoportables cuando, además de ser insoportables de por sí, el ánimo personal está permeado por la sangre de un país.

Chicago, en cambio, amerita su propio texto en su propio contexto; Ciudad de Dios, lo mismo.

Tan “culto” como El listón blanco, también en blanco y negro, El caballo de Turín, de Béla Tarr, es una metáfora en 24 tomas, como las horas del día durante una semana inconclusa.

Interesantes desde otros ángulos: Zona Sur, de Juan Carlos Valdivia (ejemplo doméstico del cambio de élites en el poder boliviano); La pivellina, de Rainer Frimmels y Tizza Covi (de nuevo el binomio de inocencia y autenticidad infantil, que no es actuada en este caso); Jean Gentil, de Israel Cárdenas y Laura A. Guzmán (con su anécdota respectiva, que narraré después en el blog literario); La vida según Attenberg, de Athina Rachel Tsangari…

Lo mejor del año, sin duda, fue La mujer que cantaba, de Denis Villeneuve, y La mirada invisible, de Diego Lerman, que logré reseñar, una vez superada mi obsesión.

Lo más importante, en términos comerciales: El planeta de los simios

Lo peor de lo peor, que no alcanza ni siquiera la categoría de cine pésimo: Eclipse. ¡Puaf!

En fin. Al final, finalmente, no me fue tan mal.

incendios

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Trazando Aleida, en disfunción especial

 
Ayer en la noche, la Cineteca Nacional ofreció una función especial de Trazando Aleida (2008) con la presencia de Christiane Burkhard, su realizadora, y Aleida Gallangos, su protagonista, por fin en México; las causas de que tuviera una escasa asistencia no fueron a) que la gente ya ha visto el documental, como sugirió Tania Molina, periodista y traductora de La Jornada, ni b) la temporada navideña, como agregó Aleida, sino a) que no existe sensibilidad en México a l@s desaparecid@s polític@s y b) que la difusión fue insuficiente, a pesar de las redes sociales y el correo electrónico, pues la cartelera impresa y el sitio web de la propia cineteca, en honor a su vocacional tradición de autosabotaje, anunciaron que ese día no tendrían actividades.
 
Antes había ocurrido que los cortos, quizás editados en ese recinto institucional, predisponían al público -al menos a mí- como adelanto de un drama sensiblero y previsible de por sí, noción que afortunadamente cambió con el exitoso estreno, cuando además conocí a la familia de la protagonista y a la realizadora, una mujer accesible y alivianada, pero luego alguien cambió el formato original y redujo al máximo la calidad de su exhibición, como acostumbran allí, y hasta hace unos días estuvo perdida la copia en ese formato… El cambio de dirección no ha cambiado nada; nuestra exigencia de que se vayan tod@s al carajo motivó una encuesta para efectos de autocomplacencia y autoengaño entre asistentes acríticos.
 
En México no existe sensibilidad a l@s desaparecid@s polític@s, ni siquiera cuando se trata de niñ@s en edades tan tempranas que no guardan recuerdos, pero recuperan su identidad y vuelven a ser herman@s casi 30 años después de su violenta separación y adopción ilegal, además del secuestro y la desaparición forzada de sus padres por el estado en un oscuro capítulo que no concluye, acaso cambia de métodos. Si «l@s desaparecid@s nos faltan a tod@s todo el tiempo», México -un país de símbolos acribillados, que dejó la dignidad en el camino a ninguna parte- asume su lastre cual «pan nuestro de cada día», triste normalidad a la que puede acostumbrarse y acomodarse con pasividad saturnina, como a cualquiera otra: el secuestro de las instituciones por mafias que usurpan su nombre, la suplantación de la justicia por una hedionda puta, la dictadura del capital sanguijuela por mediación de bancos y oligopolios con la complicidad abyecta del pretendido gobierno, la masa ingente de autómatas que obedecen a las máquinas y, como justificación inconciente de sus inercias parasitarias, rebautizan a Dios con el nombre de El Sistema…
 
