Fraude vía internet

La Cineteca Nacional está fuera de función; no hay cine en ninguna de las salas, ni cafetería ni estacionamiento. La cartelera del sitio web oficial miente que tales o cuáles películas se exhiben en tales y cuáles salas que ni siquiera existen aún. Eso es vil fraude, como lo fue mentir, inclusive con fotomontajes y anuncios grandilocuentes, que su proyecto futurista era ya realidad. Los policías del recinto están instruidos para decir que la “remodelación” tardará ocho meses, pero ni ellos lo creen. Conociendo la onda Ebrard (que la obras afecten a la mayor cantidad posible de gente durante la mayor cantidad posible de tiempo, con el mayor costo posible en todos los aspectos), así sea una obra federal en este caso, es muy probable que no haya cineteca en dos años o más.

Por su parte, los cines del Manacar también están en remodelación, así que no hay a dónde ir, digamos relativamente cerca. Mi única opción para ver cine -como no tengo televisor- es comprar DVD a diez pesos cada uno en Sumesa y dedicar mucho tiempo a la búsqueda, pues hay que ser muy selectivo cuando se trata de escarbar entre basura. Otra opción es volver a ver el cine que tengo…

Por lo demás, quizá no sea mala idea vender alcohol en la cineteca, tal como está proyectado, pues deshinibirá el impulso de propinar severas golpizas a los ácaros que sabotean el cine desde su exhibición hasta donde lo permitimos, o sea, todo lo posible.

Para más info y comentarios al respecto del lugar, o temas alusivos, aquí.

CinetecaNacional

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Un año de cine

turínEl año pasado fui cuatro veces al cine, contando aparte una presentación especial del documental Trazando Aleida, de Christiane Burkhard, en la Cineteca Nacional. Una vez publicado el pronunciamiento para que se vayan de allí tod@s, coincidí en el recinto con una encuesta realizada entre público acrítico, poco exigente y nada perceptivo, al que nada le parece mal, todo bien. Mi decisión de no volver se tradujo en una distancia temporal con el cine, y las cuatro películas del año fueron de malo a peor y de peor a pésimo en las salas comerciales: Ágora, de Alejandro Amenábar (bodrio exasperante que publicita en el cartel su elevado costo material como noción de relevancia, inexplicablemente laureada), El retrato de Dorian Gray, de Oliver Parker (espantajo efectista y burdo que parece confundir libertad con libertinaje y homosexualidad con “corrupción del alma”), La milagrosa, de Rafa Lara (basura que ni siquiera merecía ser mencionada), y El asesino dentro de mí, de Michael Winterbottom, que ameritó una reseña reivindicatoria.

Ese año tuve también cuatro sesiones con un sicólogo en la Clínica del Sueño y, entre otras cosas, me recomendó salir una o dos veces por semana para hacer algo más que mis habituales compras; el año siguiente comenzaría como si quisiera compensar la falta de cine durante el anterior. Sin reconciliación alguna, regresé a la Cineteca Nacional, en donde todo sigue igual o peor (salvo por un fraude que denunciaré más adelante) a ver una o dos películas consecutivas, una o dos veces por semana. El principio de aquel intenso regreso fue también anecdótico: luego de ver El listón blanco, de Michael Haneke, salí aturdido por los altos decibeles, cojeando como un anciano por la falta de circulación sanguínea, y con ese pretexto, aligeré la pesada carga de cine “culto” en blanco y negro, durante dos horas y media de inocencia infantil y su trágica pérdida, con otras dos horas y media de inocencia infantil en extremo distinto y distante: la frescura de Giuseppe Tornatore y la grandilocuencia de Ennio Morricone, dupla inmortal que alcanzó la madurez con un sentido del humor más ágil y menos ñoño, pero sin dejar de hacer parodia del temperamento italiano en aras del público gringo, con la sorprendente diferencia de que Baaria – La porta del vengo (cuyo estreno comercial tenía tres años tres) parece un homenaje a la militancia comunista de cepa en el país de la Cosa Nostra y el Spaghetti Western. Cuando pasé junto a la taquilla, Hilda Saray compraba su boleto para la siguiente función de la película que yo acababa de ver…

Poco después, Jaime Avilés pateaba mi asiento y yo me contenía, mientras los talentos de Anthony Hopkins y Naomi Watts compensaban la decadencia de Woody Allen en Conocerás al hombre de tus sueños, que toleré dos veces, como París a medianoche. Por recomendación del que pateaba mi asiento, me chuté Siete instantes, documental de Diana Cardozo acerca de la participación femenina en la guerrilla uruguaya de los años setenta, y entonces toleré que la usufructuante del fracaso de Cafetlán contaminara la sala con olor pútrido a cigarro.

