Cien películas: Mis favoritas

(Relación flexible que puede variar en cualquier momento)

1. Julia, de Fred Zinnemann
2. El inquilino, de Roman Polanski
3. Satiricón, de Federico Fellini
4. Largo domingo de noviazgo, de Jean-Pierre Jeunet
5. Las tortugas pueden volar, de Bahman Ghobadi
6. La balada de Narayama, de Shohei Imamura
7. Adiós a mi concubina, de Chen Kaige
8. El tigre y el dragón, de Ang Lee
9. El Padrino, de Francis Ford Coppola
10. El Padrino II, de Francis Ford Coppola

11. Apocalipsis ahora, de Francis Ford Coppola
12. Ben Hur, de William Wyler
13. They Shoot Horses, Don’t They? (Baile de ilusiones), de Sydney Pollack
14. Última salida, Brooklyn, de Uli Edel
15. Chicago, de Rob Marshall
16. El silencio de los corderos, de Jonathan Demme
17. Mulholland Drive, de David Lynch
18. El maquinista, de Brad Anderson
19. Blade Runner, de Ridley Scott
20. Mi vida como un perro, de Lasse Hallström

21. Juegos prohibidos, de René Clément
22. El planeta de los simios, de Franklin J. Schaffner
23. La vida de Brian, de Terry Jones (Monty Python)
24. Adiós a Las Vegas, de Mike Figgis
25. La mujer que canta (Incendios), de Denis Villeneuve
26. Oliver, de Carol Reed
27. Léolo, de Jean-Claude Lauzon
28. La casa de las dagas voladoras, de Zhang Yimou
29. Spider, de David Cronenberg
30. La isla siniestra, de Martin Scorsese

31. Vampyr (La bruja vampiro), de Carl Theodor Dreyer
32. Nosferatu, una sinfonía del horror, de Friedrich Wilhelm Murnau
33. Freaks, de Tod Browning
34. La quimera del oro, de Charles Chaplin
35. Tiempos modernos, de Charles Chaplin
36. El acorazado Potemkin, de Serguéi M. Eisenstein
37. El jorobado de Nuestra Señora, de William Dieterle
38. Aventurera, de Alberto Gout
39. Los olvidados, de Luis Buñuel
40. Viridiana, de Luis Buñuel

41. Pink Floyd – The Wall, de Alan Parker
42. Fama, de Alan Parker
43. All That Jazz, de Bob Fosse
44. Cabaret, de Bob Fosse
45. Jesucristo superestrella, de Norman Jewison
46. La vida en rosa, de Olivier Dahan
47. Ciudad de Dios, de Fernando Meirelles
48. Birdman, de Alejandro González Iñárritu
49. 21 gramos, de Alejandro González Iñárritu
50. La sangre de Romeo, de Peter Medak

51. Repulsión, de Roman Polanski
52. Sunset Boulevard, de Billy Wilder
53. Nido de ratas / La ley del silencio, de Elia Kazan
54. Matar a un ruiseñor, de Robert Mulligan
55. Rumble Fish (La ley de la calle), de Francis Ford Coppola
56. Butch Cassidy and the Sundance Kid (Dos hombres y un destino), de George Roy Hill
57. El golpe, de George Roy Hill
58. Pandillas de Nueva York, de Martin Scorsese
59. El tambor de hojalata, de Volker Schlöndorff
60. El jardín secreto, de Agnieszka Holland

61. Zelig, de Woody Allen
62. Bananas, de Woody Allen
63. Manhattan, de Woody Allen
64. La rosa púrpura del Cairo, de Woody Allen
65. Toma el dinero y corre, de Woody Allen
66. Alice, de Woody Allen
67. Desde el jardín, de Hal Ashby
68. Tideland, de Terry Gilliam
69. Brazil, de Terry Gilliam
70. Delicatessen, de Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro

71. O Apóstolo, de Fernando Cortizo
72. Persépolis, de Vincent Paronnaud y Marjane Satrapi
73. Shakespeare enamorado, de John Madden
74. La danza de los vampiros, de Roman Polanski
75. Amélie, de Jean-Pierre Jeunet
76. Y la nave va, de Federico Fellini
77. Marnie, de Alfred Hitchcock
78. Stoker, de Chan-Wook Park
79. Mezcal, de Ignacio Ortiz
80. Ella, de Spike Jonze