Según el documental, hay mil desaparecid@s polític@s por la «guerra sucia» en México (así llamada como si existieran guerras limpias), sin contar el exterminio de mujeres y niñas por negocio y diversión en Ciudad Juárez y otros lugares que padecen del mismo síndrome. En Argentina, l@s desaparecid@s polític@s por la dictadura militar suman 30 mil, o sea, 30 veces más que en México, así que l@s argentin@s cargan con una tragedia 30 veces mayor que la nuestra sobre su memoria, primera reflexión parcial (vamos por partes, diría el descuartizador) de lógica tan simple como una ecuación aritmética. ¡Pues sí, mire usted, pero no, fíjese! La realidad es más canija y actual: además de l@s desaparecid@s por la «guerra sucia», y las víctimas de la misma podredumbre desde Ciudad Juárez hasta España, pasando por Oaxaca y Guatemala (barbarie trasnacional en ambos casos), l@s mexican@s tenemos 30 mil muert@s en la guerra criminal llamada «contra el crimen» o «contra el narco», de crimen organizado contra crimen organizado, uno por el estado y otro también, durante cuatro años de espuriato, saldo comparable con el de la dictadura militar argentina, con la diferencia de los guachos que nos matan aquí se distinguen por sus incontenibles impulsos de masacrar niñ@s en los retenes militares, llenar de balas sus cuerpos y, por si resisten el ataque, arrojar granadas a tan mortales enemig@s (tan mortales son que bien muert@s quedan, y ellos como si nada, en la más campante y desafiante impunidad). ¿Eso hacían también los soldados argentinos, chilenos y demás durante las dictaduras coordinadas por la CIA y su Plan Cóndor? Hasta donde sabemos, había tráfico de niñ@s, no carnicerías a lo bestia, por nada y para nada. Otra diferencia, valga insistir, es que México asume sus tragedias como normalidad, acaso renovada, costumbre y tradición que, si tuviéramos un temperamento diferente, un carácter distinto, el temple de otra especie, nos tendrían, mantendrían y sostendrían día y noche a miles o millones de personas en las calles, inclusive dentro de edificios públicos (ahora recuerdo cuando tomamos el INI en 1992) hasta ver encarcelado al vergonzoso aborto de Hitler, émulo de Bush el pequeño, diminuto ser de cuarto mundo y tamaño inversamente proporcional al de sus tendencias dictatoriales, así como a toda su camarilla, su enredado círculo de cómplices, con penas a la altura de sus merecimientos, y al usurpador anterior, a su nefasto sucesor, al mandilón de los contratos múltiples, a las momias que perpetraron la noche de Tlatelolco, el alconazo y la represión selectiva, los autores de genocidio y desaparición forzada de personas (crímenes que nunca prescriben, jamás se olvidan y mucho menos se perdonan), personajes tan sórdidos como Quiroz Hermosillo, Acosta Chaparro y Nassar Haro, que atentaron contra la humanidad con un historial represivo del que todavía falta mucho por descubrir, se aliaron con los más poderosos cárteles del narcotráfico, del tráfico de armas… y ahora el papalote, como títere invertido al que sostiene un hilo en las alturas desde abajo, ventrilocuito que le quedó enano al uniforme castrense, los condecora, es decir, los decora con medallas al mérito de la vileza y el deshonor, los asciende por encima de sus antecedentes penales, o sea, su glorioso paso a través de las rejas y los juzgados, les rinde pleitesía y otorga pensiones millonarias, entre otros privilegios; cabe sospechar que pupilos de los mayores genocidas en la historia reciente de México siguen haciendo el “trabajo” sucio del desgobierno en la clandestinidad; eso y más, porque México no es un país, sino la tierra de nunca jamás.
 
Al término del documental, me enteré de algo que amerita ruido: ahora resulta que la desaparición forzada de personas estrena modalidades camaleónicas, pues se hace pasar por secuestro de la delincuencia común al “pedir” una recompensa, pero no la recibe y, en cambio, mantiene a la familia en vilo durante años.
 

¡Ni una más! ¡Ya basta!

Miércoles 3 de junio, 21.00 horas. En la entrada a las salas 4, 5 y 6 de la Cineteca Nacional hay tres personas mas interesadas en unas palomitas de maíz que en la película y el público al que estorban y hacen esperar mientras la mujer que recoge los boletos les dice dónde comprar sus palomitas; el público soy yo, que tengo prisa por pasar al baño antes de ver la película; en el baño resbalo con un charco de agua sucia frente a los lavamanos, y no hay papel para secarse; me pregunto si así es aquí el regreso a la “normalidad”, una vez superada la sicosis de la contingencia sanitaria.

