Segunda premiere por Gustavo García

La función de ayer en la Cineteca Nacional a la salud de nuestro amigo y colega fue un éxito: sala llena, 450 lugares a $100.00 por persona; hubo gente que se quedó fuera.

Según informó la hija de Gustavo a los asistentes, hace aproximadamente tres semanas, él aceptó por fin ir al hospital; tenía serios problemas intestinales. El hospital al que lo llevaron primero no contaba con los elementos necesarios para proporcionar la atención que llegó a requerir, por lo que, sin tener tampoco los recursos económicos necesarios (el seguro ya se había agotado), la familia lo llevó al hospital Ángeles del Pedregal, en donde lo operaron de emergencia; parece que tenía peritonitis, y después de la operación, su situación se agravó por un problema respiratorio. Ese hospital es carísimo, así que los familiares agotaron sus recursos y se endrogaron con tarjetas de crédito. Actualmente, Gustavo está en el hospital Adolfo López Mateos del ISSSTE, en terapia intensiva. La familia ha logrado cubrir los gastos erogados hasta hoy gracias a las aportaciones del público a la cuenta bancaria publicada.

Aparte de todo, es necesaria una nueva intervención quirúrgica para extirpar del colon un tumor cancerígeno.

Hoy martes 2 de julio a las 19.30 hrs. habrá otra función de apoyo a Gustavo García, esta vez en The Movie Company, sala 5, con aforo de 358 lugares y un costo de $100.00 por persona. Se proyectará la película Los infieles (Francia, 2012), de Jean Dujardin, Michel Hazanavicius y Gilles Lellouche, entre otros.

Dirección Escenaria: Av. San Jerónimo # 263, Tizapán, San Ángel, México, D.F. Tel. 5550 0859

Por favor, difundir. Gracias.

Imagen

Anuncios

Solidaridad con Gustavo García

Imagen El crítico de cine más popular en México, reconocido a nivel internacional, investigador historiográfico y periodista especializado, maestro de tiempo completo en la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco, se refirió a mí una vez en Cinema Red, su programa de radio, como “un viejo amigo de largas batallas”. Desde que, hace un cuarto de siglo, fue mi principal asesor en el entonces proyecto de revista que se llamó después Ollinmecah, cuando él dirigía la revista Intolerancia, además de compartir una obsesionante pasión por el cine, tengo el honor de contar con su amistad.

Hoy, Gustavo García necesita nuestra ayuda. Su estado de salud es delicado; desde hace unos días está hospitalizado en terapia intensiva por una complicación respiratoria luego de una cirugía de emergencia en el abdomen. Su familia ha solicitado apoyo económico para cubrir los gastos médicos, por lo que nos sumamos a la causa y también pedimos tu ayuda. Estos son los datos de la cuenta en la que puedes depositar un donativo. No importa la cantidad.

Cuenta bancaria 001 033 777 69 de Scotiabank
a nombre de Claudia Elena Hernández Ojesto-Martínez
Clave interbancaria 044 180 001 033 777 696
Sucursal Universidad Copilco

Además, hoy lunes primero de julio tendrá lugar una función benéfica en la Cineteca Nacional a las 19:30 horas. Se proyectará la película En el camino (On the Road, 2012), de Walter Salles, con Garrett Hedlund, Sam Riley y Kristen Stewart, una producción de Francia, Reino Unido, Estados Unidos y Brasil. El costo del boleto será de $100.00 y se podrá comprar en la entrada a la sala de exhibición. Lo recaudado en esta función irá directamente al fondo de ayuda y solidaridad con el gran crítico de cine, maestro de muchas generaciones y amigo entrañable.

Vaya desde aquí la mejor de las vibras.

Fraude vía internet

La Cineteca Nacional está fuera de función; no hay cine en ninguna de las salas, ni cafetería ni estacionamiento. La cartelera del sitio web oficial miente que tales o cuáles películas se exhiben en tales y cuáles salas que ni siquiera existen aún. Eso es vil fraude, como lo fue mentir, inclusive con fotomontajes y anuncios grandilocuentes, que su proyecto futurista era ya realidad. Los policías del recinto están instruidos para decir que la “remodelación” tardará ocho meses, pero ni ellos lo creen. Conociendo la onda Ebrard (que la obras afecten a la mayor cantidad posible de gente durante la mayor cantidad posible de tiempo, con el mayor costo posible en todos los aspectos), así sea una obra federal en este caso, es muy probable que no haya cineteca en dos años o más.

Por su parte, los cines del Manacar también están en remodelación, así que no hay a dónde ir, digamos relativamente cerca. Mi única opción para ver cine -como no tengo televisor- es comprar DVD a diez pesos cada uno en Sumesa y dedicar mucho tiempo a la búsqueda, pues hay que ser muy selectivo cuando se trata de escarbar entre basura. Otra opción es volver a ver el cine que tengo…

Por lo demás, quizá no sea mala idea vender alcohol en la cineteca, tal como está proyectado, pues deshinibirá el impulso de propinar severas golpizas a los ácaros que sabotean el cine desde su exhibición hasta donde lo permitimos, o sea, todo lo posible.

Para más info y comentarios al respecto del lugar, o temas alusivos, aquí.

