Un año de cine

turínEl año pasado fui cuatro veces al cine, contando aparte una presentación especial del documental Trazando Aleida, de Christiane Burkhard, en la Cineteca Nacional. Una vez publicado el pronunciamiento para que se vayan de allí tod@s, coincidí en el recinto con una encuesta realizada entre público acrítico, poco exigente y nada perceptivo, al que nada le parece mal, todo bien. Mi decisión de no volver se tradujo en una distancia temporal con el cine, y las cuatro películas del año fueron de malo a peor y de peor a pésimo en las salas comerciales: Ágora, de Alejandro Amenábar (bodrio exasperante que publicita en el cartel su elevado costo material como noción de relevancia, inexplicablemente laureada), El retrato de Dorian Gray, de Oliver Parker (espantajo efectista y burdo que parece confundir libertad con libertinaje y homosexualidad con “corrupción del alma”), La milagrosa, de Rafa Lara (basura que ni siquiera merecía ser mencionada), y El asesino dentro de mí, de Michael Winterbottom, que ameritó una reseña reivindicatoria.

Ese año tuve también cuatro sesiones con un sicólogo en la Clínica del Sueño y, entre otras cosas, me recomendó salir una o dos veces por semana para hacer algo más que mis habituales compras; el año siguiente comenzaría como si quisiera compensar la falta de cine durante el anterior. Sin reconciliación alguna, regresé a la Cineteca Nacional, en donde todo sigue igual o peor (salvo por un fraude que denunciaré más adelante) a ver una o dos películas consecutivas, una o dos veces por semana. El principio de aquel intenso regreso fue también anecdótico: luego de ver El listón blanco, de Michael Haneke, salí aturdido por los altos decibeles, cojeando como un anciano por la falta de circulación sanguínea, y con ese pretexto, aligeré la pesada carga de cine “culto” en blanco y negro, durante dos horas y media de inocencia infantil y su trágica pérdida, con otras dos horas y media de inocencia infantil en extremo distinto y distante: la frescura de Giuseppe Tornatore y la grandilocuencia de Ennio Morricone, dupla inmortal que alcanzó la madurez con un sentido del humor más ágil y menos ñoño, pero sin dejar de hacer parodia del temperamento italiano en aras del público gringo, con la sorprendente diferencia de que Baaria – La porta del vengo (cuyo estreno comercial tenía tres años tres) parece un homenaje a la militancia comunista de cepa en el país de la Cosa Nostra y el Spaghetti Western. Cuando pasé junto a la taquilla, Hilda Saray compraba su boleto para la siguiente función de la película que yo acababa de ver…

Poco después, Jaime Avilés pateaba mi asiento y yo me contenía, mientras los talentos de Anthony Hopkins y Naomi Watts compensaban la decadencia de Woody Allen en Conocerás al hombre de tus sueños, que toleré dos veces, como París a medianoche. Por recomendación del que pateaba mi asiento, me chuté Siete instantes, documental de Diana Cardozo acerca de la participación femenina en la guerrilla uruguaya de los años setenta, y entonces toleré que la usufructuante del fracaso de Cafetlán contaminara la sala con olor pútrido a cigarro.

Allí mismo, con un pedazo de la imagen proyectada en el techo por un pedazo de pendejo, La mitad del mundo, de Jaime Ruiz Ibáñez, resultó un esfuerzo comparable con El mural de Siqueiros, de Héctor Olivera, en cuanto a méritos del cine mexicano. La primera es más impactante, a pesar de las fallas y debilidades actorales, y la segunda podría llamarse más bien La prostitución de Siqueiros… Pero lo más relevante a nivel nacional fue Presunto culpable, de Abogados con Cámara, por el favor que le hicieron los poderes, primero el judicial y después el ejecutivo en alianza con Cinemex; antes de la censura y la publicación íntegra del documental en internet, pude verlo tres veces en salas de exhibición y llegar a un punto inconfesable de obsesividad; la Cineteca Nacional, por cierto, hizo un olímpico sabotaje, como es de imaginar. Y el año concluyó con Alucardos: Retrato de un vampiro, de Ulises Guzmán, documental acerca de Juan López Moctezuma, director de Alucarda, y dos fans de la película, custodios de su herencia…

Lo más relevante a nivel mundial había sido Anticristo, de Lars von Trier, película de pornografía gore que alterna con poesía en imágenes y misoginia en el mensaje; bastante polémica la intención y demasiado evidente que alguien joven dobla el cuerpo de Willem Dafoe en las escenas eróticas; me propuse escribir al respecto para exorcizar otra obsesión: como advertí al apersonarme en un acto de solidaridad con la familia Reyes Salazar, de Ciudad Juárez, comenzaba la militarización de Ciudad Monstruo; sobre la película escribí un carajo porque ni un minuto dejé de pensar en la amenaza que ciérnese todavía sobre la mayor concentración humana del planeta, así que me aboqué a llevar hasta sus últimas consecuencias mi alerta roja y descubrir el hilo negro: que México es un país de traidores. ¡Que se lo lleve la chingada entonces! -me dije al cabo de cinco meses que me envejecieron cinco años, y regresé al cine, además de comprar a precios de fábula: El séptimo sello, de Ingmar Bergman; El último de la lista, de John Huston; Chicago, de Rob Marshall; Ciudad de Dios, de Fernando Meirelles; Los niños del fin del mundo, de Marzieh Meshkini… y conocer la historia de Dorothy Dandridge y el rabioso racismo de Joligud, antes más nefasto de lo que yo imaginaba.