La sala 5, donde será exhibido el documental Bajo Juárez, de Alejandra Sánchez y José Antonio Cordero, es una de las más pequeñas y, aun siendo miércoles, día que las entradas son más baratas, está vacía. Ser el único espectador me sorprende y hace sentir bastante raro; luego de unos minutos llega el grupo más interesado en sus palomitas que en la película; inmediatamente, llega también una pareja de jóvenes que se acomoda en la última fila con los pies en los asientos de enfrente, junto a mí, platicando con singular chorcha; comienza la función y el formato es el peor posible, con la calidad de imagen más baja posible (si acaso es posible hablar de calidad aquí) y la proyección está descuadrada; la pareja no deja de platicar en voz alta, casi a gritos, y mover los asientos de enfrente. Desde el principio, algo me parece familiar y caigo en la cuenta de que algunos protagonistas del documental son los mismos de un cortometraje que había visto seis años antes (supongo que Ni una más, también de Alejandra Sánchez). A la molestia por ver algo en pésimas condiciones y escuchar voces detrás de mí y sentir golpes y movimientos o vibraciones en los asientos, se agrega y crece la cólera inevitable ante una inmensa tragedia con todas las facilidades posibles, algunas realmente inconcebibles, inimaginables; las dolorosas expresiones de parientes, en su mayoría mujeres, de las víctimas de un sistema genocida, un feminicidio sistemático, las inteligentes exposiciones de tres expertos muy serios y muy bien documentados, así como la hipocresía, la demagogia y la burla de las “autoridades” competentes, cómplices por omisión o comisión de crímenes que atentan contra la humanidad o lo que al mundo le queda de ella, me producen un nudo en la garganta; procuro controlarme y fracaso en el intento; encaro enfurecido a la pareja de atrás y grito: “¡Oigan, cabrones! ¡Cállense ya o lárguense!” Intimidados (no creo que avergonzados), contestan asintiendo con la cabeza y, santo remedio, no vuelven a hablar, pero dejan los pies en los asientos de enfrente…

Si algo hace aparentemente distintos de entrada este documental y Trazando Aleida, de Christiane Burkhard, es su publicidad en pantalla. Los adelantos de Trazando Aleida, quizás editados en la misma cineteca, predisponen al público, al menos a mí, como si se tratara de un drama sensiblero y previsible, noción que afortunadamente cambia al ver el documental y conocer a la familia de la protagonista, así como a la realizadora (conocer también a jóvenes de la organización HIJOS y a la periodista y traductora Tania Molina es ganancia). La publicidad audiovisual de Bajo Juárez, en cambio, no son adelantos, sino brevísimos comentarios de actores y actrices (incluida Vanessa Bauche, productora del documental), la periodista Carmen Aristegui y la cantante Eugenia León (Aristegui dice más que todos los demás juntos). Sin afán de poner mayor énfasis en los errores que en los aciertos, lo primero que llama la atención es un error, pues el nombre completo del documental es Bajo Juárez – La ciudad devorando a sus hijas y, salvo que se refiera a “la ciudad” en sustantivo, lo cual es por demás improbable, no son hijas de Ciudad Juárez las únicas víctimas de tal voracidad; muchas son mujeres que viajan tres días en camión desde lugares como Veracruz para trabajar en las maquiladoras; inclusive la canción final tiene como tema central ese hecho y es el caso de una de las protagonistas.

El estreno comercial de Bajo Juárez ocurrió a principios de octubre pasado, así que su exhibición aquí tiene casi ocho meses de retraso (pues además lo presentan sin un ápice de vergüenza como “estreno”, burla que se pone a tono con las fiscalías especiales y demás eslabones oficiales de esta cadena de ignominia), lo cual explica en parte la ausencia de público en cantidad y calidad. A mitad del largometraje que dura 96 minutos hay un salto atribuible a la exhibición, no a la realización (como para confirmar que la tolerancia del público asistente a la cineteca no tiene límite), y entonces todo apunta coincidentemente a la complicidad de Vicente Fox y sus allegados en la continuación de esta espiral de criminalidad impune. A saber cuánto tiempo del documental nos escamotean, quizá con una mutilación que no pasa de ser un fallido intento de censura o quizá con la pérdida accidental de unos cuantos segundos, pero de ningún modo escapa ese círculo de poder en las alturas a los indicios desde abajo, aunque las acusaciones directas, con nombres y apellidos, cuando las hay, no pasan de funcionarios intermedios. Una de las protagonistas de este documental y el cortometraje de hace seis años, Alejandra Andrade, madre de Lilia Alejandra García, una joven asesinada con todos los agravantes que concurren en el síndrome de Ciudad Juárez, menciona los nombres de esos funcionarios en una manifestación pública, pero el documental como tal no hace acusaciones; cuando se trata de Fox y sus amigos, hace más bien insinuaciones tímidas, por no decir pusilánimes. Sergio González Rodríguez, autor del libro Huesos en el desierto, por ejemplo, dice ante la cámara lo que sabemos desde hace casi una década: que algunos empresarios presumiblemente implicados en esta masacre de mujeres financiaron la campaña de Fox, en consecuencia endeudado a la sazón con poderosos criminales, en consecuencia más poderosos a la sazón del sexenio pasado y de los cuales no es mencionado aquí ni un solo nombre, vaya, ni siquiera el de Lino Korrodi, artífice financiero de Amigos de Fox y suegro de Valentín Fuentes, uno de los principales autores de la barbarie genocida en Ciudad Juárez, como bien lo sabe el FBI gringo y no creo que lo ignore la PGR mexicana. Tampoco se dice que Francisco Barrio, política y personalmente cercano a Fox y Sahagún, fue presidente municipal de Ciudad Juárez, cuya delincuencia organizada financió su campaña para ser electo gobernador del estado de Chihuahua en 1992, cuando sucedieron los primeros casos de mujeres victimadas con patrones similares en el bastión del cártel de Juárez (el documental ubica el inicio de esta pesadilla en 1995: otro error).