CinetecaNacional

Un año de cine

turínEl año pasado fui cuatro veces al cine, contando aparte una presentación especial del documental Trazando Aleida, de Christiane Burkhard, en la Cineteca Nacional. Una vez publicado el pronunciamiento para que se vayan de allí tod@s, coincidí en el recinto con una encuesta realizada entre público acrítico, poco exigente y nada perceptivo, al que nada le parece mal, todo bien. Mi decisión de no volver se tradujo en una distancia temporal con el cine, y las cuatro películas del año fueron de malo a peor y de peor a pésimo en las salas comerciales: Ágora, de Alejandro Amenábar (bodrio exasperante que publicita en el cartel su elevado costo material como noción de relevancia, inexplicablemente laureada), El retrato de Dorian Gray, de Oliver Parker (espantajo efectista y burdo que parece confundir libertad con libertinaje y homosexualidad con “corrupción del alma”), La milagrosa, de Rafa Lara (basura que ni siquiera merecía ser mencionada), y El asesino dentro de mí, de Michael Winterbottom, que ameritó una reseña reivindicatoria.

Ese año tuve también cuatro sesiones con un sicólogo en la Clínica del Sueño y, entre otras cosas, me recomendó salir una o dos veces por semana para hacer algo más que mis habituales compras; el año siguiente comenzaría como si quisiera compensar la falta de cine durante el anterior. Sin reconciliación alguna, regresé a la Cineteca Nacional, en donde todo sigue igual o peor (salvo por un fraude que denunciaré más adelante) a ver una o dos películas consecutivas, una o dos veces por semana. El principio de aquel intenso regreso fue también anecdótico: luego de ver El listón blanco, de Michael Haneke, salí aturdido por los altos decibeles, cojeando como un anciano por la falta de circulación sanguínea, y con ese pretexto, aligeré la pesada carga de cine “culto” en blanco y negro, durante dos horas y media de inocencia infantil y su trágica pérdida, con otras dos horas y media de inocencia infantil en extremo distinto y distante: la frescura de Giuseppe Tornatore y la grandilocuencia de Ennio Morricone, dupla inmortal que alcanzó la madurez con un sentido del humor más ágil y menos ñoño, pero sin dejar de hacer parodia del temperamento italiano en aras del público gringo, con la sorprendente diferencia de que Baaria – La porta del vengo (cuyo estreno comercial tenía tres años tres) parece un homenaje a la militancia comunista de cepa en el país de la Cosa Nostra y el Spaghetti Western. Cuando pasé junto a la taquilla, Hilda Saray compraba su boleto para la siguiente función de la película que yo acababa de ver…

Poco después, Jaime Avilés pateaba mi asiento y yo me contenía, mientras los talentos de Anthony Hopkins y Naomi Watts compensaban la decadencia de Woody Allen en Conocerás al hombre de tus sueños, que toleré dos veces, como París a medianoche. Por recomendación del que pateaba mi asiento, me chuté Siete instantes, documental de Diana Cardozo acerca de la participación femenina en la guerrilla uruguaya de los años setenta, y entonces toleré que la usufructuante del fracaso de Cafetlán contaminara la sala con olor pútrido a cigarro.

Allí mismo, con un pedazo de la imagen proyectada en el techo por un pedazo de pendejo, La mitad del mundo, de Jaime Ruiz Ibáñez, resultó un esfuerzo comparable con El mural de Siqueiros, de Héctor Olivera, en cuanto a méritos del cine mexicano. La primera es más impactante, a pesar de las fallas y debilidades actorales, y la segunda podría llamarse más bien La prostitución de Siqueiros… Pero lo más relevante a nivel nacional fue Presunto culpable, de Abogados con Cámara, por el favor que le hicieron los poderes, primero el judicial y después el ejecutivo en alianza con Cinemex; antes de la censura y la publicación íntegra del documental en internet, pude verlo tres veces en salas de exhibición y llegar a un punto inconfesable de obsesividad; la Cineteca Nacional, por cierto, hizo un olímpico sabotaje, como es de imaginar. Y el año concluyó con Alucardos: Retrato de un vampiro, de Ulises Guzmán, documental acerca de Juan López Moctezuma, director de Alucarda, y dos fans de la película, custodios de su herencia…

Lo más relevante a nivel mundial había sido Anticristo, de Lars von Trier, película de pornografía gore que alterna con poesía en imágenes y misoginia en el mensaje; bastante polémica la intención y demasiado evidente que alguien joven dobla el cuerpo de Willem Dafoe en las escenas eróticas; me propuse escribir al respecto para exorcizar otra obsesión: como advertí al apersonarme en un acto de solidaridad con la familia Reyes Salazar, de Ciudad Juárez, comenzaba la militarización de Ciudad Monstruo; sobre la película escribí un carajo porque ni un minuto dejé de pensar en la amenaza que ciérnese todavía sobre la mayor concentración humana del planeta, así que me aboqué a llevar hasta sus últimas consecuencias mi alerta roja y descubrir el hilo negro: que México es un país de traidores. ¡Que se lo lleve la chingada entonces! -me dije al cabo de cinco meses que me envejecieron cinco años, y regresé al cine, además de comprar a precios de fábula: El séptimo sello, de Ingmar Bergman; El último de la lista, de John Huston; Chicago, de Rob Marshall; Ciudad de Dios, de Fernando Meirelles; Los niños del fin del mundo, de Marzieh Meshkini… y conocer la historia de Dorothy Dandridge y el rabioso racismo de Joligud, antes más nefasto de lo que yo imaginaba.

