¡Te queremos, Leo, te queremos!

dicaprio

El Óscar a Leonardo DiCaprio es tardío y premia la espera, más que su actuación en una película con demasiado Lubezki para tan poquito argumento. La primera gran actuación del entonces joven y prometedor Leo, para mi gusto, es Diario de un rebelde, con un papel medio sórdido al que sólo podemos reprochar su amaneramiento cuando juega baloncesto en cámara lenta y una voz en off dice: “Mis movimientos son felinos”. Lo bueno es que, más adelante, su personaje se prostituye en el baño público de un parque, “lugar de encuentro” para hombres homosexuales.

En ¿A quién ama Gilbert Grape? -bajo la dirección del sueco Lasse Hallström, al lado de Johnny Depp como su hermano mayor- DiCaprio es un muchacho que se comporta como niño porque no crece, tiene retraso mental, y lo hace formidablemente: es convincente y “adorable” o “tierno”, sin caer en el ternurismo; ese papel de reparto es quizás el mejor de su carrera.

Para la masa está Titanic, de James Cameron, pero las películas más trascendentales del actor son las que ha dirigido Martin Scorsese, Pandillas de Nueva York y Los infiltrados, principalmente. En Revolutionary Road, de Sam Mendes (el actual director de James Bond), DiCaprio hace pareja de nuevo con Kate Winslet, ella masculina y él afeminado, con demasiado carisma para un personaje mediocre y marginal, casi un perdedor, en ese retrato de la clase media que sueña con una vida mejor y, al despertar, vive la muerte de sus sueños.

En fin. Todo lo mencionado hasta aquí, junto y por separado, tiene más relevancia y proyección en términos actorales que la oscareada participación; su papel en El renacido requería de una personalidad más áspera, un tipo más rudo, y en su momento, lo hizo mejor Richard Harris, para mi gusto, con otras dos ventajas respecto a la película de González Iñárritu y Lubezki: ser original y narrar la historia de un barco sobre ruedas que atraviesa el desierto con Jonh Huston como su capitán, algo que no vemos en esta ocasión.

El renacido: primeros apuntes

Así como algunas películas de Emilio “El Indio” Fernández son básicamente la fotografía de Gabriel Figueroa (La perla, para mi gusto, es un paradigma en ese sentido), El Renacido, de Alejandro González Iñárritu tiende a ser la obra de Emmanuel Lubezki, alias “El Chivo”. Ambos cineastas, como se ha dicho, prácticamente plagiaron algunas escenas de Andrei Tarkovsky que podemos ver en cinco películas, más allá de la influencia de otros directores, sobre todo rusos, en los encuadres obsesivos de los primeros planos, la distorsión de la imagen en los segundos planos y demás recursos técnicos y narrativos de la dirección de cámaras.

Para quienes hemos visto El hombre de una tierra salvaje, clásico de los setenta dirigido por Richard C. Sarafian, es inevitable comparar la actuación de Leonardo DiCaprio con la de Richard Harris en el mismo papel, y personalmente me convence más la de Harris. Además, la historia original incluye un barco sobre ruedas a través del desierto, algo que omite la película de González Iñárritu y Lubezki. Aun así, El renacido es una experiencia hipnótica y alucinante…


 


 

Las cintas aludidas son: La infancia de Iván, Andréi Rubliov, La zona, Nostalgia y El espejo. Algunas de las escenas comparadas guardan poca similitud; otras son idénticas, hasta el ritmo y la duración, que ya es demasiado. Las comparativas son del diseñador gráfico y cineasta ruso Misha Petrik. La metáfora de las aves que anidan en el pecho de un cadáver y vuelan como símbolo del alma que abandona el cuerpo, es algo que hemos visto en más películas. La escena del meteorito aparece también en Birdman, como sello de la dupla Iñárritu-Lubezki.


