Sombreros, gabardinas y ametralladoras

Gangster Squad y el cine de gángsters al que se debe

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De la investigación periodística a la novela negra y de allí al cine de acción sin contenido: Gangster Squad, de Paul Lieberman, es un best-seller literario sobre la guerra que tuvo lugar en la ciudad de Los Ángeles a finales de los años cuarenta entre la mafia local y una pequeña banda parapolicial. El libro se basa en la exhaustiva investigación que realizó el mismo autor durante casi una década y publicó en su momento Los Ángeles Times como una serie de artículos. La historia narrada por el reconocido periodista inspiró a su vez la película homónima bajo la dirección de Ruben Fleischer con un guión de Will Beall, que no es propiamente una adaptación cinematográfica, pues toma nada más lo indispensable de la fuente original para una aproximación al mejor cine de gángsters y, en segundo término, al cine negro, con la reproducción de todos sus estereotipos y clichés. El argumento, en consecuencia, es insustancial, pero sirve de contexto, por no decir pretexto, para una perfecta ambientación de la época y espectaculares secuencias de acción con un ritmo disfrutable.

En 1949, Los Ángeles es gobernada por la mafia de «Mickey» Cohen (Sean Penn), un ex boxeador judío nacido en Brooklyn y cuyo imperio abarca el expansivo negocio de las apuestas, la trata de blancas y el tráfico de estupefacientes, todo con la complicidad de la policía en general, así como de jueces y políticos corruptos, a quienes mantiene bajo control mediante sobornos y terror, hasta que John O’Mara (Josh Brolin) —un fiero veterano de guerra que, ahora sargento de la policía, libra una solitaria lucha contra el reinado criminal del gran capo— llama la atención de su jefe, Chief Parker (Nick Nolte), quien lo invita a formar su propio equipo de agentes incorruptos para desmantelar los negocios sucios de Cohen con una “guerra de guerrillas”. Aconsejado por su esposa encinta (Mireille Enos), llamada Connie, O’Mara recluta entonces al oficial Coleman Harris (Anthony Mackie), un negro uniformado que sabe usar la navaja, al detective Max Kennard (Robert Patrick), un vaquero viejo que donde pone el ojo pone la bala, y al experto en telecomunicaciones Conway Keeler (Giovanni Ribisi), a quienes se les unen Navidad Ramírez (Michael Peña), un latino que trabaja con Kennard, y el también sargento Jerry Wooters (Ryan Gosling), un cínico Casanova que al principio se muestra indiferente al imperio de la maldad, pero el asesinato de un niño amigo suyo durante un tiroteo en la calle lo hace cambiar de posición. Por economía, el círculo de Cohen es presentado, si acaso, desde lejos como un vulgar montón de matones. Entre ambos bandos está la vampiresa pelirroja Grace Faraday (Emma Stone), que lo mismo se acuesta con el capo mayor que con Wooters, y Jack Whalen (Sullivan Stapleton), delincuente amigo de Wooters.

Antipático de por sí, con prótesis faciales que lo hacen parecer efectivamente un ex boxeador, Sean Penn sobreactúa tanto que su personaje resulta una caricatura grotesca. Ryan Gosling emite voz de transición adolescente y, por su afectación, también resulta caricaturesco, a diferencia de Josh Brolin en el papel protagónico, inspirado quizás en Eliot Ness, salvo algunas torpezas, y Robert Patrick, el Terminator antagónico en el juicio final de 1991, ahora con gran bigote al estilo tejano; la áspera personalidad del vaquero cumple con lo que se requería, pero en un papel menor, tristemente secundario, como el de Nick Nolte. El talento actoral del gran elenco, en lo que podríamos llamar el síndrome de Batman, está desperdiciado; la química de un año antes entre Gosling y Emma Stone (Loco y estúpido amor, de Glenn Ficarra y Jhon Requa), por ejemplo, parece incidental aquí, en donde la presencia femenina es casi ornamental.

gangster-squad-josh-brolinLa superficialidad de un guión que no profundiza en la sicología de nadie por apostar la suma de todos los recursos a la espectacularidad, explica el hecho de que si esta película tiene algún mérito sea su aspecto visual, desde la brillante ambientación de Los Ángeles a finales de los cuarenta con una escenografía laboriosa y seductoramente iluminada, y un impecable vestuario de la época, entre otras cosas (los coches, por supuesto, reunidos en el diseño de producción), hasta los efectos especiales en las secuencias de acción, algunas de las cuales son alardes de virtuosismo técnico; lo es principalmente la persecución y el tiroteo desde coches en movimiento, con una toma en particular que recorre todos los ángulos y culmina con un vertiginoso acercamiento al disparo de Wooters por la ventana lateral; aquí la dirección de cámaras, apoyada en la intervención digital, es magistral. Las escenas del enfrentamiento final en cámara lenta coinciden con una secuencia de Mátalos suavemente (EUA, 2012), de Andrew Dominik, obviamente sin plagio por alguna de las dos películas, ya que fueron rodadas el mismo año; en una son esferas de navidad y en otra vidrios de coche l@s que se hacen trizas con los disparos; los cartuchos saltan vacíos desde las recámaras de las armas y parecen suspendidos en el aire por un instante, como el plomo de las balas que lo atraviesan. En términos técnicos y estéticos, la coincidencia es asombrosa.

A cargo de Steve Jablonsky (experimentado musicalizador de frivolidades), la banda sonora forma parte de la ambientación y, junto con el montaje y la edición, contribuye a lograr un ritmo también aceptable.