Si El último de la lista (The List of Adrian Messenger), con su “reparto súper estelar”, es un thriller insoportable por aristocrático, El discurso del rey, de Tom Hooper, nominada, premiada y todo eso, no es más que un melodrama cursi, aristocrático y rancio; los ingleses resultan especialmente insoportables cuando, además de ser insoportables de por sí, el ánimo personal está permeado por la sangre de un país.

Chicago, en cambio, amerita su propio texto en su propio contexto; Ciudad de Dios, lo mismo.

Tan “culto” como El listón blanco, también en blanco y negro, El caballo de Turín, de Béla Tarr, es una metáfora en 24 tomas, como las horas del día durante una semana inconclusa.

Interesantes desde otros ángulos: Zona Sur, de Juan Carlos Valdivia (ejemplo doméstico del cambio de élites en el poder boliviano); La pivellina, de Rainer Frimmels y Tizza Covi (de nuevo el binomio de inocencia y autenticidad infantil, que no es actuada en este caso); Jean Gentil, de Israel Cárdenas y Laura A. Guzmán (con su anécdota respectiva, que narraré después en el blog literario); La vida según Attenberg, de Athina Rachel Tsangari…

Lo mejor del año, sin duda, fue La mujer que cantaba, de Denis Villeneuve, y La mirada invisible, de Diego Lerman, que logré reseñar, una vez superada mi obsesión.

Lo más importante, en términos comerciales: El planeta de los simios

Lo peor de lo peor, que no alcanza ni siquiera la categoría de cine pésimo: Eclipse. ¡Puaf!

En fin. Al final, finalmente, no me fue tan mal.

incendios

Una película espléndida y otra excelente

He visto dos películas que tienen muy poco en común: ser ampliamente recomendables y estar en cartelera, incluso en la misma sala de la Cineteca Nacional, que no recomiendo a nadie, ni siquiera por dolo a mis enemigos, pues no merecen ver este cine. La mujer que cantaba y La mirada invisible tienen en común también su estreno el año pasado y el papel protagónico de los ojos, en un caso por la fuerza que proyectan y en otro por lo que perciben, aunque el segundo título se refiere más bien a la observancia general: La mirada invisible o el voyeurismo de todos los sentidos, especialmente el olfato; en todos los sentidos, la producción argentina que dirige Diego Lerman es una película perfecta. La mirada invisible o la monotonía de la opresión en la más profunda soledad. Basada en la novela Ciencias Morales, de Martín Kohan, se trata de un drama sicológico, inevitablemente comparable con Repulsión, de Roman Polanski, por la fragilidad femenina, los deseos reprimidos, el instinto defensivo de los abusos, en este caso autoritarios, y la sorprendente violencia que desatan, con la diferencia de que Polanski lleva desde el principio la esquizofrenia y la sicosis hasta el extremo del horror, mientras que Lerman y Kohan, según el guión de María Meira y el propio director, plantean una patología sicosexual de manera utilísima, con un final catártico, único instante de horror, por decirlo así, liberador, satisfactorio, que deja la mente en blanco para razonar la vida sin libertad, la muerte en vida que padeció Argentina durante siete años de imposición. Otra diferencia es que Repulsión concibe la claustrofilia como refugio, la soledad como recurso, un ostracismo instintivo, pues el personaje se esconde (repulsión es sinónimo de fobia), mientras que aquí es ella quien espía, enamorada en secreto de un alumno adolescente, como todos, aunque su espionaje también es personal, silente y disidente del régimen opresivo, como válvula de escape al placer oculto en la intimidad, un placer tan insuficiente que, así sea levemente pervertido, resulta minucia frustrante.

La mirada invisible a la infelicidad y el vacío del alma. Parece una película para no-argentinos por las referencias históricas, bastante conocidas para ellos y la mayoría latinoamericana, medianamente informada sobre su pasado todavía reciente. Las dictaduras militares hicieron de la gente una existencia sin horizonte, mutilada, casi fantasmal. El antiguo Colegio de Ciencias Morales (aberrante desde el nombre) regresó a su origen mojigato, rígido, que rima con frígido, y por si fuera poco, la protagonista es “profesora de conducta”, llamada equívocamente “señorita preceptora”, celadora en los hechos, inflige una férrea disciplina, un orden estricto, que prohibe inclusive la risa, como el cristianismo conservador de los monjes en El nombre de la rosa, por la enferma creencia de que, al reír, el alma escapa del cuerpo, aunque la religión brilla por su ausencia en la cotidianidad mediocre y gris de Marita (diminutivo de María Teresa). Quizá el ambiente hubiera sido más convincente con alguna influencia de la iglesia católica. Lo seguro es que Julieta Zylberberg, como todos en el reparto estelar y el resto del elenco, reúne las características físicas del personaje principal en idónea medida, virgen a los 23 años de edad, “pálida, crisálida y escuálida”, como Nacha Guevara, pero esclava de una opresión castrante, valga la expresión, más para las mujeres que para los hombres, y convence lo mismo por su apariencia que por el magistral talento de su actuación.