Si El último de la lista (The List of Adrian Messenger), con su “reparto súper estelar”, es un thriller insoportable por aristocrático, El discurso del rey, de Tom Hooper, nominada, premiada y todo eso, no es más que un melodrama cursi, aristocrático y rancio; los ingleses resultan especialmente insoportables cuando, además de ser insoportables de por sí, el ánimo personal está permeado por la sangre de un país.

Chicago, en cambio, amerita su propio texto en su propio contexto; Ciudad de Dios, lo mismo.

Tan “culto” como El listón blanco, también en blanco y negro, El caballo de Turín, de Béla Tarr, es una metáfora en 24 tomas, como las horas del día durante una semana inconclusa.

Interesantes desde otros ángulos: Zona Sur, de Juan Carlos Valdivia (ejemplo doméstico del cambio de élites en el poder boliviano); La pivellina, de Rainer Frimmels y Tizza Covi (de nuevo el binomio de inocencia y autenticidad infantil, que no es actuada en este caso); Jean Gentil, de Israel Cárdenas y Laura A. Guzmán (con su anécdota respectiva, que narraré después en el blog literario); La vida según Attenberg, de Athina Rachel Tsangari…

Lo mejor del año, sin duda, fue La mujer que cantaba, de Denis Villeneuve, y La mirada invisible, de Diego Lerman, que logré reseñar, una vez superada mi obsesión.

Lo más importante, en términos comerciales: El planeta de los simios

Lo peor de lo peor, que no alcanza ni siquiera la categoría de cine pésimo: Eclipse. ¡Puaf!

En fin. Al final, finalmente, no me fue tan mal.

incendios

Diálogos infantiles

Los niños del fin del mundo, de Marzieh Meshkini, fue la mejor película de la muestra pasada. Entre muchas secuencias geniales, hay una donde los niños tocan a la puerta de la cárcel y una voz les contesta desde adentro.
-¿Quién es?
-Somos nosotros; venimos a pedirte perdón, querido guardia.
El guardia abre la puerta y le pregunta al niño: “¿Vienes a insultarme de nuevo?”
-No, guardia, vengo a pedirte perdón por lo que dije.
-Dijiste que mi madre es una ramera y mi madre no es ninguna ramera.
-No, guardia, por eso te pido perdón.
-En cambio, tu madre es cien por ciento ramera y por eso está aquí presa.
La ira del niño explota como la vez pasada.
-¡Si mi mamá es ramera, la tuya también, guardia de mierda, hijo de puta!
El guardia sale enfurecido y trata de golpear al niño, pero el niño corre; el guardia lo apedrea y la niña, la salvaje y adorable hermanita, se planta frente a él.
-Si no tienes piedad de mí, tenla entonces de este pobre perrito que no te ha hecho nada.
La absurda ocurrencia de la niña me hace llorar de risa.
-Mira al perrito, míralo; ¿no te da pena?
-No sigas -implora el guardia.
-¿Te gustaría que tu madre estuviera presa, condenada a muerte, y un guardia sin alma te impidiera verla?
El sermón de la niña es más que convincente.
-¿Por qué me lastimas de ese modo? -pregunta el ablandado guardia.
-¡Ya vámonos de aquí! -grita el niño desde lejos. “Su mamá es una puta-ramera y por eso no nos deja pasar el miserable”.
El guardia enfurece de nuevo y apedrea al niño.
-¡No le pegues, no lo golpees más! -grita la niña, como en Los olvidados, de Luis Buñuel.
-Si quieren ver a su madre, aprendan a robar para que los encierren también. Yo no voy a dejar que entren a verla.
A eso se dedicarán los niños: aprenden a robar con Ladrones de bicicletas, de Vittorio de Sica.
-Esta es una película de arte -les dice el taquillero-, no les va gustar. Si quieren aprender fechorías grandes, vean cine de Joligud.
-Queremos ver esta -dice la niña…
De entrada, encontré obvias similitudes entre la inobjetable obra maestra de Meshkini y Las tortugas pueden volar, de Bahman Ghobadi, pero ahora que estoy borracho y tengo una semana sin comer nada, recuerdo aquel hermoso y necrófilo diálogo entre los niños de Juegos prohibidos, de René Clément.
-Hay que enterrar a tu perro junto con otros animales muertos -dice él.
-¿Por qué? -pregunta ella.
-Porque los muertos no deben estar solos -responde él.
-¿Por qué? -pregunta ella otra vez.
-Porque se aburren mucho -contesta él, escarbando la tierra.
Los niños del fin del mundo son precisamente eso, dos niños indigentes que pepenan, buscan desesperados en la basura, duermen en la cárcel porque eso es menos cruel que pasar la noche a la intemperie, expuestos a la árida y paradójicamente fría soledad del desierto, además de la brutalidad adulta que viola y esclaviza a niñas en Kabul, como en cualquier otro lugar del mundo, y finalmente engendra líderes en la sobrevivencia cotidiana y más elemental, y la autodefensa colectiva, más o menos mafiosa, con ocho o diez o doce años de edad…
Los pedófilos sabemos algo de esto, sobre todo ahora, que tenemos una guerra a muerte, públicamente declarada, contra los pederastas.

Los diálogos no son textuales, sino medio recordados y medio inventados en medio del delirio insomne del vino.