Mátalos en cámara lenta

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Moderno cine negro, emanación del capitalismo en crisis

Dos ladrones de poca monta, contratados por un mafioso menor, asaltan a la plana mayor de la mafia durante un juego de póquer con apuestas; los afectados contratan a un sicario cerebral para que investigue quiénes son esos ladrones y los liquide; en su ajuste de cuentas, el sicario incluye al organizador de las partidas clandestinas, quien se ufana de haber cometido un atraco anterior a su propio negocio, por lo cual es castigado esta vez con una severa golpiza y, más adelante, una descarga de balas. Narrado así parece la sinopsis, pero es todo el argumento de Killing them softly (EUA, 2012), película escrita y dirigida por Andrew Dominik.

El guión repara mucho más en los diálogos que en la trama, con el subtexto de la crisis económica y financiera que discutían los candidatos a la presidencia de los Estados Unidos en la campaña electoral de 2008.

Brad Pitt es el asesino a quien contrata la mafia con la mediación de un abogángster corporativo (Richard Jenkins); Scoot McNairy y Ben Mendelsohn encarnan a los ladrones, uno recién salido de la cárcel y otro lumpenizado y drogadicto, ambos tan ingenuos que inspiran ternura; Vincent Curatola es el hampon que los contrata, y Ray Liotta es el infeliz organizador de las apuestas.

Basado a su manera en la novela Cogan’s Trade (EUA, 1974), de George V. Higgins, dicho guión suma un personaje innecesario al ínfimo argumento: encarnado por James Gandolfini, otro sicario es llamado por el principal para que asesine al autor intelectual del asalto; sin embargo, el alcoholismo y el cansancio le impiden hacer ese trabajo. Gandolfini actúa bien, pero su personaje aburre y, más aún, sale sobrando, sobre todo por los diálogos, en este caso, excesivos, patéticos y fuera de contexto.

Los demás actores hacen perfectamente sus papeles; Mendelsohn y McNairy son los mejores; a pesar de su cara de gato bodeguero, Liotta es tan carismático o más que en Goodfellas (EUA, 1990), de Scorsese. Pitt sigue creciendo como actor, pero todavía no alcanza la estatura de los grandes.

Aunque Mátalos suavemente, como fue titulada en español, dura 97 minutos (una hora y media, contando aparte los créditos finales), a falta de mayor contenido, el ritmo es sumamente pausado; podría decirse que la película es de inacción violenta…

Lo más interesante es el estilo narrativo, sus recursos técnicos, especialmente la secuencia del asesinato carro a carro, filmada con cámaras rapidísimas y proyectada en cámara súper lenta, tanto que vemos el plomo de las balas salir del cañón de la pistola y atravesar la cristalería, que se hace añicos, y los cartuchos percutidos saltar de la recámara del arma y quedar suspendidos en el aire por un instante (como he dicho, algo similar vemos también en Gangster Squad, de Fleischer). Con Ketty Lester cantando Love Letters (Cartas de amor) en el fondo musical, la cadenciosa destrucción, casi monocromática, es rematada por un camión que embiste al coche de la víctima bajo la lluvia.

Cuando, minutos antes, deliciosamente actuado, el drogadicto se inyecta morfina y viaja, vemos una técnica de edición elíptica llamada jump cuts (saltar recortes), que consiste en suprimir fotogramas intermedios de una misma toma y sirve aquí para acentuar el ritmo de la lentitud; una distorsión difusa alterna con los labios de Mendelsohn en primer plano y se repite la frase de uno con la voz del otro; el efecto narcótico, entonces, resulta placentero para el drogadicto y exasperante para su interlocutor, sensaciones encontradas que transmite la secuencia al público espectador.

El sonido es ingenioso, creativo y sutil, pero resulta desagradable durante la golpiza, con brutales estallidos de sangre, como ingrediente de horror gore, al estilo Tarantino, cuya influencia es notoria también en la elaboración de los diálogos, tanto por su eclecticismo como por su extensión, lo mismo que en algunos planos secuencia igualmente prolongados, y en la violencia, súbita y sorpresiva, que rompe la tensa calma (influencia primigenia del cine de Hong Kong, dicho sea entre paréntesis).

