La negra noche de Hollywood

Datos para un recuento histórico de la discriminación racial

Además de ser la meca del cine, si algo ha caracterizado a Hollywood es un racismo rabioso del que intenta “sacarse la espinita” con reconocimientos tardíos a unos cuantos cineastas negros.

n02Desde que Hattie McDaniel fue premiada en 1940 con el Óscar a la mejor actriz de reparto por su personaje Mammy en Lo que el viento se llevó, de Victor Fleming, sólo trece actores y actrices “de color” han recibido el “máximo galardón” cinematográfico, cinco de ell@s por papeles protagónicos y nueve por papeles secundarios (Denzel Washington lo ha ganado en ambos casos). En 1964, Sidney Poitier fue el primero que recibió un Óscar como actor principal en Los lirios del valle, de Ralph Nelson, después de ser nominado en 1959 al mismo premio por su trabajo en Fugitivos, de Stanley Kramer, y en 2002 fue galardonado con el Óscar Honorífico por su carrera en el cine (desde 1950 ha sido actor, director y escritor).

Hattie McDaniel actuó en alrededor de 300 películas, siempre con el papel secundario de sirvienta; desde su premiación en 1940, que representa un hito en la historia del cine, pasaron catorce años antes de que fuera nominada por primera vez una mujer “afroamericana” como actriz principal: Dorothy Dandridge en 1954 por su indomable y sensual presencia en Carmen Jones, de Otto Preminger; sin embargo, a diferencia de McDaniel, Dandridge no recibiría la codiciada estatuilla, que sería entregada finalmente a Grace Kelly por The Country Girl (La angustia de vivir), de George Seaton.

El musical de Broadway Carmen Jones adaptaba en 1943 la ópera Carmen, de Georges Bizet, a la época entonces actual de la Segunda Guerra Mundial en los Estados Unidos, con nombres distintos. La película de Preminger es una adaptación del musical al cine, con un reparto completamente negro, algo inusual en su momento, pues también los gringos tenían un apartheid (sistema de segregación racial) y había un tipo de cine para cada color de piel.

Cuando Rouben Mamoulian trabajaba en la superproducción de Cleopatra, tenía en mente a Dorothy Dandridge para el papel de la última reina del Antiguo Egipto, probablemente negra, pero fue reemplazado por Joseph L. Mankiewicz en la dirección del proyecto, por lo que también fueron sustituidos los actores principales, entre otros, por Elizabeth Taylor y Richard Burton, oneroso revés que afectó personal y profesionalmente a la cantante y actriz.

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Desde la nominación de Dandridge en 1954, tuvo que pasar casi medio siglo para que una mujer “de color” fuera finalmente premiada en 2002 con el Óscar a la mejor actriz principal: Halle Berry, por Monster’s Ball, de Marc Forster. La noche de aquel año fue laureado también Denzel Washington con el Óscar al mejor actor protagónico por Día de entrenamiento, de Antoine Fuqua (director negro, por cierto), y Sidney Poitier recibió el Óscar Honorífico. Washington, quien dedicó su galardón a Poitier mismo, había ganado el Óscar para mejor actor de reparto en 1989 por Tiempos de gloria, de Edward Zwick, después de ser nominado en 1987 al mismo premio por Grito de libertad, de Richard Attenborough, y había sido candidato a la estatuilla dorada para mejor actor principal en dos ocasiones por su interpretación de personajes épicos en Malcolm X (1992), de Spike Lee (cineasta negro, por cierto, bastante completo), y Huracán Carter (1999), de Norman Jewison. Malcolm X, ambicioso biopic que dura 200 minutos, es un subversivo y contradictorio alegato contra el racismo gringo. Ahora Washington recibía el “máximo galardón” por encarnar a un policía corrupto y brutal, mientras que Berry era premiada por interpretar a una mujer marginal que pierde primero a su esposo, ejecutado en la silla eléctrica, después a su hijo, atropellado en la calle, y finalmente su casa. En Monster’s Ball, que también alude al odio racial como lacra sistémica y herencia cultural en los Estados Unidos, ella protagoniza una de las escenas eróticas más intensas y convincentes del cine de ficción.

