Revenant: El vengativo

RevenantThe Revenant (El renacido), de Alejando González Iñárritu y Emmanuel Luvezki, no trata sobre la relación del hombre con la naturaleza, como dijo Leonardo DiCaprio al recibir su primer Óscar, ni acerca de la sobrevivencia humana y el sufrimiento personal en un mundo salvaje, sino que usa dichos temas como contexto en una historia de venganzas: cuatro personajes se proponen cobrar venganza y hacen de su propósito el principal estímulo para vencer la adversidad y sobrevivir: un jefe indio quiere vengar el robo de su hija por unos blancos; otro indio quiere vengar el asesinato de su esposa por una tribu enemiga; una india es violada y, más adelante, vemos que se lava las manos sucias de sangre por haber castrado a su violador. Al final, una frase cliché hace dudar al protagonista de la venganza medular.

Desde el principio, las escenas oníricas parecen causa y efecto del rencor: una masacre de indios deja huérfano al niño que adoptará el trampero blanco Hugh Glass (DiCaprio), quien lo salva de la muerte a manos de un oficial que primero asesina a la madre del niño, según interpreto una secuencia confusa; la voz de la mujer reflexiona en la mente del protagonista con metáforas en lengua nativa sobre la sobrevivencia.

La historia verídica de Glass inspiró una novela de Michael Punke y la novela inspiró una película: Man in the Wilderness (Estados Unidos, 1971), de Richard C. Sarafian, con Richard Harris y John Huston. En 1820, un barco sobre ruedas hace una travesía por tierra firme, y la expedición es guiada por un trampero al que ataca un oso y lo deja para el arrastre; asediados por los indios, sus compañeros lo abandonan a su suerte. El trampero sobrevive, recurriendo a su lado más salvaje, y sigue a la expedición para vengarse. En su adaptación de la novela, para darle sabor al caldo de la venganza, el guión de González Iñárritu y Mark L. Smith agrega el hijo putativo y una posible esposa de Glass, también india (elementos que no existen en la historia original ni en la novela ni en película homónima), y elimina el barco sobre ruedas, que hace de la historia algo extraordinario.

A final de cuentas, este guión es el más pobre de las seis películas que ha dirigido González Iñárritu: el primero es un hito a pesar de que su referente inicial parece ser el guión de Pulp Fiction, de Quentin Tarantino; el segundo aumenta al máximo la complejidad de la estructura narrativa y resulta una obra maestra; el tercero es una mamada cosmopolita para impresionar a los gringos, cosa que funcionó; el cuarto es intrascendente, pasa sin pena ni gloria; el quinto alcanza un nivel más alto que todo lo anterior y, desde luego, es otra obra maestra; el sexto (para la primera película que no es proyecto de González Iñárritu, una vez asimilado al money-system de Joligud) parece traicionar una tradición, la búsqueda de originalidad y la disposición a correr grandes riesgos en aras de crear algo nuevo en todos los sentidos, incluida la calidad sin precedentes.

RevenantObservaciones específicas

Las escenas de una sola toma o que aparentan ser una sola toma (sobre todo, la secuencia inicial del ataque indio), como en Birdman, son opresivas o crean una atmósfera opresiva.

Abundan errores como la tardanza del protagonista en apuntar al oso, que prefiere las mordidas a los zarpazos, el hecho de que John Fitzgerald (Tom Hardy) mate al hijo y deje vivo al papá, el hecho de que diga “dispárale”, en vez de “mátalo” (asfixiado o acuchillado para que no nos escuchen los “rojos”, que acabo de matar a uno por gritar), el hecho de que DiCaprio actúe con tanta debilidad cuando lo entierran que la post-producción agregó su propia voz quejumbrosa, el hecho de que, minutos después, se levante del hoyo sin beber agua y tampoco sea convincente cuando se arrastra.

El equipo con el que Glass quema pólvora en su cuello es envidiable; ¡hasta combustible tenía para avivar el fuego!

¿Y por qué asesinan al indio amigo y no al protagonista? ¿Estaban muy lejos? Quizás alguien más perceptivo que yo (no defensores a ultranza, por favor) me saque de esa duda, y responda también a mis primeras preguntas: ¿Asesinan un caballo en la secuencia inicial? ¿No hay racismo en el tratamiento de la presencia india?