Mirada subjetiva que atraviesa un sórdido pasillo hacia la calle convertida en basurero, mientras Barak Obama pronuncia un discurso de campaña; se trata del delincuente que sale de la cárcel y, al término de los créditos iniciales, se encuentra con su amigo lumpen ladrón de perros para invitarlo a participar en un robo más grande. En el audio, Obama promete inclusión al conjunto de la sociedad, mientras la imagen habla de un sistema social excluyente que nadie quiere cambiar. Si bien es otro mérito de la cinta lo que tiene de crítica política, bastaba con ese principio y la frase final: “Aquí todos estamos solos. Estados Unidos no es un país, es un negocio”. Después de la secuencia inicial, todo cuanto escuchamos de verborrea o palabrería demagógica en voces superpuestas o provenientes de algún televisor prendido, a veces fuera de cámara, sale sobrando.

El final no parece de película, sino de capítulo de una serie.

Banda sonora de jazz-country, “neo noir”… Excelente montaje y/o edición…

Dato curioso: Entre los actores hay tres que trabajaron en la serie de televisión Los Soprano: Gandolfini, Curatola y Max Casella.

También curiosamente, el matón interpretado por Pitt se llama Jackie Cogan, casi como el niño Jackie Coogan, famoso por su trabajo con Charles Chaplin en The Kid (EUA, 1921), su papel protagónico en la primera adaptación cinematográfica de Oliver Twist (EUA, 1922), de Frank Lloyd, y, ya adulto, su personaje Tío Lucas o Tío Fétido en la serie de televisión Los Locos Addams o La Familia Addams.

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Cine gángster

Mátalos suavemente, donde las mujeres son anecdóticas, meras referencias en las pláticas machistas, puede considerarse como cine independiente, en el que su actor principal es también productor.

El film noir (como escriben los mamones para decir cine negro, mezclando con el español dos idiomas distintos, pues pedantería es sinónimo de ignorancia), en este caso, puede llamarse así por ser sucedáneo gringo del cine “polar” francés, cuyo realizador más representativo fue Jean-Pierre Melville, de gélido minimalismo protagonizado por Jean-Paul Belmondo (El confidente, 1962) y Alain Delon (El Samurai, 1967), entre otros. Mátalos suavemente, más que thriller policiaco, en el que aparece la policía sólo una vez como comparsa, es cine de gángsters en estricto sentido, que actualiza un relato de los años setenta.

Andrew Dominik debutó en 2000 con Chopper: retrato de un asesino, basada en la autobiografía de un legendario criminal; su película más reciente, antes de la que nos ocupa, era El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (EUA, 2007), también basada en una novela y producida-protagonizada por Brad Pitt, también de gángsters con escasas escenas de acción y trasfondo político sustentado en los diálogos. El guionista y director ha tenido mayor aceptación por parte de la crítica especializada que por el público en general. El asesinato de Jesse James… fue un fracaso de taquilla, pues recaudó unos 15 millones de dólares, la mitad de su presupuesto y lo invertido esta vez.

Mátalos Suavemente se presentó el año pasado en el Festival de Cannes, donde compitió con otras cintas ignoradas por la dizque “academia” de Hollywood en su premiación (Cosmópolis, de Cronemberg, Un reino bajo la luna, de Anderson, y Los ilegales, de Hillcoat), y perdió ante Amor, de Haneke.

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Personalidad masculina

017¿Cuál es la diferencia entre un clásico y un lugar común?

Personalidad masculina, como verán, es una secuencia fotográfica de talento específicamente actoral, aunque algunos iconos también son directores: Clint Eastwood, Roman Polanski, Woody Allen, Robert de Niro, Tommy Lee Jones, Gary Oldman…

Además de la edad, la nacionalidad y la decadencia, Eastwood y Allen tienen en común que son músicos, entre otras cosas. La nefasta ideología del primero, a quien llaman «el último clásico», no obsta para reconocer su grandeza como cineasta; como actor no varía mucho, prácticamente nada, pues entre un pistolero del viejo oeste y un policía rudo, la gama intermedia es más de lo mismo, salvo acaso por el locutor acosado en la primera película que dirigió, o el embustero que encarna en El engaño, dirigido por Don Siegel, lo más próximo al villano, y uno que otro papel en sus propios dramas románticos (Los puentes de Madison y Million dollar baby, romántica en un sentido muy otro). Por lo demás, el señor cine y hombre orquesta es bastante completo: director, guionista, productor y compositor de la denominada banda sonora.