En 1999 Halle Berry encarnó a Dorothy Dandridge bajo la dirección de Martha Coolidge en una cinta para el canal de televisión HBO, interpretación que le valió un Emmy y un Globo de Oro. Introducing Dorothy Dandridge (Face of an Angel) fue titulada en español Dorothy Dandridge: La estrella que se enfrentó a Hollywood. En la copia que poseo, la estupidez inventó el título de Dorothy Dandridge: casi una estrella. Podría decirse que la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood, sin confesarlo, decidió premiar a Berry en 2002 por su trabajo en ambas películas para compensar que hasta entonces nunca fuera galardonada una mujer negra con el Óscar a la mejor actriz principal, empezando por Dandridge, símbolo de esta injusticia, pues el racismo de Hollywood la destruyó, no obstante su innegable talento, tanto que ella, después de varias crisis depresivas, terminó suicidándose antes de cumplir 43 años de edad. La cinta protagonizada por Berry da cuenta de ello, aunque inexplicablemente omite el episodio sobre la producción de Cleopatra y su exclusión. Introducing Dorothy Dandridge no es una gran película, pero hace justicia a la memoria de esta mujer sensible y desafiante que luchó contra las adversidades de su época, pues la ignorancia racista, machista y misógina tiende a reducir su carrera mezquinamente al papel por el que fue nominada como si fuera lo único destacable. Monster’s Ball también es menor, pero el Óscar en este caso es un símbolo de consigna, pues la actuación de Berry, si bien aceptable y hasta plausible, no es mejor que la de Naomi Watts en 21 gramos (2003), de Alejandro González Iñárritu, un ejemplo de tentativa no consumada quizá por tratarse de una película más mexicana que gringa…

Los otros “afroamericanos” que han ganado el Óscar son: Louis Gossett Jr. en 1983 como actor de reparto en An Officer and a Gentleman (Oficial y caballero, en España; Reto al destino, en Hispanoamérica), de Taylor Hackford; Whoopi Goldberg en 1991 como actriz de reparto en Ghost, de Jerry Zucker; Cuba Gooding, Jr. en 1997 como actor de reparto en Jerry Maguire, de Cameron Crowe; Morgan Freeman en 2005 como actor de reparto en Million Dollar Baby, de Clint Eastwood; Jamie Foxx en 2005 como actor principal en Ray, de Taylor Hackford; Forest Whitaker en 2007 como actor principal en El último rey de Escocia, de Kevin Macdonald; Jennifer Hudson en 2007 como actriz de reparto en Dreamgirls (Soñadoras), de Bill Condon; Mo’nique en 2009 como actriz de reparto en Preciosa, de Lee Daniels (director, productor y actor negro, por cierto), y Octavia Spencer en 2012 como actriz de reparto en The Help, de Tate Taylor.

El Óscar Honorífico a Sidney Poitier cubre omisiones tan importantes como Al maestro con cariño, de James Clavell, o Adivina quién viene a cenar, de Stanley Kramer, ambas de 1967, pero Morgan Freeman sigue sin reconocimiento como actor principal, a pesar de películas como Paseando a Miss Daisy (1989), de Bruce Beresford, Cadena perpetua (1994), de Frank Darabont, o Invictus (2009), de Clint Eastwood, por las que fue nominado. En esta última interpreta nada menos que a Nelson Mandela (quien aparece, por cierto, al final de Malcolm X, hablando del aguerrido líder musulmán en un aula infantil). A los 76 años de edad, Freeman es uno de los más carismáticos y mejores actores de “todos los tiempos”, así que su falta de reconocimiento, presumiblemente por ser negro, constituye una de las mayores injusticias de Hollywood y su dizque Academia.