Brigada de élite, como fue titulada en España, y Fuerza antigángster en Hispanoamérica, tiene grandes similitudes con dos películas que, por lo demás, son muy superiores: Gángster americano (EUA, 2007), de Ridley Scott, y Los Intocables (EUA, 1987), de Brian De Palma. Tanto Gangster Squad como American Gangster están basadas en hechos reales y ampliamente documentados por investigaciones periodísticas, y ambas comienzan con ejemplos brutales de la crueldad que son capaces de alcanzar sus respectivos villanos. En ambos casos, el héroe es un policía incorruptible a quien su jefe da luz verde para reunir a un grupo especial, con la diferencia de que, formada en las sombras, la llamada “fuerza antigángster” de Los Ángeles operó en secreto y al margen de la ley, mientras que la brigada antinarcóticos de Nueva Jersey fue pública e institucional. El contexto en ambos casos es una policía corrompida en general por su contacto con la mafia. Josh Brolin actúa en las dos películas, primero como el agente policial más corrupto y criminal de Nueva York y después como el héroe incorruptible de Los Ángeles; sus dos papeles son convincentes. En ambos casos, los capos terminan en la cárcel, aunque Gángster americano tiene un final sorprendente y decepcionante por su ambigüedad. Brigada de élite o Fuerza antigángster, en cambio, reproduce fielmente el esquema del bien que triunfa sobre el mal, como suele ocurrir desde que la figura del gángster dejó de ser glorificada por el género clásico antes de la Segunda Guerra Mundial (aunque la trilogía de El Padrino, de Francis Ford Coppola, devuelve al gángster su antiguo pedestal). La principal diferencia entre American Gangster y Gangster Squad es la época, pues los hechos ocurren desde finales de los años sesenta hasta principios de los noventa en el primer caso, mientras en el segundo suceden a finales de los cuarenta. Otra gran diferencia es el guión, ambicioso y complejo en un caso, anodino y simple en el que nos ocupa.

Las similitudes con Los intocables son demasiadas como para abarcarlas todas: el reclutamiento del equipo sucede en muchas películas y coincide aquí, por ejemplo, en levantar de la calle a un policía de a pie, así como en conseguir a un personaje menos cuerpo que cerebro (contador o experto en telecomunicaciones), que ha de ser asesinado; la primera misión contra la mafia es un fracaso; en un arranque de ira, con impulso suicida, el héroe busca un enfrentamiento directo y personal con el villano en su guarida; el tiroteo final culmina en unas escaleras idénticas; los grupos son físicamente parecidos, en parte, por su cercanía cronológica: debido a la importancia del sombrero en las dos épocas, se repiten algunas actitudes corporales; el armamento es casi el mismo: pistolas, escopetas, ametralladoras…

Gangster-Squad-Still1En Fuerza antigángster o Brigada de élite vemos también influencia del western o cine del viejo Oeste: Max Kennard, por ejemplo, lleva un gran revólver enfundado en la cadera, y la funda amarrada a la pierna; para asaltar el casino de Cohen, los agentes se embozan con pañuelos y, al huir, dejan salir a los caballos del corral; Coleman Harris, el policía negro, maneja la navaja con la misma destreza que la pistola, igual que Britt (James Coburn), el lanzador de cuchillos, de Los Siete Magníficos…

Al fracasar el primer ataque a los negocios de Cohen, O’Mara y Harris son detenidos y, cuando Wooters los rescata, ocurre una pelea en la oscuridad, y cinco disparos como flashazos iluminan la escena y la congelan durante un segundo: ingenioso y sutil guiño al cómic o la historieta clásica, en el que afortunadamente no aparecen letreros de ¡Bang! o algo por el estilo. En el mismo sentido, Grace Faraday es una caricatura de mujer fatal, como Jessica Rabbit, la voluptuosa vampiresa, esposa del conejo Roger Rabbit.

La secuencia inicial termina con una mirada sombría del boxeador a la cámara y, más adelante, O’Mara camina mirando también a la cámara que se desplaza hacia atrás al mismo tiempo, y esta segunda mirada, por la música y la lentitud de la escena, es un guiño muy obvio con Quentin Tarantino y sus audacias…

Abundan guiños en este recorrido por lugares comunes, como para un ejercicio de cinefilia sobre películas de gángsters, entre muchas otras: ahí una frase de El Padrino, allá de Goodfellas (Uno de los nuestros o Buenos muchachos, 1990), de Martin Scorsese, que también está inspirada en hechos reales, por cierto, y el vaquero acá me recuerda evidentemente a Charles Winstead (Stephen Lang), otro policía viejo y de rudo aspecto, jefe de los Rangers de Texas que se unieron a la cacería de John Dillinger y su banda en Enemigos públicos (EUA, 2009), de Michael Mann, película basada en hechos reales, por cierto.

Al final, el sargento O’Mara arroja su placa al mar, tal como el sargento Harry Callahan (Clint Eastwood) en Harry el sucio (EUA, 1971), de Don Siegel, con la diferencia de que allí no es el mar, sino un río, y Callahan está solo y enojado, mientras que, acompañado por su esposa y el hijo de ambos, O’Mara está contento.