La pelea final es horrible, ambos actores son torpes y lentos, sobre todo Leo (sus defensores me dirán que está herido y sobrearropado por el frío, pero volvemos entonces al ataque del oso).

A las dos horas de metraje, uno ya está bastante cansado.

Por decir algo a favor, me gustan las escenas oníricas, pero hacia el final pierden creatividad y se reducen a ecos. Si acaso hay contenido, entre tanto envoltorio, está en esas escenas durante las primeras dos horas; la media hora final cae en el tedio…

Pocas películas han logrado profundidad cuando se trata de venganza. The Crow, de Alex Proyas, por ejemplo, también tiene más forma que contenido; si le quitamos el envoltorio de oscuridad necrófila y horror gótico, el papel del cuervo y los caireles poéticos, queda una historia tan simple y superficial como El vengador anónimo. Una venganza interesante, en términos históricos y cinematográficos, es la de Gong Er (Ziyi Zhang) en El gran maestro, de Wong Kar-wai. El renacido, en cambio, es un paupérrimo pretexto para dos horas y media de fotografía majestuosa y apabullante.


¡Te queremos, Leo, te queremos!

dicaprio

El Óscar a Leonardo DiCaprio es tardío y premia la espera, más que su actuación en una película con demasiado Lubezki para tan poquito argumento. La primera gran actuación del entonces joven y prometedor Leo, para mi gusto, es Diario de un rebelde, con un papel medio sórdido al que sólo podemos reprochar su amaneramiento cuando juega baloncesto en cámara lenta y una voz en off dice: “Mis movimientos son felinos”. Lo bueno es que, más adelante, su personaje se prostituye en el baño público de un parque, “lugar de encuentro” para hombres homosexuales.

En ¿A quién ama Gilbert Grape? -bajo la dirección del sueco Lasse Hallström, al lado de Johnny Depp como su hermano mayor- DiCaprio es un muchacho que se comporta como niño porque no crece, tiene retraso mental, y lo hace formidablemente: es convincente y “adorable” o “tierno”, sin caer en el ternurismo; ese papel de reparto es quizás el mejor de su carrera.

Para la masa está Titanic, de James Cameron, pero las películas más trascendentales del actor son las que ha dirigido Martin Scorsese, Pandillas de Nueva York y Los infiltrados, principalmente. En Revolutionary Road, de Sam Mendes (el actual director de James Bond), DiCaprio hace pareja de nuevo con Kate Winslet, ella masculina y él afeminado, con demasiado carisma para un personaje mediocre y marginal, casi un perdedor, en ese retrato de la clase media que sueña con una vida mejor y, al despertar, vive la muerte de sus sueños.

En fin. Todo lo mencionado hasta aquí, junto y por separado, tiene más relevancia y proyección en términos actorales que la oscareada participación; su papel en El renacido requería de una personalidad más áspera, un tipo más rudo, y en su momento, lo hizo mejor Richard Harris, para mi gusto, con otras dos ventajas respecto a la película de González Iñárritu y Lubezki: ser original y narrar la historia de un barco sobre ruedas que atraviesa el desierto con Jonh Huston como su capitán, algo que no vemos en esta ocasión.

El renacido: primeros apuntes

Así como algunas películas de Emilio “El Indio” Fernández son básicamente la fotografía de Gabriel Figueroa (La perla, para mi gusto, es un paradigma en ese sentido), El Renacido, de Alejandro González Iñárritu tiende a ser la obra de Emmanuel Lubezki, alias “El Chivo”. Ambos cineastas, como se ha dicho, prácticamente plagiaron algunas escenas de Andrei Tarkovsky que podemos ver en cinco películas, más allá de la influencia de otros directores, sobre todo rusos, en los encuadres obsesivos de los primeros planos, la distorsión de la imagen en los segundos planos y demás recursos técnicos y narrativos de la dirección de cámaras.

