Óscar 2016: alegrías y decepciones

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Mi favorita en la categoría de mejor película era El renacido, pero no puedo protestar porque no he visto Spotlight. La dizque academia de Joligud optó por dividir la premiación, oscareando a González Iñárritu como director de aquélla, lo mismo que a Lubezki por su fotografía, que es majestuosa (independientemente de que haya notoria influencia o, de plano, plagio). Como actor protagónico, me fue inevitable comparar a DiCaprio con Richard Harris y francamente me convence más este último. Quizá yo le habría dado el Óscar al patético sietemesino Redmayne por segunda vez consecutiva y un papel que ni mandado a hacer le quedaría mejor, así no sea precisamente agradable. Alicia Vikander, su compañera en La chica danesa, del director que no amaba los musicales, es excelente, además de personificar al androide femenino de Ex Machina y, dos años antes, a la reina infiel de Dinamarca en el siglo XVIII, otras dos películas recomendables. La oscareada actuación de esta joven sueca supera las anteriores. Rooney Mara en Carol es más que aceptable, pero también la supera Vikander, y Blanchett, como siempre, actúa bastante bien a su lado, pero lo hace mejor en Jazmín Azul.

¿Mark Rylance, mejor actor de reparto por su papel en El puente de los espías? Nomás de ver quién es el director y quién el actor protagónico, vuelvo a sentir el tufo al racismo de Joligud por haber ignorado la notable presencia de Benicio del Toro en Sicario, una película injustamente desdeñada, quizá por consigna, que ningún Óscar obtuvo, no obstante que algunos festivales reconocieron al actor de reparto y la valía del guión original, además de considerar a la segunda obra maestra del canadiense Villeneuve como una de las diez mejores películas del año. Las razones del ninguneo ya las dije.

La canción ganadora del Óscar (Spectre) me resulta insoportable por la hiriente disonancia de su interpretación.

Pero me alegra infinitamente, por último, que haya ganado A girl in the river: The price of forgiveness, de la paquistaní Sharmeen Obaid-Chinoy, en la categoría de mejor corto documental, porque eso favorecerá una legislación internacional que prohiba los asesinatos por honra o por honor, o como quieran ustedes llamar a la barbarie que mata mujeres con absoluta impunidad en Paquistán y otros países cuando ellas tienen la osadía de ser libres o intentarlo.

chica danesa

Antes dije en mis redes que nadie pela:

Entre las aberraciones que hacen volver a desconfiar del Óscar y la dizque academia de Joligud está la omisión de Benicio del Toro como actor de reparto en Sicario, del canadiense Denis Villeneuve, que nomás tiene tres nominaciones a la estatuilla dorada en categorías menores (una de ellas por la música, que se parece demasiado a la de Tiburón). Algo aquí huele a racismo, pues Del Toro entrega una de las mejores actuaciones de su carrera, y la película es la segunda obra maestra del guionista y director de La mujer que cantaba (Incendios), nominada en su momento al Óscar en la categoría de “mejor película extranjera”.

¿Será que Sicario está relegada en la entrega del Óscar 2016 por revelar la estrategia gringa en la guerra contra el narcotráfico que asienta sus reales en México: violar la soberanía mexicana, para empezar, recurrir al secuestro y la tortura, hacer alianzas con los cárteles colombianos…? México tampoco queda muy bien parado, pues la policía local está, como sabemos también nosotros, al servicio del crimen organizado en Ciudad Juárez, Chihuahua, el síndrome de todo un país y su ruta continental.


 


Posdata doblemente ofendida

Mad Max: vulgaridad, pésimo gusto en todo, morbo supino, estupidez y fanatismo, todo en un vil refrito del Syberpunk para el entusiasmo de la masa embrutecida con carreras de coches, explosiones, balazos y peleas en cámara rápida. Oscareado bodrio que le robó el “máximo galardón” a películas de calidad artística (Carol y El renacido, para empezar) en rubros tan importantes como el diseño de producción. Tom Hardy, por lo visto, además de mediocre y antipático, es un vil mercenario.

 

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El Óscar recupera credibilidad

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La excepción es Gravedad, película mínima, pero inflada al máximo

De las películas nominadas al Óscar este año, a diferencia del pasado, fueron premiadas las mejores: 12 años de esclavitud, de Steve McQueen, se alzó en la principal categoría, y me alegra. Ella, de Spike Jonze, y El club de los desahuciados, de Jean-Marc Vallée, son todavía mejores, pero la nueva cinta del director inglés, que también ganó en el rubro de guión adaptado (John Ridley), es más ambiciosa como producción por su ambientación de la época y un reparto de lujo, entre otras cosas. Jonze fue galardonado por su guión efectivamente original, hecho que también celebro y, lo confieso, me sorprende. Por El club de los desahuciados (en cambio, previsiblemente) fueron reconocidos Matthew McConaughey y Jared Leto, uno como actor protagónico y otro como actor de reparto, lo cual festejo, sobre todo en el segundo caso.

