Sombreros, gabardinas y ametralladoras

Gangster Squad y el cine de gángsters al que se debe

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De la investigación periodística a la novela negra y de allí al cine de acción sin contenido: Gangster Squad, de Paul Lieberman, es un best-seller literario sobre la guerra que tuvo lugar en la ciudad de Los Ángeles a finales de los años cuarenta entre la mafia local y una pequeña banda parapolicial. El libro se basa en la exhaustiva investigación que realizó el mismo autor durante casi una década y publicó en su momento Los Ángeles Times como una serie de artículos. La historia narrada por el reconocido periodista inspiró a su vez la película homónima bajo la dirección de Ruben Fleischer con un guión de Will Beall, que no es propiamente una adaptación cinematográfica, pues toma nada más lo indispensable de la fuente original para una aproximación al mejor cine de gángsters y, en segundo término, al cine negro, con la reproducción de todos sus estereotipos y clichés. El argumento, en consecuencia, es insustancial, pero sirve de contexto, por no decir pretexto, para una perfecta ambientación de la época y espectaculares secuencias de acción con un ritmo disfrutable.

En 1949, Los Ángeles es gobernada por la mafia de «Mickey» Cohen (Sean Penn), un ex boxeador judío nacido en Brooklyn y cuyo imperio abarca el expansivo negocio de las apuestas, la trata de blancas y el tráfico de estupefacientes, todo con la complicidad de la policía en general, así como de jueces y políticos corruptos, a quienes mantiene bajo control mediante sobornos y terror, hasta que John O’Mara (Josh Brolin) —un fiero veterano de guerra que, ahora sargento de la policía, libra una solitaria lucha contra el reinado criminal del gran capo— llama la atención de su jefe, Chief Parker (Nick Nolte), quien lo invita a formar su propio equipo de agentes incorruptos para desmantelar los negocios sucios de Cohen con una “guerra de guerrillas”. Aconsejado por su esposa encinta (Mireille Enos), llamada Connie, O’Mara recluta entonces al oficial Coleman Harris (Anthony Mackie), un negro uniformado que sabe usar la navaja, al detective Max Kennard (Robert Patrick), un vaquero viejo que donde pone el ojo pone la bala, y al experto en telecomunicaciones Conway Keeler (Giovanni Ribisi), a quienes se les unen Navidad Ramírez (Michael Peña), un latino que trabaja con Kennard, y el también sargento Jerry Wooters (Ryan Gosling), un cínico Casanova que al principio se muestra indiferente al imperio de la maldad, pero el asesinato de un niño amigo suyo durante un tiroteo en la calle lo hace cambiar de posición. Por economía, el círculo de Cohen es presentado, si acaso, desde lejos como un vulgar montón de matones. Entre ambos bandos está la vampiresa pelirroja Grace Faraday (Emma Stone), que lo mismo se acuesta con el capo mayor que con Wooters, y Jack Whalen (Sullivan Stapleton), delincuente amigo de Wooters.

Antipático de por sí, con prótesis faciales que lo hacen parecer efectivamente un ex boxeador, Sean Penn sobreactúa tanto que su personaje resulta una caricatura grotesca. Ryan Gosling emite voz de transición adolescente y, por su afectación, también resulta caricaturesco, a diferencia de Josh Brolin en el papel protagónico, inspirado quizás en Eliot Ness, salvo algunas torpezas, y Robert Patrick, el Terminator antagónico en el juicio final de 1991, ahora con gran bigote al estilo tejano; la áspera personalidad del vaquero cumple con lo que se requería, pero en un papel menor, tristemente secundario, como el de Nick Nolte. El talento actoral del gran elenco, en lo que podríamos llamar el síndrome de Batman, está desperdiciado; la química de un año antes entre Gosling y Emma Stone (Loco y estúpido amor, de Glenn Ficarra y Jhon Requa), por ejemplo, parece incidental aquí, en donde la presencia femenina es casi ornamental.