Para quienes hemos visto El hombre de una tierra salvaje, clásico de los setenta dirigido por Richard C. Sarafian, es inevitable comparar la actuación de Leonardo DiCaprio con la de Richard Harris en el mismo papel, y personalmente me convence más la de Harris. Además, la historia original incluye un barco sobre ruedas a través del desierto, algo que omite la película de González Iñárritu y Lubezki. Aun así, El renacido es una experiencia hipnótica y alucinante…


 


 

Las cintas aludidas son: La infancia de Iván, Andréi Rubliov, La zona, Nostalgia y El espejo. Algunas de las escenas comparadas guardan poca similitud; otras son idénticas, hasta el ritmo y la duración, que ya es demasiado. Las comparativas son del diseñador gráfico y cineasta ruso Misha Petrik. La metáfora de las aves que anidan en el pecho de un cadáver y vuelan como símbolo del alma que abandona el cuerpo, es algo que hemos visto en más películas. La escena del meteorito aparece también en Birdman, como sello de la dupla Iñárritu-Lubezki.


 

Óscar 2016: alegrías y decepciones

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Mi favorita en la categoría de mejor película era El renacido, pero no puedo protestar porque no he visto Spotlight. La dizque academia de Joligud optó por dividir la premiación, oscareando a González Iñárritu como director de aquélla, lo mismo que a Lubezki por su fotografía, que es majestuosa (independientemente de que haya notoria influencia o, de plano, plagio). Como actor protagónico, me fue inevitable comparar a DiCaprio con Richard Harris y francamente me convence más este último. Quizá yo le habría dado el Óscar al patético sietemesino Redmayne por segunda vez consecutiva y un papel que ni mandado a hacer le quedaría mejor, así no sea precisamente agradable. Alicia Vikander, su compañera en La chica danesa, del director que no amaba los musicales, es excelente, además de personificar al androide femenino de Ex Machina y, dos años antes, a la reina infiel de Dinamarca en el siglo XVIII, otras dos películas recomendables. La oscareada actuación de esta joven sueca supera las anteriores. Rooney Mara en Carol es más que aceptable, pero también la supera Vikander, y Blanchett, como siempre, actúa bastante bien a su lado, pero lo hace mejor en Jazmín Azul.

¿Mark Rylance, mejor actor de reparto por su papel en El puente de los espías? Nomás de ver quién es el director y quién el actor protagónico, vuelvo a sentir el tufo al racismo de Joligud por haber ignorado la notable presencia de Benicio del Toro en Sicario, una película injustamente desdeñada, quizá por consigna, que ningún Óscar obtuvo, no obstante que algunos festivales reconocieron al actor de reparto y la valía del guión original, además de considerar a la segunda obra maestra del canadiense Villeneuve como una de las diez mejores películas del año. Las razones del ninguneo ya las dije.

La canción ganadora del Óscar (Spectre) me resulta insoportable por la hiriente disonancia de su interpretación.

Pero me alegra infinitamente, por último, que haya ganado A girl in the river: The price of forgiveness, de la paquistaní Sharmeen Obaid-Chinoy, en la categoría de mejor corto documental, porque eso favorecerá una legislación internacional que prohiba los asesinatos por honra o por honor, o como quieran ustedes llamar a la barbarie que mata mujeres con absoluta impunidad en Paquistán y otros países cuando ellas tienen la osadía de ser libres o intentarlo.

chica danesa

Antes dije en mis redes que nadie pela:

Entre las aberraciones que hacen volver a desconfiar del Óscar y la dizque academia de Joligud está la omisión de Benicio del Toro como actor de reparto en Sicario, del canadiense Denis Villeneuve, que nomás tiene tres nominaciones a la estatuilla dorada en categorías menores (una de ellas por la música, que se parece demasiado a la de Tiburón). Algo aquí huele a racismo, pues Del Toro entrega una de las mejores actuaciones de su carrera, y la película es la segunda obra maestra del guionista y director de La mujer que cantaba (Incendios), nominada en su momento al Óscar en la categoría de “mejor película extranjera”.

¿Será que Sicario está relegada en la entrega del Óscar 2016 por revelar la estrategia gringa en la guerra contra el narcotráfico que asienta sus reales en México: violar la soberanía mexicana, para empezar, recurrir al secuestro y la tortura, hacer alianzas con los cárteles colombianos…? México tampoco queda muy bien parado, pues la policía local está, como sabemos también nosotros, al servicio del crimen organizado en Ciudad Juárez, Chihuahua, el síndrome de todo un país y su ruta continental.