No olvidemos que Francisco Barrio culpó de su propia desgracia a las mujeres secuestradas, ultrajadas, torturadas, mutiladas, asesinadas y desaparecidas por ser “provocativas” y consideró “normal” el número de casos; durante su mandato como gobernador, el cártel de Juárez se expandió hasta ser el más grande del continente, con Amado Carrillo a la cabeza, desplazando inclusive a los colombianos. De hecho, Barrio tomó posesión del cargo en octubre de 1992, unos meses antes de que Amado Carrillo asumiera el control del cártel en abril de 1993, luego de la detención del jefe anterior. A pesar de los indicios de negligencia, omisión y encubrimiento en las investigaciones de los feminicidios, indicios ampliamente documentados por periodistas y organizaciones independientes en defensa de los derechos humanos, así como por las madres de las víctimas, algunos funcionarios del equipo de Barrio ocuparon más tarde puestos de alto nivel en el desgobierno de Fox, como el ex procurador general de justicia del estado, Francisco Javier Molina, y el ex primer comandante de la policía judicial, Alejandro Castro… Nada de eso informa el documental.

Entre los familiares de las víctimas nadie quiere nombrar tampoco a los grandes empresarios, porque su poder fáctico o influencia directa en el poder formal infunde tanto miedo como cualquier otra mafia, llámese cártel de Juárez o amigos de Fox, pero el documental dibuja con claridad gráfica el mapa de las zonas bajo su dominio y la confluencia en el hallazgo de cadáveres femeninos; esa es quizás, en términos panorámicos, su mayor aportación.

Para alguien medianamente informado, Bajo Juárez no aporta nada nuevo en cuanto a documentación, pero en lo personal hay algo que logra calar bastante hondo y no deja de vibrar en mi obsesiva mente, o sea, en mí, obsesivamente: Diana Washington, que ha investigado con valentía y lucidez el escabroso tema como reportera de El Paso Times y autora del libro Cosecha de mujeres, dice que hay policías contratados para llevarse los cadáveres de mujeres asesinadas en fiestas de gente poderosa y dejarlos en otros lados; este hecho, aunque no es sorprendente, desvela una trama criminal con elementos suficientes para una novela policiaca o el guión de una película de ficción inspirada en la realidad, que suele superar a la imaginación cuando se trata de maldad patológica o perversidad, por supuesto, relacionándolo con las sospechas más difundidas, a saber, que hay por lo menos dos asesinos seriales que operan al amparo de una amplia red de complicidades, en la cual están directamente involucradas las autoridades judiciales, cuyo principal papel es la fabricación de culpables…

En fin. Cuando pequeñas frases como “cadena de impunidad” se hacen lugares comunes estamos ante un trágico fenómeno y quizá la mayor de las tragedias sea que nos acostumbremos a ellas.

Aunque nada es nuevo en términos informativos, a pesar de que la investigación abarca de 2001 a 2007, nada es trivial tampoco en el documental, ni siquiera sus omisiones, pero hay algo más allá de los datos que toca fibras sensibles: la dignidad de los familiares de las víctimas, incluidos los chivos expiatorios, algunos de los cuales mueren en la cárcel bajo circunstancias sumamente oscuras; el aspecto humano de la tragedia tiene aquí una expresión más nítida y cálida que la información objetiva y fría.