La mujer que cantaba, por su parte, es una producción de Canadá y Francia dirigida por Denis Villeneuve, basada en la obra de teatro Incendies (Incendios, en francés), de Wajdi Mouawad. El capítulo final tiene por título el original, pero es “traducido” como La mujer que cantaba, lo cual es un error, una redundancia y una falta de respeto a la película, que además del nombre, tiene un capítulo intermedio llamado así. Mucho más ambiciosa que el sicodrama argentino, es menos perfecta por la debilidad histriónica de Maxim Gaudette y dos instantes de histeria y sobreactuación, que pasan desapercibidos a la primera vista, pero a la segunda no. En cambio, uno de los grandes aciertos es la elección de las actrices Lubna Azabal y Mélissa Désormeaux-Poulin, cuyos ojos representan la herencia vital de una madre a su hija, privilegio del cual carece un hermano gemelo, desangelado y demacrado (el actor es a su vez representativo del típico cine francés que resulta, en lo personal, aburrido, soporífero, plano, vacío, y del que dicen gustar mucho los hipócritas, pedantes, intelectualices, ignorantes). La estructura narrativa es discontinua, pero precisa, quizá menos aleatoria y arbitraria que los guiones de Guillermo Arriaga en la trilogía de González Iñárritu, no obstante algunas secuencias deliberadamente confusas; al principio coinciden en el tiempo la madre y los hijos, pero al morir la primera, la película narra una historia entreverada con otra: la sobrevivencia de la difunta bajo fuego en Medio Oriente y la búsqueda testamentaria que emprenden los hermanos gemelos.

La mujer que cantaba tiene algo de tragedia griega o Shakespeare actualizado; es un drama personal en el contexto de la guerra, la espiral de violencia genocida que, alentada por la intolerancia entre los fanatismos y fundamentalismos, cristiano y musulmán, reproduce la barbarie de nuestra época: ojo por ojo, al cabo el mundo está ciego.

Nawal Marwan es el nombre de la protagonista, un personaje contradictorio, con dos religiones, una por tradición familiar y otra por amar a un refugiado en su tierra, donde la recuerdan como «La mujer que cantaba» por cantar para evadir el dolor propio y ajeno durante quince años dentro de una celda que medía tres metros cuadrados, en una cárcel para presos políticos, donde no existían los derechos humanos; la tortura era el pan de cada día, especialmente para ella, que no dejaba de cantar ni de mirar a los ojos de sus victimarios, después de asesinar al líder de la derecha cristiana, martirológica misión que aceptó a pesar de su filiación hereditaria por el rencor de creer que los matones de ese bando, en una masacre de venganza, habían quemado a los niños del orfanato donde vivía su hijo. Ella era la única sobreviviente de otra masacre que la dejó marcada para siempre con el trauma de atestiguar cómo acribillaban los cristianos a hombres, mujeres y niños, sin hacer más distinciones que la religiosa, la que salvó su truculenta vida para vengar la muerte del hijo en resguardo; pero ese hijo no había muerto y era su principal torturador en la cárcel, donde nacieron los gemelos, a quienes debían echar al río, pero la partera convenció al guardia de que los dejaran vivir, por ser hijos de la mujer que canta…

Gran trama para una gran película, imprescindible para mi gusto; lo que me disgusta es el cartel, que publicita su nominación al Óscar en la categoría de “mejor película extranjera”, como si eso fuera un premio y tuviera importancia.

Otra imperfección de la cinta es que Nawal Marwan envejece y el maquillaje logra un rostro de 60 años, pero su cuerpo tiene todavía una piel joven. Ni modo. Suele cometer estos errores el cine francés hasta en sus mejores películas, como La vida en rosa

La mirada invisible y La mujer que cantaba también tienen en común que yo las había visto y me había propuesto volver a verlas y escribir al respecto. ¡Eso es lo más importante!

A mis enemigos recomiéndoles ampliamente Dulce hijo, por supuesto, en la Cineteca Nacional, donde la copia es una mancha difusa, proyectada por un oligofrénico ciego y sordo en la pantalla sucia. ¡Viva México, chingá!

Trazando Aleida, en disfunción especial

 
Ayer en la noche, la Cineteca Nacional ofreció una función especial de Trazando Aleida (2008) con la presencia de Christiane Burkhard, su realizadora, y Aleida Gallangos, su protagonista, por fin en México; las causas de que tuviera una escasa asistencia no fueron a) que la gente ya ha visto el documental, como sugirió Tania Molina, periodista y traductora de La Jornada, ni b) la temporada navideña, como agregó Aleida, sino a) que no existe sensibilidad en México a l@s desaparecid@s polític@s y b) que la difusión fue insuficiente, a pesar de las redes sociales y el correo electrónico, pues la cartelera impresa y el sitio web de la propia cineteca, en honor a su vocacional tradición de autosabotaje, anunciaron que ese día no tendrían actividades.
 
Antes había ocurrido que los cortos, quizás editados en ese recinto institucional, predisponían al público -al menos a mí- como adelanto de un drama sensiblero y previsible de por sí, noción que afortunadamente cambió con el exitoso estreno, cuando además conocí a la familia de la protagonista y a la realizadora, una mujer accesible y alivianada, pero luego alguien cambió el formato original y redujo al máximo la calidad de su exhibición, como acostumbran allí, y hasta hace unos días estuvo perdida la copia en ese formato… El cambio de dirección no ha cambiado nada; nuestra exigencia de que se vayan tod@s al carajo motivó una encuesta para efectos de autocomplacencia y autoengaño entre asistentes acríticos.
 