81. La guerra del fuego, de Jean-Jacques Annaud
82. Niña bonita, de Louis Malle
83. Bestias del sur salvaje, de Benh Zeitlin
84. Los niños del fin del mundo, de Marzieh Makhmalbaf
85. Los muchachos no lloran, de Kimberly Peirce
86. Taxi Driver, de Martin Scorsese
87. Toro salvaje, de Martin Scorsese
88. Naranja mecánica, de Stanley Kubrick
89. El espinazo del diablo, de Guillermo del Toro
90. El laberinto de fauno, de Guillermo del Toro

91. Amén., de Costa-Gavras
92. Sophie Scholl – Los últimos días, de Marc Rothemund
93. El pianista, de Roman Polanski
94. La caída, de Oliver Hirschbiegel
95. El portero de noche, de Liliana Cavani
96. Los falsificadores, de Stefan Ruzowitzky
97. Desaparecido, de Costa-Gavras
98. La bruja de la guerra (Rebelde), de Kim Nguyen
99. Nosferatu, fantasma de la noche, de Werner Herzog
100. El cuervo, de Alex Proyas

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La jauría humana

brandoDrama misántropo, dirigido en 1966 por Arthur Penn, basado en un relato de Horton Foote, con un reparto multiestelar, como reza el cliché comercial: Marlon Brando, Jane Fonda, Robert Redford, Angie Dickinson, Robert Duvall, Janice Rule…

Un fugitivo (Redford) vuelve a su pueblo natal, en donde su esposa (Fonda) tiene un amorío con el hijo del hombre más poderoso de la región sin dejar de amar también a su marido. Los rumores sobre la fuga y el regreso de quien tenía casi dos años en prisión desatan un ambiente de histeria y hostilidad que el comisario (Brando) y su esposa (Dickinson) tratan de contener, pero los ánimos se desbordan al calor de una borrachera el sábado por la noche y todo acaba en tragedia.

La historia ocurre al sur de los Estados Unidos en un sólo día.

Lo mejor de la película, que dura dos horas con 14 minutos, es Jane Fonda; aunque no aparece ni siquiera media hora, su entrada en escena dura menos de dos minutos y pasa una hora antes de que volvamos a verla, su actuación es estupenda: intensa, temperamental, de reacciones rápidas y contundentes, papel sumamente representativo de su propia personalidad y, en consecuencia, el tipo de papel que mejor le sienta.

También la película como tal es representativa de la talentosa, honesta y valiente actriz, pues el guión se debe a la pluma de Lillian Hellman, escritora talentosa, honesta y valiente, a quien Fonda interpretará años después en ‘Julia’, de Fred Zinnemann. Además trabaja con Robert Redford, su compañero en pantalla más de una vez, haciendo una pareja con química, aunque Redford es un actor de tics, con más carisma que talento en el mejor de los casos y especialmente aquí.

La actuación de Brando es bastante aceptable, sobre todo en el capítulo más dramático, pero habla con una voz nasal que no es fácil tolerar. Dickinson bien, como Rule y los demás, salvo Duvall, que es malo, malo, por no decir patético.

En general, los personajes son tantos como para una novela o miniserie, y demasiados para una película.

Y hay suficientes errores como para un ejercicio de percepción: uno de ellos está en decir dos veces que el fugitivo dejó huellas digitales en el cadáver de un hombre al que presuntamente asesinó, cuando sucede que no es posible dejar huellas digitales en la ropa ni en la piel humana. Hay por lo menos dos errores de diálogo y por lo menos uno de edición. Además, Dickinson entra a la oficina del comisario desde un cuarto contiguo, después de golpear otra puerta desde afuera. La pintura que debe parecer sangre parece más bien esmalte muy espeso y no hay orificios de bala en la ropa. Es inverosímil y desagradable que Fonda se esconda entre los carros chatarra con un cigarro prendido en la mano…

Con todo, no son esos detalles la causa del fracaso comercial de la cinta en su momento, sino la incomprensión.


¿Eres mi negro?

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Como se ha dicho, Django sin cadenas (2012), de Quentin Tarantino, es un homenaje al spaghetti western, subgénero del que había tenido notoria influencia. Para empezar, toma su nombre del clásico Django (1966), de Sergio Corbucci, así como al actor entonces debutante Franco Nero, que interpretó al protagonista homónimo y hace aquí un cameo simbólico. Se trata de un southern, como lo clasifica su propio autor, por desarrollarse en el “Sur profundo” y no en el viejo Oeste de Estados Unidos. El tema, para variar, es la esclavitud, el amor y la venganza una vez más.