GANGSTER SQUADExcepto Mátalos suavemente, que ya comentaremos, y Harry el sucio, todas las películas mencionadas son incomparablemente superiores a Gangster Squad, que se reduce a lo mínimo en cuanto a contenido y retoma de ellas sólo aspectos o momentos específicos, acaso detalles característicos o distintivos. Cintas como Los Ángeles al desnudo (EUA, 1997), de Curtis Hanson, que no podía faltar en esta revisión, le deben mucho a su vez al clásico cine de gángsters coetáneos, de los años veinte, treinta y cuarenta, que al parecer sucumbió con la Segunda Guerra Mundial, pero fue reivindicado por el cine contemporáneo con títulos como El Padrino y Cara cortada (EUA, 1983), de Brian De Palma. Escrita por Oliver Stone y protagonizada también por Al Pacino, esta última es remake de un clásico menor de 1932 con el mismo título, dirigido por Howard Hawks y más representativo del cine negro.

El rodaje de Gangster Squad comenzó en Los Ángeles el 6 de septiembre de 2011 y concluyó el 15 de diciembre del mismo año. Su estreno estaba programado para septiembre de 2012, pero debido a la masacre ocurrida el 20 de julio de ese año durante la premier de Batman 3 (The Dark Knight Rises), de Christopher Nolan, en Denver, Colorado, el estreno fue pospuesto para enero de 2013, pues la cinta de Ruben Fleischer contenía una secuencia de senda masacre al interior de un cine, que fue suprimida, lo que obligó a rodar en agosto una secuencia suplente. Originalmente, la tragedia ocurría en el Teatro Chino de Grauman, donde los hampones disparaban con ametralladoras a los espectadores a través de la pantalla. En la segunda versión tiene lugar un tiroteo en el Barrio Chino y, aunque no conocemos la secuencia original, podemos decir que la segunda es fallida, pues no transmite la sensación de un desastre; dedica unos cuantos segundos a las víctimas colaterales, que fueron suficientes para que los medios de comunicación exigieran la renuncia del jefe de la Policía, Chief Parker, así como la identidad de la “fuerza antigángster”.

Cohen fue recibido en la cárcel por sus colegas con un golpe de metal que lo mató. La mafia nunca logró afianzarse en Los Ángeles; por algo será, dice al final O’Mara en resumidas cuentas y su moralizador soliloquio sobre el deber entra en contradicción con una escena simultánea en la que Wooters y Faraday pasean al perro de Cohen, lo cual puede interpretarse como una moraleja inmoral: si bien no hay gloria para los héroes anónimos, algunos son premiados con una especie de botín, en este caso, la mujer del villano y, por si fuera poco, hasta su perro.

Si algo aporta el guión de Gangster Squad, por último, es una dosis agradecible de humor blanco y negro.

Gangster Squad
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Personalidad masculina

017¿Cuál es la diferencia entre un clásico y un lugar común?

Personalidad masculina, como verán, es una secuencia fotográfica de talento específicamente actoral, aunque algunos iconos también son directores: Clint Eastwood, Roman Polanski, Woody Allen, Robert de Niro, Tommy Lee Jones, Gary Oldman…

Además de la edad, la nacionalidad y la decadencia, Eastwood y Allen tienen en común que son músicos, entre otras cosas. La nefasta ideología del primero, a quien llaman «el último clásico», no obsta para reconocer su grandeza como cineasta; como actor no varía mucho, prácticamente nada, pues entre un pistolero del viejo oeste y un policía rudo, la gama intermedia es más de lo mismo, salvo acaso por el locutor acosado en la primera película que dirigió, o el embustero que encarna en El engaño, dirigido por Don Siegel, lo más próximo al villano, y uno que otro papel en sus propios dramas románticos (Los puentes de Madison y Million dollar baby, romántica en un sentido muy otro). Por lo demás, el señor cine y hombre orquesta es bastante completo: director, guionista, productor y compositor de la denominada banda sonora.

Desde su alianza con Steven Spielberg, Eastwood se hizo insoportablemente lacrimoso y falsamente humanista; a Spielberg le sirvió lo sensiblero para ganar el Óscar en siete categorías y otros premios con La lista de Schindler, pero a Eastwood no, y de ahí que reviviera el policía rudo, ahora octogenario.

Sean Connery, en cambio, pasó de ser modelo a un actor de inigualable carrera (productor de bodrios infames) que tampoco se quedó en el papel de James Bond; al contrario, lo superó con una evolución por la que llegué a considerarlo el hombre más carismático del mundo.

Anthony Hopkins es todavía más versátil y también mejora con los años, a pesar de su aire aristocrático.

¿Y qué decir de Al Pacino y Robert de Niro? ¿Es necesario decir algo?

La más emblemática y trascendente actuación de Marlon Brando es El Padrino, de Francis Ford Coppola, pero la mejor película del mismo director es Apocalipsis ahora, en donde también interviene quien ha sido calificado como «el mejor actor del mundo»; no coincido con esa calificación y, en algún momento, creí que era más bien Charlton Heston el mejor actor, independientemente de lo nefasto que fue en la vida real. Ben Hur, de William Wyler, y El planeta de los simios, de Franklin J. Schaffner, son películas muy importantes para mí, en lo personal. El planeta de los simios y Operación Dragón, de Robert Clouse, están entre las que he visto más veces, tantas como Julia, de Fred Zinnemann, aproximadamente.

Así como The Beatles son indispensables para quienes estudian inglés, Bruce Lee es imprescindible para quienes aprenden artes marciales, sobre todo autodidactas, así sea karate (hay que ser ignorante y tonto para llamar karate al kung fu); también la carrera actoral del atleta empezó en la infancia… Al respecto abunda material de lectura y para escritura, pero hay que ver todas sus películas, incluyendo las peores.