Cate Blanchett en Jazmín azul, de Woody Allen, desde luego, es la mejor actriz protagónica del año, al menos entre las nominadas, pero falta ver a Marion Cotillard en La inmigrante, de James Gray, y el aclamado trabajo de la pareja femenina en La vida de Adèle, de Abdellatif Kechiche. También Amy Adams hace un gran papel en Escándalo americano, de David O. Russell, pero yo la pondría en segundo lugar antes de Mia Wasikowska en Lazos perversos (Stoker), de Chan-Wook Park, injustamente ninguneada, tanto la película como su principal actriz.

Respecto al Óscar a Lupita Nyong’o como actriz de reparto en 12 años de esclavitud, tengo algunas reservas, pues Naomi Watts y Robin Wright hacen una mancuerna de gran calidad en Dos madres perfectas (Adore), de Anne Fontaine, que hay que valorar como trabajo conjunto, pero si Wright es actriz de reparto, según el esquema dizque académico, entonces es la mejor del año. Claro que ninguna de las dos fue nominada por tratarse de una película controversial: dos amigas cuarentonas que comparten a sus hijos veinteañeros en la cama es demasiado para las pudibundas conciencias y la hipocresía gringa. Por desgracia, no se hizo esperar la cargada que celebra el Óscar en este caso por tratarse de una mujer mexicana, estupidez mucho más abrumadora por el Óscar a Cuarón como “mejor director” por Gravedad, película que también ganó en las categorías de fotografía, efectos visuales, música original, edición, edición de sonido y mezcla de sonido (siete estatuillas que inflan una película menor). Personalmente, yo empezaría por cuestionar el hecho de que existan esas categorías.

El Óscar a La gran belleza (Italia), de Paolo Sorrentino, como mejor película en “lengua extranjera”, me parece justo, aunque también estaba nominada La caza (Dinamarca), de Thomas Vinterberg, para mi gusto, una de las diez mejores cintas de 2012; por la fecha de su estreno en Estados Unidos fue nominada con un año de retraso, como sucederá con La inmigrante.

Ojalá hubiera ganado El gran maestro, de Wong Kar-wai, por encima de El gran Gatsby, de Baz Luhrmann, en los rubros respectivos: escenografía y vestuario.

Me alegra que los dos bodrios protagonizados por Tom Hanks fueran olvidados, acaso por una inexplicable corrección en la tendencia del Óscar patriotero, aunque las nominaciones supondrían entonces una reminiscencia.

Vuelvo a lamentar la omisión de las mencionadas Lazos perversos y Dos madres perfectas, tanto como El niño y el fugitivo (Mud), de Jeff Nichols, y Prisioneros, de Denis Villeneuve, entre otras, así sea porque La inmigrante no se estrenó a tiempo y porque alguien decidió que La vida de Adèle no era representativa de Francia para este premio; ¿ese alguien es representativo de Francia?

Por lo demás, en general, el llamado “máximo galardón”, tan desprestigiado y desacreditado, recuperó algo de credibilidad este año.

Un año de cine

turínEl año pasado fui cuatro veces al cine, contando aparte una presentación especial del documental Trazando Aleida, de Christiane Burkhard, en la Cineteca Nacional. Una vez publicado el pronunciamiento para que se vayan de allí tod@s, coincidí en el recinto con una encuesta realizada entre público acrítico, poco exigente y nada perceptivo, al que nada le parece mal, todo bien. Mi decisión de no volver se tradujo en una distancia temporal con el cine, y las cuatro películas del año fueron de malo a peor y de peor a pésimo en las salas comerciales: Ágora, de Alejandro Amenábar (bodrio exasperante que publicita en el cartel su elevado costo material como noción de relevancia, inexplicablemente laureada), El retrato de Dorian Gray, de Oliver Parker (espantajo efectista y burdo que parece confundir libertad con libertinaje y homosexualidad con “corrupción del alma”), La milagrosa, de Rafa Lara (basura que ni siquiera merecía ser mencionada), y El asesino dentro de mí, de Michael Winterbottom, que ameritó una reseña reivindicatoria.