Carmen Argueta, una señora de condición paupérrima y apariencia muy frágil (“así de flaca y chimuela como me ven”), que lucha de por sí para sobrevivir, tiene que luchar también para encontrar a su sobrina Neira y después para liberar a su hijo David Meza, injustamente detenido por el asesinato de la muchacha y los demás delitos que preceden a la desaparición forzada; es un caso emblemático, pues la señora saca fuerzas de su dignidad; el hijo regresa de Chiapas, donde trabajaba, para presionar a las autoridades locales, hasta que el procurador Chito Solís, bajo el mandato de Patricio Martínez, les dice: “¡Ya me tienen hasta la madre! ¿Quieren un culpable? Mañana mismo lo consigo”. Entonces aparece el cadáver de la desaparecida, y la policía detiene a David Meza y al padre de Neira, los tortura física y sicológicamente, sobre todo al primero, y la “justicia” lo condena con puras pruebas falsas pero “suficientes y bastantes”. En la pantalla vemos a un hombre moralmente derrotado, pero sabemos que si no fuera por doña “flaca y chimuela como me ven” ya lo habrían matado en la cárcel, como a otros chivos expiatorios, y punto, caso cerrado. “No me puedo dar el lujo de enfermarme -dice la señora- porque para mí sería un lujo”, y libera un llanto contenido quizá durante días o semanas; sus palabras y actitudes coinciden con las de otras mujeres cuyas luchas tengo presentes ahora y que ya comentaré; más adelante, vemos cómo le impiden pasar a Los Pinos, en donde tiene concertada una audiencia con Fox; no es la primera vez que tiene audiencia, pero en esta ocasión intenta pasar con su familia y no la reciben, por lo que dice a la cámara: “Ya no me dejan pasar a mí tampoco y eso es lo que más me descorazona”. Rompe otra vez en llanto y continúa: “De por sí somos pobres y ahora con esto no podemos trabajar, no tenemos dinero. ¿Sabe usted cuánto nos cuesta venir hasta acá para nada? ¿Qué vamos a hacer ahora con esta miseria?” El episodio es especialmente dramático, pues la mujer habla con el rostro empapado por las lágrimas y una elocuencia desgarradora que termina diciendo: “Imagínese lo que sentí cuando vi a la fiscal especial riéndose mientras metían a nuestra niña en una bolsa”, y las imágenes muestran a la fiscal especial riéndose con singular alegría mientras cierran la bolsa de plástico en donde yace la muchacha asesinada luego de vejarla con un sadismo que avergonzaría inclusive al marqués de Sade.

No menos estrujante y lacerante es el testimonio de una menor de edad, secuestrada por un grupo de policías que la penetran por la vagina y el ano con el cañón de una pistola como castigo por haber denunciado a sus secuestradores y violadores (leíste bien, no es necesario repetirlo). Carajo, piensa uno. ¡En qué pinche mundo vivimos!

Alejandra Andrade, madre de Lilia Alejandra García, es una mujer físicamente más grande que termina ocupando el lugar de su hija asesinada; ahora es la mamá de sus dos nietos, que se convierten en la principal razón de su existencia y su lucha; la fortaleza y la dignidad que crecen en ella y la transforman son algo digno de encomio y solidaridad, así como un ejemplo a seguir, que despierta simpatía y contagia coraje y energía; su esposo murió de cáncer por no tener con qué pagar los medicamentos y ahora ella sabe hasta de medicina forense por el seguimiento puntual al caso de su hija. Vaya paradoja: la gente más pobre, además despojada de algo tan valioso como una hija, se crece en el castigo, como dice Miguel Hernández, comparándose con un toro desangrado, cuanto más herido, más bravo.

Indignación y coraje provoca este documental, aunque refritea, como ya dije, episodios que hemos visto desde hace años, uno de los cuales es la famosa conferencia de prensa en donde Jane Fonda, entre otras celebridades, primero llora mientras las demás hablan y, en su turno, se descarga contra los secuestradores, violadores, torturadores y asesinos de mujeres, y contra las “autoridades” que terminan de arruinar a los familiares de las víctimas, como si no fuera suficiente su desgracia, y los hacen pagar la culpa de otros a quienes tienen perfectamente identificados… Confieso que al principio me resultó más bien molesto el llanto de Jane Fonda mientras las demás hablan; me pareció un llanto protagónico el suyo, quizá predispuesto yo por las ocasiones que aprovecha Ofelia Medina para llorar sin consuelo ni consideración alguna; pero al traducir su duelo en indignación y cólera con un discurso inteligentemente articulado y demoledor que no deja piedra sobre piedra, Jane Fonda se confirma como la mujer admirable que en su juventud llamó a desertar del ejército gringo para acabar con la ignominiosa y criminal intervención de Estados Unidos en Vietnam, a riesgo de ser acusada de “alta traición” y condenada a muerte. Aunque Jane Fonda es la mejor actriz del siglo XX, por lo menos en Hollywood, no parece actuar al tomar la palabra esta vez y, después de aludir a la corrupción y al racismo de las “autoridades” mexicanas, terminar arremetiendo incluso contra los periodistas presentes: “¿Por qué tienen que venir figuras y estrellas internacionales para que haya tantos reporteros en una conferencia de prensa y la muerte de tantas mujeres vuelva a ser noticia?” En otras palabras: ¿En qué parte del camino perdimos la sensibilidad y la capacidad de asombro? ¿En qué momento dejamos de ser humanos?