En 1858, dos años antes de que inicie la Guerra Civil, el esclavo negro Django (Jamie Foxx) es comprado y liberado por un cazarrecompensas alemán, el Dr. King Schültz (Christopher Waltz), para que le ayude a identificar prófugos de la justicia que fueron sus amos; Django resulta un pistolero nato y decide liberar a su esposa Broomhilda (Kerry Washington), esclava en la plantación del sádico Calvin Candie (Leonardo DiCaprio); el socio lo acompaña en la empresa, mientras Stephen (Samuel L. Jackson) es un sirviente asimilado a la opresión y parece odiar a la gente de su color, sobre todo si es libre: durante la época de la esclavitud, mientras unos hacían el trabajo duro en el campo, otros gozaban de privilegios en casa, punto medio que impide caer en maniqueísmos…

En este octavo trabajo de Tarantino como director y guionista, el otrora niño terrible de Hollywood hace gala de su habitual violencia con estallidos exagerados de sangre, los coágulos vuelan en cámara lenta, y todo es exceso en las secuencias climáticas, incluida la torpeza de los malos que mueren a montón. Si en Bastardos sin gloria (2009) el nazismo sirvió para un desahogo judío de apoteosis pirotécnica y sanguinaria, en Django sin cadenas algo tan brutalmente inhumano como la esclavitud sirve para recrear primero crueldad en abundancia y después descargas liberadoras. Otra similitud entre ambas películas es la narración lineal, a diferencia de las dos primeras, Perros de reserva (1992) y Tiempos violentos (1994), cuyo mérito está en la audaz creatividad de sus guiones, para compensar el bajo presupuesto, acorde con la heterodoxia en otros aspectos, como la dirección de cámaras, que ha degenerado en repeticiones y errores de principiante, junto con la falta de cuidado en la edición (las siete cintas anteriores fueron editadas por Sally Menke, quien falleció en 2010). Los golpes de zoom que imitan al cine del viejo Oeste, algo muy característico en los años sesenta y setenta, son quizá la única variante, así como la composición de canciones por primera vez nuevas —proyectando el negocio de vender por separado la banda sonora— y la inclusión de rap —también audaz, pero vulgar, para mi gusto— en una “película de vaqueros”. De por sí, es propio de Tarantino que haya piezas con letra en cintas que no son precisamente musicales.

Por lo demás, Django sin cadenas es una actualización tecnológica del arquetipo como género clásico. Estereotipo y cliché de 165 minutos a ritmo desigual. Las escenas en la nieve parecen anuncio de Marlboro…

La esclavitud como contexto es el principal aporte, pero tan limitado que parece más bien un pretexto. La grotesca irrupción de lo que será el Ku Klux Klan después de la Guerra Civil es una de las ocurrencias más rescatables por la discusión entre sus integrantes (con el espíritu de Woody Allen), pero algunos vuelcos o atolladeros que se resuelven a balazos —como el sacrificio de Schültz para no estrechar la mano de Candie— causan, por lo menos, serias reservas. Mención aparte merecen imágenes tan viscerales como la pelea entre negros para diversión del amo y sus invitados, o la muerte de un esclavo a merced de perros salvajes.

Christopher Waltz se llevó las palmas como villano en Bastardos sin gloria, y lo hace ahora como pistolero de humanismo en progreso. En seguida está DiCaprio, aunque no lo ayudan algunos comentarios ni su disertación racista. En Bastardos, Brad Pitt hace una burda imitación de Marlon Brando, y en Django, DiCaprio emula mejor a Orson Welles. En tercer lugar queda Jamie Foxx, al que tampoco ayuda la insensibilidad del personaje. El papel de Kerry Washington es ornamental. Y Samuel L. Jackson encarna la maldad por tercera vez en una película de Tarantino, quien, por cierto y por último, hace un cameo infame.

(Al margen: Perros de reserva está plagada de comentarios racistas, por lo que Django sin cadenas podría tener la intención de sacarse la espinita).

Personalidad masculina

017¿Cuál es la diferencia entre un clásico y un lugar común?