En México no existe sensibilidad a l@s desaparecid@s polític@s, ni siquiera cuando se trata de niñ@s en edades tan tempranas que no guardan recuerdos, pero recuperan su identidad y vuelven a ser herman@s casi 30 años después de su violenta separación y adopción ilegal, además del secuestro y la desaparición forzada de sus padres por el estado en un oscuro capítulo que no concluye, acaso cambia de métodos. Si «l@s desaparecid@s nos faltan a tod@s todo el tiempo», México -un país de símbolos acribillados, que dejó la dignidad en el camino a ninguna parte- asume su lastre cual «pan nuestro de cada día», triste normalidad a la que puede acostumbrarse y acomodarse con pasividad saturnina, como a cualquiera otra: el secuestro de las instituciones por mafias que usurpan su nombre, la suplantación de la justicia por una hedionda puta, la dictadura del capital sanguijuela por mediación de bancos y oligopolios con la complicidad abyecta del pretendido gobierno, la masa ingente de autómatas que obedecen a las máquinas y, como justificación inconciente de sus inercias parasitarias, rebautizan a Dios con el nombre de El Sistema…
 
Según el documental, hay mil desaparecid@s polític@s por la «guerra sucia» en México (así llamada como si existieran guerras limpias), sin contar el exterminio de mujeres y niñas por negocio y diversión en Ciudad Juárez y otros lugares que padecen del mismo síndrome. En Argentina, l@s desaparecid@s polític@s por la dictadura militar suman 30 mil, o sea, 30 veces más que en México, así que l@s argentin@s cargan con una tragedia 30 veces mayor que la nuestra sobre su memoria, primera reflexión parcial (vamos por partes, diría el descuartizador) de lógica tan simple como una ecuación aritmética. ¡Pues sí, mire usted, pero no, fíjese! La realidad es más canija y actual: además de l@s desaparecid@s por la «guerra sucia», y las víctimas de la misma podredumbre desde Ciudad Juárez hasta España, pasando por Oaxaca y Guatemala (barbarie trasnacional en ambos casos), l@s mexican@s tenemos 30 mil muert@s en la guerra criminal llamada «contra el crimen» o «contra el narco», de crimen organizado contra crimen organizado, uno por el estado y otro también, durante cuatro años de espuriato, saldo comparable con el de la dictadura militar argentina, con la diferencia de los guachos que nos matan aquí se distinguen por sus incontenibles impulsos de masacrar niñ@s en los retenes militares, llenar de balas sus cuerpos y, por si resisten el ataque, arrojar granadas a tan mortales enemig@s (tan mortales son que bien muert@s quedan, y ellos como si nada, en la más campante y desafiante impunidad). ¿Eso hacían también los soldados argentinos, chilenos y demás durante las dictaduras coordinadas por la CIA y su Plan Cóndor? Hasta donde sabemos, había tráfico de niñ@s, no carnicerías a lo bestia, por nada y para nada. Otra diferencia, valga insistir, es que México asume sus tragedias como normalidad, acaso renovada, costumbre y tradición que, si tuviéramos un temperamento diferente, un carácter distinto, el temple de otra especie, nos tendrían, mantendrían y sostendrían día y noche a miles o millones de personas en las calles, inclusive dentro de edificios públicos (ahora recuerdo cuando tomamos el INI en 1992) hasta ver encarcelado al vergonzoso aborto de Hitler, émulo de Bush el pequeño, diminuto ser de cuarto mundo y tamaño inversamente proporcional al de sus tendencias dictatoriales, así como a toda su camarilla, su enredado círculo de cómplices, con penas a la altura de sus merecimientos, y al usurpador anterior, a su nefasto sucesor, al mandilón de los contratos múltiples, a las momias que perpetraron la noche de Tlatelolco, el alconazo y la represión selectiva, los autores de genocidio y desaparición forzada de personas (crímenes que nunca prescriben, jamás se olvidan y mucho menos se perdonan), personajes tan sórdidos como Quiroz Hermosillo, Acosta Chaparro y Nassar Haro, que atentaron contra la humanidad con un historial represivo del que todavía falta mucho por descubrir, se aliaron con los más poderosos cárteles del narcotráfico, del tráfico de armas… y ahora el papalote, como títere invertido al que sostiene un hilo en las alturas desde abajo, ventrilocuito que le quedó enano al uniforme castrense, los condecora, es decir, los decora con medallas al mérito de la vileza y el deshonor, los asciende por encima de sus antecedentes penales, o sea, su glorioso paso a través de las rejas y los juzgados, les rinde pleitesía y otorga pensiones millonarias, entre otros privilegios; cabe sospechar que pupilos de los mayores genocidas en la historia reciente de México siguen haciendo el “trabajo” sucio del desgobierno en la clandestinidad; eso y más, porque México no es un país, sino la tierra de nunca jamás.
 
Al término del documental, me enteré de algo que amerita ruido: ahora resulta que la desaparición forzada de personas estrena modalidades camaleónicas, pues se hace pasar por secuestro de la delincuencia común al “pedir” una recompensa, pero no la recibe y, en cambio, mantiene a la familia en vilo durante años.
 

¡Ni una más! ¡Ya basta!

Miércoles 3 de junio, 21.00 horas. En la entrada a las salas 4, 5 y 6 de la Cineteca Nacional hay tres personas mas interesadas en unas palomitas de maíz que en la película y el público al que estorban y hacen esperar mientras la mujer que recoge los boletos les dice dónde comprar sus palomitas; el público soy yo, que tengo prisa por pasar al baño antes de ver la película; en el baño resbalo con un charco de agua sucia frente a los lavamanos, y no hay papel para secarse; me pregunto si así es aquí el regreso a la “normalidad”, una vez superada la sicosis de la contingencia sanitaria.