Quizá gente como la que asiste a la Cineteca Nacional para platicar a gritos con los pies en las butacas delanteras mientras alguien documenta que cientos de mujeres, en su mayoría jóvenes proletarias, son sistemáticamente convertidas en objetos desechables, y sus familiares, si acaso encuentran algo, es más injusticia… Quizá gente como la que pide su boleto en la taquilla “para las muertas de Juárez” y le interesan más unas palomitas de maíz… Quizá los que sabotean estos documentales y todo cuanto pueden sabotear, no solo porque son miserables de mente y alma, sino porque además es la encomienda del fascismo usurpador y su enanismo magno… Quizás esta gente, sin saberlo, haga suyo el cinismo de Stalin: la muerte de una persona es una tragedia; la de cientos o miles de personas, así esté precedida por una saña inhumana de rabiosa crueldad, es un dato estadístico.

22.50 horas. En la sala 5 no queda nadie más que yo, leyendo los “agradecimientos finales”, cuando se oscurece la pantalla y se apaga el sonido; el ácaro ha decidido que la película ya terminó; volteo a verlo para que se lleve al menos una mirada de reclamo, pero el cuarto de proyección está oscuro. Antes de irme, paso de nuevo al baño y allí sigue el charco de agua sucia y todavía no hay papel para secarse las manos. Qué bonito lugar, pienso. Qué bonita ciudad. Qué bonito país. ¡Que bonito mundo!

Trazos de la sonrisa y el llanto de Aleida

 He visto por segunda vez el documental Trazando Aleida, de Christiane Burkhard, que invita a la reflexión; es evidente ese propósito y lo consigue. Personalmente, me invaden muchas preguntas y me obsesionan. Para empezar: ¿Qué fue de los padres biológicos de Aleida Gallangos? ¿Seguirá buscándolos ella después de haber encontrado a su hermano? ¿Qué piezas deben moverse ahora? Hasta donde entiendo, su abuela, quien empezó esta búsqueda, tiene la esperanza de encontrarlos con vida y, así como acusa al “gobierno” mexicano de su desaparición, le exige su presentación con vida. “Vivos los llevaron, vivos los queremos”, es la consigna popular en todos los países con desaparecidos políticos. “Ni olvido ni perdón, cien años de prisión”, es otra consigna. Pero México parece estar enfermo de amnesia o algún otro tipo de debilidad mental. Mientras en Argentina, el ex dictador Jorge Rafael Videla fue juzgado, condenado y encarcelado a perpetuidad, junto con presos comunes, en esta ilusión que llamamos República no ha sido juzgado nadie por desaparición forzada, un delito que no prescribe porque atenta contra la humanidad, como el genocidio, ni por tráfico de niños recién nacidos, ni por detención ilegal o secuestro, ni por tortura, ni por nada, aun cuando existe información suficiente, desde las órdenes de los presidentes genocidas hasta los nombres de quienes participaron, por ejemplo, en el asalto a la “casa de seguridad” donde fueron detenidos los padres de Aleida. ¿Qué hace falta para que los peores criminales de la dictadura del dinero reciban el castigo que merecen, además del repudio popular, en México, el país de las elecciones más caras del mundo y donde los presidentes se imponen paradójicamente con golpes de estado apoyados en las fuerzas armadas? Algo anda mal aquí. ¿Por qué la familia de Aleida ha hablado tres veces con Rosario Ibarra y ella no muestra interés en este caso? ¿Por qué los padres adoptivos del hermano de Aleida se esconden? ¿Por qué Enlace México no publica lo que envío sobre la búsqueda infatigable de Clara Anahí Mariani y el proceso a Videla? ¿Por qué Daniel Iván, director de La Voladora Radio y representante de AMARC en México, ni siquiera me contesta? Por lo visto, aunque los desaparecidos nos faltan a todos, falta mucho para lograr la sensibilidad que reclama este asunto. Los ratones y las ratas de archivo hemerográfico, dedicados por entero a leer chismes policíacos, se involucran en la búsqueda exhaustiva… de su propio beneficio, de lucro y reconocimiento personal. El documental de Christiane Burkhard hace un aporte invaluable a la sensibilización política, pero la Cineteca Nacional lo sabotea, exhibiéndolo en un formato que demerita sustancialmente… a saber si es DVD o “video digital”; lo cierto es que se ve del carajo. Y ni siquiera nos dicen de antemano que no es una película de carrete lo que veremos, sino un formato basura, como si el público estuviese acostumbrado a que así es la onda ahí. La Jornada, en honor a la costumbre, cambió el título por el de Tranzando Aleida (sic). En fin. Habrá que hacer lo propio, poner cuanto haya de nuestra parte, aportar lo que esté en nuestras manos, para que el mundo cambie, para que ocurra un milagro, aunque Dios no exista, aunque a veces pienso que, si Dios existiera, sería un pobre diablo o un hijo de la chingada.

