El asesino por dentro

Mientras México arde en llamas por una violencia desquiciada, y mi depresión invernal repunta en la misma medida que la contaminación, me permito escribir sobre la cuarta película que he visto en todo el año: El asesino dentro de mí, de Michael Winterbottom, director inglés de una friolera: 17 largometrajes, algunos de los cuales son documentales antiimperialistas o dramas que recurren a las técnicas del documental (Bienvenido a Sarajevo, 1997; Camino a Guantánamo, 2006; La doctrina del shock, 2009), y ahora incursiona en el clásico cine negro con matices híbridos de sicodrama, un giro por demás sorprendente. Advertencia: este comentario describe secuencias, partes de la trama y el final, por lo que solo es recomendable para quienes hayan visto la cinta o decidido no verla, pues además el autor no sabe de cine y escribe mal.

Basada en la novela homónima de Jim Thompson The killer inside me, la historia tiene lugar en un poblado tejano a principios de los años cincuenta, cuando es escrita, y alterna capítulos narrados por el protagonista principal, ayudante del comisario, un joven aparentemente normal, dentro del cual se esconde un sicópata, dualidad con algo del doctor Jekyll y el señor Hyde. Entre el género policiaco y el drama sicológico, la narración expone con objetivo cinismo la mente criminal de Lou Ford, encarnado por Casey Affleck (Gone Baby Gone, de su hermano Ben Affleck, 2007; El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, de Andrew Dominik, mismo año); su actuación de la compleja personalidad en conjunto (cara bonita, voz débil, perspicacia de asesino tan fríamente calculador como sorpresivamente violento) es quizá lo mejor de la película, salvo por una secuencia que ha causado polémica desde el estreno oficial y la presentación en el Festival de Berlín, donde fue seleccionada y nominada al Oso de Oro: la golpiza que el “boy scout con placa de policía” le propina sádicamente a Jessica Alba en el papel de la prostituta masoquista Joyce Lakeland resulta repulsiva, pero los motivos de la repulsión varían tanto de un público a otro como de un momento a otro; al principio, la catarsis no es del todo convincente porque son demasiados golpes, como si la fuerza física del personaje fuera muy escasa o su descarga pretendiera ser deleite de una misoginia brutal, un machismo rabioso. “Te amo… discúlpame”, dice él entre golpe y golpe. “Te amo”, responde ella con el rostro cada vez más desfigurado, al parecer insensible al dolor y agradecida; entonces es ella la que no convence. Cabe recordar que Jessica Alba no había hecho nada serio y todos la teníamos por una mujer tan apetecible que prescindía del esfuerzo histriónico en sus habituales roles de símbolo sexual, como es tradición de Hollywood: la belleza femenina suele ser inversamente proporcional a la calidad interpretativa. Por lo demás, es inevitable asociar esta morbosidad con la de Irreversible, de Gaspar Noé, donde la violencia misógina resulta más convincente y contundente. Pero la narración en primera persona, como dije, alterna con imágenes de recuerdos infantiles o recientes que explican la adicción de Lou Ford a las relaciones destructivas y la coincidencia de su reprimido sadismo con el masoquismo complementario de Joyce Lakeland; su locura deja de reprimir también los impulsos asesinos y un error encadena varios asesinatos en serie y más errores; para librarse de un indigente que intenta extorsionarlo, Ford sacrifica sin justificación coherente a su novia, Amy Stanton, interpretada por Kate Hudson (Casi famosos, de Cameron Crowe, 2000) en un duelo de sensualidad con Jessica Alba, y el indigente muere acribillado por otro policía. Un adolescente detenido como principal sospechoso de los asesinatos intenta lo mismo y termina igual, pero aquí el estilo narrativo cambia radicalmente; a diferencia de las golpizas que matan a las mujeres, con saña y descripción gráfica, equivalente a la pornografía y característica del cine gore, el adolescente muere por obvia conclusión luego de la amenaza, recurso propio del horror a la oscuridad que oculta la muerte (origen literario: Drácula; paradigma involuntario del cine: Tiburón); la discrepancia, en este caso, es atribuible al machismo y la misoginia que alegan los detractores de la cinta, y se presta a lecciones moralistas por la tentativa de extorsión.

Lo más interesante de la trama es el vuelco final que hace del asesino pretendidamente astuto el único engañado por sus propias mentiras y las de otros no menos perversos que sacan ventaja y provecho de la demencia. El clásico final de apoteosis incendiaria resuelve los enredos de telaraña con audacia suicida; su brevedad es previsible, pero no la moraleja: sin salvedad, todos mienten, aquí nadie es mejor porque todos son malos, algunos son peores y todos mueren; las únicas víctimas inocentes son las mujeres (algo de eso estamos viendo en la vida real). ¿Dónde queda el machismo y dónde la misoginia?

Otro mérito indiscutible es la ambientación de la época… La música abre con un lugar común en el preámbulo (Fever, de Cooley y Davenport) y nos acompaña con acierto de Melissa Parmenter en el resto del metraje.

Ejemplos de engaños y efectos de bumerang abundan en el cine, pero me viene a la memoria, por lo pronto, un título ad hoc, literalísimo: El engaño, de Don Siegel, con Clint Eastwood en sus años treinta, encarnando al soldado que despierta con una pierna menos y luego es envenenado por las mujeres que somete; de seductor embustero a secuestrado, mutilado y muerto. No recuerdo el título de una cinta ordinaria (la memoria es selectiva) sobre una masacre con distintas versiones del mismo personaje mitómano, que logra engañar a la policía en sus indagatorias, pero acaba enloquecido por la culpa; la película es mediocre, pero la idea es genial…

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