Boyz n the Hood (Los chicos del barrio en España y Los dueños de la calle en Hispanoamérica), escrita y dirigida en 1991 por John Singleton, fue nominada al Óscar en las categorías de mejor director y mejor guión original, con lo que su realizador se convirtió en el primer cineasta negro que es nominado al Óscar y el más joven a los 23 años de edad.

n07Ningún director negro ha recibido un Óscar, pero la demagógica reivindicación de la negritud ha servido para que directores blancos (Steven Spielberg, más que nadie), como el propio Preminger, lucren con ella y se coticen. Trabajos como Shame (2011), coescrito y dirigido por el inglés negro Steve McQueen, son considerados para múltiples premios y reconocimientos internacionales, pero ignorados por Hollywood y su dizque Academia. En cambio, Amistad (1997) y Lincoln (2012), ambas de Spielberg, fueron nominadas a cuatro y doce premios Óscar, lo que infló sobre todo a la segunda, finalmente premiada en sólo dos rubros: actor principal y dirección artística. Las dos producciones multimillonarias tratan sobre la esclavitud en los Estados Unidos y no son más que bodrios soporíferos, insoportablemente solemnes y patrioteros. El color púrpura (1985), en cambio, con un reparto completamente “afroamericano”, es lo más rescatable del cinemagnate judío, pero también es la película que más nominaciones al Óscar ha obtenido sin ganar en ninguna de sus once categorías. Out of Africa (Memorias de África en España y África mía en Hispanoamérica), de Sydney Pollack, se alzó aquel año por encima de El color púrpura con siete premios Óscar, incluyendo los de mejor película, mejor dirección y mejor guión adaptado. Entre las nominadas para mejor actriz estaba Whoopi Goldberg por el primer intento spielbergiano de conquistar al público adulto, pero ganó Geraldine Page por Regreso a Bountiful, de Peter Masterson. Para mejor actriz de reparto, estaban nominadas Margaret Avery y Oprah Winfrey, ambas por El color púrpura, pero ganó Anjelica Huston por El honor de los Prizzi, de su padre John Huston.

El año pasado coincidieron en esta competencia dos películas que tratan el tema de la esclavitud en los Estados Unidos: Lincoln y Django sin cadenas, de Quentin Tarantino, galardonada esta última por su guión original y su actor de reparto, después de ser candidata en cinco rubros.

También coincidió que las mejores actrices del año fueron negras: En primer lugar, la congoleña Rachel Mwanza, quien tenía catorce años de edad cuando estelarizó la cinta canadiense Rebelle (War Witch), cuyo título en español es La bruja de la guerra, escrita y dirigida por Kim Nguyen. En seguida, Quvenzhané Wallis, con seis años de edad al protagonizar Bestias del sur salvaje, coescrita y dirigida por Benh Zeitlin. Mwanza, sin embargo, ni siquiera fue nominada, y Wallis tampoco sería premiada, pues la dizque Academia de Hollywood prefirió a Jennifer Lawrence, la menos plausible de las cinco nominadas. Hasta Jessica Chastain era mejor opción, por no hablar de Emmanuelle Riva o Naomi Watts. La elección de Lawrence es inexplicable, pero la omisión de las actrices negras tiene una probable causa en el racismo que subyace y permea también la discriminación del cine independiente por la gran industria, sobre todo si proviene de otros países, a menos que se trate de Michael Haneke, por la moda intelectual.

n09Este año, una película gringa que parece deportiva es más bien un alegato contra el racismo en los Estados Unidos: 42, el triunfo de un sueño, escrita y dirigida por Brian Helgeland, tiene muchas posibilidades de ser galardonada con la estatuilla dorada que, desde hace once años, sirve para lavar los trapos sucios de Hollywood en cuanto a su negra historia de discriminación. La cinta —cuyo título original es simplemente 42— narra la histórica pelea del jugador de béisbol Jackie Robinson (Chadwick Boseman) y el director ejecutivo de los Dodgers de Brooklyn, Branch Rickey (Harrison Ford), contra la segregación racial. En los créditos aparece Ford como el actor principal, pero es más bien Boseman, actor negro de televisión, más que de cine, quien se lleva las palmas en esta ocasión. ¡Qué lento avanza la humanidad! —es una conclusión inevitable al ver esta cinta, demasiado gringa, para mi gusto, llena de clichés sentimentales y momentos de una grandilocuencia difícilmente soportable, que además coincide con la sensiblería. Su ambientación de la época es espléndida.

En Malcolm X, los presidiarios negros festejan el contrato de Jackie Robinson por los Dodgers de Brooklyn, y uno de ellos comenta: “Los blancos nos arrojan un hueso y olvidamos 400 años de opresión”.