En cambio, Christiane Burkhard tiene la fortuna de haber conocido a Aleida Gallangos y haber seguido sus pasos hasta el encuentro con el hermano. Por su parte, Aleida es una mujer muy noble, muy auténtica, de sonrisa infantil y mirada triste. Los trazos de su identidad dibujan también el mapa de un oscuro capítulo en la historia de México, el de la “guerra sucia”, que de tan sucia oscurece la conciencia pública, opaca la memoria colectiva, empaña la mirada popular a nuestro pasado y lo impregna de oprobio, de injusticia, de opresión, de miseria, de podredumbre humana, de mierda. Por algo nace la rebeldía; por algo la dignidad se levanta y las mujeres y los hombres que la enarbolan, como los árboles, viven y mueren de pie, son su propia estatua, nuestro estandarte.

Por último, no sólo son desaparecidos políticos los que nos faltan a todos; también faltan las mujeres desaparecidas en Ciudad Juárez y otros lugares… Detrás de la barbarie genocida está el poder político siempre y detrás el poder fáctico del crimen organizado que sirve de pretexto al ejercicio del poder formal por la fuerza pública al servicio de intereses privados. Desde el poder se habla de narcoguerrillas; desde la lucha armada se habla de narcogobierno. La espiral de la violencia y la serpiente que se muerde la cola circundan a la gente que lucha por vivir y vive por luchar, para poner fin a la ignominia, un hasta aquí a la impunidad, para romper el círculo de complicidad, para que no haya presos políticos, sino políticos presos y policías presos y militares presos. Alguien ha tenido siempre que decir ya basta, se acabó; alguien tiene que decirlo de nuevo, una vez más, mil veces más, pero algo falta, algo aparte de los desaparecidos, “falta lo que falta”… espero que no sean cojones y agallas.

Hallazgos de identidad

Cuando supe que Juan Gelman había encontrado a su nieta, esa noticia me pareció un auténtico milagro y tocó fibras muy sensibles y profundas en mi alma, pero yo estaba solo y no tenía con quién compartir lo que sentía; la gente a mi alrededor, empezando por mi familia cercana, ignoraba inclusive quién es Juan Gelman, hecho que yo no podía disculpar. Mejor solo que hablar con gente que no aporta nada y, por el contrario, lo empobrece a uno, se decía entonces mi otro yo y se lo dice aún. Yo sabía de la búsqueda que Gelman hacía con una dignidad que me inspiraba respeto y admiración, así como desprecio a los ignorantes del caso. Los hijos del poeta y periodista argentino, junto con su nuera embarazada, habían sido víctimas del Plan Cóndor, con el que la CIA coordinaba la cacería inhumana perpetrada por las dictaduras militares en América Latina desde mediados de los años setenta hasta principios de los ochenta, particularmente en Chile, Argentina y Uruguay. Juan Gelman encontró los restos de su hijo en 1995 y después a su nieta viva en 2000; los restos de su hija y su nuera siguen desaparecidos, como los de miles de personas que torturó y asesinó el terrorismo de estado auspiciado por el imperialismo gringo…

El hallazgo de la nieta coincidió con una ocasión que Patricia Vega dedicó la columna que escribía en La Jornada a la organización HIJOS de México y su Escrache a los genocidas. Yo había conocido a representantes de la organización HIJOS de Argentina y de las Madres de la Plaza de Mayo en 1996, durante el Encuentro Intercontinental contra el Neoliberalismo y por la Humanidad. En una emotiva plática ofrecida entonces por las Madres, los asistentes nos enteramos de que los hijos recién nacidos de los desaparecidos políticos eran botín de los secuestradores, torturadores y asesinos seriales en el poder usurpado. Cuando Patricia Vega informó sobre los hijos residentes en México y su búsqueda de la identidad arrebatada, junto con la vida de sus padres, así como del juvenil Escrache para que los genocidas no estén tranquilos en ningún lado, le envié un comentario pidiéndole el contacto con esos chavos y ella respondió que se los haría llegar junto con mi dirección, pero nunca me escribieron. La experiencia del correo electrónico era relativamente nueva todavía para mí.

Pasaron nueve años y me sumé a Facebook, la competencia de hi5, en donde hice contacto inmediatamente con HIJOS de México y Aleida Gallangos, la protagonista de otra búsqueda, en este caso de su hermano biológico, de quien fue separada cuando eran niños (dos y cuatro años de edad, respectivamente), luego de que la policía política y el ejército federal detuvieron y desaparecieron a sus padres, que militaban en la Liga Comunista 23 de Septiembre. El más sórdido capítulo de la guerra sucia en México es anterior a las dictaduras militares del Cono Sur, pero en algo es idéntico: uno de sus efectos es el encuentro o desencuentro de muchos jóvenes con una identidad familiar hasta entonces negada, oculta en unos casos y ocultada en otros… Trazando Aleida (2007) es un documental de Christiane Burkhard acerca de la búsqueda y el hallazgo de Aleida Gallangos, es el seguimiento de un drama personal que representa el de muchas otras familias mutiladas y esparcidas por el fascismo a la mexicana.