gangster-squad-josh-brolinLa superficialidad de un guión que no profundiza en la sicología de nadie por apostar la suma de todos los recursos a la espectacularidad, explica el hecho de que si esta película tiene algún mérito sea su aspecto visual, desde la brillante ambientación de Los Ángeles a finales de los cuarenta con una escenografía laboriosa y seductoramente iluminada, y un impecable vestuario de la época, entre otras cosas (los coches, por supuesto, reunidos en el diseño de producción), hasta los efectos especiales en las secuencias de acción, algunas de las cuales son alardes de virtuosismo técnico; lo es principalmente la persecución y el tiroteo desde coches en movimiento, con una toma en particular que recorre todos los ángulos y culmina con un vertiginoso acercamiento al disparo de Wooters por la ventana lateral; aquí la dirección de cámaras, apoyada en la intervención digital, es magistral. Las escenas del enfrentamiento final en cámara lenta coinciden con una secuencia de Mátalos suavemente (EUA, 2012), de Andrew Dominik, obviamente sin plagio por alguna de las dos películas, ya que fueron rodadas el mismo año; en una son esferas de navidad y en otra vidrios de coche l@s que se hacen trizas con los disparos; los cartuchos saltan vacíos desde las recámaras de las armas y parecen suspendidos en el aire por un instante, como el plomo de las balas que lo atraviesan. En términos técnicos y estéticos, la coincidencia es asombrosa.

A cargo de Steve Jablonsky (experimentado musicalizador de frivolidades), la banda sonora forma parte de la ambientación y, junto con el montaje y la edición, contribuye a lograr un ritmo también aceptable.

Brigada de élite, como fue titulada en España, y Fuerza antigángster en Hispanoamérica, tiene grandes similitudes con dos películas que, por lo demás, son muy superiores: Gángster americano (EUA, 2007), de Ridley Scott, y Los Intocables (EUA, 1987), de Brian De Palma. Tanto Gangster Squad como American Gangster están basadas en hechos reales y ampliamente documentados por investigaciones periodísticas, y ambas comienzan con ejemplos brutales de la crueldad que son capaces de alcanzar sus respectivos villanos. En ambos casos, el héroe es un policía incorruptible a quien su jefe da luz verde para reunir a un grupo especial, con la diferencia de que, formada en las sombras, la llamada “fuerza antigángster” de Los Ángeles operó en secreto y al margen de la ley, mientras que la brigada antinarcóticos de Nueva Jersey fue pública e institucional. El contexto en ambos casos es una policía corrompida en general por su contacto con la mafia. Josh Brolin actúa en las dos películas, primero como el agente policial más corrupto y criminal de Nueva York y después como el héroe incorruptible de Los Ángeles; sus dos papeles son convincentes. En ambos casos, los capos terminan en la cárcel, aunque Gángster americano tiene un final sorprendente y decepcionante por su ambigüedad. Brigada de élite o Fuerza antigángster, en cambio, reproduce fielmente el esquema del bien que triunfa sobre el mal, como suele ocurrir desde que la figura del gángster dejó de ser glorificada por el género clásico antes de la Segunda Guerra Mundial (aunque la trilogía de El Padrino, de Francis Ford Coppola, devuelve al gángster su antiguo pedestal). La principal diferencia entre American Gangster y Gangster Squad es la época, pues los hechos ocurren desde finales de los años sesenta hasta principios de los noventa en el primer caso, mientras en el segundo suceden a finales de los cuarenta. Otra gran diferencia es el guión, ambicioso y complejo en un caso, anodino y simple en el que nos ocupa.

Las similitudes con Los intocables son demasiadas como para abarcarlas todas: el reclutamiento del equipo sucede en muchas películas y coincide aquí, por ejemplo, en levantar de la calle a un policía de a pie, así como en conseguir a un personaje menos cuerpo que cerebro (contador o experto en telecomunicaciones), que ha de ser asesinado; la primera misión contra la mafia es un fracaso; en un arranque de ira, con impulso suicida, el héroe busca un enfrentamiento directo y personal con el villano en su guarida; el tiroteo final culmina en unas escaleras idénticas; los grupos son físicamente parecidos, en parte, por su cercanía cronológica: debido a la importancia del sombrero en las dos épocas, se repiten algunas actitudes corporales; el armamento es casi el mismo: pistolas, escopetas, ametralladoras…