Personalidad masculina, como verán, es una secuencia fotográfica de talento específicamente actoral, aunque algunos iconos también son directores: Clint Eastwood, Roman Polanski, Woody Allen, Robert de Niro, Tommy Lee Jones, Gary Oldman…

Además de la edad, la nacionalidad y la decadencia, Eastwood y Allen tienen en común que son músicos, entre otras cosas. La nefasta ideología del primero, a quien llaman «el último clásico», no obsta para reconocer su grandeza como cineasta; como actor no varía mucho, prácticamente nada, pues entre un pistolero del viejo oeste y un policía rudo, la gama intermedia es más de lo mismo, salvo acaso por el locutor acosado en la primera película que dirigió, o el embustero que encarna en El engaño, dirigido por Don Siegel, lo más próximo al villano, y uno que otro papel en sus propios dramas románticos (Los puentes de Madison y Million dollar baby, romántica en un sentido muy otro). Por lo demás, el señor cine y hombre orquesta es bastante completo: director, guionista, productor y compositor de la denominada banda sonora.

Desde su alianza con Steven Spielberg, Eastwood se hizo insoportablemente lacrimoso y falsamente humanista; a Spielberg le sirvió lo sensiblero para ganar el Óscar en siete categorías y otros premios con La lista de Schindler, pero a Eastwood no, y de ahí que reviviera el policía rudo, ahora octogenario.

Sean Connery, en cambio, pasó de ser modelo a un actor de inigualable carrera (productor de bodrios infames) que tampoco se quedó en el papel de James Bond; al contrario, lo superó con una evolución por la que llegué a considerarlo el hombre más carismático del mundo.

Anthony Hopkins es todavía más versátil y también mejora con los años, a pesar de su aire aristocrático.

¿Y qué decir de Al Pacino y Robert de Niro? ¿Es necesario decir algo?

La más emblemática y trascendente actuación de Marlon Brando es El Padrino, de Francis Ford Coppola, pero la mejor película del mismo director es Apocalipsis ahora, en donde también interviene quien ha sido calificado como «el mejor actor del mundo»; no coincido con esa calificación y, en algún momento, creí que era más bien Charlton Heston el mejor actor, independientemente de lo nefasto que fue en la vida real. Ben Hur, de William Wyler, y El planeta de los simios, de Franklin J. Schaffner, son películas muy importantes para mí, en lo personal. El planeta de los simios y Operación Dragón, de Robert Clouse, están entre las que he visto más veces, tantas como Julia, de Fred Zinnemann, aproximadamente.

Así como The Beatles son indispensables para quienes estudian inglés, Bruce Lee es imprescindible para quienes aprenden artes marciales, sobre todo autodidactas, así sea karate (hay que ser ignorante y tonto para llamar karate al kung fu); también la carrera actoral del atleta empezó en la infancia… Al respecto abunda material de lectura y para escritura, pero hay que ver todas sus películas, incluyendo las peores.

Charles Bronson es otro que tampoco varió gran cosa en cuanto al papel de tipo rudo, pero es muy convincente, carismático a su modo, y el estilo parece ser el mismo de Tommy Lee Jones, cuya salvedad es una amplia gama de personajes, incluido el empresario homosexual de JFK… Tommy Lee Jones, además, dirigió Los tres entierros de Melquíades Estrada, una película exitosa en cuanto a premios, pero mala para mi gusto.

Como he dicho antes, Morgan Freeman es un actor estupendo, pero subvaluado por el simple hecho de ser negro.

Si Polanski, por su parte, no ha sido valorado como actor se debe a su importancia como director, más que al desequilibrio entre calidad y cantidad, a diferencia de Allen, que pretende ser émulo de Chaplin, actor de un solo personaje.

Lo mejor de Peter Sellers es El jardinero, dirigido por Hal Ashby…

De Richard Burton, más que su carrera en general, me impacta especialmente su papel en El toque de Medusa, de Jack Gold.

Gary Oldman es Drácula para el público de masas, pero yo lo reivindico por La sangre de Romeo, de Peter Medak… Christian Bale es Batman para el mismo público, pero lo importante, para mí, es El maquinista, de Brad Anderson… Viggo Mortensen es Aragorn (El señor de los anillos) para la masa, pero yo empecé a conocer una personalidad interesante a partir de su actuación dirigida por David Cronemberg, primero en Una historia de violencia y luego en Promesas del Este

Los actores ganan mucho dinero y mucha fama con las producciones magma, pero el prestigio se logra con cine de bajo presupuesto; más adelante hay que hablar de eso, y hacer una galería de actores que han trascendido con una sola cinta: los tres Nosferatu, por ejemplo; Spider, del mismo Cronemberg; los casos fascinantes de niñ@s…

Esta revisión es preliminar y, en la primera oportunidad, cubriré mis faltas, pues quizá cometo algunas omisiones imperdonables.