Ese año tuve también cuatro sesiones con un sicólogo en la Clínica del Sueño y, entre otras cosas, me recomendó salir una o dos veces por semana para hacer algo más que mis habituales compras; el año siguiente comenzaría como si quisiera compensar la falta de cine durante el anterior. Sin reconciliación alguna, regresé a la Cineteca Nacional, en donde todo sigue igual o peor (salvo por un fraude que denunciaré más adelante) a ver una o dos películas consecutivas, una o dos veces por semana. El principio de aquel intenso regreso fue también anecdótico: luego de ver El listón blanco, de Michael Haneke, salí aturdido por los altos decibeles, cojeando como un anciano por la falta de circulación sanguínea, y con ese pretexto, aligeré la pesada carga de cine “culto” en blanco y negro, durante dos horas y media de inocencia infantil y su trágica pérdida, con otras dos horas y media de inocencia infantil en extremo distinto y distante: la frescura de Giuseppe Tornatore y la grandilocuencia de Ennio Morricone, dupla inmortal que alcanzó la madurez con un sentido del humor más ágil y menos ñoño, pero sin dejar de hacer parodia del temperamento italiano en aras del público gringo, con la sorprendente diferencia de que Baaria – La porta del vengo (cuyo estreno comercial tenía tres años tres) parece un homenaje a la militancia comunista de cepa en el país de la Cosa Nostra y el Spaghetti Western. Cuando pasé junto a la taquilla, Hilda Saray compraba su boleto para la siguiente función de la película que yo acababa de ver…

Poco después, Jaime Avilés pateaba mi asiento y yo me contenía, mientras los talentos de Anthony Hopkins y Naomi Watts compensaban la decadencia de Woody Allen en Conocerás al hombre de tus sueños, que toleré dos veces, como París a medianoche. Por recomendación del que pateaba mi asiento, me chuté Siete instantes, documental de Diana Cardozo acerca de la participación femenina en la guerrilla uruguaya de los años setenta, y entonces toleré que la usufructuante del fracaso de Cafetlán contaminara la sala con olor pútrido a cigarro.

Allí mismo, con un pedazo de la imagen proyectada en el techo por un pedazo de pendejo, La mitad del mundo, de Jaime Ruiz Ibáñez, resultó un esfuerzo comparable con El mural de Siqueiros, de Héctor Olivera, en cuanto a méritos del cine mexicano. La primera es más impactante, a pesar de las fallas y debilidades actorales, y la segunda podría llamarse más bien La prostitución de Siqueiros… Pero lo más relevante a nivel nacional fue Presunto culpable, de Abogados con Cámara, por el favor que le hicieron los poderes, primero el judicial y después el ejecutivo en alianza con Cinemex; antes de la censura y la publicación íntegra del documental en internet, pude verlo tres veces en salas de exhibición y llegar a un punto inconfesable de obsesividad; la Cineteca Nacional, por cierto, hizo un olímpico sabotaje, como es de imaginar. Y el año concluyó con Alucardos: Retrato de un vampiro, de Ulises Guzmán, documental acerca de Juan López Moctezuma, director de Alucarda, y dos fans de la película, custodios de su herencia…

Lo más relevante a nivel mundial había sido Anticristo, de Lars von Trier, película de pornografía gore que alterna con poesía en imágenes y misoginia en el mensaje; bastante polémica la intención y demasiado evidente que alguien joven dobla el cuerpo de Willem Dafoe en las escenas eróticas; me propuse escribir al respecto para exorcizar otra obsesión: como advertí al apersonarme en un acto de solidaridad con la familia Reyes Salazar, de Ciudad Juárez, comenzaba la militarización de Ciudad Monstruo; sobre la película escribí un carajo porque ni un minuto dejé de pensar en la amenaza que ciérnese todavía sobre la mayor concentración humana del planeta, así que me aboqué a llevar hasta sus últimas consecuencias mi alerta roja y descubrir el hilo negro: que México es un país de traidores. ¡Que se lo lleve la chingada entonces! -me dije al cabo de cinco meses que me envejecieron cinco años, y regresé al cine, además de comprar a precios de fábula: El séptimo sello, de Ingmar Bergman; El último de la lista, de John Huston; Chicago, de Rob Marshall; Ciudad de Dios, de Fernando Meirelles; Los niños del fin del mundo, de Marzieh Meshkini… y conocer la historia de Dorothy Dandridge y el rabioso racismo de Joligud, antes más nefasto de lo que yo imaginaba.