Gangster-Squad-Still1En Fuerza antigángster o Brigada de élite vemos también influencia del western o cine del viejo Oeste: Max Kennard, por ejemplo, lleva un gran revólver enfundado en la cadera, y la funda amarrada a la pierna; para asaltar el casino de Cohen, los agentes se embozan con pañuelos y, al huir, dejan salir a los caballos del corral; Coleman Harris, el policía negro, maneja la navaja con la misma destreza que la pistola, igual que Britt (James Coburn), el lanzador de cuchillos, de Los Siete Magníficos…

Al fracasar el primer ataque a los negocios de Cohen, O’Mara y Harris son detenidos y, cuando Wooters los rescata, ocurre una pelea en la oscuridad, y cinco disparos como flashazos iluminan la escena y la congelan durante un segundo: ingenioso y sutil guiño al cómic o la historieta clásica, en el que afortunadamente no aparecen letreros de ¡Bang! o algo por el estilo. En el mismo sentido, Grace Faraday es una caricatura de mujer fatal, como Jessica Rabbit, la voluptuosa vampiresa, esposa del conejo Roger Rabbit.

La secuencia inicial termina con una mirada sombría del boxeador a la cámara y, más adelante, O’Mara camina mirando también a la cámara que se desplaza hacia atrás al mismo tiempo, y esta segunda mirada, por la música y la lentitud de la escena, es un guiño muy obvio con Quentin Tarantino y sus audacias…

Abundan guiños en este recorrido por lugares comunes, como para un ejercicio de cinefilia sobre películas de gángsters, entre muchas otras: ahí una frase de El Padrino, allá de Goodfellas (Uno de los nuestros o Buenos muchachos, 1990), de Martin Scorsese, que también está inspirada en hechos reales, por cierto, y el vaquero acá me recuerda evidentemente a Charles Winstead (Stephen Lang), otro policía viejo y de rudo aspecto, jefe de los Rangers de Texas que se unieron a la cacería de John Dillinger y su banda en Enemigos públicos (EUA, 2009), de Michael Mann, película basada en hechos reales, por cierto.

Al final, el sargento O’Mara arroja su placa al mar, tal como el sargento Harry Callahan (Clint Eastwood) en Harry el sucio (EUA, 1971), de Don Siegel, con la diferencia de que allí no es el mar, sino un río, y Callahan está solo y enojado, mientras que, acompañado por su esposa y el hijo de ambos, O’Mara está contento.

GANGSTER SQUADExcepto Mátalos suavemente, que ya comentaremos, y Harry el sucio, todas las películas mencionadas son incomparablemente superiores a Gangster Squad, que se reduce a lo mínimo en cuanto a contenido y retoma de ellas sólo aspectos o momentos específicos, acaso detalles característicos o distintivos. Cintas como Los Ángeles al desnudo (EUA, 1997), de Curtis Hanson, que no podía faltar en esta revisión, le deben mucho a su vez al clásico cine de gángsters coetáneos, de los años veinte, treinta y cuarenta, que al parecer sucumbió con la Segunda Guerra Mundial, pero fue reivindicado por el cine contemporáneo con títulos como El Padrino y Cara cortada (EUA, 1983), de Brian De Palma. Escrita por Oliver Stone y protagonizada también por Al Pacino, esta última es remake de un clásico menor de 1932 con el mismo título, dirigido por Howard Hawks y más representativo del cine negro.

El rodaje de Gangster Squad comenzó en Los Ángeles el 6 de septiembre de 2011 y concluyó el 15 de diciembre del mismo año. Su estreno estaba programado para septiembre de 2012, pero debido a la masacre ocurrida el 20 de julio de ese año durante la premier de Batman 3 (The Dark Knight Rises), de Christopher Nolan, en Denver, Colorado, el estreno fue pospuesto para enero de 2013, pues la cinta de Ruben Fleischer contenía una secuencia de senda masacre al interior de un cine, que fue suprimida, lo que obligó a rodar en agosto una secuencia suplente. Originalmente, la tragedia ocurría en el Teatro Chino de Grauman, donde los hampones disparaban con ametralladoras a los espectadores a través de la pantalla. En la segunda versión tiene lugar un tiroteo en el Barrio Chino y, aunque no conocemos la secuencia original, podemos decir que la segunda es fallida, pues no transmite la sensación de un desastre; dedica unos cuantos segundos a las víctimas colaterales, que fueron suficientes para que los medios de comunicación exigieran la renuncia del jefe de la Policía, Chief Parker, así como la identidad de la “fuerza antigángster”.