La sala 5, donde será exhibido el documental Bajo Juárez, de Alejandra Sánchez y José Antonio Cordero, es una de las más pequeñas y, aun siendo miércoles, día que las entradas son más baratas, está vacía. Ser el único espectador me sorprende y hace sentir bastante raro; luego de unos minutos llega el grupo más interesado en sus palomitas que en la película; inmediatamente, llega también una pareja de jóvenes que se acomoda en la última fila con los pies en los asientos de enfrente, junto a mí, platicando con singular chorcha; comienza la función y el formato es el peor posible, con la calidad de imagen más baja posible (si acaso es posible hablar de calidad aquí) y la proyección está descuadrada; la pareja no deja de platicar en voz alta, casi a gritos, y mover los asientos de enfrente. Desde el principio, algo me parece familiar y caigo en la cuenta de que algunos protagonistas del documental son los mismos de un cortometraje que había visto seis años antes (supongo que Ni una más, también de Alejandra Sánchez). A la molestia por ver algo en pésimas condiciones y escuchar voces detrás de mí y sentir golpes y movimientos o vibraciones en los asientos, se agrega y crece la cólera inevitable ante una inmensa tragedia con todas las facilidades posibles, algunas realmente inconcebibles, inimaginables; las dolorosas expresiones de parientes, en su mayoría mujeres, de las víctimas de un sistema genocida, un feminicidio sistemático, las inteligentes exposiciones de tres expertos muy serios y muy bien documentados, así como la hipocresía, la demagogia y la burla de las “autoridades” competentes, cómplices por omisión o comisión de crímenes que atentan contra la humanidad o lo que al mundo le queda de ella, me producen un nudo en la garganta; procuro controlarme y fracaso en el intento; encaro enfurecido a la pareja de atrás y grito: “¡Oigan, cabrones! ¡Cállense ya o lárguense!” Intimidados (no creo que avergonzados), contestan asintiendo con la cabeza y, santo remedio, no vuelven a hablar, pero dejan los pies en los asientos de enfrente…

Si algo hace aparentemente distintos de entrada este documental y Trazando Aleida, de Christiane Burkhard, es su publicidad en pantalla. Los adelantos de Trazando Aleida, quizás editados en la misma cineteca, predisponen al público, al menos a mí, como si se tratara de un drama sensiblero y previsible, noción que afortunadamente cambia al ver el documental y conocer a la familia de la protagonista, así como a la realizadora (conocer también a jóvenes de la organización HIJOS y a la periodista y traductora Tania Molina es ganancia). La publicidad audiovisual de Bajo Juárez, en cambio, no son adelantos, sino brevísimos comentarios de actores y actrices (incluida Vanessa Bauche, productora del documental), la periodista Carmen Aristegui y la cantante Eugenia León (Aristegui dice más que todos los demás juntos). Sin afán de poner mayor énfasis en los errores que en los aciertos, lo primero que llama la atención es un error, pues el nombre completo del documental es Bajo Juárez – La ciudad devorando a sus hijas y, salvo que se refiera a “la ciudad” en sustantivo, lo cual es por demás improbable, no son hijas de Ciudad Juárez las únicas víctimas de tal voracidad; muchas son mujeres que viajan tres días en camión desde lugares como Veracruz para trabajar en las maquiladoras; inclusive la canción final tiene como tema central ese hecho y es el caso de una de las protagonistas.

El estreno comercial de Bajo Juárez ocurrió a principios de octubre pasado, así que su exhibición aquí tiene casi ocho meses de retraso (pues además lo presentan sin un ápice de vergüenza como “estreno”, burla que se pone a tono con las fiscalías especiales y demás eslabones oficiales de esta cadena de ignominia), lo cual explica en parte la ausencia de público en cantidad y calidad. A mitad del largometraje que dura 96 minutos hay un salto atribuible a la exhibición, no a la realización (como para confirmar que la tolerancia del público asistente a la cineteca no tiene límite), y entonces todo apunta coincidentemente a la complicidad de Vicente Fox y sus allegados en la continuación de esta espiral de criminalidad impune. A saber cuánto tiempo del documental nos escamotean, quizá con una mutilación que no pasa de ser un fallido intento de censura o quizá con la pérdida accidental de unos cuantos segundos, pero de ningún modo escapa ese círculo de poder en las alturas a los indicios desde abajo, aunque las acusaciones directas, con nombres y apellidos, cuando las hay, no pasan de funcionarios intermedios. Una de las protagonistas de este documental y el cortometraje de hace seis años, Alejandra Andrade, madre de Lilia Alejandra García, una joven asesinada con todos los agravantes que concurren en el síndrome de Ciudad Juárez, menciona los nombres de esos funcionarios en una manifestación pública, pero el documental como tal no hace acusaciones; cuando se trata de Fox y sus amigos, hace más bien insinuaciones tímidas, por no decir pusilánimes. Sergio González Rodríguez, autor del libro Huesos en el desierto, por ejemplo, dice ante la cámara lo que sabemos desde hace casi una década: que algunos empresarios presumiblemente implicados en esta masacre de mujeres financiaron la campaña de Fox, en consecuencia endeudado a la sazón con poderosos criminales, en consecuencia más poderosos a la sazón del sexenio pasado y de los cuales no es mencionado aquí ni un solo nombre, vaya, ni siquiera el de Lino Korrodi, artífice financiero de Amigos de Fox y suegro de Valentín Fuentes, uno de los principales autores de la barbarie genocida en Ciudad Juárez, como bien lo sabe el FBI gringo y no creo que lo ignore la PGR mexicana. Tampoco se dice que Francisco Barrio, política y personalmente cercano a Fox y Sahagún, fue presidente municipal de Ciudad Juárez, cuya delincuencia organizada financió su campaña para ser electo gobernador del estado de Chihuahua en 1992, cuando sucedieron los primeros casos de mujeres victimadas con patrones similares en el bastión del cártel de Juárez (el documental ubica el inicio de esta pesadilla en 1995: otro error).