Charles Bronson es otro que tampoco varió gran cosa en cuanto al papel de tipo rudo, pero es muy convincente, carismático a su modo, y el estilo parece ser el mismo de Tommy Lee Jones, cuya salvedad es una amplia gama de personajes, incluido el empresario homosexual de JFK… Tommy Lee Jones, además, dirigió Los tres entierros de Melquíades Estrada, una película exitosa en cuanto a premios, pero mala para mi gusto.

Como he dicho antes, Morgan Freeman es un actor estupendo, pero subvaluado por el simple hecho de ser negro.

Si Polanski, por su parte, no ha sido valorado como actor se debe a su importancia como director, más que al desequilibrio entre calidad y cantidad, a diferencia de Allen, que pretende ser émulo de Chaplin, actor de un solo personaje.

Lo mejor de Peter Sellers es El jardinero, dirigido por Hal Ashby…

De Richard Burton, más que su carrera en general, me impacta especialmente su papel en El toque de Medusa, de Jack Gold.

Gary Oldman es Drácula para el público de masas, pero yo lo reivindico por La sangre de Romeo, de Peter Medak… Christian Bale es Batman para el mismo público, pero lo importante, para mí, es El maquinista, de Brad Anderson… Viggo Mortensen es Aragorn (El señor de los anillos) para la masa, pero yo empecé a conocer una personalidad interesante a partir de su actuación dirigida por David Cronemberg, primero en Una historia de violencia y luego en Promesas del Este

Los actores ganan mucho dinero y mucha fama con las producciones magma, pero el prestigio se logra con cine de bajo presupuesto; más adelante hay que hablar de eso, y hacer una galería de actores que han trascendido con una sola cinta: los tres Nosferatu, por ejemplo; Spider, del mismo Cronemberg; los casos fascinantes de niñ@s…

Esta revisión es preliminar y, en la primera oportunidad, cubriré mis faltas, pues quizá cometo algunas omisiones imperdonables.

Por lo pronto, de Paul Newman y Robert Retford diré que no tolero las actitudes de hombres guapos (de hombres bonitos, menos), pero cuando actúan y proyectan un talento independiente del aspecto físico, se trata entonces de un doble privilegio.

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El asesino por dentro

Mientras México arde en llamas por una violencia desquiciada, y mi depresión invernal repunta en la misma medida que la contaminación, me permito escribir sobre la cuarta película que he visto en todo el año: El asesino dentro de mí, de Michael Winterbottom, director inglés de una friolera: 17 largometrajes, algunos de los cuales son documentales antiimperialistas o dramas que recurren a las técnicas del documental (Bienvenido a Sarajevo, 1997; Camino a Guantánamo, 2006; La doctrina del shock, 2009), y ahora incursiona en el clásico cine negro con matices híbridos de sicodrama, un giro por demás sorprendente. Advertencia: este comentario describe secuencias, partes de la trama y el final, por lo que solo es recomendable para quienes hayan visto la cinta o decidido no verla, pues además el autor no sabe de cine y escribe mal.

Basada en la novela homónima de Jim Thompson The killer inside me, la historia tiene lugar en un poblado tejano a principios de los años cincuenta, cuando es escrita, y alterna capítulos narrados por el protagonista principal, ayudante del comisario, un joven aparentemente normal, dentro del cual se esconde un sicópata, dualidad con algo del doctor Jekyll y el señor Hyde. Entre el género policiaco y el drama sicológico, la narración expone con objetivo cinismo la mente criminal de Lou Ford, encarnado por Casey Affleck (Gone Baby Gone, de su hermano Ben Affleck, 2007; El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, de Andrew Dominik, mismo año); su actuación de la compleja personalidad en conjunto (cara bonita, voz débil, perspicacia de asesino tan fríamente calculador como sorpresivamente violento) es quizá lo mejor de la película, salvo por una secuencia que ha causado polémica desde el estreno oficial y la presentación en el Festival de Berlín, donde fue seleccionada y nominada al Oso de Oro: la golpiza que el “boy scout con placa de policía” le propina sádicamente a Jessica Alba en el papel de la prostituta masoquista Joyce Lakeland resulta repulsiva, pero los motivos de la repulsión varían tanto de un público a otro como de un momento a otro; al principio, la catarsis no es del todo convincente porque son demasiados golpes, como si la fuerza física del personaje fuera muy escasa o su descarga pretendiera ser deleite de una misoginia brutal, un machismo rabioso. “Te amo… discúlpame”, dice él entre golpe y golpe. “Te amo”, responde ella con el rostro cada vez más desfigurado, al parecer insensible al dolor y agradecida; entonces es ella la que no convence. Cabe recordar que Jessica Alba no había hecho nada serio y todos la teníamos por una mujer tan apetecible que prescindía del esfuerzo histriónico en sus habituales roles de símbolo sexual, como es tradición de Hollywood: la belleza femenina suele ser inversamente proporcional a la calidad interpretativa. Por lo demás, es inevitable asociar esta morbosidad con la de Irreversible, de Gaspar Noé, donde la violencia misógina resulta más convincente y contundente. Pero la narración en primera persona, como dije, alterna con imágenes de recuerdos infantiles o recientes que explican la adicción de Lou Ford a las relaciones destructivas y la coincidencia de su reprimido sadismo con el masoquismo complementario de Joyce Lakeland; su locura deja de reprimir también los impulsos asesinos y un error encadena varios asesinatos en serie y más errores; para librarse de un indigente que intenta extorsionarlo, Ford sacrifica sin justificación coherente a su novia, Amy Stanton, interpretada por Kate Hudson (Casi famosos, de Cameron Crowe, 2000) en un duelo de sensualidad con Jessica Alba, y el indigente muere acribillado por otro policía. Un adolescente detenido como principal sospechoso de los asesinatos intenta lo mismo y termina igual, pero aquí el estilo narrativo cambia radicalmente; a diferencia de las golpizas que matan a las mujeres, con saña y descripción gráfica, equivalente a la pornografía y característica del cine gore, el adolescente muere por obvia conclusión luego de la amenaza, recurso propio del horror a la oscuridad que oculta la muerte (origen literario: Drácula; paradigma involuntario del cine: Tiburón); la discrepancia, en este caso, es atribuible al machismo y la misoginia que alegan los detractores de la cinta, y se presta a lecciones moralistas por la tentativa de extorsión.