En Facebook, Ana Valentina, de HIJOS México, me envió una invitación a la presentación del documental en la Cineteca Nacional con la presencia de la realizadora y la familia de Aleida Gallangos. Yo había “agregado” a Ana Valentina a mis “amigos” por ser la “administradora” de Pentagrama en Facebook, herramienta que también Aleida Gallangos usa para entrelazar a más gente como ella. Fui a la cineteca esperando conocer a Aleida, que no asistió porque está en Washington con su hermano, pero conocí a Ana Valentina; me presenté con ella y platicamos un rato; estaba con Modesto López y Marta de Cea, a quienes yo creía conocer desde que existe Pentagrama. Como Ana se fue a tomar unas fotos, me quedé con Marta y Modesto, y les pregunté desde cuándo la conocían. “Desde que nació”, contestaron riéndose de que fuera yo tan pasguato; entonces me di una palmada en la frente. ¡Qué chiquito es el mundo! Ahora entiendo. Modesto se exilió en México durante la dictadura militar en Argentina y se quedó a vivir aquí…

Acerca del documental diré nada más que resulta muy conmovedor, aunque el calificativo es cursi y no el documental; uno sonríe y llora con Aleida Gallangos, comparte su emoción con simpatía y solidaridad. Supongo que el momento más esperado por todos, no solo por mí, es el encuentro con el hermano, hecho que nunca vemos, lo cual es comprensible dadas las circunstancias y en esa medida no decepciona, como tampoco decepciona que sea evidente y audible el doblaje desde las primeras escenas. Lo que sí decepciona -y mucho- son los créditos, pues aparecen por lo menos dos nombres de personajes impresentables que contaminan este meritorio esfuerzo. Se trata de alguien que, en tiempos de la Fiscalía Especial, colaboró con la PGR en el “hallazgo” de restos de supuestos desaparecidos políticos que resultaron ser osamentas prehispánicas, alguien que dice ser hija de un desaparecido político y la verdad es que no tiene ni la más remota idea de quien es su padre (podría ser un asesino-traficante de niños recién nacidos), alguien que descalifica a HIJOS México y al Comité Eureka (ahora trabajan juntos) por buscar gente viva en vez de cadáveres, que difama cobardemente y asume al mismo tiempo un papel de víctima y mártir, y su farsa le funciona con gente de escasa inteligencia, aunque la suya no es precisamente abundante, alguien que miente compulsivamente y, como suele ocurrir con la mayoría de los mitómanos, es amnésica. Vaya paradoja: alguien que padece de amnesia, entre otros males mentales (que no la hacen menos deshonesta), se dice historiadora. En el segundo caso, el nombre de un “periodista” que, en vez de periodismo, hacía propaganda zapatista, se autodefine como “anarquista” y ahora es asesor de AMLO, después de haber sido pupilo de Juan Luis Concheiro (uno de los personajes más tranzas y corruptos del PRD), aparece en los agradecimientos finales. Por lo demás, insisto en que el trabajo tiene mucho mérito, en un doble sentido, a saber, tanto la búsqueda emprendida por Aleida a partir del encuentro con su abuela, quien hace una búsqueda previa, como el puntual seguimiento del caso.

Comenté con la directora lo anterior, brevemente… Ella es muy accesible y tiene muy buena vibra, pero es un poquito dispersa, así que acordamos comunicarnos por escrito. Afortunadamente, así como los genocidas, secuestradores, torturadores y cómplices terminan teniendo su expediente público, aunque vivan y mueran en la impunidad, la gente miserable, que vale un carajo, pero logra que uno lea sus nombres en el lugar menos indicado y los vomite, por lo visto en esta ocasión, también acumulan un expediente personal de vileza y pequeñez. No conocí a Aleida Gallangos, pero conocí a su abuela y puedo resumir, sin temor a exagerar, que es un ser entrañable. Gracias a gente como ella y como el señor Juan Gelman ocurren milagros que son triunfos de la memoria y derrotas del olvido, éxitos de la vida presente y fracasos de la muerte pretérita. Gracias a gente como esta, los oportunistas, arribistas y acomodaticios no importan o importan lo que uno quiera que importen, o sea, muy poco o nada. Los milagros laicos de resurrecciones ateas hacen que uno se sienta menos solo en el vacío, menos isla en este mar de miseria humana.