Quizás el acontecimiento más trascendente de este año en cuanto al tema que nos ocupa es el estreno de la película inglesa 12 años de esclavitud, que dirige Steve McQueen, con Brad Pitt a la cabeza de la producción y en un papel secundario. El guión escrito al alimón por el propio McQueen y John Ridley adapta un relato autobiográfico en sentido contrario a Django sin cadenas, pues el protagonista es un negro, libre y culto, virtuoso del violín, antes de la Guerra Civil en los Estados Unidos, Solomon Northup (Chiwetel Ejiofor), que será secuestrado y vendido como esclavo, entre otros, a un sádico terrateniente interpretado por Michael Fassbender. Por ahí aparece la maravillosa Quvenzhane Wallis en un reparto de lo más interesante…

Hasta aquí hemos hablado nada más de la discriminación a los negros en Hollywood, pero también otras razas son marginadas. ¿Cuántos actores indios, por ejemplo, han recibido un Óscar? ¿Cuántos directores indios? Sólo una mujer lo ha recibido como directora (con una película eminentemente masculina). En fin. Recordemos, para terminar, que una india recibió en representación de Marlon Brando su estatuilla por El Padrino en 1973, y aprovechó para protestar por la situación de los aborígenes en «el país de las oportunidades».

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Un año de cine

turínEl año pasado fui cuatro veces al cine, contando aparte una presentación especial del documental Trazando Aleida, de Christiane Burkhard, en la Cineteca Nacional. Una vez publicado el pronunciamiento para que se vayan de allí tod@s, coincidí en el recinto con una encuesta realizada entre público acrítico, poco exigente y nada perceptivo, al que nada le parece mal, todo bien. Mi decisión de no volver se tradujo en una distancia temporal con el cine, y las cuatro películas del año fueron de malo a peor y de peor a pésimo en las salas comerciales: Ágora, de Alejandro Amenábar (bodrio exasperante que publicita en el cartel su elevado costo material como noción de relevancia, inexplicablemente laureada), El retrato de Dorian Gray, de Oliver Parker (espantajo efectista y burdo que parece confundir libertad con libertinaje y homosexualidad con “corrupción del alma”), La milagrosa, de Rafa Lara (basura que ni siquiera merecía ser mencionada), y El asesino dentro de mí, de Michael Winterbottom, que ameritó una reseña reivindicatoria.

Ese año tuve también cuatro sesiones con un sicólogo en la Clínica del Sueño y, entre otras cosas, me recomendó salir una o dos veces por semana para hacer algo más que mis habituales compras; el año siguiente comenzaría como si quisiera compensar la falta de cine durante el anterior. Sin reconciliación alguna, regresé a la Cineteca Nacional, en donde todo sigue igual o peor (salvo por un fraude que denunciaré más adelante) a ver una o dos películas consecutivas, una o dos veces por semana. El principio de aquel intenso regreso fue también anecdótico: luego de ver El listón blanco, de Michael Haneke, salí aturdido por los altos decibeles, cojeando como un anciano por la falta de circulación sanguínea, y con ese pretexto, aligeré la pesada carga de cine “culto” en blanco y negro, durante dos horas y media de inocencia infantil y su trágica pérdida, con otras dos horas y media de inocencia infantil en extremo distinto y distante: la frescura de Giuseppe Tornatore y la grandilocuencia de Ennio Morricone, dupla inmortal que alcanzó la madurez con un sentido del humor más ágil y menos ñoño, pero sin dejar de hacer parodia del temperamento italiano en aras del público gringo, con la sorprendente diferencia de que Baaria – La porta del vengo (cuyo estreno comercial tenía tres años tres) parece un homenaje a la militancia comunista de cepa en el país de la Cosa Nostra y el Spaghetti Western. Cuando pasé junto a la taquilla, Hilda Saray compraba su boleto para la siguiente función de la película que yo acababa de ver…

Poco después, Jaime Avilés pateaba mi asiento y yo me contenía, mientras los talentos de Anthony Hopkins y Naomi Watts compensaban la decadencia de Woody Allen en Conocerás al hombre de tus sueños, que toleré dos veces, como París a medianoche. Por recomendación del que pateaba mi asiento, me chuté Siete instantes, documental de Diana Cardozo acerca de la participación femenina en la guerrilla uruguaya de los años setenta, y entonces toleré que la usufructuante del fracaso de Cafetlán contaminara la sala con olor pútrido a cigarro.