Cohen fue recibido en la cárcel por sus colegas con un golpe de metal que lo mató. La mafia nunca logró afianzarse en Los Ángeles; por algo será, dice al final O’Mara en resumidas cuentas y su moralizador soliloquio sobre el deber entra en contradicción con una escena simultánea en la que Wooters y Faraday pasean al perro de Cohen, lo cual puede interpretarse como una moraleja inmoral: si bien no hay gloria para los héroes anónimos, algunos son premiados con una especie de botín, en este caso, la mujer del villano y, por si fuera poco, hasta su perro.

Si algo aporta el guión de Gangster Squad, por último, es una dosis agradecible de humor blanco y negro.

Gangster Squad
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Personalidad masculina

017¿Cuál es la diferencia entre un clásico y un lugar común?

Personalidad masculina, como verán, es una secuencia fotográfica de talento específicamente actoral, aunque algunos iconos también son directores: Clint Eastwood, Roman Polanski, Woody Allen, Robert de Niro, Tommy Lee Jones, Gary Oldman…

Además de la edad, la nacionalidad y la decadencia, Eastwood y Allen tienen en común que son músicos, entre otras cosas. La nefasta ideología del primero, a quien llaman «el último clásico», no obsta para reconocer su grandeza como cineasta; como actor no varía mucho, prácticamente nada, pues entre un pistolero del viejo oeste y un policía rudo, la gama intermedia es más de lo mismo, salvo acaso por el locutor acosado en la primera película que dirigió, o el embustero que encarna en El engaño, dirigido por Don Siegel, lo más próximo al villano, y uno que otro papel en sus propios dramas románticos (Los puentes de Madison y Million dollar baby, romántica en un sentido muy otro). Por lo demás, el señor cine y hombre orquesta es bastante completo: director, guionista, productor y compositor de la denominada banda sonora.

Desde su alianza con Steven Spielberg, Eastwood se hizo insoportablemente lacrimoso y falsamente humanista; a Spielberg le sirvió lo sensiblero para ganar el Óscar en siete categorías y otros premios con La lista de Schindler, pero a Eastwood no, y de ahí que reviviera el policía rudo, ahora octogenario.

Sean Connery, en cambio, pasó de ser modelo a un actor de inigualable carrera (productor de bodrios infames) que tampoco se quedó en el papel de James Bond; al contrario, lo superó con una evolución por la que llegué a considerarlo el hombre más carismático del mundo.

Anthony Hopkins es todavía más versátil y también mejora con los años, a pesar de su aire aristocrático.

¿Y qué decir de Al Pacino y Robert de Niro? ¿Es necesario decir algo?

La más emblemática y trascendente actuación de Marlon Brando es El Padrino, de Francis Ford Coppola, pero la mejor película del mismo director es Apocalipsis ahora, en donde también interviene quien ha sido calificado como «el mejor actor del mundo»; no coincido con esa calificación y, en algún momento, creí que era más bien Charlton Heston el mejor actor, independientemente de lo nefasto que fue en la vida real. Ben Hur, de William Wyler, y El planeta de los simios, de Franklin J. Schaffner, son películas muy importantes para mí, en lo personal. El planeta de los simios y Operación Dragón, de Robert Clouse, están entre las que he visto más veces, tantas como Julia, de Fred Zinnemann, aproximadamente.

Así como The Beatles son indispensables para quienes estudian inglés, Bruce Lee es imprescindible para quienes aprenden artes marciales, sobre todo autodidactas, así sea karate (hay que ser ignorante y tonto para llamar karate al kung fu); también la carrera actoral del atleta empezó en la infancia… Al respecto abunda material de lectura y para escritura, pero hay que ver todas sus películas, incluyendo las peores.