Desde su alianza con Steven Spielberg, Eastwood se hizo insoportablemente lacrimoso y falsamente humanista; a Spielberg le sirvió lo sensiblero para ganar el Óscar en siete categorías y otros premios con La lista de Schindler, pero a Eastwood no, y de ahí que reviviera el policía rudo, ahora octogenario.

Sean Connery, en cambio, pasó de ser modelo a un actor de inigualable carrera (productor de bodrios infames) que tampoco se quedó en el papel de James Bond; al contrario, lo superó con una evolución por la que llegué a considerarlo el hombre más carismático del mundo.

Anthony Hopkins es todavía más versátil y también mejora con los años, a pesar de su aire aristocrático.

¿Y qué decir de Al Pacino y Robert de Niro? ¿Es necesario decir algo?

La más emblemática y trascendente actuación de Marlon Brando es El Padrino, de Francis Ford Coppola, pero la mejor película del mismo director es Apocalipsis ahora, en donde también interviene quien ha sido calificado como «el mejor actor del mundo»; no coincido con esa calificación y, en algún momento, creí que era más bien Charlton Heston el mejor actor, independientemente de lo nefasto que fue en la vida real. Ben Hur, de William Wyler, y El planeta de los simios, de Franklin J. Schaffner, son películas muy importantes para mí, en lo personal. El planeta de los simios y Operación Dragón, de Robert Clouse, están entre las que he visto más veces, tantas como Julia, de Fred Zinnemann, aproximadamente.

Así como The Beatles son indispensables para quienes estudian inglés, Bruce Lee es imprescindible para quienes aprenden artes marciales, sobre todo autodidactas, así sea karate (hay que ser ignorante y tonto para llamar karate al kung fu); también la carrera actoral del atleta empezó en la infancia… Al respecto abunda material de lectura y para escritura, pero hay que ver todas sus películas, incluyendo las peores.

Charles Bronson es otro que tampoco varió gran cosa en cuanto al papel de tipo rudo, pero es muy convincente, carismático a su modo, y el estilo parece ser el mismo de Tommy Lee Jones, cuya salvedad es una amplia gama de personajes, incluido el empresario homosexual de JFK… Tommy Lee Jones, además, dirigió Los tres entierros de Melquíades Estrada, una película exitosa en cuanto a premios, pero mala para mi gusto.

Como he dicho antes, Morgan Freeman es un actor estupendo, pero subvaluado por el simple hecho de ser negro.

Si Polanski, por su parte, no ha sido valorado como actor se debe a su importancia como director, más que al desequilibrio entre calidad y cantidad, a diferencia de Allen, que pretende ser émulo de Chaplin, actor de un solo personaje.

Lo mejor de Peter Sellers es El jardinero, dirigido por Hal Ashby…

De Richard Burton, más que su carrera en general, me impacta especialmente su papel en El toque de Medusa, de Jack Gold.

Gary Oldman es Drácula para el público de masas, pero yo lo reivindico por La sangre de Romeo, de Peter Medak… Christian Bale es Batman para el mismo público, pero lo importante, para mí, es El maquinista, de Brad Anderson… Viggo Mortensen es Aragorn (El señor de los anillos) para la masa, pero yo empecé a conocer una personalidad interesante a partir de su actuación dirigida por David Cronemberg, primero en Una historia de violencia y luego en Promesas del Este

Los actores ganan mucho dinero y mucha fama con las producciones magma, pero el prestigio se logra con cine de bajo presupuesto; más adelante hay que hablar de eso, y hacer una galería de actores que han trascendido con una sola cinta: los tres Nosferatu, por ejemplo; Spider, del mismo Cronemberg; los casos fascinantes de niñ@s…

Esta revisión es preliminar y, en la primera oportunidad, cubriré mis faltas, pues quizá cometo algunas omisiones imperdonables.

Por lo pronto, de Paul Newman y Robert Retford diré que no tolero las actitudes de hombres guapos (de hombres bonitos, menos), pero cuando actúan y proyectan un talento independiente del aspecto físico, se trata entonces de un doble privilegio.