Allí mismo, con un pedazo de la imagen proyectada en el techo por un pedazo de pendejo, La mitad del mundo, de Jaime Ruiz Ibáñez, resultó un esfuerzo comparable con El mural de Siqueiros, de Héctor Olivera, en cuanto a méritos del cine mexicano. La primera es más impactante, a pesar de las fallas y debilidades actorales, y la segunda podría llamarse más bien La prostitución de Siqueiros… Pero lo más relevante a nivel nacional fue Presunto culpable, de Abogados con Cámara, por el favor que le hicieron los poderes, primero el judicial y después el ejecutivo en alianza con Cinemex; antes de la censura y la publicación íntegra del documental en internet, pude verlo tres veces en salas de exhibición y llegar a un punto inconfesable de obsesividad; la Cineteca Nacional, por cierto, hizo un olímpico sabotaje, como es de imaginar. Y el año concluyó con Alucardos: Retrato de un vampiro, de Ulises Guzmán, documental acerca de Juan López Moctezuma, director de Alucarda, y dos fans de la película, custodios de su herencia…

Lo más relevante a nivel mundial había sido Anticristo, de Lars von Trier, película de pornografía gore que alterna con poesía en imágenes y misoginia en el mensaje; bastante polémica la intención y demasiado evidente que alguien joven dobla el cuerpo de Willem Dafoe en las escenas eróticas; me propuse escribir al respecto para exorcizar otra obsesión: como advertí al apersonarme en un acto de solidaridad con la familia Reyes Salazar, de Ciudad Juárez, comenzaba la militarización de Ciudad Monstruo; sobre la película escribí un carajo porque ni un minuto dejé de pensar en la amenaza que ciérnese todavía sobre la mayor concentración humana del planeta, así que me aboqué a llevar hasta sus últimas consecuencias mi alerta roja y descubrir el hilo negro: que México es un país de traidores. ¡Que se lo lleve la chingada entonces! -me dije al cabo de cinco meses que me envejecieron cinco años, y regresé al cine, además de comprar a precios de fábula: El séptimo sello, de Ingmar Bergman; El último de la lista, de John Huston; Chicago, de Rob Marshall; Ciudad de Dios, de Fernando Meirelles; Los niños del fin del mundo, de Marzieh Meshkini… y conocer la historia de Dorothy Dandridge y el rabioso racismo de Joligud, antes más nefasto de lo que yo imaginaba.

Si El último de la lista (The List of Adrian Messenger), con su “reparto súper estelar”, es un thriller insoportable por aristocrático, El discurso del rey, de Tom Hooper, nominada, premiada y todo eso, no es más que un melodrama cursi, aristocrático y rancio; los ingleses resultan especialmente insoportables cuando, además de ser insoportables de por sí, el ánimo personal está permeado por la sangre de un país.

Chicago, en cambio, amerita su propio texto en su propio contexto; Ciudad de Dios, lo mismo.

Tan “culto” como El listón blanco, también en blanco y negro, El caballo de Turín, de Béla Tarr, es una metáfora en 24 tomas, como las horas del día durante una semana inconclusa.

Interesantes desde otros ángulos: Zona Sur, de Juan Carlos Valdivia (ejemplo doméstico del cambio de élites en el poder boliviano); La pivellina, de Rainer Frimmels y Tizza Covi (de nuevo el binomio de inocencia y autenticidad infantil, que no es actuada en este caso); Jean Gentil, de Israel Cárdenas y Laura A. Guzmán (con su anécdota respectiva, que narraré después en el blog literario); La vida según Attenberg, de Athina Rachel Tsangari…

Lo mejor del año, sin duda, fue La mujer que cantaba, de Denis Villeneuve, y La mirada invisible, de Diego Lerman, que logré reseñar, una vez superada mi obsesión.

Lo más importante, en términos comerciales: El planeta de los simios

Lo peor de lo peor, que no alcanza ni siquiera la categoría de cine pésimo: Eclipse. ¡Puaf!

En fin. Al final, finalmente, no me fue tan mal.