Charles Bronson es otro que tampoco varió gran cosa en cuanto al papel de tipo rudo, pero es muy convincente, carismático a su modo, y el estilo parece ser el mismo de Tommy Lee Jones, cuya salvedad es una amplia gama de personajes, incluido el empresario homosexual de JFK… Tommy Lee Jones, además, dirigió Los tres entierros de Melquíades Estrada, una película exitosa en cuanto a premios, pero mala para mi gusto.

Como he dicho antes, Morgan Freeman es un actor estupendo, pero subvaluado por el simple hecho de ser negro.

Si Polanski, por su parte, no ha sido valorado como actor se debe a su importancia como director, más que al desequilibrio entre calidad y cantidad, a diferencia de Allen, que pretende ser émulo de Chaplin, actor de un solo personaje.

Lo mejor de Peter Sellers es El jardinero, dirigido por Hal Ashby…

De Richard Burton, más que su carrera en general, me impacta especialmente su papel en El toque de Medusa, de Jack Gold.

Gary Oldman es Drácula para el público de masas, pero yo lo reivindico por La sangre de Romeo, de Peter Medak… Christian Bale es Batman para el mismo público, pero lo importante, para mí, es El maquinista, de Brad Anderson… Viggo Mortensen es Aragorn (El señor de los anillos) para la masa, pero yo empecé a conocer una personalidad interesante a partir de su actuación dirigida por David Cronemberg, primero en Una historia de violencia y luego en Promesas del Este

Los actores ganan mucho dinero y mucha fama con las producciones magma, pero el prestigio se logra con cine de bajo presupuesto; más adelante hay que hablar de eso, y hacer una galería de actores que han trascendido con una sola cinta: los tres Nosferatu, por ejemplo; Spider, del mismo Cronemberg; los casos fascinantes de niñ@s…

Esta revisión es preliminar y, en la primera oportunidad, cubriré mis faltas, pues quizá cometo algunas omisiones imperdonables.

Por lo pronto, de Paul Newman y Robert Retford diré que no tolero las actitudes de hombres guapos (de hombres bonitos, menos), pero cuando actúan y proyectan un talento independiente del aspecto físico, se trata entonces de un doble privilegio.

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El asesino por dentro

Mientras México arde en llamas por una violencia desquiciada, y mi depresión invernal repunta en la misma medida que la contaminación, me permito escribir sobre la cuarta película que he visto en todo el año: El asesino dentro de mí, de Michael Winterbottom, director inglés de una friolera: 17 largometrajes, algunos de los cuales son documentales antiimperialistas o dramas que recurren a las técnicas del documental (Bienvenido a Sarajevo, 1997; Camino a Guantánamo, 2006; La doctrina del shock, 2009), y ahora incursiona en el clásico cine negro con matices híbridos de sicodrama, un giro por demás sorprendente. Advertencia: este comentario describe secuencias, partes de la trama y el final, por lo que solo es recomendable para quienes hayan visto la cinta o decidido no verla, pues además el autor no sabe de cine y escribe mal.