Si El último de la lista (The List of Adrian Messenger), con su “reparto súper estelar”, es un thriller insoportable por aristocrático, El discurso del rey, de Tom Hooper, nominada, premiada y todo eso, no es más que un melodrama cursi, aristocrático y rancio; los ingleses resultan especialmente insoportables cuando, además de ser insoportables de por sí, el ánimo personal está permeado por la sangre de un país.

Chicago, en cambio, amerita su propio texto en su propio contexto; Ciudad de Dios, lo mismo.

Tan “culto” como El listón blanco, también en blanco y negro, El caballo de Turín, de Béla Tarr, es una metáfora en 24 tomas, como las horas del día durante una semana inconclusa.

Interesantes desde otros ángulos: Zona Sur, de Juan Carlos Valdivia (ejemplo doméstico del cambio de élites en el poder boliviano); La pivellina, de Rainer Frimmels y Tizza Covi (de nuevo el binomio de inocencia y autenticidad infantil, que no es actuada en este caso); Jean Gentil, de Israel Cárdenas y Laura A. Guzmán (con su anécdota respectiva, que narraré después en el blog literario); La vida según Attenberg, de Athina Rachel Tsangari…

Lo mejor del año, sin duda, fue La mujer que cantaba, de Denis Villeneuve, y La mirada invisible, de Diego Lerman, que logré reseñar, una vez superada mi obsesión.

Lo más importante, en términos comerciales: El planeta de los simios

Lo peor de lo peor, que no alcanza ni siquiera la categoría de cine pésimo: Eclipse. ¡Puaf!

En fin. Al final, finalmente, no me fue tan mal.

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Una película espléndida y otra excelente

He visto dos películas que tienen muy poco en común: ser ampliamente recomendables y estar en cartelera, incluso en la misma sala de la Cineteca Nacional, que no recomiendo a nadie, ni siquiera por dolo a mis enemigos, pues no merecen ver este cine. La mujer que cantaba y La mirada invisible tienen en común también su estreno el año pasado y el papel protagónico de los ojos, en un caso por la fuerza que proyectan y en otro por lo que perciben, aunque el segundo título se refiere más bien a la observancia general: La mirada invisible o el voyeurismo de todos los sentidos, especialmente el olfato; en todos los sentidos, la producción argentina que dirige Diego Lerman es una película perfecta. La mirada invisible o la monotonía de la opresión en la más profunda soledad. Basada en la novela Ciencias Morales, de Martín Kohan, se trata de un drama sicológico, inevitablemente comparable con Repulsión, de Roman Polanski, por la fragilidad femenina, los deseos reprimidos, el instinto defensivo de los abusos, en este caso autoritarios, y la sorprendente violencia que desatan, con la diferencia de que Polanski lleva desde el principio la esquizofrenia y la sicosis hasta el extremo del horror, mientras que Lerman y Kohan, según el guión de María Meira y el propio director, plantean una patología sicosexual de manera utilísima, con un final catártico, único instante de horror, por decirlo así, liberador, satisfactorio, que deja la mente en blanco para razonar la vida sin libertad, la muerte en vida que padeció Argentina durante siete años de imposición. Otra diferencia es que Repulsión concibe la claustrofilia como refugio, la soledad como recurso, un ostracismo instintivo, pues el personaje se esconde (repulsión es sinónimo de fobia), mientras que aquí es ella quien espía, enamorada en secreto de un alumno adolescente, como todos, aunque su espionaje también es personal, silente y disidente del régimen opresivo, como válvula de escape al placer oculto en la intimidad, un placer tan insuficiente que, así sea levemente pervertido, resulta minucia frustrante.

La mirada invisible a la infelicidad y el vacío del alma. Parece una película para no-argentinos por las referencias históricas, bastante conocidas para ellos y la mayoría latinoamericana, medianamente informada sobre su pasado todavía reciente. Las dictaduras militares hicieron de la gente una existencia sin horizonte, mutilada, casi fantasmal. El antiguo Colegio de Ciencias Morales (aberrante desde el nombre) regresó a su origen mojigato, rígido, que rima con frígido, y por si fuera poco, la protagonista es “profesora de conducta”, llamada equívocamente “señorita preceptora”, celadora en los hechos, inflige una férrea disciplina, un orden estricto, que prohibe inclusive la risa, como el cristianismo conservador de los monjes en El nombre de la rosa, por la enferma creencia de que, al reír, el alma escapa del cuerpo, aunque la religión brilla por su ausencia en la cotidianidad mediocre y gris de Marita (diminutivo de María Teresa). Quizá el ambiente hubiera sido más convincente con alguna influencia de la iglesia católica. Lo seguro es que Julieta Zylberberg, como todos en el reparto estelar y el resto del elenco, reúne las características físicas del personaje principal en idónea medida, virgen a los 23 años de edad, “pálida, crisálida y escuálida”, como Nacha Guevara, pero esclava de una opresión castrante, valga la expresión, más para las mujeres que para los hombres, y convence lo mismo por su apariencia que por el magistral talento de su actuación.