No olvidemos que Francisco Barrio culpó de su propia desgracia a las mujeres secuestradas, ultrajadas, torturadas, mutiladas, asesinadas y desaparecidas por ser “provocativas” y consideró “normal” el número de casos; durante su mandato como gobernador, el cártel de Juárez se expandió hasta ser el más grande del continente, con Amado Carrillo a la cabeza, desplazando inclusive a los colombianos. De hecho, Barrio tomó posesión del cargo en octubre de 1992, unos meses antes de que Amado Carrillo asumiera el control del cártel en abril de 1993, luego de la detención del jefe anterior. A pesar de los indicios de negligencia, omisión y encubrimiento en las investigaciones de los feminicidios, indicios ampliamente documentados por periodistas y organizaciones independientes en defensa de los derechos humanos, así como por las madres de las víctimas, algunos funcionarios del equipo de Barrio ocuparon más tarde puestos de alto nivel en el desgobierno de Fox, como el ex procurador general de justicia del estado, Francisco Javier Molina, y el ex primer comandante de la policía judicial, Alejandro Castro… Nada de eso informa el documental.

Entre los familiares de las víctimas nadie quiere nombrar tampoco a los grandes empresarios, porque su poder fáctico o influencia directa en el poder formal infunde tanto miedo como cualquier otra mafia, llámese cártel de Juárez o amigos de Fox, pero el documental dibuja con claridad gráfica el mapa de las zonas bajo su dominio y la confluencia en el hallazgo de cadáveres femeninos; esa es quizás, en términos panorámicos, su mayor aportación.

Para alguien medianamente informado, Bajo Juárez no aporta nada nuevo en cuanto a documentación, pero en lo personal hay algo que logra calar bastante hondo y no deja de vibrar en mi obsesiva mente, o sea, en mí, obsesivamente: Diana Washington, que ha investigado con valentía y lucidez el escabroso tema como reportera de El Paso Times y autora del libro Cosecha de mujeres, dice que hay policías contratados para llevarse los cadáveres de mujeres asesinadas en fiestas de gente poderosa y dejarlos en otros lados; este hecho, aunque no es sorprendente, desvela una trama criminal con elementos suficientes para una novela policiaca o el guión de una película de ficción inspirada en la realidad, que suele superar a la imaginación cuando se trata de maldad patológica o perversidad, por supuesto, relacionándolo con las sospechas más difundidas, a saber, que hay por lo menos dos asesinos seriales que operan al amparo de una amplia red de complicidades, en la cual están directamente involucradas las autoridades judiciales, cuyo principal papel es la fabricación de culpables…

En fin. Cuando pequeñas frases como “cadena de impunidad” se hacen lugares comunes estamos ante un trágico fenómeno y quizá la mayor de las tragedias sea que nos acostumbremos a ellas.

Aunque nada es nuevo en términos informativos, a pesar de que la investigación abarca de 2001 a 2007, nada es trivial tampoco en el documental, ni siquiera sus omisiones, pero hay algo más allá de los datos que toca fibras sensibles: la dignidad de los familiares de las víctimas, incluidos los chivos expiatorios, algunos de los cuales mueren en la cárcel bajo circunstancias sumamente oscuras; el aspecto humano de la tragedia tiene aquí una expresión más nítida y cálida que la información objetiva y fría.

Carmen Argueta, una señora de condición paupérrima y apariencia muy frágil (“así de flaca y chimuela como me ven”), que lucha de por sí para sobrevivir, tiene que luchar también para encontrar a su sobrina Neira y después para liberar a su hijo David Meza, injustamente detenido por el asesinato de la muchacha y los demás delitos que preceden a la desaparición forzada; es un caso emblemático, pues la señora saca fuerzas de su dignidad; el hijo regresa de Chiapas, donde trabajaba, para presionar a las autoridades locales, hasta que el procurador Chito Solís, bajo el mandato de Patricio Martínez, les dice: “¡Ya me tienen hasta la madre! ¿Quieren un culpable? Mañana mismo lo consigo”. Entonces aparece el cadáver de la desaparecida, y la policía detiene a David Meza y al padre de Neira, los tortura física y sicológicamente, sobre todo al primero, y la “justicia” lo condena con puras pruebas falsas pero “suficientes y bastantes”. En la pantalla vemos a un hombre moralmente derrotado, pero sabemos que si no fuera por doña “flaca y chimuela como me ven” ya lo habrían matado en la cárcel, como a otros chivos expiatorios, y punto, caso cerrado. “No me puedo dar el lujo de enfermarme -dice la señora- porque para mí sería un lujo”, y libera un llanto contenido quizá durante días o semanas; sus palabras y actitudes coinciden con las de otras mujeres cuyas luchas tengo presentes ahora y que ya comentaré; más adelante, vemos cómo le impiden pasar a Los Pinos, en donde tiene concertada una audiencia con Fox; no es la primera vez que tiene audiencia, pero en esta ocasión intenta pasar con su familia y no la reciben, por lo que dice a la cámara: “Ya no me dejan pasar a mí tampoco y eso es lo que más me descorazona”. Rompe otra vez en llanto y continúa: “De por sí somos pobres y ahora con esto no podemos trabajar, no tenemos dinero. ¿Sabe usted cuánto nos cuesta venir hasta acá para nada? ¿Qué vamos a hacer ahora con esta miseria?” El episodio es especialmente dramático, pues la mujer habla con el rostro empapado por las lágrimas y una elocuencia desgarradora que termina diciendo: “Imagínese lo que sentí cuando vi a la fiscal especial riéndose mientras metían a nuestra niña en una bolsa”, y las imágenes muestran a la fiscal especial riéndose con singular alegría mientras cierran la bolsa de plástico en donde yace la muchacha asesinada luego de vejarla con un sadismo que avergonzaría inclusive al marqués de Sade.