Lo más interesante de la trama es el vuelco final que hace del asesino pretendidamente astuto el único engañado por sus propias mentiras y las de otros no menos perversos que sacan ventaja y provecho de la demencia. El clásico final de apoteosis incendiaria resuelve los enredos de telaraña con audacia suicida; su brevedad es previsible, pero no la moraleja: sin salvedad, todos mienten, aquí nadie es mejor porque todos son malos, algunos son peores y todos mueren; las únicas víctimas inocentes son las mujeres (algo de eso estamos viendo en la vida real). ¿Dónde queda el machismo y dónde la misoginia?

Otro mérito indiscutible es la ambientación de la época… La música abre con un lugar común en el preámbulo (Fever, de Cooley y Davenport) y nos acompaña con acierto de Melissa Parmenter en el resto del metraje.

Ejemplos de engaños y efectos de bumerang abundan en el cine, pero me viene a la memoria, por lo pronto, un título ad hoc, literalísimo: El engaño, de Don Siegel, con Clint Eastwood en sus años treinta, encarnando al soldado que despierta con una pierna menos y luego es envenenado por las mujeres que somete; de seductor embustero a secuestrado, mutilado y muerto. No recuerdo el título de una cinta ordinaria (la memoria es selectiva) sobre una masacre con distintas versiones del mismo personaje mitómano, que logra engañar a la policía en sus indagatorias, pero acaba enloquecido por la culpa; la película es mediocre, pero la idea es genial…

Digresión ecológica

La Cineteca Nacional cuenta por fin con un buzón para que el público deje sus “quejas y sugerencias”. Por lo visto, a los secuestradores del lugar les pudo el escarnio que alguien hizo con respecto a que hubiera un buzón para los empleados y ninguno para el público. Lo que no ha tenido ni el más mínimo efecto son las “quejas y sugerencias” que el público hace por eso medio, a menos que hasta hoy nadie se haya quejado, por ejemplo, de que en las dos salas más grandes las películas se proyectan fuera de la pantalla (fuera de broma, hasta en el techo), o de que se ven más oscuras y opacas de lo que son, o de que los cácaros apagan a veces el proyector antes de que terminen de pasar los créditos, o de que suben el nivel de audio cuando es de baja calidad y, de paso, dejan al público tan sordo como ellos, o de que se exhiben películas en DVD o “video digital” (imagen difusa y audio saturado) y además nos cobran por tolerar esa falta de respeto… En fin. Seguramente nadie se queja del autosabotaje y más bien deposita felicitaciones y agradecimientos.

De hecho, el buzón para “quejas y sugerencias” del público es solo una de las novedades, porque ahora resulta que, antes de ver una película, tenemos que sufrir anuncios de Televisa y Proyecto 40, y también resulta que en la tercera sala más grande las películas son proyectadas en pequeño, casi al tamaño de un televisor “gigante”, quizás para compensar que en otras salas la imagen desborda la pantalla y los decibeles superan la capacidad auditiva. Quizás estoy equivocado y ese es el efecto de las quejas buzón mediante. Quizás no estoy equivocado y si algo hacen con las quejas es usarlas como papel de baño. Con o sin buzón, estas quejas tienen años ventilándose por otros medios (este blog, por ejemplo), lo que lleva inevitablemente a la demanda, no petición ni sugerencia, de que se vayan todos de allí. Si entre todos no se hace uno con la sensibilidad y la capacidad física y mental necesarias para poner fin a un problema que cualquier otro en su lugar solucionaría en una hora o dos, o de un día para otro, en el peor de los casos, que se vayan todos entonces. No es broma.

Una protesta al estilo de Jesusa Rodríguez y sus ingeniosas ocurrencias sería llevarles a los secuestradores del recinto -ya que no conciben más posibilidad que seguir cagándola- una cantidad inmensa de papel sanitario para que no echen mano de las “quejas y sugerencias” con el mismo fin.

En eso pensaba yo una lluviosa noche al atravesar la calle, cuando cierto anuncio luminoso, firmemente anclado a la banqueta, distrajo mi atención… digamos, como lo habría hecho un payaso. “Lo estamos logrando”, afirmaba el anuncio. “¡60 mil árboles plantados en junio y julio de 2008!” Carajo, dijo mi otro yo. ¿En qué país del mundo habrá ocurrido eso? ¿Será que el síndrome de Foxilandia está reproduciéndose a escala defeña? ¿Será que los árboles de junio y julio fueron demasiados y por eso en agosto han arrasado con los de toda la vida, no solo en Portales y General Anaya, como he denunciado aquí, sino también en otras zonas de la ciudad, según lectores del blog?

