Chicago, de Fosse / Marshall

zeta-jones“Esto es Chicago”, le recuerda el abogado a su defendida, sobre quien pende la pena de muerte como amenaza por haber asesinado al amante con tres disparos en el pecho. Son los años veinte, previos a la Gran Depresión, y Chicago es el principal bastión de La Mafia, La Familia, La Cosa Nostra, propiciada por la prohibición legal del alcohol. “Dios salve a Illinios”, agrega Billy Flynn al repetir la frase, una vez ganado el juicio que salvó de la horca, la silla eléctrica o una inyección letal a Roxie Hart, aspirante a cantante y bailarina, con más gracia que belleza y “un talento minúsculo con piernas flacas”. También Richard Gere, quien interpreta perfectamente al cínico abogangster, que nunca pierde un juicio, tiene las piernas flacas, pero las mueve con práctica en su número de tap que acompaña otro arte: el de la manipulación habilidosa en la defensa legal de mujeres criminales que puedan pagar cinco mil dólares; si no pueden pagar al menos dos mil, terminan ejecutadas por el estado, así sean en cambio inocentes. Los asesinatos a mansalva están a la orden del día en la Ciudad del Viento, pero con astucia publicitaria, una mujer asesina puede parecer y aparecer ante la opinión pública en el pedestal de heroína, próximamente mártir.

Aunque Richard Gere y Catherine Zeta-Jones son más bien mediocres como actores, aquí resultan bastante convincentes y hasta sorprendentes en la medida que bailan y cantan casi como profesionales; menos famosos, pero no menos laureados, Renée Zellweger y John C. Reilly forman una pareja inusitadamente genial. Zeta-Jones encarna con excesivo maquillaje y gesticulación sensual a la consumada estrella de vodevil, también candidata al cadalso en el pabellón de la muerte, Velma Kelly, quien asesinó a su marido infraganti en un acto de adulterio con la hermana, compañera en el escenario, también asesinada; Zellweger es Roxie, cuyo esposo, personificado por Reilly, es un pobre diablo; “Señor Celofán”, se califica él mismo en su melancólico y hermoso acto de presentación a mitad de la obra. Por su parte, Queen Latifah en el papel de la celadora “Mama” Morton (cuyo nombre hace referencia indirecta a Big Mama Thornton) es igualmente plausible.

Chicago (2002), de Rob Marshall, hereda una tradición, pues Bob Fosse dirige Cabaret en 1972, basada en la novela Adiós a Berlín, de Christopher Isherwood, en equipo con John Kander y Fred Ebb, quienes componen las canciones del musical; en 1975, los mismos realizadores llevan al escenario de Broadway la obra Chicago, de Maurine Dallas Watkins, y en 1979, Fosse dirige All That Jazz, cuyo título en español es El espectáculo debe continuar, otro clásico hoy; durante los ensayos de la obra de teatro, sufre un infarto que es narrado en All That Jazz, de tinte autobiográfico, y muere como su protagonista sin ver realizado el proyecto de adaptación cinematográfica, dirigido finalmente por Marshall y estrenado hace una década. Chicago comienza con una canción titulada All That Jazz, como continuación de aquella cinta y el también musical Cotton Club (1984), de Francis Ford Coppola, estelarizado por Richard Gere, quien todavía no baila ni mucho menos canta, pero hace una representación premonitoria.

Chicago es un musical entre la comedia, el drama y el cine negro, y hace múltiples guiños, uno de los cuales es el tango de las alegres asesinas, que reproduce al final el rock de la cárcel en la versión escénica de Elvis Presley. La presentación musical de Roxie con una graciosa parodia de Marilyn Monroe, después de su entrada fallida por cantar con voz nasal, guiña de nuevo con Presley y su video de El hombre de la guitarra; el nombre de Roxie en neón rojo con fondo negro es menor porque, a diferencia del Elvis monumental, el de ella se eleva hasta perderse en las alturas. De las alegres asesinas, entre quienes está de más Velma Kelly (Zeta-Jones), por tratarse de un personaje protagónico, destaca por su parte la belleza melancólica y la hermosa melancolía de la bailarina húngara, que no es asesina -la única inocente es también la única en morir ahorcada- ni está alegre.