Basada en la novela homónima de Jim Thompson The killer inside me, la historia tiene lugar en un poblado tejano a principios de los años cincuenta, cuando es escrita, y alterna capítulos narrados por el protagonista principal, ayudante del comisario, un joven aparentemente normal, dentro del cual se esconde un sicópata, dualidad con algo del doctor Jekyll y el señor Hyde. Entre el género policiaco y el drama sicológico, la narración expone con objetivo cinismo la mente criminal de Lou Ford, encarnado por Casey Affleck (Gone Baby Gone, de su hermano Ben Affleck, 2007; El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, de Andrew Dominik, mismo año); su actuación de la compleja personalidad en conjunto (cara bonita, voz débil, perspicacia de asesino tan fríamente calculador como sorpresivamente violento) es quizá lo mejor de la película, salvo por una secuencia que ha causado polémica desde el estreno oficial y la presentación en el Festival de Berlín, donde fue seleccionada y nominada al Oso de Oro: la golpiza que el “boy scout con placa de policía” le propina sádicamente a Jessica Alba en el papel de la prostituta masoquista Joyce Lakeland resulta repulsiva, pero los motivos de la repulsión varían tanto de un público a otro como de un momento a otro; al principio, la catarsis no es del todo convincente porque son demasiados golpes, como si la fuerza física del personaje fuera muy escasa o su descarga pretendiera ser deleite de una misoginia brutal, un machismo rabioso. “Te amo… discúlpame”, dice él entre golpe y golpe. “Te amo”, responde ella con el rostro cada vez más desfigurado, al parecer insensible al dolor y agradecida; entonces es ella la que no convence. Cabe recordar que Jessica Alba no había hecho nada serio y todos la teníamos por una mujer tan apetecible que prescindía del esfuerzo histriónico en sus habituales roles de símbolo sexual, como es tradición de Hollywood: la belleza femenina suele ser inversamente proporcional a la calidad interpretativa. Por lo demás, es inevitable asociar esta morbosidad con la de Irreversible, de Gaspar Noé, donde la violencia misógina resulta más convincente y contundente. Pero la narración en primera persona, como dije, alterna con imágenes de recuerdos infantiles o recientes que explican la adicción de Lou Ford a las relaciones destructivas y la coincidencia de su reprimido sadismo con el masoquismo complementario de Joyce Lakeland; su locura deja de reprimir también los impulsos asesinos y un error encadena varios asesinatos en serie y más errores; para librarse de un indigente que intenta extorsionarlo, Ford sacrifica sin justificación coherente a su novia, Amy Stanton, interpretada por Kate Hudson (Casi famosos, de Cameron Crowe, 2000) en un duelo de sensualidad con Jessica Alba, y el indigente muere acribillado por otro policía. Un adolescente detenido como principal sospechoso de los asesinatos intenta lo mismo y termina igual, pero aquí el estilo narrativo cambia radicalmente; a diferencia de las golpizas que matan a las mujeres, con saña y descripción gráfica, equivalente a la pornografía y característica del cine gore, el adolescente muere por obvia conclusión luego de la amenaza, recurso propio del horror a la oscuridad que oculta la muerte (origen literario: Drácula; paradigma involuntario del cine: Tiburón); la discrepancia, en este caso, es atribuible al machismo y la misoginia que alegan los detractores de la cinta, y se presta a lecciones moralistas por la tentativa de extorsión.

Lo más interesante de la trama es el vuelco final que hace del asesino pretendidamente astuto el único engañado por sus propias mentiras y las de otros no menos perversos que sacan ventaja y provecho de la demencia. El clásico final de apoteosis incendiaria resuelve los enredos de telaraña con audacia suicida; su brevedad es previsible, pero no la moraleja: sin salvedad, todos mienten, aquí nadie es mejor porque todos son malos, algunos son peores y todos mueren; las únicas víctimas inocentes son las mujeres (algo de eso estamos viendo en la vida real). ¿Dónde queda el machismo y dónde la misoginia?

Otro mérito indiscutible es la ambientación de la época… La música abre con un lugar común en el preámbulo (Fever, de Cooley y Davenport) y nos acompaña con acierto de Melissa Parmenter en el resto del metraje.

Ejemplos de engaños y efectos de bumerang abundan en el cine, pero me viene a la memoria, por lo pronto, un título ad hoc, literalísimo: El engaño, de Don Siegel, con Clint Eastwood en sus años treinta, encarnando al soldado que despierta con una pierna menos y luego es envenenado por las mujeres que somete; de seductor embustero a secuestrado, mutilado y muerto. No recuerdo el título de una cinta ordinaria (la memoria es selectiva) sobre una masacre con distintas versiones del mismo personaje mitómano, que logra engañar a la policía en sus indagatorias, pero acaba enloquecido por la culpa; la película es mediocre, pero la idea es genial…