Quizás he caminado por rumbos equivocados, porque la neta es que no he visto reforestación alguna en ningún lado. Por el contrario. Nada más en la pequeña franja verde que antecede a la iglesia, junto al Museo Nacional de las Intervenciones, hay quince árboles menos, de los cuales dos tenían un metro de diámetro. ¿Cuántos habrán talado en todo el rededor? ¿Cuántos en todo General Anaya? ¿Cuántos en toda la delegación y cuántos en la ciudad? ¿Sabrán sus brutales depredadores que los árboles son seres vivos y, en consecuencia, ellos son asesinos? ¿Tendrán una remota idea del tiempo que requiere un árbol para tener un metro de diámetro? ¿Pensarán en la cantidad de oxígeno que nos daba? ¿Pensarán acaso? ¿A quién le estorbaban esos árboles? ¿A otros árboles? ¿A los faroles? ¿A los postes? ¿A la policía que alucina “malvivientes” entre las sombras? ¿A las cámaras del policía número uno de la ciudad, que si antes era el carnal Marcelo ahora es el Gran Hermano?

Algo me recordó a Héctor Sánchez, que aspiraba a ser gobernador de Oaxaca y, como presidente municipal de Juchitán, arrasó con todos los árboles que se atravesaron en su camino para encementar cuanto fuera posible hasta que ese gigante con piso de lodo mereciera llamarse ciudad, todo con la promesa de plantar después otros árboles, quizás en cantidades similares a las que devastó la urbanización del lugar donde hoy imperan, como en cualquier ciudad, los coches y su rastro de humo y ruido. “Hay que modernizarnos. Que nuestra gente aprenda a caminar por las banquetas”.

Cualquiera que no esté ciego y viva en el sur de esta otra ciudad o esté de paso, puede caminar por las calles de Portales Sur y contar los lugares antes ocupados por árboles. “Aquí había uno”, dirá, y unos metros más adelante: “Aquí había otro” (también puede contar los pasos entre una y otra excreción de perro, dicho sea entre paréntesis). Cualquiera puede caminar alrededor del Museo Nacional de la Intervenciones y hacer lo mismo. Quizás hay menos mierda ahora con menos árboles. Quizás hay menos asaltos a transeúntes y menos violaciones a muchachas que andan solas de noche. Dios quiera que así sea, o sea, amén.

El caso es que alguien plantó 60 mil árboles durante junio y julio en alguna parte que no es, ni por asomo, donde yo vivo. “Súmate como voluntario y reforesta en agosto y septiembre”, agrega el anuncio con luminoso entusiasmo y singular alegría. Mi voluntad, en cambio, es llevar una tonelada de papel de baño a la Cineteca Nacional y cortar de tajo a los que siembran esta barbarie, este ecocidio, este holocausto de árboles.

Ya me ocuparé luego de los que bombardean objetivos civiles en Irak y Afganistán, asesinando principalmente a niños, cientos y miles de seres humanos en su más pura esencia (futuros terroristas, según los enemigos de la humanidad), mientras la patética y vergonzosa ONU les pide a los asesinos en masa que “tengan más cuidado, por favor”. De eso me ocuparé cuando haya dicho que la película más reciente de Woody Allen es el anuncio de su franco declive. Que nadie se quede atrás de Clint Eastwood, otro decadente que, a diferencia del primero, gasta en sus lacrimosos bodrios suficiente dinero para alimentar a los niños que los gringos prefieren asesinar y, así como se alía con Spielberg para producir cine bélico a la vez conmovedoramente humanista, lo hace con otros magnates para convertir grandes extensiones de bosque en campos de golf.

Con la misma lógica de Bush el pequeño, que durante su campaña dijo acordar la guerra directamente con Dios, no sin antes confundir al talibán con un grupo de rock y proponer la tala de los bosques para evitar que se incendien… Con la misma lógica, decía yo, hay que demoler la estatua de la libertad para evitar que sea objetivo del terrorismo internacional… encabezado por Estados Unidos. Eso hay que hacer, pero antes hay que llevar una tonelada de papel “higiénico” a la Cineteca Nacional.

El Asesino del Zodiaco y la ineptitud

He vuelto a ver Zodiaco, del director de video clips y anuncios comerciales, David Fincher. Lo hice para quitarme el sabor que me dejaron Roman Polanski y David Linch, el primero con El pianista y Oliver Twist, después de muchas otras (de hecho, casi todas), y el segundo con Mulholland Drive, en donde trabaja Naomi Watts, que además de estar fea, no sabe actuar. Polanski y Linch deberían dedicarse a otra cosa mejor, igual que Naomi… Fincher, en cambio, es un genio, sobre todo como director de actores, tanto que Mark Ruffalo aprende a actuar con esta película; empieza hablando con una voz más débil que la de Quentin Tarantino (que de por sí está canijo), asume actitudes corporales un poco afeminadas, y su personaje, el inspector Toschi, trata de hacerse el gracioso pidiéndoles a todos galletas de animalitos, además de usar una corbata de moño como la de Sergio Sarmiento (el de la corbata de moño); pero hacia el final de la película parece que hubiera madurado y expresa una gran frustración cuando no puede resolver el caso de Zodiaco, un asesino serial que primero lo hace famoso, después resulta más astuto y termina burlándose de todos.