 


Posdata doblemente ofendida

Mad Max: vulgaridad, pésimo gusto en todo, morbo supino, estupidez y fanatismo, todo en un vil refrito del Syberpunk para el entusiasmo de la masa embrutecida con carreras de coches, explosiones, balazos y peleas en cámara rápida. Oscareado bodrio que le robó el “máximo galardón” a películas de calidad artística (Carol y El renacido, para empezar) en rubros tan importantes como el diseño de producción. Tom Hardy, por lo visto, además de mediocre y antipático, es un vil mercenario.

 

Russell y Scorsese: buenos muchachos

lobo de wall street

American Hustle, de David O’Russell, y El lobo de Wall Street, de Martin Scorsese, tienen mucho en común: producciones gringas de gran presupuesto y gran duración que compiten este año por el Óscar, una imita y la otra reproduce tanto el estilo como la estructura narrativa de Goodfellas, el drama semificticio de gángsters que Scorsese dirigió en 1990, titulado Buenos muchachos en Hispanoamérica y Uno de los nuestros en España; las tres películas están inspiradas en hechos reales alrededor de personajes que terminaron colaborando con el FBI al caer en desgracia, con la diferencia de que American Hustle y El lobo de Wall Street tienen un tono de comedia casi musical; en ambos casos, estos personajes son representativos de la decadencia y la corrupción del capitalismo, uno empresario de poca monta que prosperó en el “arte” de la estafa desde su calidad de prestamista, y otro corredor de bolsa, también estafador, que prosperó con la venta fraudulenta de acciones.

En El lobo de Wall Street, al principio, la narración del protagonista no es una voz en off, sino en primera persona, viendo a la cámara, como al final de Goodfellas. En American Hustle, titulada en español Escándalo americano (Hispanoamérica) y La gran estafa americana (España), varios protagonistas narran su propia versión de los hechos en off.

Ambas coinciden con Goodfellas en una banda sonora de canciones populares que dan cuenta de su época y casualmente incluyen una pieza distinta de James Bond.

A saber cuál de las dos películas es mejor, pero el reparto de Russell es mucho más atractivo que el de Scorsese, pues reúne a los actores más exitosos de sus dos películas anteriores, El peleador, como fue titulada en México, y Los juegos del destino: Christian Bale y Amy Adams en el primer caso, Bradley Cooper y Jennifer Lawrence en el segundo, a quienes se suma Jeremy Renner, con un cameo de Robert De Niro, quien también actúa en Los juegos del destino, mientras que El lobo de Wall Street está protagonizada por Leonardo DiCaprio (como siempre, por ser el actor fetiche de Scorsese), sin grandes nombres que lo respalden como en El aviador (2004), del mismo director, con un elenco multiestelar. Luego de El aviador y El gran Gatsby, de Baz Luhrmann, a pesar de sus trabajos intermedios, DiCaprio parece encasillado en papeles de magnates; tanto en El gran Gatsby como en El lobo de Wall Street (del mismo año, por cierto), que rebosa energía y vitalidad, su personaje está hecho de abundancia material, ahora más frívolo y amanerado que nunca, en una orgía de sexo, drogas, desmanes y todo cuanto pueda comprar el dinero. Entre los excesos, la drogadicción hasta la catarsis es otra coincidencia con Goodfellas.

Además de emular la dirección de esa película, American Hustle comienza con una imitación de Bale a De Niro y más adelante los actores sostienen un escalofriante intercambio de miradas. A diferencia de su trabajo anterior con Russell, Adams tiene aquí más presencia que Bale y es tan intensa y vital como la película en general, aunque no pasa desapercibida la falsedad de su nariz y de sus ojos, que no de su mirada.

El lobo de Wall Street costó cien millones de dólares, y American Hustle, 40 millones; una dura tres horas, y otra, 138 minutos… Parece que Russell sigue los pasos de Scorsese, además de competir con él, quien se encuentra en la cima de su carrera desde hace mucho, pero empieza a ser repetitivo. Un dato curioso es que Scorsese rechazó el proyecto de El peleador, que terminó dirigiendo Russell y, para mi gusto, sigue siendo su mejor película.