Allí mismo, con un pedazo de la imagen proyectada en el techo por un pedazo de pendejo, La mitad del mundo, de Jaime Ruiz Ibáñez, resultó un esfuerzo comparable con El mural de Siqueiros, de Héctor Olivera, en cuanto a méritos del cine mexicano. La primera es más impactante, a pesar de las fallas y debilidades actorales, y la segunda podría llamarse más bien La prostitución de Siqueiros… Pero lo más relevante a nivel nacional fue Presunto culpable, de Abogados con Cámara, por el favor que le hicieron los poderes, primero el judicial y después el ejecutivo en alianza con Cinemex; antes de la censura y la publicación íntegra del documental en internet, pude verlo tres veces en salas de exhibición y llegar a un punto inconfesable de obsesividad; la Cineteca Nacional, por cierto, hizo un olímpico sabotaje, como es de imaginar. Y el año concluyó con Alucardos: Retrato de un vampiro, de Ulises Guzmán, documental acerca de Juan López Moctezuma, director de Alucarda, y dos fans de la película, custodios de su herencia…

Lo más relevante a nivel mundial había sido Anticristo, de Lars von Trier, película de pornografía gore que alterna con poesía en imágenes y misoginia en el mensaje; bastante polémica la intención y demasiado evidente que alguien joven dobla el cuerpo de Willem Dafoe en las escenas eróticas; me propuse escribir al respecto para exorcizar otra obsesión: como advertí al apersonarme en un acto de solidaridad con la familia Reyes Salazar, de Ciudad Juárez, comenzaba la militarización de Ciudad Monstruo; sobre la película escribí un carajo porque ni un minuto dejé de pensar en la amenaza que ciérnese todavía sobre la mayor concentración humana del planeta, así que me aboqué a llevar hasta sus últimas consecuencias mi alerta roja y descubrir el hilo negro: que México es un país de traidores. ¡Que se lo lleve la chingada entonces! -me dije al cabo de cinco meses que me envejecieron cinco años, y regresé al cine, además de comprar a precios de fábula: El séptimo sello, de Ingmar Bergman; El último de la lista, de John Huston; Chicago, de Rob Marshall; Ciudad de Dios, de Fernando Meirelles; Los niños del fin del mundo, de Marzieh Meshkini… y conocer la historia de Dorothy Dandridge y el rabioso racismo de Joligud, antes más nefasto de lo que yo imaginaba.

Si El último de la lista (The List of Adrian Messenger), con su “reparto súper estelar”, es un thriller insoportable por aristocrático, El discurso del rey, de Tom Hooper, nominada, premiada y todo eso, no es más que un melodrama cursi, aristocrático y rancio; los ingleses resultan especialmente insoportables cuando, además de ser insoportables de por sí, el ánimo personal está permeado por la sangre de un país.

Chicago, en cambio, amerita su propio texto en su propio contexto; Ciudad de Dios, lo mismo.

Tan “culto” como El listón blanco, también en blanco y negro, El caballo de Turín, de Béla Tarr, es una metáfora en 24 tomas, como las horas del día durante una semana inconclusa.

Interesantes desde otros ángulos: Zona Sur, de Juan Carlos Valdivia (ejemplo doméstico del cambio de élites en el poder boliviano); La pivellina, de Rainer Frimmels y Tizza Covi (de nuevo el binomio de inocencia y autenticidad infantil, que no es actuada en este caso); Jean Gentil, de Israel Cárdenas y Laura A. Guzmán (con su anécdota respectiva, que narraré después en el blog literario); La vida según Attenberg, de Athina Rachel Tsangari…

Lo mejor del año, sin duda, fue La mujer que cantaba, de Denis Villeneuve, y La mirada invisible, de Diego Lerman, que logré reseñar, una vez superada mi obsesión.

Lo más importante, en términos comerciales: El planeta de los simios

Lo peor de lo peor, que no alcanza ni siquiera la categoría de cine pésimo: Eclipse. ¡Puaf!