Quizá el arribo a la madurez ocurre cuando Paul Avery, el reportero alcohólico y drogadicto (conste que no dije homosexual) del diario San Francisco Chronicle, al cubrir el mismo caso, decide jugarles sucio a Toschi y su compañero Armstron (Anthony Edwards). Robert Downey Jr. en el papel del periodista decadente es simplemente insufrible (camina como si tuviera almorranas, por ejemplo, aunque eso es lo de menos), pero gracias al genio de Fincher, su presencia se hace cada vez más esporádica hasta desaparecer de plano, afortunadamente. A Jake Gyllenhaal, en cambio, puede uno tolerarlo durante los 160 minutos que dura la película sin sufrir demasiados trastornos estomacales. Lo que no entiendo es por qué su personaje, Robert Graysmith, es autor del libro en que está basada la película y los créditos iniciales dicen que el libro es una novela. ¿Es una “novela de no-ficción”, como las de Truman Capote, y además autobiográfica? No muy entiendo. Por favor, explíquemelo alguien, que tampoco pienso leer más al respecto… al menos por ahora.

La única que actúa bien de principio a fin es Chloë Sevigny en el papel secundario de Melanie, la esposa de Graysmith.

Por mencionar otras fallas importantes, los personajes no envejecen en 24 años, que es el lapso de tiempo que abarca la película. El hallazgo del reportero es tan confuso que, al parecer, se trata de una estratagema para que todo resulte más “interesante”. La secuencia de la mujer que escapa y salva a su nonato del asesino es francamente infame, además de contener un error técnico (de continuidad, como dicen los expertos), pues el llanto del bebé no coincide con el bebé (o sea, el audio con la imagen). De hecho, errores como ese hay por lo menos diez en toda la película. Aun así, además de elogios, no he leído críticas en ningún lado.

En su momento, Se7en, del mismo director, también fue objeto de puro elogio. Personalmente, me pareció una película oportunista y morbosa, además de confirmar la mediocridad de Brad Pitt. Entonces era relativamente reciente el éxito de El silencio de los inocentes (como fue titulada en América Latina), de Jonathan Demme, una buena película, esa sí, tanto por las excelentes actuaciones como por su guión perfecto, principalmente. Y Se7en pretendía reproducir la fórmula, pero…

No es lo mismo Harry el sucio que 40 años después

Más allá de los aspectos técnicos, el tema de Zodiaco se presta para una pequeña reflexión. En una entrevista, Fincher dice que mostró el cartel de Harry el sucio para distinguir entre realidad y ficción (Zodiaco está basada en hechos reales y Harry el sucio es ficción, se entiende). Sin embargo, la cinta se apoya en una escala valorativa de la que difícilmente escapan los gringos. Aunque la descoordinación de las policías locales y la ineptitud terminal son mostradas abiertamente, la corrección moral de los inspectores Toschi y Armstron es conmovedora. Eso no ocurre más que en las películas, sobre todo gringas, donde los héroes son policías. El héroe, por llamarlo así, es aquí un caricaturista, por su obstinado seguimiento del caso, pero los periodistas siempre son mostrados como alcohólicos, drogadictos, enfermos también de un pragmatismo individualista, inescrupuloso, deshonesto (conste que no dije homosexuales), equivalente a la degradación. Y efectivamente, muchos lo son, pero en la vida real no hay gremio más sórdido (corrupto y destructivo, entre otras cosas), ni más representativo de la miseria humana, que la policía, de donde los gringos sacan siempre a sus pequeños héroes, y en ese sentido esta película no es del todo una excepción.

Si el paradigma de Clint Eastwood tenía voz de Tarantino venido a menos, modales afeminados y corbata de moño, además de pasársela pidiendo galletas de animalitos, es lo de menos. Lo importante es que la policía, o sea, la máxima institución entre los valores gringos (después de la sagrada familia, claro), fracasó vergonzosamente en el caso del Asesino del Zodiaco. A raíz de la cinta de Fincher, la policía de San Francisco lo reabrió. Ya veremos ahora… porque no es lo mismo Harry el sucio que cuarenta años después.

Por lo pronto, sentado detrás de mí, estaba el asesino del Zodíaco, pateando mi asiento. Sentado por doquier, el asesino se reía de todo y, peor aún, de nada. El asesino estaba también en el cuarto de proyección, mientras la imagen se desenfocaba y él no hacía nada al respecto, en la Cineteca Nacional, por cierto, donde redujeron el ciclo de Polanski al imperdonable tedio de ver manchas borrosas y escuchar gis (hasta en mi computadora se puede apreciar mejor el cine). Yo, mientras tanto, recordaba que una mujer encantadora de nombre Amelie, a los 23 años de edad, iba al cine para ver las caras del público en la penumbra. A los 42 años, con un hígado inmenso, yo soy la antítesis de esa mujer, pensé… antes de convertirme también en el asesino del Zodiaco.