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Para mi gusto…

La secuencia fotográfica Para mi gusto -que no fue posible postear y por eso está publicada como página- es una pasarela femenina de belleza y talento que suelen coincidir, aunque no siempre con equilibrio. Jodie Foster, por ejemplo, no es comparable con Halle Berry, pero su proyección de inteligencia y fuerza la hace más interesante y atractiva en un sentido muy otro. Susan Sarandon tampoco está como para un concurso de belleza, pero es una de las mejores actrices del siglo pasado, al menos en Hollywood, y una mujer admirable en la vida real, como Jane Fonda, que no podía faltar, aunque tendrá su propia galería.

Comienzo con Naomi Watts por razones obvias; a pesar de King Kong y una que otra producción demasiado ínfima para ella, es una de las tres diosas actuales de la pantalla grande, tanto por su brillante carrera en general como por el instante de perfección y belleza concentradas que logró en Mulholland Drive.

Las otras dos monstruas del momento, sin lugar a dudas ni a discusión, son Marion Cotillard y Zhang Ziyi.

La musa francesa es Edith Piaf para el público de masas, pero también el rostro más interesante del cine en la actualidad y una mujer fascinante en la vida real, que transmite su encanto, sin escatimarlo, hasta en papeles tan menores como el que le dio Woody Allen.

Zhang Ziyi se ha permitido pecados peores que Naomi Watts (¡Tortugas ninja… per Deus!), pero es el personaje más entrañable en El tigre y el dragón, una de las diez mejores películas, para mi gusto siempre; la actuación más asombrosa de su carrera, sin embargo, no es la mejor película, sino La casa de las dagas voladoras. Además de una gran actriz, es una maestra en las artes marciales (desde el kung fu hasta el esgrima), es hermosa y joven, tiene una hermosa voz y, por si fuera poco, baila y canta (más o menos regular).

Sophie Marceau, en su momento, no se conformó con ser físicamente perfecta (cuanto más la veo, más me gusta), y Monica Bellucci sigue siendo el colmo de la sensualidad; no es casual que estos dos bellísimos seres terminaran unidos.

La gracia de Audrey Tautou, por su parte, conquistó al público de masas en el papel de Amélie, que ya es lugar común, pero luego estelarizó Amor eterno (muy superior, aunque menos digerible que la comedia), del mismo director, Jean-Pierre Jeunet.

Sobre los méritos de Winona Ryder, un ángel en desgracia, está por demás hablar.

Jennifer Jason Leigh, en cambio, podría calificarse como una actriz marginal por trabajar en producciones de bajo presupuesto, pero dándole a sus personajes tanta importancia como para terminar convertida en ellos. Personalmente, me basta con su actuación de prostituta intensa y amoral en Última salida a Brooklyn, el papel más impactante de la cinta y quizá de su carrera, aunque después (14 años, para ser exactos) participó en otra película importante para mí: El maquinista, de Brad Anderson, tan representativa del drama sicológico o psicodrama como el trabajo de Polanski o Cronemberg en el mismo sentido (algunos asocian esa pieza excepcional con Hitchcock y Lynch, quizá desde la pedantería o para efectos publicitarios).

Isabelle Adjani es la única persona, hombre o mujer, que actúa en dos películas de mi decálogo: El inquilino, de Polanski, y Nosferatu, de Herzog; la primera es insuperable, salvo acaso por la actuación de Catherine Deneuve en Repulsión, antecedente del mismo director en este género.

Con la enigmática belleza de Nastassja Kinski me permití convertir la foto de su rostro en una obra de arte (modestia aparte), y con la foto regular de sus formidables piernas hice una edición experimental (con dos o tres excepciones, todas las fotos fueron mejoradas).

Keira Knightley no es una buena actriz; por el contrario, es tan mala que, al gesticular, afea su rostro dizque perfecto y, de todos modos, ese rostro es quizá la causa de otro privilegio: la oportunidad de participar en películas de gran presupuesto. Por lo demás, también la pretendida perfección de esta mujer esquelética es mediocre; prefiero verla en fotos que en el cine. Al ver por primera vez el rostro de Catherine Zeta Jones, en cambio, se me hizo nudo la garganta, pero trece años después no estoy seguro de que sea una buena actriz (sobre Keira Knightley no hay duda: es pésima).

A Brigitte Bardot, por último, prefiero verla en pantalla que en monitor, como a Marilyn Monroe, que no me gusta mucho y, si la veo demasiado, me cae gorda.