American Hustle Film Set

¿Eres mi negro?

jamie-foxx

Como se ha dicho, Django sin cadenas (2012), de Quentin Tarantino, es un homenaje al spaghetti western, subgénero del que había tenido notoria influencia. Para empezar, toma su nombre del clásico Django (1966), de Sergio Corbucci, así como al actor entonces debutante Franco Nero, que interpretó al protagonista homónimo y hace aquí un cameo simbólico. Se trata de un southern, como lo clasifica su propio autor, por desarrollarse en el “Sur profundo” y no en el viejo Oeste de Estados Unidos. El tema, para variar, es la esclavitud, el amor y la venganza una vez más.

En 1858, dos años antes de que inicie la Guerra Civil, el esclavo negro Django (Jamie Foxx) es comprado y liberado por un cazarrecompensas alemán, el Dr. King Schültz (Christopher Waltz), para que le ayude a identificar prófugos de la justicia que fueron sus amos; Django resulta un pistolero nato y decide liberar a su esposa Broomhilda (Kerry Washington), esclava en la plantación del sádico Calvin Candie (Leonardo DiCaprio); el socio lo acompaña en la empresa, mientras Stephen (Samuel L. Jackson) es un sirviente asimilado a la opresión y parece odiar a la gente de su color, sobre todo si es libre: durante la época de la esclavitud, mientras unos hacían el trabajo duro en el campo, otros gozaban de privilegios en casa, punto medio que impide caer en maniqueísmos…

En este octavo trabajo de Tarantino como director y guionista, el otrora niño terrible de Hollywood hace gala de su habitual violencia con estallidos exagerados de sangre, los coágulos vuelan en cámara lenta, y todo es exceso en las secuencias climáticas, incluida la torpeza de los malos que mueren a montón. Si en Bastardos sin gloria (2009) el nazismo sirvió para un desahogo judío de apoteosis pirotécnica y sanguinaria, en Django sin cadenas algo tan brutalmente inhumano como la esclavitud sirve para recrear primero crueldad en abundancia y después descargas liberadoras. Otra similitud entre ambas películas es la narración lineal, a diferencia de las dos primeras, Perros de reserva (1992) y Tiempos violentos (1994), cuyo mérito está en la audaz creatividad de sus guiones, para compensar el bajo presupuesto, acorde con la heterodoxia en otros aspectos, como la dirección de cámaras, que ha degenerado en repeticiones y errores de principiante, junto con la falta de cuidado en la edición (las siete cintas anteriores fueron editadas por Sally Menke, quien falleció en 2010). Los golpes de zoom que imitan al cine del viejo Oeste, algo muy característico en los años sesenta y setenta, son quizá la única variante, así como la composición de canciones por primera vez nuevas —proyectando el negocio de vender por separado la banda sonora— y la inclusión de rap —también audaz, pero vulgar, para mi gusto— en una “película de vaqueros”. De por sí, es propio de Tarantino que haya piezas con letra en cintas que no son precisamente musicales.

Por lo demás, Django sin cadenas es una actualización tecnológica del arquetipo como género clásico. Estereotipo y cliché de 165 minutos a ritmo desigual. Las escenas en la nieve parecen anuncio de Marlboro…

La esclavitud como contexto es el principal aporte, pero tan limitado que parece más bien un pretexto. La grotesca irrupción de lo que será el Ku Klux Klan después de la Guerra Civil es una de las ocurrencias más rescatables por la discusión entre sus integrantes (con el espíritu de Woody Allen), pero algunos vuelcos o atolladeros que se resuelven a balazos —como el sacrificio de Schültz para no estrechar la mano de Candie— causan, por lo menos, serias reservas. Mención aparte merecen imágenes tan viscerales como la pelea entre negros para diversión del amo y sus invitados, o la muerte de un esclavo a merced de perros salvajes.

Christopher Waltz se llevó las palmas como villano en Bastardos sin gloria, y lo hace ahora como pistolero de humanismo en progreso. En seguida está DiCaprio, aunque no lo ayudan algunos comentarios ni su disertación racista. En Bastardos, Brad Pitt hace una burda imitación de Marlon Brando, y en Django, DiCaprio emula mejor a Orson Welles. En tercer lugar queda Jamie Foxx, al que tampoco ayuda la insensibilidad del personaje. El papel de Kerry Washington es ornamental. Y Samuel L. Jackson encarna la maldad por tercera vez en una película de Tarantino, quien, por cierto y por último, hace un cameo infame.