Abundan los apuntes curiosos de una obra próxima a la perfección, que no alcanza, en parte, por la imperfección corporal de las tres estrellas. Por lo demás, es simplemente una obra maestra.

chicago roxie

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Para mi gusto…

La secuencia fotográfica Para mi gusto -que no fue posible postear y por eso está publicada como página- es una pasarela femenina de belleza y talento que suelen coincidir, aunque no siempre con equilibrio. Jodie Foster, por ejemplo, no es comparable con Halle Berry, pero su proyección de inteligencia y fuerza la hace más interesante y atractiva en un sentido muy otro. Susan Sarandon tampoco está como para un concurso de belleza, pero es una de las mejores actrices del siglo pasado, al menos en Hollywood, y una mujer admirable en la vida real, como Jane Fonda, que no podía faltar, aunque tendrá su propia galería.

Comienzo con Naomi Watts por razones obvias; a pesar de King Kong y una que otra producción demasiado ínfima para ella, es una de las tres diosas actuales de la pantalla grande, tanto por su brillante carrera en general como por el instante de perfección y belleza concentradas que logró en Mulholland Drive.

Las otras dos monstruas del momento, sin lugar a dudas ni a discusión, son Marion Cotillard y Zhang Ziyi.

La musa francesa es Edith Piaf para el público de masas, pero también el rostro más interesante del cine en la actualidad y una mujer fascinante en la vida real, que transmite su encanto, sin escatimarlo, hasta en papeles tan menores como el que le dio Woody Allen.

Zhang Ziyi se ha permitido pecados peores que Naomi Watts (¡Tortugas ninja… per Deus!), pero es el personaje más entrañable en El tigre y el dragón, una de las diez mejores películas, para mi gusto siempre; la actuación más asombrosa de su carrera, sin embargo, no es la mejor película, sino La casa de las dagas voladoras. Además de una gran actriz, es una maestra en las artes marciales (desde el kung fu hasta el esgrima), es hermosa y joven, tiene una hermosa voz y, por si fuera poco, baila y canta (más o menos regular).

Sophie Marceau, en su momento, no se conformó con ser físicamente perfecta (cuanto más la veo, más me gusta), y Monica Bellucci sigue siendo el colmo de la sensualidad; no es casual que estos dos bellísimos seres terminaran unidos.

La gracia de Audrey Tautou, por su parte, conquistó al público de masas en el papel de Amélie, que ya es lugar común, pero luego estelarizó Amor eterno (muy superior, aunque menos digerible que la comedia), del mismo director, Jean-Pierre Jeunet.

Sobre los méritos de Winona Ryder, un ángel en desgracia, está por demás hablar.

Jennifer Jason Leigh, en cambio, podría calificarse como una actriz marginal por trabajar en producciones de bajo presupuesto, pero dándole a sus personajes tanta importancia como para terminar convertida en ellos. Personalmente, me basta con su actuación de prostituta intensa y amoral en Última salida a Brooklyn, el papel más impactante de la cinta y quizá de su carrera, aunque después (14 años, para ser exactos) participó en otra película importante para mí: El maquinista, de Brad Anderson, tan representativa del drama sicológico o psicodrama como el trabajo de Polanski o Cronemberg en el mismo sentido (algunos asocian esa pieza excepcional con Hitchcock y Lynch, quizá desde la pedantería o para efectos publicitarios).

Isabelle Adjani es la única persona, hombre o mujer, que actúa en dos películas de mi decálogo: El inquilino, de Polanski, y Nosferatu, de Herzog; la primera es insuperable, salvo acaso por la actuación de Catherine Deneuve en Repulsión, antecedente del mismo director en este género.

Con la enigmática belleza de Nastassja Kinski me permití convertir la foto de su rostro en una obra de arte (modestia aparte), y con la foto regular de sus formidables piernas hice una edición experimental (con dos o tres excepciones, todas las fotos fueron mejoradas).