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El honor académico del Óscar

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De la reciente entrega de los premios Óscar, llaman mi atención varios hechos. Para empezar, que en la categoría de guión original, estando nominados Guillermo del Toro por El laberinto del fauno y Guillermo Arriaga por Babel, el galardón lo haya ganado Michael Arndt por Pequeña Miss Sunshine. Eso es sencillamente grotesco. Miss Sunshine es una película simpática y divertida, pero de ahí a competir con las mencionadas… ¡por favor! Llama mi atención también que, en la categoría de banda sonora, el Óscar haya sido para Gustavo Santaolalla por Babel (el año pasado, lo obtuvo por la música de Secreto en la montaña). Si algo me disgusta de la última cinta de Alejandro González Iñárritu es el minimalismo del final, pero «la Academia» prefirió premiar eso a reconocer en su momento el trabajo de Ennio Morricone, por ejemplo, en La misión (1986), Los intocables (1987) o Cinema Paradiso (1989), y sacarse la espinita con un Óscar “honorífico”, más por las cinco veces que el músico italiano ha sido nominado, que por su inigualable carrera. Tuvieron que pasar veinte años para que Morricone fuera nominado por La misión desde que compuso la banda sonora de El bueno, el malo y el feo (1966), de Sergio Leone, que es un hito en la música de cine, y no ganara. El año pasado ocurrió lo mismo con el director, productor y guionista Robert Altman (Nashville, 1975), que recibió un Óscar “honorífico” después de ser postulado siete veces desde 1970 sin que ganara. Pero el reconocimiento a toda su carrera fue muy oportuno, pues en noviembre del mismo año, a los 81 de edad, se murió el señor.

Un criterio similar parece privar en la premiación de Los infiltrados, de Martin Scorsese, por mejor película y mejor director, como para conjurar la “maldición” que persiguió al director neoyorquino durante treinta años con cinco nominaciones fallidas, igual que a Morricone. Los infiltrados es una buena película, sin duda, pero no es mejor que Taxi driver (1976) ni que Toro salvaje (1979). En esta ocasión, perdieron González Iñárritu con Babel, Stephen Frears con La reina, Paul Greengrass con United 93 y Clint Eastwood con Cartas de Iwo Jima, para que «la Academia» compensara su ceguera.

No es la primera vez que esto sucede y quizá la peor vergüenza en este sentido sea la pretendida tapadera del racismo de Hollywood con la premiación de tres actores negros en 2002. Desde la nominación de Dorothy Dandridge en 1954 por su papel en Carmen Jones, de Otto Preminger, ningún cineasta “de color” había sido reconocido con un Óscar, así fuera Sidney Poitier por su trabajo en Los lirios del valle (1963), Rebelión en las aulas (1967) o Adivina quién viene a cenar (1967), o Morgan Freeman por su desempeño en El reportero de la calle 42 (1987), Paseando a Miss Daisy (1989) o Cadena perpetua (1994), o Danny Glover por su actuación en El color púrpura (1985), o muchos otros. Hasta 2002 fue reconocida la trayectoria de Sidney Poitier con un Óscar “honorífico”, y en 2004 fue distinguido Morgan Freeman por su papel en Million Dollar Baby con la estatuilla dorada.

Por lo menos, El laberinto del fauno, de Guillermo del Toro, ganó en las categorías de dirección artística, maquillaje y fotografía, más que merecidos estos premios en los tres casos, como los hubieran sido en el de película extranjera, banda sonora y guión original, sobre todo este último, para los que estaba nominada. Aunque, a diferencia de Los infiltrados, hay errores notorios en su edición, merecía siquiera estar nominada también por mejor director, pero qué le vamos a hacer, si «la Academia» estaba en deuda con Scorsese. El Óscar por maquillaje a David Martí y Montse Ribé es especialmente festejable porque, aparte de su merecimiento, otra cinta nominada en este rubro era Apocalypto, de Mel Gibson, un bodrio deliberadamente ofensivo para hacer negocio con la controversia, y estúpido por sus errores históricos. Lo bueno de este tipo de cine es que, además de dinero, gana tantas críticas como para terminar quemado. Por vergüenzas no paran los gringos, tratándose de dinero.