(Al margen: Perros de reserva está plagada de comentarios racistas, por lo que Django sin cadenas podría tener la intención de sacarse la espinita).

Pesadilla siquiátrica

islaLa isla siniestra (2010), de Martin Scorsese, y «Sólo vine a hablar por teléfono», de Gabriel García Márquez, se orientan en el mismo sentido y dejan el mismo sabor de boca. Una en el cine y otra en la literatura, estas obras tienen como protagonista común a la siquiatría, perversa práctica dizque científica, cuya principal misión en la vida es la muerte paulatina mediante la destrucción del cerebro a partir de la negación para convencer al supuesto enfermo de que la realidad no existe más que en su imaginación, es más bien irrealidad por distorsión, meras alucinaciones, percepción ficticia que debe ser extirpada o reprimida. Nada más criminal en estos casos que los hospitales siquiátricos, en los hechos, cárceles para enfermos mentales…

Con el título original de Shutter Island, la película está basada en la novela homónima que Dennis Lehane escribiera y viera la luz pública siete años antes. En 1954, el agente de la policía federal Edward “Teddy” Daniels (Leonardo DiCaprio) investiga la misteriosa desaparición de una reclusa en el hospital de Ashecliffe para convictos dementes; el lugar se encuentra en la mencionada isla, situada a su vez en el puerto de Boston. Daniels logra ser asignado a la investigación con un interés personal, pues sabe que allí está preso un pirómano a quien acusó de haber quemado a su esposa. En realidad, la mujer fue asesinada por el propio agente luego de que ella ahogara a los tres hijos de ambos. La reclusa desaparecida en prisión coincide en ser una sicópata que asesinó ahogados a sus tres hijos. Daniels vive perturbado por aquel trágico episodio y por haber participado a finales de la Segunda Guerra Mundial en la sangrienta liberación de un campo nazi de concentración y exterminio. Durante la investigación policiaca, descubrirá que todos en la isla ocultan algo, inclusive su compañero, el agente federal Chuck Aule (Mark Ruffalo), y al parecer conspiran con el fin de atraerlo a una prisión de la que no podrá salir. El final es desconcertante…

Aunque la trama pasa truculentamente del suspenso al horror con algo de sicodrama, la película denuncia sin ambages el talante criminal de la siquiatría, en particular durante la primera mitad del siglo pasado, cuando terminan aliados médicos gringos con antiguos nazis y la alianza no es casual, mientras los soviéticos hacen de los hospitales siquiátricos un recurso de opresión y dominación represiva.

Al parecer, Scorsese descubrió una personalidad ruda muy convincente con DiCaprio en Pandillas de Nueva York (2002), tanto que éste ha sido desde entonces su actor de cabecera o fetiche, como lo fuera en su momento Robert de Niro.

Los demás actores de La isla siniestra hacen bien sus papeles, específicamente Ben Kingsley como el médico en jefe John Cawley.

Las locaciones son impresionantes, la fotografía es majestuosa y la música emocionante, acorde con los momentos de tensión y constantes sobresaltos, así como analepsis o flashbacks, miradas a la perturbada memoria del protagonista principal.

Además de Shutter Island, Dennis Lehane es autor de Gone, baby, gong y Mystic River, novelas adaptadas exitosamente al cine.

«Sólo vine a hablar por teléfono», por su parte, narra el cautiverio fortuito de María de la Luz Cervantes, joven mexicana, “bonita y seria”, en las mazmorras de una cárcel para dementes, ubicada en algún lugar desviado, también casualmente, del camino entre Zaragoza y Barcelona. Desde la ironía del título hasta el final, parece haber una dosis bastante cruel de humor negro en el relato de García Márquez; forma parte de Extraños peregrinos, su colección de cuentos escritos en los años setenta y “basados en hechos periodísticos (sic), pero redimidos de su condición mortal por las astucias de la poesía”, según el propio autor.

Sobre la siquiatría como una industria de muerte en vida, recomiendo este documental.