En fin. Al final, finalmente, no me fue tan mal.

incendios

Tres tristes tigres

Hace unos días, en los cines de Pericoapa había un cartel gigante que tapizaba el muro exterior entre otros dos carteles del mismo tamaño. “Al chile… ven y apoya al cine mexicano”, decía. “$10 por función. Jueves 11 de septiembre. Cinemark a la mexicana”. Y entre las letras se distinguía la empequeñecida figura de Bruno Bichir con un ademán de presentación que parecía decir: “¡He aquí el cine mexicano!” Como las manos apuntaban hacia el cartel de junto, uno desviaba la mirada y leía: The Bank Job. El robo del siglo, mientras el otro cartel anunciaba: Eagle Eye. Control total, de próximo estreno. Oh yeah! -exclamó el observante. ¡Viva el mexican film! Junto a las películas gringas en exhibición y las de próximo estreno había una titulada High School Musical. El Desafío, que es la versión “mexicana” del musical gringo con el mismo nombre. Ante la burla, el observante sintió que Bruno Bichir en miniatura subía a su hombro y espetaba: “¡Al chile, ñero… ven y apóyala! ¡Es el mes patrio!”

El hecho de que nos hayan robado la patria es una tragedia; ignorar ese hecho es otra tragedia; festejarlo o festejar la ignorancia al respecto es una tragedia más; pero «Cinemark a la mexicana» hace pensar al observante en otra triple tragedia, valga el trabalenguas. El patriótico día que esta cadena de cine comercial en su mayoría gringo exhibe cine mexicano barato, ocurre desde hace siete años el segundo jueves de septiembre, que hoy coincide por partida doble con una fecha trágica: la de los ataques terroristas de hace siete años contra las torres gemelas del World Trade Center (WTC) en Nueva York y el edificio del Pentágono en Washington, fecha que a su vez coincide con la del golpe de estado en Chile hace 35 años.

Una de cal…

Entre la apabullante cantidad de cine gringo, generalmente de lo peor, Cinemark dedicará por entero el día de hoy al cine mexicano, del que proyectará unas treinta películas en todos sus complejos a nivel nacional, lo que representa unas 1,700 funciones. Los ingresos recaudados en taquilla, que el año pasado sumaron 340 millones de pesos, serán destinados al Fondo de Inversión y Estímulos al Cine Mexicano (Fidecine), que tiene como principal función financiar la realización de nuevos proyectos cinematográficos con siete millones de pesos en unos casos y la mitad de esa cantidad en otros casos, aunque también asume la absurda tarea de premiar a la película mexicana más taquillera del año, esto es, darle dinero adicional a la que más dinero haya ganado, así no sea precisamente la mejor; a veces son bodrios de la más baja ralea los que tienen mayor éxito en taquilla, como es el caso de Así del precipicio, infame desde el nombre, que resultó de lo más taquillero por el desnudo total de Ana de la Reguera.

«El día del cine mexicano» o «Cinemark a la mexicana»… Se trata de un proyecto supuestamente altruista que involucra a productores, distribuidores y exhibidores con el patriotero fin de “apoyar” a la industria de cine nacional (cuya existencia es tan relativa como la de una patria llamada México). Los distribuidores prestan su material de forma gratuita y los productores ceden sus derechos por un día (¡cuánta generosidad!), mientras que los exhibidores… ¡ah, los canijos exhibidores! Esos que, junto con Cinemex y Cinépolis, son al cine lo que Televisa y TV Azteca a la televisión, o sea, algo muy próximo al monopolio y muy representativo del neoliberalismo salinista, luego salinismo con sotana y ahora con uniforme militar, son también los que deciden, sin más criterio que la ganancia monetaria, si una película permanece en cartelera o desaparece, y si es exhibida en su idioma original o doblada al español. ¿Habrá alguien tan ingenuo como para creer en la buena onda de «Cinemark a la mexicana», tan nacionalista como los planes de Felipe el espurio y su mafia trasnacional para la industria petrolera mexicana? En «el día del cine mexicano», Cinemark cobra la fabulosa cantidad de diez pesos (antes del salinato era más barato y era normal que así fuera), pero el negocio está, desde luego, en la dulcería y la publicidad, porque antes de cada película hay que tolerar veinte minutos de anuncios comerciales y avances de próximos estrenos.

Entre las treinta películas mexicanas que proyectará Cinemark el día de hoy y su coincidencia con efemérides trágicas, hay una titulada El clavel negro (The Black Pimpernel, a saber por qué en inglés), coproducción de México-Suecia-Dinamarca, dirigida por Asa Faringer y Ulf Hultberg, acerca del embajador sueco en Chile, Harald Edelstam, que brindó refugio a 1,300 personas durante el golpe de estado… Ya habrá oportunidad de verla después, espera el observante, que no quiso apoyar al cine mexicano mediante una cadena privada con yugos y grilletes. ¡Al chile!