El honor académico del Óscar

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De la reciente entrega de los premios Óscar, llaman mi atención varios hechos. Para empezar, que en la categoría de guión original, estando nominados Guillermo del Toro por El laberinto del fauno y Guillermo Arriaga por Babel, el galardón lo haya ganado Michael Arndt por Pequeña Miss Sunshine. Eso es sencillamente grotesco. Miss Sunshine es una película simpática y divertida, pero de ahí a competir con las mencionadas… ¡por favor! Llama mi atención también que, en la categoría de banda sonora, el Óscar haya sido para Gustavo Santaolalla por Babel (el año pasado, lo obtuvo por la música de Secreto en la montaña). Si algo me disgusta de la última cinta de Alejandro González Iñárritu es el minimalismo del final, pero «la Academia» prefirió premiar eso a reconocer en su momento el trabajo de Ennio Morricone, por ejemplo, en La misión (1986), Los intocables (1987) o Cinema Paradiso (1989), y sacarse la espinita con un Óscar “honorífico”, más por las cinco veces que el músico italiano ha sido nominado, que por su inigualable carrera. Tuvieron que pasar veinte años para que Morricone fuera nominado por La misión desde que compuso la banda sonora de El bueno, el malo y el feo (1966), de Sergio Leone, que es un hito en la música de cine, y no ganara. El año pasado ocurrió lo mismo con el director, productor y guionista Robert Altman (Nashville, 1975), que recibió un Óscar “honorífico” después de ser postulado siete veces desde 1970 sin que ganara. Pero el reconocimiento a toda su carrera fue muy oportuno, pues en noviembre del mismo año, a los 81 de edad, se murió el señor.

Un criterio similar parece privar en la premiación de Los infiltrados, de Martin Scorsese, por mejor película y mejor director, como para conjurar la “maldición” que persiguió al director neoyorquino durante treinta años con cinco nominaciones fallidas, igual que a Morricone. Los infiltrados es una buena película, sin duda, pero no es mejor que Taxi driver (1976) ni que Toro salvaje (1979). En esta ocasión, perdieron González Iñárritu con Babel, Stephen Frears con La reina, Paul Greengrass con United 93 y Clint Eastwood con Cartas de Iwo Jima, para que «la Academia» compensara su ceguera.

No es la primera vez que esto sucede y quizá la peor vergüenza en este sentido sea la pretendida tapadera del racismo de Hollywood con la premiación de tres actores negros en 2002. Desde la nominación de Dorothy Dandridge en 1954 por su papel en Carmen Jones, de Otto Preminger, ningún cineasta “de color” había sido reconocido con un Óscar, así fuera Sidney Poitier por su trabajo en Los lirios del valle (1963), Rebelión en las aulas (1967) o Adivina quién viene a cenar (1967), o Morgan Freeman por su desempeño en El reportero de la calle 42 (1987), Paseando a Miss Daisy (1989) o Cadena perpetua (1994), o Danny Glover por su actuación en El color púrpura (1985), o muchos otros. Hasta 2002 fue reconocida la trayectoria de Sidney Poitier con un Óscar “honorífico”, y en 2004 fue distinguido Morgan Freeman por su papel en Million Dollar Baby con la estatuilla dorada.

Por lo menos, El laberinto del fauno, de Guillermo del Toro, ganó en las categorías de dirección artística, maquillaje y fotografía, más que merecidos estos premios en los tres casos, como los hubieran sido en el de película extranjera, banda sonora y guión original, sobre todo este último, para los que estaba nominada. Aunque, a diferencia de Los infiltrados, hay errores notorios en su edición, merecía siquiera estar nominada también por mejor director, pero qué le vamos a hacer, si «la Academia» estaba en deuda con Scorsese. El Óscar por maquillaje a David Martí y Montse Ribé es especialmente festejable porque, aparte de su merecimiento, otra cinta nominada en este rubro era Apocalypto, de Mel Gibson, un bodrio deliberadamente ofensivo para hacer negocio con la controversia, y estúpido por sus errores históricos. Lo bueno de este tipo de cine es que, además de dinero, gana tantas críticas como para terminar quemado. Por vergüenzas no paran los gringos, tratándose de dinero.


Eutanasia

Al calor del caso Schiavo, en menos de una semana he visto dos películas a favor de la eutanasia. Million dollar baby, de Clint Eastwood, tiene como tema principal el boxeo, pero los personajes centrales, cuando la estrella cae en desgracia, del cielo al infierno, optan por la muerte asistida. Mar adentro, de Alejandro Amenábar, en cambio, es un alegato sobre el derecho a morir de una persona con 28 años de postración definitiva. Aunque muy distintas, una gringa y otra española, son “historias” que tienen mucho en común. A diferencia de Terri Schiavo, no se trata de personajes en coma por muerte cerebral, sino que “gozan” de sus facultades mentales y, por decisión propia, claramente razonada, se proponen morir. Otra coincidencia notable, fundamental, es que lo consiguen al margen de una legalidad que no considera sus razones y les niega el último de sus derechos: perder con dignidad. Más que una batalla legal, lo que terminan ganando es la comprensión de quienes l@s aman. En la cinta de Eastwood, la defensa ética y moral de la eutanasia es implícita; en la de Amenábar es explícita y lleva el alegato, inclusive jurídico, hasta sus últimas consecuencias. En ambos casos, las manos que ayudan a “bien morir” están motivadas por el amor (si alguien amara en verdad a Terri Schiavo, en vez de prolongar por más tiempo su absurda agonía, le daría una inyección letal).

Javier Bardem, el actor principal de Mar adentro, personificó al escritor cubano Reinaldo Arenas en Antes que anochezca, de Julian Schnabel. Cuando el personaje es ya un enfermo terminal, recurre a la eutanasia, también al margen de cualquier procedimiento institucional.

George Wacala Bush firmaba sentencias de muerte como si fueran autógrafos cuando era gobernador y, ahora que destruye un país en donde más de cien mil personas han perdido la vida, se aflige por la muerte biológica de una mujer en estado vegetativo desde hace quince años.

Lo bueno es que los gringos siguen creyendo en el Óscar.