Keira Knightley no es una buena actriz; por el contrario, es tan mala que, al gesticular, afea su rostro dizque perfecto y, de todos modos, ese rostro es quizá la causa de otro privilegio: la oportunidad de participar en películas de gran presupuesto. Por lo demás, también la pretendida perfección de esta mujer esquelética es mediocre; prefiero verla en fotos que en el cine. Al ver por primera vez el rostro de Catherine Zeta Jones, en cambio, se me hizo nudo la garganta, pero trece años después no estoy seguro de que sea una buena actriz (sobre Keira Knightley no hay duda: es pésima).

A Brigitte Bardot, por último, prefiero verla en pantalla que en monitor, como a Marilyn Monroe, que no me gusta mucho y, si la veo demasiado, me cae gorda.

 

La siniestra pesadilla del insomnio

No hay peor pesadilla que el insomnio, y Trevor Reznik no ha dormido desde hace un año. La falta de sueño ha reducido su cuerpo a los huesos y está mermando su salud mental hasta el delirio. Aunque un rostro demacrado es fácil de conseguir con maquillaje, el actor Christian Bale perdió treinta kilos para tener el aspecto cadavérico del complejo personaje creado por el guionista Scott Kosar, y recuperó su peso en músculos para encarnar después a Batman.

El “maquinista” es un obrero que observa cotidianamente su desgaste físico sin distorsión alguna, pero cae en las trampas de la memoria, también deteriorada, como acudiendo a la evasión o al autoengaño para soportar el peso de la culpa. Las alteraciones imaginarias de una monótona y repetitiva realidad y su confusión con las circunstancias de un accidente de trabajo crean aquí la sensación de paranoia que nos transmitiera Roman Polanski en 1976 con El inquilino, influencia que, junto con la de Alfred Hitchcock y David Lynch, reconoce Brad Anderson, el director de la cinta, como recurso publicitario.

Trevor sube diariamente a una báscula que nunca aparece en la pantalla, y anota su peso en post its más que recurrentes. El diario registro de su pérdida pasa de las 142 a las 119 libras (unos 55 kilos), preocupantes para alguien que mide 1.80 metros, por lo menos. Y en vez de kilos son libras porque la producción de la película es española, inclusive fue rodada en Barcelona, ciudad laboriosamente disfrazada de Los Ángeles, en donde tiene lugar la historia.

Agobiado por la soledad, ante el abierto rechazo de sus compañeros, el esquelético Trevor busca refugio en el lecho de la carnosa Stevie (Jennifer Jason Leigh), una prostituta que le brinda afecto y comprensión. No es la primera vez que Jason Leigh hace el papel de prostituta. En una secuencia memorable de Ultima salida a Brooklyn (República Federal Alemana, 1989), de Uli Edel, la carnada de unos jóvenes asaltantes procura parecerse a Marilyn Monroe y acaba fornicando, en medio de una borrachera de antología, con toda la concurrencia masculina de un bar.

Según la tradición cristiana, el camino al infierno está del lado izquierdo, y el ánimo autodestructivo de Trevor lo lleva siempre por allí. A la izquierda, por ejemplo, está el aeropuerto en donde Trevor bebe café todas las noches, atendido por María (Aitana Sánchez-Gijón), una mesera de trato cálido en ese frío lugar. La Ruta 666 del parque de diversiones se bifurca y el pequeño hijo de María toma la “autopista al infierno” por la izquierda, en compañía de Trevor. El alcantarillado del metro —subterráneo del subterráneo— se bifurca también y Trevor opta por la oscuridad del lado izquierdo al huir de la policía cuando, por la derecha iluminada, se aproxima la sórdida sombra de un indigente. Nada es casualidad, sino coincidencia. El brazo que pierde un obrero por la distracción de Trevor es el izquierdo. La mano contrahecha de Ivan (John Sharian), álter ego de Trevor, es la izquierda. La pesadilla de Trevor es siniestra. Y los relojes marcan insistentemente la una y media; uno de ellos —el de la cafetería del aeropuerto— mide el paso de un segundo, ida y vuelta, para marcar siempre la una y media, y esta simbólica escena dura precisamente un segundo.