El Asesino del Zodiaco y la homosexualidad

He visto Zodiaco (2007), de David Fincher. Algo me recordó a Capote (2005), de Bennett Miller. En Capote, un asesino condenado a muerte comenta que ha donado sus órganos. “Un día de estos -le dice a Truman Capote- alguien te verá con estos ojos en la calle”. Quizá no sea textual, pero la idea me impresionó tanto que salí del cine pensando en ella y, dos años después, era lo único que recordaba de la película. Lo demás lo había olvidado, aparentemente, hasta hace unas horas, que sus similitudes con Zodiaco (cinta que además coincide con la reapertura en la vida real del caso al que se refiere) me lo recordaron. Capote fue un periodista y escritor homosexual, alcohólico y drogadicto, por ejemplo, como uno de los reporteros que cubren el caso del Asesino del Zodiaco a fines de los sesenta y principios de la década siguiente. El caricaturista que, años después, escribe el primer libro al respecto (en el que se basa la película, por cierto), según la personalidad que le confiere el actor principal (el mismo de Secreto en la montaña, de Ang Lee, sobre un romance entre dos vaqueros), también es homosexual. El detective que investiga el caso hasta fracasar definitivamente, por lo menos habla como homosexual. El asesino serial que los obsesiona es un “homosexual latente”, al decir del reportero alcohólico y drogadicto, así como “un pervertido”, según el eufemismo que usa la policía para referirse a su pedofilia.

Esta película me recordó también a El buen pastor (2006), solo por el hecho de que su director, Robert de Niro, “denuncia” los antecedentes homosexuales de la CIA y parece que saliera del closet él mismo. Por su intrigante rebuscamiento, la asocié además con El Código Da Vinci (2006), de Ron Howard, que redunda en suficientes conspiraciones como para que el espectador termine cansado y aburrido, agobiado por el tedio al cabo de casi tres horas sentado. Las tres películas tienen esa característica en común, aunque en El Código… no campea tanto la homosexualidad como en las otras dos, y acaso la única diferencia entre ellas y Capote, en cuanto a las inclinaciones sexuales de los personajes, sea el abierto reconocimiento en este caso y la tímida insinuación en los otros dos (Zodiaco y El buen pastor). Suele ocurrir que actuaciones tan grisáceas como las de estas dos películas acaban representando, quizá involuntariamente, a personajes homosexuales o por lo menos ambiguos (a veces parecen más bien retrasados mentales). Lo curioso, en estos casos, es que todos los personajes con esa tendencia tienen una vida conyugal en apariencia “normal”. ¿Por qué? ¿Por hipocresía deliberadamente actuada o debilidad actoral? Lo cierto es que Zodiaco, en particular, transmite la sensación de que los actores están tensos al principio y no pueden desenvolverse con soltura, lo que no sucede hacia el final, cuando los personajes se comportan con más naturalidad…

Pero la película me recordó a Capote, principalmente, más que a El buen pastor, el segundo trabajo de Robert de Niro como director. Capote, el primer largometraje del hasta entonces documentalista Bennett Miller, está basado en el libro Capote, una biografía, de Gerald Clarke, y trata sobre un capítulo de la vida del periodista y escritor gringo, a saber, la historia de su novela A sangre fría, que narra a su vez el asesinato de una familia en Kansas, según el testimonio de los propios asesinos. A sangre fría, precedente del llamado nuevo periodismo en Estados Unidos (que considera como “periodismo narrativo” al subgénero bautizado por su autor como “novela de no ficción”), había inspirado una película con el mismo título en 1967, dirigida y producida por Richard Brooks.

Zodiaco, por su parte, dirigida por un realizador de video clips y cintas como Alien 3 (1992), Se7en (1995) y El club de la pelea (1999), está basada en los libros de Robert Graysmith, Zodiac y Zodiac Unmasked, así como en una investigación propia de los realizadores (el director, el guionista y el productor) que duró un año y medio; pequeña diferencia con Capote, que fue filmada en 36 días, aunque la novela fue publicada en 1966, tras cinco años de investigación.

Como el referido asesinato de una familia en Kansas, aunque la ineptitud de la policía de San Francisco es de antología, el oscuro caso del Asesino del Zodiaco había inspirado una película en 1972: Dirty Harry o Harry el sucio, de Don Siegel, cuyo personaje no es homosexual, por cierto. ¿Cómo olvidar a Clint Eastwood en su emblemático papel de Macho Callahan setentero? Nada que ver con Zodiaco, ni con el boy scout, primero convertido en cartonista y después en escritor de best sellers, ahora interpretado por el actor de personalidad débil Jake Gyllenhaal (no es gratuito que a su personaje lo apodaran “El Tarado” en la vida real). El Asesino del Zodiaco debió de reírse mucho con Harry el sucio. Me pregunto si habrá visto Zodiaco.