Por lo pronto, de Paul Newman y Robert Retford diré que no tolero las actitudes de hombres guapos (de hombres bonitos, menos), pero cuando actúan y proyectan un talento independiente del aspecto físico, se trata entonces de un doble privilegio.

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La gloria del bastardo

Quentin Tarantino es técnicamente infalible y eso lo hace seductor, pero eso hace del cine que hace una delicia aberrante, porque lejos de ser el genio que muchos cinéfilos ven, Tarantino es un demente… «Sórdido presagio», podría llamarse cualquiera de sus larguísimas secuencias que se resolverán en una súbita masacre, paroxística y pornográficamente gore, aunque sin sexo. La técnica impecable incluye una gran audacia que varía en toda su obra nada más lo indispensable para ser siempre la misma. El autor se propone impactar y lo consigue; sabe que el espectador verá sus películas más de una vez y que lo hará a la expectativa del desenlace violento, el más violento posible, que nadie lo supere o por lo menos iguale. ¿Dónde quedó la bolita? ¿En qué momento entró un cuchillo al cuello? ¿Quién mató a descuartizador?

A diferencia de Tarantino, la mediocridad de Bratt Pitt nunca sorprende a nadie; aquí hace una burda imitación de Marlon Brando en el papel de El Padrino; mientras tanto, los vuelos de gran diva que Tarantino otorga a sus personajes femeninos tienen un efecto de búmerang; la sobreactuación parece otra imitación: Diane Kruger parece imitar a la también mediocre Demi Moore, y Mélanie Laurent parece una copia sin artes marciales de Uma Thurman, hasta ahora la creación femenina más sorprendente del director, autor de bodrios nauseabundos como guionista: Del crepúsculo al amanecer, por ejemplo, si acaso tiene algún mérito (además del table dance de Salma Hayek), es encabezar el cine de vampiros como la peor película de todas.

Lo pretendidamente original de Bastardos sin gloria, título de la más fastuosa realización tarantiniana, es que se trata de la Segunda Guerra Mundial en género western, y las palmas se las lleva, sin lugar a dudas ni a discusión alguna, el villano mayor de una película en donde los héroes son además villanos: asesinos seriales con descarnada crueldad al estilo apache, según el mito gringo. Christoph Waltz como detective nazi que se ha granjeado a pulso el mote de «Cazador de Judíos» es el villano por antonomasia: astuto, odioso, amanerado, chaparro y traidor, o sea, astuto, odioso…

El final de apoteosis pirotécnica/incendiaria y sanguinaria también es una audacia, en este caso histórica, pues plantea un desenlace bélico muy otro al que suponemos todos, una emboscada suicida que nadie con un ápice de inteligencia militar permitiría, y un martirologio heroico, estoico y cien por ciento cinematográfico, porque salvo en el fanatismo árabe (musulmán), ocurre nomás en el cine para inspirar la realidad, como lo entendía Goebbels, el ministro de propaganda nazi, autor de la tesis de que una mentira repetida suficientes veces termina siendo verdad, y como parece entenderlo también Tarantino al provocar un desahogo emocional del público judío/cristiano, gringófilo y nazifóbico por consenso multitudinario, que una vez repuesto del impacto vuelve a sufrir, no sin buena dosis de masoquismo, con el epílogo sádico.

The blood is money

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Post-data muy posterior al post anterior

Hasta ahora me cea el veinte de que el final de Bastardos sin gloria, de Taradino, es un fusil del final de Brazil, de Terry Gilliam, película que se caracteriza por su originalidad (radical diferencia), un poco excéntrica y esquizofrénica, acaso como futurista, desfigurada y personalísima versión del clásico Don Quijote, que yo consideraba genial hasta que la compré en DVD y padecí el tedioso documental sobre el rodaje, que es una expresión de autoengaño deshonesto, valga la redundancia, en el que todos se creen genios y nadie reconoce, vaya, ni siquiera insinúa, la influencia de Orwell.

El trabajo más reciente de Terry Gilliam (ex integrante sobresaliente y sobreviviente de Monty Python, como seguramente saben los lectores de este blog), Tideland, también sería genial si no comenzara con una presentación personal… ¿Qué? ¿Soy un quisquilloso / intolerante? De acuerdo. Ambas películas son geniales y convendría tener la segunda en DVD para omitir esa presentación homófila / pedófila, que parece tener el singular propósito de predisponer al público.