El Pontiac de Ivan es rojo y convertible; el coche de juguete que maneja el hijo de María en el parque también lo es; el que recuerda Trevor en una foto de su infancia es idéntico (de hecho, es el mismo). Trevor entra a rastras al edificio de Stevie y en el fondo se observa un coche de juguete, rojo y convertible. A pesar del contraste con el tono azul de la película, estas concordancias pueden pasar desapercibidas a primera vista, ya que es hasta el final cuando todo tiene una explicación, y el espectador obsesivo decide ver la cinta más de una vez.

Las sutiles pistas del juego surgen desde un principio fragmentado con cierta dosis de humor negro. “¿Quién eres?” —pregunta alguien detrás de una lámpara que alumbra el estragado rostro de Trevor. El hombre de la lámpara no quiere saber qué hace; pregunta quién es, y algunos reconocerán su voz más adelante. La lámpara vuelve a mostrarse en primer plano, ahora apagada, mientras Trevor se lava las manos. Es natural que alguien acuda al lavabo luego de envolver un cadáver en un tapete y arrojarlo por un muelle, pero como todos los que padecen de culpa, insomnio prolongado o síndrome de abstinencia, Trevor tiene complejo de Pilatos. No consume “drogas fuertes”, pero su aspecto es el de un cocainómano, pues sufre de los dos primeros males, y lava sus manos compulsivamente a cada rato. La secuencia del principio se repite al final, pero el tapete se desenrolla y no hay nadie allí. El supuesto cadáver sostiene una lámpara en la mano y, arrojando luz hacia Trevor, le pregunta lo mismo que una de las notas pegadas en la puerta del refrigerador y las paredes del apartamento: “¿Quién eres?”

Christian Bale tomó tan en serio su papel en esta cinta que, además de una asombrosa transformación corporal, logró que la compleja personalidad de Trevor resultara convincente. Y Scott Kosar, por lo visto, conoce tanto el insomnio como para llevarlo hasta sus últimas consecuencias. El idiota (Dostoievski dixit) no podrá dormir mientras tampoco asuma su culpa. Entre los horrores de la Ruta 666 hay un hombre ahorcado y un letrero de “culpable”. Algunos de los post its que nuestro insomne amigo encuentra pegados a la puerta de su refrigerador juegan al ahorcado. Abajo del dibujo hay una palabra por completar. El Pontiac rojo de toldo negro que, según la mentira de Trevor, lo embistió, en realidad es suyo y atropelló a un niño. “Malditos los que se dan a la fuga; deberían ahorcarlos”, comenta Stevie mientras lava las heridas de Trevor. Humor negro, muy negro, pero sutil; esta es la palabra clave para definir el cine que lograron Anderson, Kosar y Bale, incluyendo al productor, por supuesto, Julio Fernández. Para captar las sutilezas —que apelan a la inteligencia, la sensibilidad, la percepción— hay que ver esta cinta más de una vez.

Las cosas que Trevor observa en el departamento de María —un viejo aparato de sonido, un muñeco de hojalata, un plato de cristal cortado— son las mismas que empaca en su propio apartamento antes de entregarse a la policía. “La cocina está al fondo del pasillo, del lado izquierdo”, indica María para que Trevor vaya por otra copa de vino (algo más que inusual), y Trevor repite el gesto que inicia su relación imaginaria con un ser real, como diciendo: esto me parece conocido.

—Un poco más delgado y desapareces.

En muchos sentidos, El maquinista (España, 2004) es comparable con Taxi Driver (Estados Unidos, 1976), de Martin Scorsese. El personaje, en este caso, también padece de insomnio y sufre un deterioro mental que lo lleva a la violenta locura de quien destruye todo a su alrededor con tal de renovarse, y lo consigue… sin salir de la mediocridad. Es un drama sicológico, pero también un thriller, mezcla de suspenso, intriga y humor negro, que recupera o retoma lo mejor del cine sutil de los setenta (El inquilino, para mi gusto, es lo mejor de aquella época). El maquinista nos hace confundir, como la envejecida mente de Reznik, imaginación y realidad. Se trata de una “extraña rareza”, valga la redundancia, quizás una obra de culto, algo singular.