No menos estrujante y lacerante es el testimonio de una menor de edad, secuestrada por un grupo de policías que la penetran por la vagina y el ano con el cañón de una pistola como castigo por haber denunciado a sus secuestradores y violadores (leíste bien, no es necesario repetirlo). Carajo, piensa uno. ¡En qué pinche mundo vivimos!

Alejandra Andrade, madre de Lilia Alejandra García, es una mujer físicamente más grande que termina ocupando el lugar de su hija asesinada; ahora es la mamá de sus dos nietos, que se convierten en la principal razón de su existencia y su lucha; la fortaleza y la dignidad que crecen en ella y la transforman son algo digno de encomio y solidaridad, así como un ejemplo a seguir, que despierta simpatía y contagia coraje y energía; su esposo murió de cáncer por no tener con qué pagar los medicamentos y ahora ella sabe hasta de medicina forense por el seguimiento puntual al caso de su hija. Vaya paradoja: la gente más pobre, además despojada de algo tan valioso como una hija, se crece en el castigo, como dice Miguel Hernández, comparándose con un toro desangrado, cuanto más herido, más bravo.

Indignación y coraje provoca este documental, aunque refritea, como ya dije, episodios que hemos visto desde hace años, uno de los cuales es la famosa conferencia de prensa en donde Jane Fonda, entre otras celebridades, primero llora mientras las demás hablan y, en su turno, se descarga contra los secuestradores, violadores, torturadores y asesinos de mujeres, y contra las “autoridades” que terminan de arruinar a los familiares de las víctimas, como si no fuera suficiente su desgracia, y los hacen pagar la culpa de otros a quienes tienen perfectamente identificados… Confieso que al principio me resultó más bien molesto el llanto de Jane Fonda mientras las demás hablan; me pareció un llanto protagónico el suyo, quizá predispuesto yo por las ocasiones que aprovecha Ofelia Medina para llorar sin consuelo ni consideración alguna; pero al traducir su duelo en indignación y cólera con un discurso inteligentemente articulado y demoledor que no deja piedra sobre piedra, Jane Fonda se confirma como la mujer admirable que en su juventud llamó a desertar del ejército gringo para acabar con la ignominiosa y criminal intervención de Estados Unidos en Vietnam, a riesgo de ser acusada de “alta traición” y condenada a muerte. Aunque Jane Fonda es la mejor actriz del siglo XX, por lo menos en Hollywood, no parece actuar al tomar la palabra esta vez y, después de aludir a la corrupción y al racismo de las “autoridades” mexicanas, terminar arremetiendo incluso contra los periodistas presentes: “¿Por qué tienen que venir figuras y estrellas internacionales para que haya tantos reporteros en una conferencia de prensa y la muerte de tantas mujeres vuelva a ser noticia?” En otras palabras: ¿En qué parte del camino perdimos la sensibilidad y la capacidad de asombro? ¿En qué momento dejamos de ser humanos?

Quizá gente como la que asiste a la Cineteca Nacional para platicar a gritos con los pies en las butacas delanteras mientras alguien documenta que cientos de mujeres, en su mayoría jóvenes proletarias, son sistemáticamente convertidas en objetos desechables, y sus familiares, si acaso encuentran algo, es más injusticia… Quizá gente como la que pide su boleto en la taquilla “para las muertas de Juárez” y le interesan más unas palomitas de maíz… Quizá los que sabotean estos documentales y todo cuanto pueden sabotear, no solo porque son miserables de mente y alma, sino porque además es la encomienda del fascismo usurpador y su enanismo magno… Quizás esta gente, sin saberlo, haga suyo el cinismo de Stalin: la muerte de una persona es una tragedia; la de cientos o miles de personas, así esté precedida por una saña inhumana de rabiosa crueldad, es un dato estadístico.

22.50 horas. En la sala 5 no queda nadie más que yo, leyendo los “agradecimientos finales”, cuando se oscurece la pantalla y se apaga el sonido; el ácaro ha decidido que la película ya terminó; volteo a verlo para que se lleve al menos una mirada de reclamo, pero el cuarto de proyección está oscuro. Antes de irme, paso de nuevo al baño y allí sigue el charco de agua sucia y todavía no hay papel para secarse las manos. Qué bonito lugar, pienso. Qué bonita ciudad. Qué bonito país. ¡Que bonito mundo!