La mujer que cantaba, por su parte, es una producción de Canadá y Francia dirigida por Denis Villeneuve, basada en la obra de teatro Incendies (Incendios, en francés), de Wajdi Mouawad. El capítulo final tiene por título el original, pero es “traducido” como La mujer que cantaba, lo cual es un error, una redundancia y una falta de respeto a la película, que además del nombre, tiene un capítulo intermedio llamado así. Mucho más ambiciosa que el sicodrama argentino, es menos perfecta por la debilidad histriónica de Maxim Gaudette y dos instantes de histeria y sobreactuación, que pasan desapercibidos a la primera vista, pero a la segunda no. En cambio, uno de los grandes aciertos es la elección de las actrices Lubna Azabal y Mélissa Désormeaux-Poulin, cuyos ojos representan la herencia vital de una madre a su hija, privilegio del cual carece un hermano gemelo, desangelado y demacrado (el actor es a su vez representativo del típico cine francés que resulta, en lo personal, aburrido, soporífero, plano, vacío, y del que dicen gustar mucho los hipócritas, pedantes, intelectualices, ignorantes). La estructura narrativa es discontinua, pero precisa, quizá menos aleatoria y arbitraria que los guiones de Guillermo Arriaga en la trilogía de González Iñárritu, no obstante algunas secuencias deliberadamente confusas; al principio coinciden en el tiempo la madre y los hijos, pero al morir la primera, la película narra una historia entreverada con otra: la sobrevivencia de la difunta bajo fuego en Medio Oriente y la búsqueda testamentaria que emprenden los hermanos gemelos.

La mujer que cantaba tiene algo de tragedia griega o Shakespeare actualizado; es un drama personal en el contexto de la guerra, la espiral de violencia genocida que, alentada por la intolerancia entre los fanatismos y fundamentalismos, cristiano y musulmán, reproduce la barbarie de nuestra época: ojo por ojo, al cabo el mundo está ciego.

Nawal Marwan es el nombre de la protagonista, un personaje contradictorio, con dos religiones, una por tradición familiar y otra por amar a un refugiado en su tierra, donde la recuerdan como «La mujer que cantaba» por cantar para evadir el dolor propio y ajeno durante quince años dentro de una celda que medía tres metros cuadrados, en una cárcel para presos políticos, donde no existían los derechos humanos; la tortura era el pan de cada día, especialmente para ella, que no dejaba de cantar ni de mirar a los ojos de sus victimarios, después de asesinar al líder de la derecha cristiana, martirológica misión que aceptó a pesar de su filiación hereditaria por el rencor de creer que los matones de ese bando, en una masacre de venganza, habían quemado a los niños del orfanato donde vivía su hijo. Ella era la única sobreviviente de otra masacre que la dejó marcada para siempre con el trauma de atestiguar cómo acribillaban los cristianos a hombres, mujeres y niños, sin hacer más distinciones que la religiosa, la que salvó su truculenta vida para vengar la muerte del hijo en resguardo; pero ese hijo no había muerto y era su principal torturador en la cárcel, donde nacieron los gemelos, a quienes debían echar al río, pero la partera convenció al guardia de que los dejaran vivir, por ser hijos de la mujer que canta…

Gran trama para una gran película, imprescindible para mi gusto; lo que me disgusta es el cartel, que publicita su nominación al Óscar en la categoría de “mejor película extranjera”, como si eso fuera un premio y tuviera importancia.

Otra imperfección de la cinta es que Nawal Marwan envejece y el maquillaje logra un rostro de 60 años, pero su cuerpo tiene todavía una piel joven. Ni modo. Suele cometer estos errores el cine francés hasta en sus mejores películas, como La vida en rosa

La mirada invisible y La mujer que cantaba también tienen en común que yo las había visto y me había propuesto volver a verlas y escribir al respecto. ¡Eso es lo más importante!

A mis enemigos recomiéndoles ampliamente Dulce hijo, por supuesto, en la Cineteca Nacional, donde la copia es una mancha difusa, proyectada por un oligofrénico ciego y sordo en la pantalla sucia. ¡Viva México, chingá!