 

Óscar 2016: alegrías y decepciones

el-renacido-dicaprio

Mi favorita en la categoría de mejor película era El renacido, pero no puedo protestar porque no he visto Spotlight. La dizque academia de Joligud optó por dividir la premiación, oscareando a González Iñárritu como director de aquélla, lo mismo que a Lubezki por su fotografía, que es majestuosa (independientemente de que haya notoria influencia o, de plano, plagio). Como actor protagónico, me fue inevitable comparar a DiCaprio con Richard Harris y francamente me convence más este último. Quizá yo le habría dado el Óscar al patético sietemesino Redmayne por segunda vez consecutiva y un papel que ni mandado a hacer le quedaría mejor, así no sea precisamente agradable. Alicia Vikander, su compañera en La chica danesa, del director que no amaba los musicales, es excelente, además de personificar al androide femenino de Ex Machina y, dos años antes, a la reina infiel de Dinamarca en el siglo XVIII, otras dos películas recomendables. La oscareada actuación de esta joven sueca supera las anteriores. Rooney Mara en Carol es más que aceptable, pero también la supera Vikander, y Blanchett, como siempre, actúa bastante bien a su lado, pero lo hace mejor en Jazmín Azul.

¿Mark Rylance, mejor actor de reparto por su papel en El puente de los espías? Nomás de ver quién es el director y quién el actor protagónico, vuelvo a sentir el tufo al racismo de Joligud por haber ignorado la notable presencia de Benicio del Toro en Sicario, una película injustamente desdeñada, quizá por consigna, que ningún Óscar obtuvo, no obstante que algunos festivales reconocieron al actor de reparto y la valía del guión original, además de considerar a la segunda obra maestra del canadiense Villeneuve como una de las diez mejores películas del año. Las razones del ninguneo ya las dije.

La canción ganadora del Óscar (Spectre) me resulta insoportable por la hiriente disonancia de su interpretación.

Pero me alegra infinitamente, por último, que haya ganado A girl in the river: The price of forgiveness, de la paquistaní Sharmeen Obaid-Chinoy, en la categoría de mejor corto documental, porque eso favorecerá una legislación internacional que prohiba los asesinatos por honra o por honor, o como quieran ustedes llamar a la barbarie que mata mujeres con absoluta impunidad en Paquistán y otros países cuando ellas tienen la osadía de ser libres o intentarlo.

chica danesa

Antes dije en mis redes que nadie pela:

Entre las aberraciones que hacen volver a desconfiar del Óscar y la dizque academia de Joligud está la omisión de Benicio del Toro como actor de reparto en Sicario, del canadiense Denis Villeneuve, que nomás tiene tres nominaciones a la estatuilla dorada en categorías menores (una de ellas por la música, que se parece demasiado a la de Tiburón). Algo aquí huele a racismo, pues Del Toro entrega una de las mejores actuaciones de su carrera, y la película es la segunda obra maestra del guionista y director de La mujer que cantaba (Incendios), nominada en su momento al Óscar en la categoría de “mejor película extranjera”.

¿Será que Sicario está relegada en la entrega del Óscar 2016 por revelar la estrategia gringa en la guerra contra el narcotráfico que asienta sus reales en México: violar la soberanía mexicana, para empezar, recurrir al secuestro y la tortura, hacer alianzas con los cárteles colombianos…? México tampoco queda muy bien parado, pues la policía local está, como sabemos también nosotros, al servicio del crimen organizado en Ciudad Juárez, Chihuahua, el síndrome de todo un país y su ruta continental.


 


Posdata doblemente ofendida

Mad Max: vulgaridad, pésimo gusto en todo, morbo supino, estupidez y fanatismo, todo en un vil refrito del Syberpunk para el entusiasmo de la masa embrutecida con carreras de coches, explosiones, balazos y peleas en cámara rápida. Oscareado bodrio que le robó el “máximo galardón” a películas de calidad artística (Carol y El renacido, para empezar) en rubros tan importantes como el diseño de producción. Tom Hardy, por lo visto, además de mediocre y antipático, es un vil mercenario.

 

Birdman

000i

Hazaña técnica y narrativa mediante la simbiosis entre guión y dirección de cámaras para que toda la película, salvo el brevísimo preámbulo y el epílogo como respiro necesario, parezca una sola toma que recorre los recovecos y alrededores de un teatro de Broadway. El desplazamiento de la cámara, unas veces en mano, otras montada en rieles, o momentáneamente fija, se hace uno también con la edición digital, para llevar hasta sus últimas consecuencias la audacia de secuencias como la más larga y compleja de La vida en rosa (Francia, 2007), de Olivier Dahan, que recorre los pasillos interiores de una casa y desemboca en un escenario teatral durante seis o siete minutos. En Birdman, esta audacia dura cien minutos, y el virtuosismo en este sentido explora todas las posibilidades escénicas sin perder continuidad en ningún momento: la cámara mira al cielo y vemos anochecer o amanecer con tomas que requieren de muchas horas de rodaje continuo para ser expuestas en resumidas cuentas durante unos segundos; la imaginación del protagonista vuela más allá de los efectos especiales; la pantalla de un iPhone se fusiona con la de un televisor y nos encontramos de pronto en un bar; un laborioso traveling sube desde la calle por el muro externo del teatro y entra por una ventana a través de un balcón de herrería por donde no cabe una cámara. Así todo por el estilo, que a ratos adquiere una densidad ligeramente opresiva para alguien claustrofóbico. El resultado en general es más bien alucinante. Dependerá en buena medida del estado de ánimo experimentar claustrofobia o claustrofilia en el recorrido intimista por interiores con diálogos ídem.

Para lograr lo anterior, la estructura del guión es concebida también en función de la continuidad narrativa. Un diálogo es unido al siguiente con un simple cambio de personaje o la transición de la mirada subjetiva cuando camina de un camerino a otro o alguna otra parte del teatro, salvo las esporádicas escenas en exteriores. Y narra una historia en tiempo real, salvo los mencionados resúmenes de la noche que pasa ante nuestros ojos en segundos.

Birdman (hombre pájaro) es el nombre del superhéroe protagonizado años antes por un actor esquizofrénico y entrado en años (Michael Keaton), que se propone pagar el precio necesario, por alto que sea, para salir del encasillamiento comercial y sortear la decadencia propia de la vejez. Birdman es gloria pretérita y ahora el actor es el protagonista de una obra de teatro dirigida por él mismo, que adapta el libro de fábulas de Raymond Carver De qué hablamos cuando hablamos de amor. Lo hace con un productor cómplice (Zach Galifianakis) y un colega difícil por su narcisismo (Edward Norton), una asistente con vocación de perdedora que es su hija (Emma Stone), una amante bisexual (Andrea Riseborough) que seduce a la actriz principal (Naomi Watts), y una ex esposa (Amy Ryan) que asume el fracaso de su matrimonio con solidaridad. Al margen del proyecto, una crítica entre amarga y amargada (Lindsay Duncan) se ha propuesto destruirlo por prejuicios confundidos con principios éticos. Los críticos profesionales no gozan aquí de simpatía, y los ejemplos de actores exitosos son estrellas mediocres por el estilo de Meg Ryan, Ryan Gosling y George Clooney, entre otros. Abunda ironía y humor sardónico, siempre con sutil elegancia, que alude a la servidumbre de la fama y sus lacras, como la superficialidad mediática y la cirugía plástica. Hay un instante de crítica implacable al cine de efectos especiales que produce Hollywood, así como a la miseria del público al que se dirige y, por lo visto, no supo apreciar esta obra de arte.

000

Todo el elenco actoral hace bien su trabajo, empezando por Keaton en el papel protagónico, al que sigue Stone como la hija rebelde, Norton como histrión insufrible, Watts como cuarentona que llora como niña, Galifianakis, Riseborough, Ryan, Duncan. Todos bien (con la única salvedad de que Naomi parece tener el rostro hinchado). Para lograr la hazaña de la narración continua era necesario un trabajo de equipo sincronizado con la precisión de un reloj y eso es precisamente lo que vemos.

Mención especial merece el mérito de Emmanuel Lubezki (alias El Chivo) como director de cámaras, que había triunfado el año pasado con Gravity, de Alfonso Cuarón.

Birdman (o La inesperada virtud de la ignorancia) es el título completo porque así titula su crítica la mujer-autoridad en la materia que opta finalmente por glorificar el sacrificio del actor de cine comercial venido a autor de teatro serio.

Por lo demás, la película es un tributo a Broadway y al jazz. Y si acaso tenía un precedente en términos narrativos es tan lejano como el divertimento de Luis Buñuel, El fantasma de la libertad (Francia, 1974), que narra varias historias como viñetas al hilo, o películas menores que simulan una sola toma, como La soga (EUA, 1948), de Alfred Hitchcock.

Alejandro González Iñárritu, director de la exitosa «Trilogía de la muerte», había dirigido Biutiful en 2010, que pasó sin pena ni gloria, y Birdman lo consagra como uno de los realizadores más originales y temerarios del mundo, algo así como un transgresor que toma muy en serio su disposición a correr riesgos.

10246480_955223387842595_6939542135673577134_n